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  Internacional  Por qué ha abandonado Rusia la carrera espacial: “No podemos competir ni con China”
Internacional

Por qué ha abandonado Rusia la carrera espacial: “No podemos competir ni con China”

abril 12, 2026
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Las sanciones y la falta de financiación lastran las misiones rusas, incapaces de llegar a la Luna, mientras Putin redirige la industria cosmonáutica hacia el esfuerzo bélico en UcraniaLos astronautas de Artemisa II sobrevuelan la Luna y hacen historia al completar el viaje humano más largo
Este domingo se han cumplido 65 años desde que Yuri Gagarin aterrizó en paracaídas sobre un campo de cultivo cerca del río Volga, tras eyectarse de la cápsula Vostok 1. Hasta que las autoridades soviéticas no se cercioraron de que estaba sano y salvo, y de que el primer vuelo espacial de la humanidad había sido un éxito, no se apresuraron a difundir la noticia a través de la agencia oficial TASS.

En los últimos días, TASS no ha informado, ni siquiera, de la histórica misión lunar de la NASA Artemis II. Algunos periódicos afines al Kremlin se han limitado a destacar los problemas iniciales con el retrete de la nave, pero la mayoría simplemente han ignorado la hazaña.

Rusia se descolgó hace tiempo de la carrera espacial. A partir de la anexión de Crimea, en 2014, las sanciones y el freno a la cooperación internacional lastraron los proyectos de la cosmonáutica rusa. El golpe de gracia fue la invasión de Ucrania a gran escala, que cambió definitivamente las prioridades de Vladímir Putin y aisló todavía más a Moscú.

Hoy la cosmonáutica rusa se encuentra a años luz de la norteamericana y la china, incapaz de plantearse la posibilidad de pisar la Luna, dedicada a diseñar misiles y satélites para la guerra, en un rumbo cada vez más alejado de sus socios históricos en la exploración del espacio.
Historia de un declive
10 de agosto de 2023. 2:10, hora de Moscú. La misión Luna-25 despega desde el cosmódromo Vostochni, en el extremo oriente ruso. Hacía 47 años que Rusia no lanzaba una misión lunar no tripulada y 22 que no ponía una nave fuera de la órbita terrestre. El objetivo de la cápsula es aterrizar cerca del polo sur de la Luna, estudiar el suelo y buscar restos de agua helada.

El 16 de agosto, la nave entra en la órbita lunar y, tres días más tarde, inicia las maniobras de aterrizaje. Pero, en el instante clave, algo falla. Los motores no se apagan cuando deben, funcionan 43 segundos más de lo previsto, el aparato adopta una trayectoria incorrecta y se estrella contra la superficie lunar.

Después de 2022, otro Luna-25 es imposible

Vitali Yegórov
— Divulgador de la cosmonáutica rusa

A pesar de que Putin quitó importancia al fiasco e instó a continuar desarrollando el programa espacial ruso, aquel accidente marcó un antes y un después y puso de manifiesto las limitaciones de construir cohetes en un país sancionado.

“El programa Luna-25 fracasó porque hubo sanciones después de 2014”, explica a elDiario.es Vitali Yegórov, divulgador de la cosmonáutica rusa. Aquello afectó a los suministros de electrónica, se tuvo que recurrir a materiales de menor calidad, más pesados, y condenó la misión. “Entonces las acciones del Gobierno ruso, por supuesto, no tenían en cuenta los intereses de la exploración global, y se produjo un declive notable”, añade. 

El experto señala, sin embargo, que en aquel momento las sanciones no eran lo bastante severas como para frenar en seco las aspiraciones espaciales rusas. Algo que cambió con la guerra. “Después de 2022, otro Luna-25 es imposible”, lamenta. Según él, “habría que revolucionarlo todo, buscar nuevos componentes, fabricantes menos fiables, otras electrónicas” y, en definitiva, “falta nivel técnico para hacerlo”.
Éxodo de clientes
Las sanciones también han dejado al Kremlin sin una de sus principales fuentes de financiación para sus proyectos espaciales. Roscosmos ―la NASA rusa― se había convertido en un actor muy respetado en el mercado internacional y una cuarta parte de su presupuesto procedía de contratos con otros países. Hasta 2022.

