Para una ciudad como Ceuta, rodeada de costa, la playa es un buen termómetro para un domingo de agosto. Y ese termómetro marcaba todavía una temperatura social muy caliente. Hay zonas con aire acondicionado y otras con abanico. En una parte se suceden las escenas de campo de refugiados y en otra los locales comienzan a sacar la nevera portátil, poner la música y abrir la sombrilla con la familia en la arena. La crisis que de un día para otro metió a 80.000 personas mantiene un buen tramo de costa inutilizada, pero la de Calamocarro este domingo lucía, por fin, relajada. “Es la única playa que nos han dejado. Ya está bien de quedarse en casa. Tenemos que recuperar el espacio porque nos han robado la ciudad de un día para otro. Aquí, al que llegue a esta playa, lo mandamos para allá”, dice un padre que pasa la tarde con otros dos matrimonios, señalando la alambrada de la frontera.
La crisis migratoria se percibe de manera muy distinta en los diferentes barrios de la ciudad autónoma
Para una ciudad como Ceuta, rodeada de costa, la playa es un buen termómetro para un domingo de agosto. Y ese termómetro marcaba todavía una temperatura social muy caliente. Hay zonas con aire acondicionado y otras con abanico. En una parte se suceden las escenas de campo de refugiados y en otra los locales comienzan a sacar la nevera portátil, poner la música y abrir la sombrilla con la familia en la arena. La crisis que de un día para otro metió a 80.000 personas mantiene un buen tramo de costa inutilizada, pero la de Calamocarro este domingo lucía, por fin, relajada. “Es la única playa que nos han dejado. Ya está bien de quedarse en casa. Tenemos que recuperar el espacio porque nos han robado la ciudad de un día para otro. Aquí, al que llegue a esta playa, lo mandamos para allá”, dice un padre que pasa la tarde con otros dos matrimonios, señalando la alambrada de la frontera.
En el otro extremo de la ciudad, la policía volvió a desplegarse en El Trampolín junto a las mesas de la Cruz Roja, donde diariamente se realiza el reparto de alimentos. Los agentes agruparon primero a los jóvenes en pelotones de 30 sentados en la arena. Un poco más allá, cientos de famélicos muchachos hacen fila para recoger una bolsa con comida. Aunque faltan dos horas para que comience el reparto, cientos y cientos de personas esperan. No hay otra cosa que hacer. Desde que empieza a caer el sol, de los lugares más insospechados comienzan a salir adolescentes en grupos: de los albergues, de habitaciones llenas donde llevan 23 días escondidos, del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), del cerro, de la playa, de entre los árboles, de una construcción abandonada… Los que todavía no hacen fila para comer pululan por la avenida de África, por la mezquita o por el campo de fútbol sin nada que hacer.

