Tras los seísmos que han dejado cerca de 4.500 fallecidos, muchos vecinos de La Guaira se preguntan por la calidad de las viviendas sociales construidas por los Gobierno de Hugo ChávezSuben a más de 4.000 los muertos en Venezuela y el Gobierno reafirma su competencia exclusiva en la reconstrucción
En el complejo de viviendas sociales y antiguo bastión chavista OPPE 25 (siglas de Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales), los cimientos de la revolución bolivariana ya se tambaleaban antes de que dos potentes terremotos los redujeran a un caos de hormigón y vidas destrozadas.
Gabriel González tiene 45 años y es obrero de la construcción. Todavía recuerda el júbilo con que recibió en 2013 las llaves de su piso nuevo en uno de los bloques de 12 plantas que el comandante Chávez había mandado construir en una zona acomodada de la turística Caraballeda. Cuando le entregaron la nueva vivienda, cerca de la playa, González llevaba dos años viviendo en un refugio de emergencia, tras perder su hogar anterior en unos deslizamientos de tierra letales. “Fue maravilloso”, recuerda González, que durante años fue un orgulloso simpatizante del PSUV (el partido socialista creado por Chávez). “El Gobierno de Chávez ayudó muchísimo a los pobres; todo el mundo estaba con Chávez por aquel entonces”.
Pero el líder venezolano falleció poco después de que González se mudara al OPPE 25, y sus sentimientos por el Gobierno, y los de muchos vecinos, comenzaron a agriarse. Un descontento generalizado que se agravó con los años de pobreza, hiperinflación y migración durante el régimen autoritario de Nicolás Maduro, sucesor de Chávez. “Por desgracia, se convirtió en una dictadura”, dice González, cuyos hermanos tuvieron que emigrar a Brasil y EEUU. “Todo el mundo por aquí decía que la revolución bolivariana ya no existía, que ya no era lo mismo”.
Golpe a la maltrecha reputación del chavismo
El último golpe lo han dado los dos terremotos que asolaron la costa norte de Venezuela en junio, dejando al descubierto las ruinas de la revolución, mientras los herederos de Chávez se esfuerzan por dar respuesta a una catástrofe para la que parecen mal preparados. “No tenemos gobierno”, se queja González una mañana reciente junto a una tienda de campaña que le donaron. Allí es donde duerme, en un campo de golf cercano a su casa, que quedó destruida por completo. Han pasado dos semanas desde el desastre y siguen desaparecidos su hijo Daniel, de 22 años, y su suegra, Esmeralda. Su familia permanece junto a los escombros, esperando noticias.
Como muchos otros residentes del estado de La Guaira, el más afectado por la catástrofe, González critica la lentitud en la respuesta de la líder en funciones de Venezuela, Delcy Rodríguez (era la vicepresidenta hasta que Donald Trump secuestró en enero a Maduro). “Por desgracia, no he visto a nadie por aquí, no he visto a ningún gobernador, no he visto a ningún alcalde”, añade. González y Rosa, su mujer, pasaron 24 horas sepultados bajo los escombros del OPPE 25 antes de que los rescataran milagrosamente sin apenas un rasguño. La pareja depende ahora de los equipos de ayuda humanitaria y de los feligreses que traen paquetes de comida y rezan con ellos.
Una persona integrante del Ejercito de México realiza labores de búsqueda en los escombros de un edificio en La Guaira.
Cuando González termina de hablar, el pastor local Ismael Yarves abre una Biblia encuadernada en ante para leer el Salmo 46. Las palabras contrastan con la pobre respuesta del Gobierno. “Dios es nuestra esperanza y nuestra fuerza, un socorro siempre presente en la angustia”, lee Yarves. “Por eso no temeremos, aunque la tierra tiemble y aunque las montañas se hundan en medio del mar”.
Un suceso “verdaderamente extraordinario”
Los expertos coinciden en que pocos países habrían estado plenamente preparados para la asombrosa ferocidad del desastre del 24 de junio: en menos de un minuto se sucedieron dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 que en cuestión de segundos derribaron edificios grandes y densamente ocupados, como el OPPE 25.