Cuando estalló la guerra, se canceló el programa conjunto con la Agencia Espacial Europea que buscaba vida en Marte, Alemania se retiró de un proyecto conjunto que escaneaba el cielo desde el espacio interplanetario y la NASA excluyó a los cosmonautas rusos de su misión para explorar Venus.

Rusia lanza el cohete pesado Angará-A5 tras dos intentos fallidos.

“Quedó claro que la cosmonáutica rusa tenía una cierta toxicidad.”, apunta Yegórov. “Casi todos los socios dieron la espalda a Rusia, excepto China y la India, pero la cooperación con China es más declarativa que real, e India solo está interesada en tomar prestada la experiencia de Rusia”, señala. 

Sin clientes extranjeros, el experto indica que “la cosmonáutica rusa puede hacer más de lo que Rusia necesita” y, una vez se encuentra “sola” con el Estado ruso, sin pedidos, sin ingresos más allá del presupuesto estatal, se enfrenta a una falta letal de financiación.

En 2025, el presupuesto de Roscosmos estuvo por debajo del equivalente a unos 3.500 millones de euros, mientras que el de la NASA fue de al menos 21.750 millones de euros, más de seis veces superior.
Menos cohetes, más misiles
La paradoja es que, según el experto, la cosmonáutica rusa recibe actualmente más inversión pública que nunca, pero no se destina a la exploración del espacio, sino al esfuerzo bélico. “Ahora la prioridad del Estado es la guerra y la cosmonáutica es capaz de servir a este interés”, resume.

Roscosmos produce satélites espía, satélites de comunicaciones, misiles balísticos Kinzhal, Iskander, Oreshnik, y también su rama civil se ha volcado en la guerra. “El Estado lo necesita, el Estado lo paga y los proyectos civiles pasan a ser secundarios”, afirma Yegórov, resignado.

El director general del ente público, Dmitri Bakánov, presumía en una entrevista reciente en TASS de que 1.357 de sus empleados habían dejado su puesto de trabajo para ir a luchar al frente. “Es un tema muy importante, les estoy muy agradecido”, aseguraba.
Un nuevo accidente
Este contexto explica por qué Rusia lanzó solo 17 cohetes en 2025, la cifra más baja desde 1961, justo el año en que Gagarin voló al espacio, mientras que EEUU llevó a cabo 193 envíos. Incluso China superó de largo a Rusia con 93 lanzamientos. En 1990, por ejemplo, la URSS realizó 79 lanzamientos, por 27 de EEUU y cinco de China.

Además, a finales del año pasado, el Kremlin volvió a sufrir un revés inédito. En noviembre, durante el despegue de una nave tripulada que se dirigía a la Estación Espacial Internacional desde el cosmódromo de Baikonur, en Kazajistán, ocurrió un accidente. Nadie resultó herido, pero la plataforma de propulsión quedó inutilizada durante tres meses y Rusia no pudo enviar misiones tripuladas al espacio, algo que no sucedía, nuevamente, desde 1961.

El director general de Roscosmos, Dmitri Bakanov, conversa con el miembro de la tripulación de la Expedición 74 de la ISS, el cosmonauta Sergey Kud-Sverchkov (en el centro de la imagen) en Baikonur, Kazajistán.

Yegórov fue el primero en dar aviso sobre unos hechos que la prensa y el Gobierno ruso no tenían ningún interés en sacar a la luz. Dos semanas después, fue designado agente extranjero.

Las autoridades han ofrecido esta semana otra muestra de las dificultades para avanzar en su programa espacial con el retraso de las misiones no tripuladas previstas para explorar la Luna. Si en 2023 se anunció que serían una realidad a partir de 2027, ahora se ha aplazado su puesta en marcha hasta 2032.
Putin sigue mirando al espacio
Aun así, Putin se resiste a dejar morir la cosmonáutica rusa porque es consciente de su valor propagandístico dentro y fuera de Rusia. “Los vuelos espaciales tripulados son una vaca sagrada”, dice Yegórov, “no se tocan porque todavía son una demostración de cierto nivel de desarrollo del país y solo tres países en el mundo los tienen”. “No hay suficiente dinero para llevar adelante Roscosmos, pero sí para mantener su nivel, los vuelos tripulados, las estaciones orbitales. Esto es importante para Putin porque, si se pierde, será un claro resultado de su obra de gobierno”, agrega.

