Hacía tiempo que El Hormiguero no se enfrentaba a un programa tan disparatado como el que se vivió anoche. Con Ángel Llàcer siempre hay que estar prevenido porque cualquier cosa puede pasar Leer Hacía tiempo que El Hormiguero no se enfrentaba a un programa tan disparatado como el que se vivió anoche. Con Ángel Llàcer siempre hay que estar prevenido porque cualquier cosa puede pasar Leer
El que ha seguido la carrera de Ángel Llàcer en televisión sabe perfectamente que es el dueño y señor de la espontaneidad. Que a él eso de la escaleta, el guion y el tiempo son minucias a las que guarda el respeto justo. Anoche en El Hormiguero el juez de Tu cara me suena y presentador del nuevo programa de Atresmedia, Congelados, que verá próximamente la luz, lo demostró, llevando a El Hormiguero a un auténtico desparrame al que Pablo Motos acabó por rendirse. Es imposible luchar contra los elementos.
Lo ocurrido anoche en El Hormiguero resulta todavía más curioso cuando uno descubre que Pablo Motos y Ángel Llàcer no son amigos. Normalmente, y así ha quedado constatado en los 20 años de El Hormiguero, cosas como la de anoche pasan cuando el que va a divertirse a El Hormiguero es un amigo de la casa. A esto los espectadores están más que acostumbrados; a lo de anoche, no. Y esa es la grandeza de la televisión, que un programa de televisión que lleva 20 años en emisión todavía consiga sorprender y siga generando titulares hoy por hoy. Anoche El Hormiguero dio una papeleta inmensa de ellos. En parte, gracias a Ángel Llàcer y, en parte, a Pablo Motos, que llegó a un punto que debió pensar: «A tomar por saco todo».
Es difícil encontrar una palabra que describa a Ángel Llàcer por completo. Se necesitan muchas. Espontáneo es, sin lugar a dudas, una de ellas. Pero también lo son otras como imprevisible, desconcertante, pero, por encima de todas, feliz. El presentador es probablemente una de las personas que más felicidad irradia y contagia. Desde que estuvo a punto de morir por una bacteria, Ángel Llàcer se ha tomado la vida como el lugar donde uno viene a disfrutar, a pasarlo bien, a compartir, a contagiar esa felicidad. Es como el que tiene amor para todos, pero cambiando la palabra amor por felicidad.
Ángel Llàcer no dice a nada que no, al menos en televisión, y es de los que se apuntan a un bombardeo o de los que provocan el bombardeo. Anoche en El Hormiguero lo provocó, y lo hizo con tal tontería que hay que verlo para creerlo: con Piedra, papel o tijera. ¡Menuda tontería! Sí. Pero, también, menudo programa por la tontería.
El juego infantil, del que Ángel Llàcer es campeón internacional, es uno de los juegos que más odia (u odiaba) Pablo Motos. El presentador de El Hormiguero no lo entiende y no tiene (o tenía) siquiera interés en saber cómo se juega ni dónde está el intríngulis de este. Hasta que anoche llegó Ángel Llàcer y desencadenó una locura total, un enfermizo pique entre ambos que terminó literalmente por reventar El Hormiguero.
Hay tipos que están hechos de otra pasta, o que simplemente tienen un pacto con el diablo que ya quisiéramos el común de los mortales. Lo de Ángel Llàcer anoche en El Hormiguero no fue una entrevista de promoción al uso; fue un torbellino de egocentrismo magnético, una de esas ráfagas de televisión en directo donde el plató de Pablo Motos abandona la rigidez del guion para convertirse en el salón de un loco maravilloso. Venía a hablarnos de su nuevo juguete televisivo, Congelados, pero terminó dándonos una clase magistral de cómo burlar a la parca, fracturarse las extremidades por exceso de entusiasmo y dinamitar la corrección política del ahorro familiar en menos de cincuenta minutos.
Él entra al plató quejándose de la cadera y la rodilla —las facturas inevitables del carné de identidad— para, acto seguido, confesar que se rompió un brazo grabando su propio programa porque sonó Forever Young y se creyó un acróbata sobre una silla de oficina. Hay que tener mucho valor, o estar muy desatado, para aguantar una jornada entera de rodaje con el hueso crujiendo y disimular el resto de la temporada con la mano metida en el bolsillo. Es uno de los mejores ejemplos para demostrar lo que ama Ángel Llàcer esta profesión, lo que le gusta la televisión y lo que está dispuesto a hacer por entretener al público, por contagiar esa felicidad.
Es tal su objetivo en la vida que cuando Pablo Motos le preguntó por sus famosas fiestas de cumpleaños, el espectador descubrió que aquellas fiestas de Freddie Mercury donde no había decoro se quedan en reuniones del té de las cinco en comparación con las de Ángel Llàcer.