“Fue un suceso verdaderamente extraordinario”, dice Carlos Genatios, ingeniero de estructuras y especialista en planificación ante desastres naturales. En opinión de Genatios, que en 1999 ocupó el cargo de ministro de Ciencia y Tecnología tras la llegada de Chávez al poder, la energía liberada por los dos terremotos fue equivalente a la de 240 bombas atómicas como la de Hiroshima. “Fue mucho peor que el terremoto [de magnitud 7,0] de Haití, considerado el desastre más grave del siglo XXI”, explica Genatios, exiliado tras escribir artículos críticos con el régimen de Maduro.
A pesar de ello, Genatios cree que el gobierno tendrá que dar explicaciones por las cerca de 4.500 personas que han perdido la vida en la catástrofe, y las 17.000 que han salido heridas. ¿Por qué construir edificios así de grandes en una zona sísmica, con suelos blandos que temblaban como gelatina durante los terremotos? ¿Se construyeron correctamente las promociones de vivienda social como el OPPE 25 y otras propiedades de lujo cercanas, que también se vinieron abajo? ¿Eran adecuados los materiales? ¿Se siguieron estrictas normas de construcción? ¿Los gobernantes chavistas de Venezuela dotaron de manera suficiente a los servicios sismológicos, sanitarios y de emergencia la eventualidad de una catástrofe natural? ¿O estaban distraídos con su deseo de seguir en el poder?
En opinión de Genatios, una vez que se calmen las aguas habrá que encargar una investigación exhaustiva para asignar responsabilidades. Está convencido de que los sucesivos gobiernos podían haber salvado vidas si hubieran planificado mejor cómo enfrentar estos desastres. “Imposible que no hubiera víctimas, pero el número podía haber sido mucho menor”, dice.
“Precidenta Deisy Rodrigues [sic]: ayúdenos por favor”
La desolación se extendía por las calles en torno al OPPE 25 la semana pasada. Familias angustiadas y sin dormir excavaban a duras penas los escombros en busca de sus seres queridos en medio de un paisaje apocalíptico de bloques derruidos. De vez en cuando, los trabajos se interrumpían para observar a los equipos de recuperación de cadáveres, reconocibles por sus batas azules y cascos amarillos, extraer de entre los escombros cadáveres horriblemente desfigurados.
Los familiares de los sepultados bajo las ruinas han escrito peticiones de ayuda con pintura en las fachadas de sus casas. “Precidenta Deisy Rodrigues [sic]: ayúdenos por favor, mi hijo está aquí dentro”, decía un mensaje sobre un bloque de pisos a pocas calles del OPPE 25.
Muchos supervivientes aseguran que, en las horas y días cruciales que siguieron a la tragedia, la ayuda nunca llegó. Además del duelo, hay una sensación generalizada de profunda indignación por la lentitud e insuficiencia de la respuesta de las autoridades de Rodríguez. Los civiles tuvieron que tomar la iniciativa, remangarse y cubrirse de polvo para rescatar a las víctimas de los gigantescos montones de hormigón mientras las fuerzas de seguridad se quedaban de brazos cruzados con las armas en la mano.
“Aquí hay más rifles que picos y palas, y lo que necesitamos son picos y palas”, se queja Milagri Rodríguez Guanire, una de los casi ocho millones de personas que en los últimos años se han marchado de Venezuela. Tras el terremoto, cogió un avión de vuelta desde Chile para buscar entre los escombros del OPPE 25 a Ymelda, su madre.
Nos sacaron de la pobreza de la vida para llevarnos a la riqueza de la muerte
Marciel Edilberto Llarve
— Superviviente de los terremotos
Las paredes del complejo están adornadas con propaganda ensalzando al “gigante eterno”, Hugo Chávez, y a su heredero, Nicolás Maduro, que en un mural es representado como “Súper Bigote”, un superhéroe con “mano de hierro”. Pero la indignación por la deficiente respuesta del Gobierno ha agrandado viejos agravios que, en los barrios obreros, antiguos bastiones de apoyo al régimen, llevan años acumulándose.
Muchos expresan su indignación y tristeza por el desmoronamiento de Venezuela. Tras los años de bonanza petrolera que vivió el país durante el Gobierno de Chávez, la caída en los precios internacionales del crudo, la corrupción, la mala gestión bajo el mandato de Maduro y las paralizantes sanciones de EEUU contribuyeron a hundirlo, pese a la riqueza de sus recursos energéticos, en una de las peores crisis económicas de la historia moderna.