El presidente ruso insiste en reivindicar el papel de referencia global de la cosmonáutica rusa. “Nuestros planes en esta área crucial deberían ser proporcionales al estatus histórico de nuestro país como potencia espacial de primer nivel”, declaró el año pasado.

El director general de Roscosmos fue más allá en la conversación con TASS y comentó que Rusia “no tiene otra opción”, no puede perder su posición “bajo ninguna circunstancia”, ya que el liderazgo está “arraigado” en el “código cultural” y el “alma” rusos.
Objetivo: la Luna (en una nave china)
La ambición del Kremlin no concuerda con el realismo de los expertos. Yegórov cree que Rusia “ya no puede competir por su cuenta, ni siquiera con China” y mucho menos enviar misiones tripuladas a la Luna.

Evoca cómo fue de “inesperado y desagradable” que Pekín superase a Moscú en la carrera espacial. Recuerda que hace años se contaban chistes sobre lo rudimentarios que eran los cohetes chinos y cómo utilizaban a miles de fogoneros para lanzarlos. “Ahora pueden decir estas cosas de los cohetes rusos”, se queja.

Pero China puede ser la única opción para que un cosmonauta ruso acabe pisando la Luna. Roscosmos ha desarrollado un reactor nuclear que proporcionaría energía durante las expediciones al satélite de la Tierra. Si China decide desplegarlo en una de sus futuras misiones tripuladas, Yegórov cree que se permitiría a uno o dos cosmonautas rusos formar parte del viaje para, una vez en la Luna, pulsar simbólicamente el interruptor de este generador. “En cualquier caso, Rusia tendrá un papel de apoyo”, concluye Yegórov.
La cosmonáutica rusa después de la guerra
Una de las incógnitas, que va más allá del debate sobre el cosmos, es si la guerra de Ucrania será un punto de no retorno en las relaciones entre Rusia y Occidente. En estos momentos, Washington y Moscú siguen cooperando en la Estación Espacial Internacional, pero ambas capitales están trabajando en sus estaciones nacionales.

“El mundo está en crisis, muchos de nuestros socios del mundo occidental se han comportado de manera imprevisible y poco amistosa con nosotros. Entrar en una asociación a largo plazo con cualquiera es bastante peligroso ahora mismo. Por eso nos vemos obligados a crear nuestra propia estación orbital”, apuntaba Bakánov en TASS.

Estas declaraciones preocupan a los entusiastas de la exploración espacial. Yegórov es pesimista: “Incluso si se firmase la paz, se necesitarían décadas para restaurar la autoridad de la cosmonáutica rusa, la capacidad para montar nuevos proyectos internacionales y para demostrar que Rusia es un socio fiable. En definitiva, todo lo que se perdió en 2022”. Las sanciones y la falta de financiación lastran las misiones rusas, incapaces de llegar a la Luna, mientras Putin redirige la industria cosmonáutica hacia el esfuerzo bélico en UcraniaLos astronautas de Artemisa II sobrevuelan la Luna y hacen historia al completar el viaje humano más largo
Este domingo se han cumplido 65 años desde que Yuri Gagarin aterrizó en paracaídas sobre un campo de cultivo cerca del río Volga, tras eyectarse de la cápsula Vostok 1. Hasta que las autoridades soviéticas no se cercioraron de que estaba sano y salvo, y de que el primer vuelo espacial de la humanidad había sido un éxito, no se apresuraron a difundir la noticia a través de la agencia oficial TASS.

En los últimos días, TASS no ha informado, ni siquiera, de la histórica misión lunar de la NASA Artemis II. Algunos periódicos afines al Kremlin se han limitado a destacar los problemas iniciales con el retrete de la nave, pero la mayoría simplemente han ignorado la hazaña.