En otro extremo de la ciudad, el istmo gira alrededor de la plaza de África, la Gran Vía y el paseo del Revellín donde se suceden edificios modernistas, comercios, cafeterías con terraza, la catedral y el Ayuntamiento. Es la zona administrativa y acomodada donde la Gran Vía es el escaparate institucional y comercial de Ceuta: una avenida corta, peatonalizada y cuidada. Construcciones de fachadas claras, coquetas placitas ajardinadas, terrazas y pequeños comercios. El Palacio de la Asamblea, el santuario y la Comandancia General. A media mañana, las campanas de la iglesia, familias paseando y abuelas que por primera vez después de tres domingos paralizadas vuelven a tomar el vermú, como en cualquier otra ciudad de provincias española un día de agosto a media mañana.
El shock inicial dio paso al estupor, la indignación y el ahora el cabreo instalado. No hay otro tema ni en casa, ni en la arena, ni en el bar, ni en el café, ni en el casino militar. Es suficiente con escuchar. Entre adobo y chanquetes, la conversación. “No es cierto que haya normalidad. ¿Ves ese negocio?, cerrado; ¿ves aquella heladería?, cerrada; ¿ves ese restaurante?, medio vacío”, señala Rafael, a secas, un funcionario que pasea con sus dos hijas de la mano y que prefiere no dar su apellido. “¿Y los colegios? A ver quién se atreve a empezar el curso con este panorama”, dice mirando a las dos niñas. En la milla de oro de Ceuta, la sensación es que “todo esto es muy grave y todo un desastre”, pero la situación “está un poco mejor que hace unos días”, resume un camarero desbordado.
La palabra ‘normalidad’, sin embargo, es el término tabú en un contexto de cabreo colectivo, tristeza ‘noventayochista’ y fin de ciclo. El único feliz es el dueño del bazar oriental que vendió todos los móviles, los cargadores, las chanclas y las lonas de plástico de la tienda.
En el centro de Ceuta el suelo está limpio, los escaparates despejados y los hoteles trabajan a destajo asistiendo a la brutal demanda de estos días: periodistas, funcionarios, policías y militares han dejado sin una sola cama libre la ciudad. Parejas de soldados pasean entre familias con ropa de lino y grupos de marroquíes en chanclas que pasan las horas frente a un vaso de té para seis. La chancla debería ser el símbolo de esta crisis. “Las chanclas son la forma de distinguirlos”, reconocen los fotógrafos. Las tres religiones mayoritarias que conviven en Ceuta —musulmanes, católicos y judíos— han dado pie a una nueva convivencia: soldados, ceutíes y migrantes recién llegados.

Las Murallas Reales, un espectacular baluarte defensivo, orgullo y símbolo de la ciudad, son la frontera entre el istmo y la periferia, dos mundos antagónicos y un mismo problema. Al pie de las mismas, Tarek tiene un quiosco. “No hay dos ceutas, solo una que quiere solucionar esto cuanto antes”, dice frente al negocio. “Yo no dejo que ocupen esta plaza que tengo delante porque empiezan a dormir, luego una tienda de campaña, las peleas…” y se apoderan de todo”, dice.
Ceuta tiene la densidad de población más alta de España, después de Melilla. 84.000 personas en 20 km2 o, lo que es lo mismo, meter a todos los habitantes de la ciudad de Pontevedra en un espacio seis veces menor. Sin embargo, más allá del quiosco de Tarek se ha instalado la mayoría de los 5.000 nuevos habitantes de Ceuta. En barrios como Los Rosales, La Pantera, El Príncipe, Loma Colmenar, Hadú o Juan Carlos I, se añade más tensión a lugares de difícil equilibrio.
El barrio de Sidi Embarek tiene aire abandonado, fachadas descoloridas desde su construcción en los años 90, casas a medias, descampados y vida callejera. Aquí el domingo es menos domingo y cientos de muchachos pululan arrastrando los pies con las manos en los bolsillos. Con la aparición de balones de fútbol, cada esquina se ha convertido en una pachanga al pie de los edificios. Cuando cae la noche, allí no suenan las sirenas y aquí no paran de sonar.

Los vecinos de Sidi Embarek están igual de cansados que toda la ciudad, pero se han organizado para poner orden y cuidar a las niñas. “De repente, comenzaron a llegar al barrio niñas para que les dejáramos dormir en el portal”, recuerda sobre aquel día Abdellah Mustafa, presidente de la asociación vecinal. “Pensamos en poner una tienda de campaña en el campo de fútbol de la comunidad pero al día siguiente llegaron 25 chicas, al siguiente 68, al tercero 140 y al siguiente 195 niñas”, dice bajo un mar de plásticos donde 400 mujeres y niñas duermen tranquilas.
“Los vecinos siguen teniendo un papel importante mientras las administraciones siguen sin actuar. Gran parte del peso de esta crisis está recayendo sobre una mitad de la población. Cuando el 30 de julio se produce la llegada masiva, la primera orden que dio Vivas (Juan Jesús Vivas, Presidente de la Ciudad Autónoma) fue proteger el istmo y que todos los esfuerzos se centraran ahí”, dice. “¿Qué pasa, solo ellos tienen vacaciones?”, protesta Abdellah. Aquí el termómetro está un poco más caliente.
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