“Un montón de mierda, tenemos que deshacernos de estas ratas”, dice furioso Roberto Dupuy, un cocinero de 65 años que perdió a su hija en el derrumbe de dos de las siete torres del OPPE 25. Las ruinas de las cinco construcciones restantes han quedado tan dañadas que también parecen a punto de caerse.
Otros residentes de los complejos construidos por Chávez a lo largo de la costa caribeña de Caraballeda expresan su indignación por la sospecha de haber sido alojados en trampas mortales. Se preguntan por la solidez estructural de edificios mal construidos con finas paredes de cemento, donde los techos tenían goteras y los ascensores no funcionaban. “Eran edificios de mala calidad; por eso se derrumbaron y mataron a tanta gente”, dice el suegro de Gabriel González, Marciel Edilberto Llarve.
La casa de Llarve, en el complejo OPPE 33, se desmoronó junto con el bloque. Allí sigue su esposa, enterrada bajo los escombros. “Nos sacaron de la pobreza de la vida para llevarnos a la riqueza de la muerte”, dice Llarve. Para él, trasladarse junto a su familia de una choza destartalada en la ladera hasta el bloque de viviendas fue, sin saberlo, como ir a la guillotina. “Este edificio estaba hecho de gelatina”, dice.
Silencio por miedo a represalias
Muchos de los vecinos del OPPE 25 ocultaban sus opiniones políticas para que los miembros del comité de barrio del Partido Socialista no los delataran, según González. En una Venezuela donde Maduro desplegaba medidas cada vez más restrictivas para sobrevivir a las sucesivas oleadas de protestas y levantamientos, y hasta a un intento de asesinato, ser denunciado a las autoridades por las opiniones políticas podía significar perder de las prestaciones sociales, el trabajo o el hogar, o incluso ser detenidos.
La cuñada de González, Yolife Llarve, recuerda la euforia que experimentaron muchos venezolanos durante las elecciones presidenciales de 2024, cuando acudieron en masa al colegio electoral con la esperanza de destituir a Maduro. “La gente estaba emocionada, estaban felices, muchos pensaban que era el final, hasta que anunciaron los resultados estábamos seguros de que aquello era el final”, dice. Los resultados dieron la victoria a Maduro en lo que según la opinión generalizada fue un fraude electoral, donde el verdadero ganador habría sido el movimiento opositor liderado por María Corina Machado, hoy exiliada y premio Nobel de la Paz.
Tras su secuestro por fuerzas especiales estadounidenses en una dramática incursión del 3 de enero, Nicolás Maduro está recluido en una cárcel de Nueva York. Un mural cerca del OPPE 25 recoge la declaración de Maduro durante su comparecencia ante el tribunal, dos días después de ser capturado. “Soy inocente, soy un hombre decente y sigo siendo el presidente de mi país”, dice el texto del mural, parcialmente desmoronado por los terremotos.
La presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, durante una visita a un centro de acopio de ayuda humanitaria para los afectados por los terremotos en Caracas.
Tras la captura de Maduro, Trump respaldó inesperadamente a Rodríguez. Dijo que era una “persona estupenda” y que estaba ayudando a que petroleras y mineras estadounidenses hicieran negocios en Venezuela, el país que hasta hace nada era la cuna del antiimperialismo y que ahora muchos ven como un protectorado. Pero el futuro político de la presidenta en funciones no está claro, a medida que crece la indignación por su gestión de los terremotos. Según una encuesta llevada a cabo tras la catástrofe, el 63% de los venezolanos suspende a Rodríguez y casi un 50% considera más urgente celebrar elecciones que empezar la reconstrucción, aunque también hay quien sospecha que los terremotos reducirán las presiones para organizar nuevos comicios.
Rodríguez defiende la respuesta “incansable” de su Gobierno ante la catástrofe y atribuye las críticas a una conspiración mediática maliciosa urdida en “laboratorios” de propaganda. Para rebatir la acusación de chapucería en la construcción de las emblemáticas promociones de vivienda de Chávez, la presidenta en funciones ha dirigido la atención hacia los desarrollos inmobiliarios comerciales, asegurando que son la mayoría de los edificios que han caído.
Genatios opina que los terremotos y sus consecuencias han puesto de manifiesto que “la revolución es una mentira”. “El Gobierno de Venezuela es un fracaso absoluto, tiene un apoyo popular cada vez menor”, sostiene. “La retórica revolucionaria sobre ayudar a los pobres es solo una fachada, completamente alejada de la realidad; ya no hay absolutamente ninguna revolución, la única motivación es dinero y poder, no hay revolución, nada, no existe”, insiste.