Rusia se descolgó hace tiempo de la carrera espacial. A partir de la anexión de Crimea, en 2014, las sanciones y el freno a la cooperación internacional lastraron los proyectos de la cosmonáutica rusa. El golpe de gracia fue la invasión de Ucrania a gran escala, que cambió definitivamente las prioridades de Vladímir Putin y aisló todavía más a Moscú.

Hoy la cosmonáutica rusa se encuentra a años luz de la norteamericana y la china, incapaz de plantearse la posibilidad de pisar la Luna, dedicada a diseñar misiles y satélites para la guerra, en un rumbo cada vez más alejado de sus socios históricos en la exploración del espacio.
Historia de un declive
10 de agosto de 2023. 2:10, hora de Moscú. La misión Luna-25 despega desde el cosmódromo Vostochni, en el extremo oriente ruso. Hacía 47 años que Rusia no lanzaba una misión lunar no tripulada y 22 que no ponía una nave fuera de la órbita terrestre. El objetivo de la cápsula es aterrizar cerca del polo sur de la Luna, estudiar el suelo y buscar restos de agua helada.

El 16 de agosto, la nave entra en la órbita lunar y, tres días más tarde, inicia las maniobras de aterrizaje. Pero, en el instante clave, algo falla. Los motores no se apagan cuando deben, funcionan 43 segundos más de lo previsto, el aparato adopta una trayectoria incorrecta y se estrella contra la superficie lunar.

Después de 2022, otro Luna-25 es imposible

Vitali Yegórov
— Divulgador de la cosmonáutica rusa

A pesar de que Putin quitó importancia al fiasco e instó a continuar desarrollando el programa espacial ruso, aquel accidente marcó un antes y un después y puso de manifiesto las limitaciones de construir cohetes en un país sancionado.

“El programa Luna-25 fracasó porque hubo sanciones después de 2014”, explica a elDiario.es Vitali Yegórov, divulgador de la cosmonáutica rusa. Aquello afectó a los suministros de electrónica, se tuvo que recurrir a materiales de menor calidad, más pesados, y condenó la misión. “Entonces las acciones del Gobierno ruso, por supuesto, no tenían en cuenta los intereses de la exploración global, y se produjo un declive notable”, añade. 

El experto señala, sin embargo, que en aquel momento las sanciones no eran lo bastante severas como para frenar en seco las aspiraciones espaciales rusas. Algo que cambió con la guerra. “Después de 2022, otro Luna-25 es imposible”, lamenta. Según él, “habría que revolucionarlo todo, buscar nuevos componentes, fabricantes menos fiables, otras electrónicas” y, en definitiva, “falta nivel técnico para hacerlo”.
Éxodo de clientes
Las sanciones también han dejado al Kremlin sin una de sus principales fuentes de financiación para sus proyectos espaciales. Roscosmos ―la NASA rusa― se había convertido en un actor muy respetado en el mercado internacional y una cuarta parte de su presupuesto procedía de contratos con otros países. Hasta 2022.

Cuando estalló la guerra, se canceló el programa conjunto con la Agencia Espacial Europea que buscaba vida en Marte, Alemania se retiró de un proyecto conjunto que escaneaba el cielo desde el espacio interplanetario y la NASA excluyó a los cosmonautas rusos de su misión para explorar Venus.

Rusia lanza el cohete pesado Angará-A5 tras dos intentos fallidos.

“Quedó claro que la cosmonáutica rusa tenía una cierta toxicidad.”, apunta Yegórov. “Casi todos los socios dieron la espalda a Rusia, excepto China y la India, pero la cooperación con China es más declarativa que real, e India solo está interesada en tomar prestada la experiencia de Rusia”, señala. 

Sin clientes extranjeros, el experto indica que “la cosmonáutica rusa puede hacer más de lo que Rusia necesita” y, una vez se encuentra “sola” con el Estado ruso, sin pedidos, sin ingresos más allá del presupuesto estatal, se enfrenta a una falta letal de financiación.

