La euforia de Óscar con la victoria de España en el Mundial de Fútbol se parecía al resto de las euforias: éxtasis, camiseta de la selección y brazos en alto por un triunfo colectivo. Pero también era una celebración íntima, porque esta vez no tenía “papelitos” apretados en las manos. “Es el primer Mundial que veo sin apostar, en el de Qatar estaba fatal y no puedo ni calcular lo que me endeudé, apostaba a todos los partidos”, dice. Tiene 25 años y se describe como “ludópata en rehabilitación avanzada, aunque ludópata lo seré siempre”. Agustín, de 37 años, tuvo que verlo en un entorno seguro, en casa con su novia. Lleva nueve meses en terapia por adicción a las apuestas deportivas, pero suma casi una década enfermo por el juego. No tiene acceso a dinero ni a tarjetas. “Ni me planteé acercarme a un bar a verlo, porque ahora también ahí hay máquinas que te permiten apostar y nadie te pide el DNI”, cuenta. A sus 39 años, Carlos se define como “jugador rehabilitado” y da rodeos por la calle para evitar cruzar cerca de las casas de apuestas. Si alguien viera a Sergio, 37 años, disfrutando de la final junto a su hijo en casa, no percibiría nada raro en la escena. Él es ciego y, escuchando el partido, temió llegar a los penaltis, porque ahí podría revivir la descarga de adrenalina que le da apostar. No lo hace desde marzo, según le recuerda una aplicación de su teléfono.
El gran evento deportivo ha puesto en guardia a los adictos al juego, muchos de ellos con nuevos perfiles ligados a las apuestas por internet
La euforia de Óscar con la victoria de España en el Mundial de Fútbol se parecía al resto de las euforias: éxtasis, camiseta de la selección y brazos en alto por un triunfo colectivo. Pero también era una celebración íntima, porque esta vez no tenía “papelitos” apretados en las manos. “Es el primer Mundial que veo sin apostar, en el de Qatar estaba fatal y no puedo ni calcular lo que me endeudé, apostaba a todos los partidos”, dice. Tiene 25 años y se describe como “ludópata en rehabilitación avanzada, aunque ludópata lo seré siempre”. Agustín, de 37 años, tuvo que verlo en un entorno seguro, en casa con su novia. Lleva nueve meses en terapia por adicción a las apuestas deportivas, pero suma casi una década enfermo por el juego. No tiene acceso a dinero ni a tarjetas. “Ni me planteé acercarme a un bar a verlo, porque ahora también ahí hay máquinas que te permiten apostar y nadie te pide el DNI”, cuenta. A sus 39 años, Carlos se define como “jugador rehabilitado” y da rodeos por la calle para evitar cruzar cerca de las casas de apuestas. Si alguien viera a Sergio, 37 años, disfrutando de la final junto a su hijo en casa, no percibiría nada raro en la escena. Él es ciego y, escuchando el partido, temió llegar a los penaltis, porque ahí podría revivir la descarga de adrenalina que le da apostar. No lo hace desde marzo, según le recuerda una aplicación de su teléfono.
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