La entrevista derivó en el puro delirio que tanto le gusta al formato de Antena 3. Escucharle relatar cómo metió una Harley-Davidson en su fiesta de cumpleaños ante 250 invitados, sometiéndolos a un pentatlón de pruebas absurdas para acabar regalándosela al vecino de abajo de sus padres, es la confirmación de que Llàcer vive en un eterno parque de atracciones propio. Invita solo a quien le cae bien, regala motos a los vecinos y se ríe de las desgracias con una ligereza que resulta casi insultante, si no fuera porque es endiabladamente divertida.
El presentador no pudo celebrar la fiesta por su 50 cumpleaños y se la guarda para la siguiente. No tiene muy claro si a los 53, los que cumplirá el año que viene, o para los 55. Da igual cuándo la vaya a hacer porque Pablo Motos vio un filón en estas fiestas, un formato de televisión que él vería y que compraría. Le propuso la idea, pero el catalán, con ese arte que solo unos pocos tienen de soltar un zasca y que parezca una caricia, le dijo que no. El Hormiguero ya había perdido la línea de flotación y Pablo Motos había caído en las redes de Ángel Llàcer. Tanto que no dudó en entrar en su juego.
«Qué desagradable que es este hombre», soltó Pablo Motos, entrando de pleno en el show de Llàcer. «Intento ser amable con el invitado, pero es que hay noches que es imposible. Me dan ganas de irme a mi casa a dormir», espetó. Tranqui todo el mundo, que era el juego al que ambos decidieron jugar. Tú me das, yo te doy.
Su próximo formato, Congelados, del que se supone tenía que ir a hacer promoción, pero prefirió que todo saltase por los aires, promete llevar esa felicidad al espectador. Una zona de inmovilidad absoluta donde los concursantes deben resistir impasibles ante las mayores locuras imaginables. Visto lo visto anoche, el propio Llàcer parece el único incapaz de quedarse quieto en ese refrigerador.
Entre la promoción de su formato internacional y sus anécdotas de hospital, nos quedó claro que la televisión actual adolece de una preocupante falta de espontaneidad. Llàcer demostró que prefiere romperse antes que parar el espectáculo. Anoche, El Hormiguero no necesitó de grandes experimentos científicos ni de secciones impostadas; le bastó con sentar a un superviviente profesional dispuesto a recordarnos que, con o sin bacterias, la vida es demasiado corta para no vivirla como si estuviéramos permanentemente subidos a una silla de ruedas con música de Alphaville de fondo.
La química con Pablo Motos se desbordó hasta tal punto que el programa entero se convirtió en un recreo escolar. No hubo sección, pausa o declaración que no se viera saboteada por el constante e hilarante pique que mantuvieron ambos a base de «Piedra, papel o tijera«. Una competición absurda, obsesiva y tronchante que se alargó durante toda la noche como un virus competitivo en el que ninguno de los dos estaba dispuesto a dar su brazo a torcer. Fue la demostración palpable de que la televisión actual, tan encorsetada a veces en el minutado estricto, reluce mucho más cuando se deja arrastrar por el puro y duro absurdo de dos adultos jugando como niños.
Se picaron hasta tal punto que cuando Pablo Motos le ganó una de las partidas a Ángel Llàcer, este no dudó en levantarse de su asiento, irse a la zona donde se sienta Jorge Salvador y los colaboradores, llevarse los puños a la boca y hacer una peineta a Pablo Motos como una catedral. El show no había terminado, quedaba el momento «más emocionante que he vivido en televisión». El juego con el que el público se puede llevar una tablet. Y mira que Pablo Motos le advirtió que no hiciese trampas, pero si rebobinas el momento en el que un joven tenía que responder a la última pregunta se ve por un instante cómo Ángel Llàcer, perro viejo, le da la respuesta con la mano. A él le van a poner normas. Él quería que se llevasen la tablet y punto pelota. Nunca el público había celebrado una tablet de esa manera.
Aun así, el verdadero golpe de efecto de El Hormiguero ocurrió en su recta final, un quiebro emocional de los que congelan la sonrisa en la boca y te reconcilian con la pequeña pantalla. De la frivolidad de la Harley-Davidson y las bromas de Piedra, papel o tijera pasaron a la ciencia ficción real. El programa presentó en directo un exoesqueleto revolucionario, un prodigio de la ingeniería médica que culminó con una sorpresa de las que encogen el corazón: ver a una mujer ponerse de pie y caminar sobre el plató gracias a esta tecnología tras años de inmovilidad.
Ver las lágrimas de la invitada y la genuina emoción de un Llàcer completamente desarmado fue el broche de oro perfecto. Anoche, El Hormiguero ofreció una lección de ritmo catódico impecable, saltando sin despeinarse del patio de colegio más disparatado a la emoción más pura y humana. Nos recordó que la vida es demasiado corta para no jugársela a un «Piedra, papel o tijera» permanente, pero, sobre todo, que la ciencia y la televisión, cuando se juntan con alma, todavía tienen el poder de hacernos levantar del sofá.
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