En 2025, el presupuesto de Roscosmos estuvo por debajo del equivalente a unos 3.500 millones de euros, mientras que el de la NASA fue de al menos 21.750 millones de euros, más de seis veces superior.
Menos cohetes, más misiles
La paradoja es que, según el experto, la cosmonáutica rusa recibe actualmente más inversión pública que nunca, pero no se destina a la exploración del espacio, sino al esfuerzo bélico. “Ahora la prioridad del Estado es la guerra y la cosmonáutica es capaz de servir a este interés”, resume.

Roscosmos produce satélites espía, satélites de comunicaciones, misiles balísticos Kinzhal, Iskander, Oreshnik, y también su rama civil se ha volcado en la guerra. “El Estado lo necesita, el Estado lo paga y los proyectos civiles pasan a ser secundarios”, afirma Yegórov, resignado.

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Además, a finales del año pasado, el Kremlin volvió a sufrir un revés inédito. En noviembre, durante el despegue de una nave tripulada que se dirigía a la Estación Espacial Internacional desde el cosmódromo de Baikonur, en Kazajistán, ocurrió un accidente. Nadie resultó herido, pero la plataforma de propulsión quedó inutilizada durante tres meses y Rusia no pudo enviar misiones tripuladas al espacio, algo que no sucedía, nuevamente, desde 1961.

El director general de Roscosmos, Dmitri Bakanov, conversa con el miembro de la tripulación de la Expedición 74 de la ISS, el cosmonauta Sergey Kud-Sverchkov (en el centro de la imagen) en Baikonur, Kazajistán.

Yegórov fue el primero en dar aviso sobre unos hechos que la prensa y el Gobierno ruso no tenían ningún interés en sacar a la luz. Dos semanas después, fue designado agente extranjero.

Las autoridades han ofrecido esta semana otra muestra de las dificultades para avanzar en su programa espacial con el retraso de las misiones no tripuladas previstas para explorar la Luna. Si en 2023 se anunció que serían una realidad a partir de 2027, ahora se ha aplazado su puesta en marcha hasta 2032.
Putin sigue mirando al espacio
Aun así, Putin se resiste a dejar morir la cosmonáutica rusa porque es consciente de su valor propagandístico dentro y fuera de Rusia. “Los vuelos espaciales tripulados son una vaca sagrada”, dice Yegórov, “no se tocan porque todavía son una demostración de cierto nivel de desarrollo del país y solo tres países en el mundo los tienen”. “No hay suficiente dinero para llevar adelante Roscosmos, pero sí para mantener su nivel, los vuelos tripulados, las estaciones orbitales. Esto es importante para Putin porque, si se pierde, será un claro resultado de su obra de gobierno”, agrega.

El presidente ruso insiste en reivindicar el papel de referencia global de la cosmonáutica rusa. “Nuestros planes en esta área crucial deberían ser proporcionales al estatus histórico de nuestro país como potencia espacial de primer nivel”, declaró el año pasado.

El director general de Roscosmos fue más allá en la conversación con TASS y comentó que Rusia “no tiene otra opción”, no puede perder su posición “bajo ninguna circunstancia”, ya que el liderazgo está “arraigado” en el “código cultural” y el “alma” rusos.
Objetivo: la Luna (en una nave china)
La ambición del Kremlin no concuerda con el realismo de los expertos. Yegórov cree que Rusia “ya no puede competir por su cuenta, ni siquiera con China” y mucho menos enviar misiones tripuladas a la Luna.

Evoca cómo fue de “inesperado y desagradable” que Pekín superase a Moscú en la carrera espacial. Recuerda que hace años se contaban chistes sobre lo rudimentarios que eran los cohetes chinos y cómo utilizaban a miles de fogoneros para lanzarlos. “Ahora pueden decir estas cosas de los cohetes rusos”, se queja.