“Creo que la gente ya ha tenido suficiente, llevamos 27 años con esta plaga”, dice Rodríguez Guanire, refiriéndose al chavismo. En su opinión, el Gobierno caerá antes o después. “Siento que los terremotos fueron como una caja de Pandora, o la gota que colma el vaso, para que todo el mundo pueda entender que ya basta con lo que está pasando en Venezuela”, añade. Lleva una mascarilla blanca para protegerse del polvo tóxico y del nauseabundo olor a muerte mientras busca a su madre entre los escombros que bloquean la entrada de una torre derrumbada del OPPE 25.
Momentos después, una ambulancia del Fobierno se detiene frente al OPPE 33. Han avisado de que se ha encontrado a un superviviente atrapado bajo 12 losas de hormigón. En un lado del vehículo de emergencia hay un vinilo adhesivo con la imagen de un Maduro sonriente al que unos gamberros le han arrancado partes de la cabeza y la cara. Las ruinas de los edificios y la revolución de Chávez yacen alrededor.
Con información de Clavel Rangel.
Traducción de Francisco de Zárate Tras los seísmos que han dejado cerca de 4.500 fallecidos, muchos vecinos de La Guaira se preguntan por la calidad de las viviendas sociales construidas por los Gobierno de Hugo ChávezSuben a más de 4.000 los muertos en Venezuela y el Gobierno reafirma su competencia exclusiva en la reconstrucción
En el complejo de viviendas sociales y antiguo bastión chavista OPPE 25 (siglas de Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales), los cimientos de la revolución bolivariana ya se tambaleaban antes de que dos potentes terremotos los redujeran a un caos de hormigón y vidas destrozadas.
Gabriel González tiene 45 años y es obrero de la construcción. Todavía recuerda el júbilo con que recibió en 2013 las llaves de su piso nuevo en uno de los bloques de 12 plantas que el comandante Chávez había mandado construir en una zona acomodada de la turística Caraballeda. Cuando le entregaron la nueva vivienda, cerca de la playa, González llevaba dos años viviendo en un refugio de emergencia, tras perder su hogar anterior en unos deslizamientos de tierra letales. “Fue maravilloso”, recuerda González, que durante años fue un orgulloso simpatizante del PSUV (el partido socialista creado por Chávez). “El Gobierno de Chávez ayudó muchísimo a los pobres; todo el mundo estaba con Chávez por aquel entonces”.
Pero el líder venezolano falleció poco después de que González se mudara al OPPE 25, y sus sentimientos por el Gobierno, y los de muchos vecinos, comenzaron a agriarse. Un descontento generalizado que se agravó con los años de pobreza, hiperinflación y migración durante el régimen autoritario de Nicolás Maduro, sucesor de Chávez. “Por desgracia, se convirtió en una dictadura”, dice González, cuyos hermanos tuvieron que emigrar a Brasil y EEUU. “Todo el mundo por aquí decía que la revolución bolivariana ya no existía, que ya no era lo mismo”.
Golpe a la maltrecha reputación del chavismo
El último golpe lo han dado los dos terremotos que asolaron la costa norte de Venezuela en junio, dejando al descubierto las ruinas de la revolución, mientras los herederos de Chávez se esfuerzan por dar respuesta a una catástrofe para la que parecen mal preparados. “No tenemos gobierno”, se queja González una mañana reciente junto a una tienda de campaña que le donaron. Allí es donde duerme, en un campo de golf cercano a su casa, que quedó destruida por completo. Han pasado dos semanas desde el desastre y siguen desaparecidos su hijo Daniel, de 22 años, y su suegra, Esmeralda. Su familia permanece junto a los escombros, esperando noticias.
Como muchos otros residentes del estado de La Guaira, el más afectado por la catástrofe, González critica la lentitud en la respuesta de la líder en funciones de Venezuela, Delcy Rodríguez (era la vicepresidenta hasta que Donald Trump secuestró en enero a Maduro). “Por desgracia, no he visto a nadie por aquí, no he visto a ningún gobernador, no he visto a ningún alcalde”, añade. González y Rosa, su mujer, pasaron 24 horas sepultados bajo los escombros del OPPE 25 antes de que los rescataran milagrosamente sin apenas un rasguño. La pareja depende ahora de los equipos de ayuda humanitaria y de los feligreses que traen paquetes de comida y rezan con ellos.
