La política española ha discutido qué hacer con las fosas de la Guerra Civil, pero no se ha preguntado qué ocurre con quienes esperan junto a ellas. ¿Qué significa crecer sabiendo que un abuelo fue asesinado y continúa desaparecido? ¿Qué consecuencias tiene construir una identidad familiar alrededor de una ausencia? ¿Puede una guerra terminar para un país y seguir presente en el seno familiar?
Cuando una democracia renuncia a identificar a sus desaparecidos, prolonga el sufrimiento de quienes siguen buscándolas
La política española ha discutido qué hacer con las fosas de la Guerra Civil, pero no se ha preguntado qué ocurre con quienes esperan junto a ellas. ¿Qué significa crecer sabiendo que un abuelo fue asesinado y continúa desaparecido? ¿Qué consecuencias tiene construir una identidad familiar alrededor de una ausencia? ¿Puede una guerra terminar para un país y seguir presente en el seno familiar?
Estas preguntas nos llevaron a emprender una investigación que uniera las disciplinas de la Historia y la Psicología. Durante años hemos estudiado la Guerra Civil desde los archivos, los consejos de guerra, las fosas o los testimonios orales. Sin embargo, había una cuestión prácticamente inexplorada: cómo afectó aquella violencia a la salud mental de las familias y hasta qué punto ese sufrimiento había llegado a quienes nunca vivieron la guerra. Nuestra investigación demuestra empíricamente que la guerra no solo dejó víctimas directas. También, una herencia emocional. Nuestros datos muestran que el duelo provocado por el asesinato y la desaparición de familiares no terminó con quienes sufrieron la violencia en persona; persistió en sus hijos y alcanza hasta la tercera generación.
Hasta ahora, la historiografía española había documentado con enorme precisión la violencia, la represión y las desapariciones. Conocemos los procesos de movilización y violencia y cómo el miedo condicionó la vida cotidiana. Pero apenas sabíamos qué había ocurrido con las consecuencias psicológicas de aquella experiencia. En otros contextos —desde el Holocausto al conflicto de los Balcanes— el estudio del trauma colectivo y su transmisión ha sido analizado desde distintas ópticas. En España, sin embargo, prácticamente no existían estudios empíricos que permitieran medir ese impacto. Quizá el mayor error haya sido pensar que la memoria pertenece únicamente al terreno de la política. También pertenece al de la salud mental. Porque un duelo que permanece abierto durante casi 90 años deja de ser únicamente un problema familiar para convertirse en uno colectivo.
Uno de los resultados más destacados ha sido comprobar la relevancia de los rituales de despedida. La psicología ha demostrado desde hace décadas que los rituales funerarios ayudan a elaborar el duelo porque permiten reconocer la pérdida, compartir el dolor y dotar de sentido a la ausencia. Cuando una persona desaparece y sus familiares desconocen qué ocurrió con ella, ese proceso queda interrumpido. Al no haber un cuerpo que despedir, ni un lugar donde depositar el recuerdo, la incertidumbre se convierte en un sufrimiento que puede prolongarse años.
Eso fue exactamente lo que ocurrió con miles de familias españolas. La desaparición forzada no solo privó a las víctimas de una sepultura digna. También impidió a sus familiares iniciar un proceso de duelo semejante al de cualquier otra pérdida. Durante la dictadura, ese dolor quedó además condicionado por el miedo, el silencio y la imposibilidad de hablar públicamente de los asesinados. Cuando llegó la democracia, muchas de aquellas familias continuaron esperando.
Nuestros resultados muestran que las exhumaciones desempeñan un papel mucho más profundo de lo que habitualmente se les atribuye. No constituyen únicamente una actuación arqueológica, judicial o política. Son también un mecanismo de reparación psicológica. Recuperar los restos de un familiar, identificarlo, poder enterrarlo junto a los suyos o disponer, por primera vez, de un lugar donde recordarlo permite cerrar un proceso que había permanecido suspendido durante décadas. La exhumación no elimina el dolor ni modifica el pasado. Pero transforma una ausencia incierta en una pérdida reconocida, y esa diferencia resulta fundamental para elaborar el duelo.
Ahí surge la necesidad de las políticas de memoria, porque cuando una democracia renuncia a identificar a sus desaparecidos, no solo mantiene una deuda con las víctimas. También prolonga el sufrimiento de quienes continúan buscándolas.
Esta constatación nos obliga, además, a revisar la idea de que la Transición cerró las heridas de la Guerra Civil. Nuestros resultados sugieren que no cerró heridas porque algunas no podían cerrarse mediante un acuerdo político. Permanecieron abiertas allí donde seguían existiendo familiares desaparecidos, duelos interrumpidos y silencios heredados. No se trata de cuestionar la Transición, sino de comprender sus límites. Ningún proceso político puede resolver por sí solo las consecuencias psicológicas de una violencia que afectó a varias generaciones. Esa tarea corresponde a una democracia madura, capaz de reconocer que la memoria no es un obstáculo para la convivencia, sino una de sus condiciones.
Mirar al pasado no significa reabrir heridas, como tantas veces se ha afirmado. Ya estaban abiertas, a causa del desconocimiento, el silencio y la imposibilidad de completar ese proceso de duelo. Mirar al pasado significa ofrecer reconocimiento donde hubo estigmatización y dignidad donde solo existió abandono. Si nuestra investigación demuestra que el trauma puede transmitirse entre generaciones, también aporta cierta esperanza. Cada exhumación, cada identificación, cada historia recuperada y cada nombre devuelto a su familia no solo restituye la dignidad de una víctima. Contribuye también a aliviar el sufrimiento de sus descendientes y fortalece una cultura democrática basada en los derechos humanos. Como sociedad debemos integrar nuestra historia en un relato democrático compartido, construido sobre el reconocimiento de las víctimas y la condena de la violencia. Porque recordar no es vivir anclados en el pasado, sino construir un futuro compartido.
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