Pero China puede ser la única opción para que un cosmonauta ruso acabe pisando la Luna. Roscosmos ha desarrollado un reactor nuclear que proporcionaría energía durante las expediciones al satélite de la Tierra. Si China decide desplegarlo en una de sus futuras misiones tripuladas, Yegórov cree que se permitiría a uno o dos cosmonautas rusos formar parte del viaje para, una vez en la Luna, pulsar simbólicamente el interruptor de este generador. “En cualquier caso, Rusia tendrá un papel de apoyo”, concluye Yegórov.
La cosmonáutica rusa después de la guerra
Una de las incógnitas, que va más allá del debate sobre el cosmos, es si la guerra de Ucrania será un punto de no retorno en las relaciones entre Rusia y Occidente. En estos momentos, Washington y Moscú siguen cooperando en la Estación Espacial Internacional, pero ambas capitales están trabajando en sus estaciones nacionales.

“El mundo está en crisis, muchos de nuestros socios del mundo occidental se han comportado de manera imprevisible y poco amistosa con nosotros. Entrar en una asociación a largo plazo con cualquiera es bastante peligroso ahora mismo. Por eso nos vemos obligados a crear nuestra propia estación orbital”, apuntaba Bakánov en TASS.

Estas declaraciones preocupan a los entusiastas de la exploración espacial. Yegórov es pesimista: “Incluso si se firmase la paz, se necesitarían décadas para restaurar la autoridad de la cosmonáutica rusa, la capacidad para montar nuevos proyectos internacionales y para demostrar que Rusia es un socio fiable. En definitiva, todo lo que se perdió en 2022”.  

Este domingo se han cumplido 65 años desde que Yuri Gagarin aterrizó en paracaídas sobre un campo de cultivo cerca del río Volga, tras eyectarse de la cápsula Vostok 1. Hasta que las autoridades soviéticas no se cercioraron de que estaba sano y salvo, y de que el primer vuelo espacial de la humanidad había sido un éxito, no se apresuraron a difundir la noticia a través de la agencia oficial TASS.

En los últimos días, TASS no ha informado, ni siquiera, de la histórica misión lunar de la NASA Artemis II. Algunos periódicos afines al Kremlin se han limitado a destacar los problemas iniciales con el retrete de la nave, pero la mayoría simplemente han ignorado la hazaña.

Rusia se descolgó hace tiempo de la carrera espacial. A partir de la anexión de Crimea, en 2014, las sanciones y el freno a la cooperación internacional lastraron los proyectos de la cosmonáutica rusa. El golpe de gracia fue la invasión de Ucrania a gran escala, que cambió definitivamente las prioridades de Vladímir Putin y aisló todavía más a Moscú.

Hoy la cosmonáutica rusa se encuentra a años luz de la norteamericana y la china, incapaz de plantearse la posibilidad de pisar la Luna, dedicada a diseñar misiles y satélites para la guerra, en un rumbo cada vez más alejado de sus socios históricos en la exploración del espacio.

Historia de un declive

10 de agosto de 2023. 2:10, hora de Moscú. La misión Luna-25 despega desde el cosmódromo Vostochni, en el extremo oriente ruso. Hacía 47 años que Rusia no lanzaba una misión lunar no tripulada y 22 que no ponía una nave fuera de la órbita terrestre. El objetivo de la cápsula es aterrizar cerca del polo sur de la Luna, estudiar el suelo y buscar restos de agua helada.

El 16 de agosto, la nave entra en la órbita lunar y, tres días más tarde, inicia las maniobras de aterrizaje. Pero, en el instante clave, algo falla. Los motores no se apagan cuando deben, funcionan 43 segundos más de lo previsto, el aparato adopta una trayectoria incorrecta y se estrella contra la superficie lunar.

Después de 2022, otro Luna-25 es imposible

Vitali Yegórov
— Divulgador de la cosmonáutica rusa

A pesar de que Putin quitó importancia al fiasco e instó a continuar desarrollando el programa espacial ruso, aquel accidente marcó un antes y un después y puso de manifiesto las limitaciones de construir cohetes en un país sancionado.

“El programa Luna-25 fracasó porque hubo sanciones después de 2014”, explica a elDiario.es Vitali Yegórov, divulgador de la cosmonáutica rusa. Aquello afectó a los suministros de electrónica, se tuvo que recurrir a materiales de menor calidad, más pesados, y condenó la misión. “Entonces las acciones del Gobierno ruso, por supuesto, no tenían en cuenta los intereses de la exploración global, y se produjo un declive notable”, añade. 

El experto señala, sin embargo, que en aquel momento las sanciones no eran lo bastante severas como para frenar en seco las aspiraciones espaciales rusas. Algo que cambió con la guerra. “Después de 2022, otro Luna-25 es imposible”, lamenta. Según él, “habría que revolucionarlo todo, buscar nuevos componentes, fabricantes menos fiables, otras electrónicas” y, en definitiva, “falta nivel técnico para hacerlo”.

Éxodo de clientes

Las sanciones también han dejado al Kremlin sin una de sus principales fuentes de financiación para sus proyectos espaciales. Roscosmos ―la NASA rusa― se había convertido en un actor muy respetado en el mercado internacional y una cuarta parte de su presupuesto procedía de contratos con otros países. Hasta 2022.

Cuando estalló la guerra, se canceló el programa conjunto con la Agencia Espacial Europea que buscaba vida en Marte, Alemania se retiró de un proyecto conjunto que escaneaba el cielo desde el espacio interplanetario y la NASA excluyó a los cosmonautas rusos de su misión para explorar Venus.

Rusia lanza el cohete pesado Angará-A5 tras dos intentos fallidos.

“Quedó claro que la cosmonáutica rusa tenía una cierta toxicidad.”, apunta Yegórov. “Casi todos los socios dieron la espalda a Rusia, excepto China y la India, pero la cooperación con China es más declarativa que real, e India solo está interesada en tomar prestada la experiencia de Rusia”, señala. 

Sin clientes extranjeros, el experto indica que “la cosmonáutica rusa puede hacer más de lo que Rusia necesita” y, una vez se encuentra “sola” con el Estado ruso, sin pedidos, sin ingresos más allá del presupuesto estatal, se enfrenta a una falta letal de financiación.

En 2025, el presupuesto de Roscosmos estuvo por debajo del equivalente a unos 3.500 millones de euros, mientras que el de la NASA fue de al menos 21.750 millones de euros, más de seis veces superior.

Menos cohetes, más misiles

La paradoja es que, según el experto, la cosmonáutica rusa recibe actualmente más inversión pública que nunca, pero no se destina a la exploración del espacio, sino al esfuerzo bélico. “Ahora la prioridad del Estado es la guerra y la cosmonáutica es capaz de servir a este interés”, resume.

Roscosmos produce satélites espía, satélites de comunicaciones, misiles balísticos Kinzhal, Iskander, Oreshnik, y también su rama civil se ha volcado en la guerra. “El Estado lo necesita, el Estado lo paga y los proyectos civiles pasan a ser secundarios”, afirma Yegórov, resignado.

El director general del ente público, Dmitri Bakánov, presumía en una entrevista reciente en TASS de que 1.357 de sus empleados habían dejado su puesto de trabajo para ir a luchar al frente. “Es un tema muy importante, les estoy muy agradecido”, aseguraba.

Un nuevo accidente

Este contexto explica por qué Rusia lanzó solo 17 cohetes en 2025, la cifra más baja desde 1961, justo el año en que Gagarin voló al espacio, mientras que EEUU llevó a cabo 193 envíos. Incluso China superó de largo a Rusia con 93 lanzamientos. En 1990, por ejemplo, la URSS realizó 79 lanzamientos, por 27 de EEUU y cinco de China.

Además, a finales del año pasado, el Kremlin volvió a sufrir un revés inédito. En noviembre, durante el despegue de una nave tripulada que se dirigía a la Estación Espacial Internacional desde el cosmódromo de Baikonur, en Kazajistán, ocurrió un accidente. Nadie resultó herido, pero la plataforma de propulsión quedó inutilizada durante tres meses y Rusia no pudo enviar misiones tripuladas al espacio, algo que no sucedía, nuevamente, desde 1961.

El director general de Roscosmos, Dmitri Bakanov, conversa con el miembro de la tripulación de la Expedición 74 de la ISS, el cosmonauta Sergey Kud-Sverchkov (en el centro de la imagen) en Baikonur, Kazajistán.

Yegórov fue el primero en dar aviso sobre unos hechos que la prensa y el Gobierno ruso no tenían ningún interés en sacar a la luz. Dos semanas después, fue designado agente extranjero.

Las autoridades han ofrecido esta semana otra muestra de las dificultades para avanzar en su programa espacial con el retraso de las misiones no tripuladas previstas para explorar la Luna. Si en 2023 se anunció que serían una realidad a partir de 2027, ahora se ha aplazado su puesta en marcha hasta 2032.

Putin sigue mirando al espacio

Aun así, Putin se resiste a dejar morir la cosmonáutica rusa porque es consciente de su valor propagandístico dentro y fuera de Rusia. “Los vuelos espaciales tripulados son una vaca sagrada”, dice Yegórov, “no se tocan porque todavía son una demostración de cierto nivel de desarrollo del país y solo tres países en el mundo los tienen”. “No hay suficiente dinero para llevar adelante Roscosmos, pero sí para mantener su nivel, los vuelos tripulados, las estaciones orbitales. Esto es importante para Putin porque, si se pierde, será un claro resultado de su obra de gobierno”, agrega.

El presidente ruso insiste en reivindicar el papel de referencia global de la cosmonáutica rusa. “Nuestros planes en esta área crucial deberían ser proporcionales al estatus histórico de nuestro país como potencia espacial de primer nivel”, declaró el año pasado.

El director general de Roscosmos fue más allá en la conversación con TASS y comentó que Rusia “no tiene otra opción”, no puede perder su posición “bajo ninguna circunstancia”, ya que el liderazgo está “arraigado” en el “código cultural” y el “alma” rusos.

Objetivo: la Luna (en una nave china)

La ambición del Kremlin no concuerda con el realismo de los expertos. Yegórov cree que Rusia “ya no puede competir por su cuenta, ni siquiera con China” y mucho menos enviar misiones tripuladas a la Luna.

Evoca cómo fue de “inesperado y desagradable” que Pekín superase a Moscú en la carrera espacial. Recuerda que hace años se contaban chistes sobre lo rudimentarios que eran los cohetes chinos y cómo utilizaban a miles de fogoneros para lanzarlos. “Ahora pueden decir estas cosas de los cohetes rusos”, se queja.

Pero China puede ser la única opción para que un cosmonauta ruso acabe pisando la Luna. Roscosmos ha desarrollado un reactor nuclear que proporcionaría energía durante las expediciones al satélite de la Tierra. Si China decide desplegarlo en una de sus futuras misiones tripuladas, Yegórov cree que se permitiría a uno o dos cosmonautas rusos formar parte del viaje para, una vez en la Luna, pulsar simbólicamente el interruptor de este generador. “En cualquier caso, Rusia tendrá un papel de apoyo”, concluye Yegórov.

La cosmonáutica rusa después de la guerra

Una de las incógnitas, que va más allá del debate sobre el cosmos, es si la guerra de Ucrania será un punto de no retorno en las relaciones entre Rusia y Occidente. En estos momentos, Washington y Moscú siguen cooperando en la Estación Espacial Internacional, pero ambas capitales están trabajando en sus estaciones nacionales.

“El mundo está en crisis, muchos de nuestros socios del mundo occidental se han comportado de manera imprevisible y poco amistosa con nosotros. Entrar en una asociación a largo plazo con cualquiera es bastante peligroso ahora mismo. Por eso nos vemos obligados a crear nuestra propia estación orbital”, apuntaba Bakánov en TASS.

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Estas declaraciones preocupan a los entusiastas de la exploración espacial. Yegórov es pesimista: “Incluso si se firmase la paz, se necesitarían décadas para restaurar la autoridad de la cosmonáutica rusa, la capacidad para montar nuevos proyectos internacionales y para demostrar que Rusia es un socio fiable. En definitiva, todo lo que se perdió en 2022”.

 elDiario.es – Internacional

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