Una persona integrante del Ejercito de México realiza labores de búsqueda en los escombros de un edificio en La Guaira.
Cuando González termina de hablar, el pastor local Ismael Yarves abre una Biblia encuadernada en ante para leer el Salmo 46. Las palabras contrastan con la pobre respuesta del Gobierno. “Dios es nuestra esperanza y nuestra fuerza, un socorro siempre presente en la angustia”, lee Yarves. “Por eso no temeremos, aunque la tierra tiemble y aunque las montañas se hundan en medio del mar”.
Un suceso “verdaderamente extraordinario”
Los expertos coinciden en que pocos países habrían estado plenamente preparados para la asombrosa ferocidad del desastre del 24 de junio: en menos de un minuto se sucedieron dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 que en cuestión de segundos derribaron edificios grandes y densamente ocupados, como el OPPE 25.
“Fue un suceso verdaderamente extraordinario”, dice Carlos Genatios, ingeniero de estructuras y especialista en planificación ante desastres naturales. En opinión de Genatios, que en 1999 ocupó el cargo de ministro de Ciencia y Tecnología tras la llegada de Chávez al poder, la energía liberada por los dos terremotos fue equivalente a la de 240 bombas atómicas como la de Hiroshima. “Fue mucho peor que el terremoto [de magnitud 7,0] de Haití, considerado el desastre más grave del siglo XXI”, explica Genatios, exiliado tras escribir artículos críticos con el régimen de Maduro.
A pesar de ello, Genatios cree que el gobierno tendrá que dar explicaciones por las cerca de 4.500 personas que han perdido la vida en la catástrofe, y las 17.000 que han salido heridas. ¿Por qué construir edificios así de grandes en una zona sísmica, con suelos blandos que temblaban como gelatina durante los terremotos? ¿Se construyeron correctamente las promociones de vivienda social como el OPPE 25 y otras propiedades de lujo cercanas, que también se vinieron abajo? ¿Eran adecuados los materiales? ¿Se siguieron estrictas normas de construcción? ¿Los gobernantes chavistas de Venezuela dotaron de manera suficiente a los servicios sismológicos, sanitarios y de emergencia la eventualidad de una catástrofe natural? ¿O estaban distraídos con su deseo de seguir en el poder?
En opinión de Genatios, una vez que se calmen las aguas habrá que encargar una investigación exhaustiva para asignar responsabilidades. Está convencido de que los sucesivos gobiernos podían haber salvado vidas si hubieran planificado mejor cómo enfrentar estos desastres. “Imposible que no hubiera víctimas, pero el número podía haber sido mucho menor”, dice.
“Precidenta Deisy Rodrigues [sic]: ayúdenos por favor”
La desolación se extendía por las calles en torno al OPPE 25 la semana pasada. Familias angustiadas y sin dormir excavaban a duras penas los escombros en busca de sus seres queridos en medio de un paisaje apocalíptico de bloques derruidos. De vez en cuando, los trabajos se interrumpían para observar a los equipos de recuperación de cadáveres, reconocibles por sus batas azules y cascos amarillos, extraer de entre los escombros cadáveres horriblemente desfigurados.
Los familiares de los sepultados bajo las ruinas han escrito peticiones de ayuda con pintura en las fachadas de sus casas. “Precidenta Deisy Rodrigues [sic]: ayúdenos por favor, mi hijo está aquí dentro”, decía un mensaje sobre un bloque de pisos a pocas calles del OPPE 25.
Muchos supervivientes aseguran que, en las horas y días cruciales que siguieron a la tragedia, la ayuda nunca llegó. Además del duelo, hay una sensación generalizada de profunda indignación por la lentitud e insuficiencia de la respuesta de las autoridades de Rodríguez. Los civiles tuvieron que tomar la iniciativa, remangarse y cubrirse de polvo para rescatar a las víctimas de los gigantescos montones de hormigón mientras las fuerzas de seguridad se quedaban de brazos cruzados con las armas en la mano.
“Aquí hay más rifles que picos y palas, y lo que necesitamos son picos y palas”, se queja Milagri Rodríguez Guanire, una de los casi ocho millones de personas que en los últimos años se han marchado de Venezuela. Tras el terremoto, cogió un avión de vuelta desde Chile para buscar entre los escombros del OPPE 25 a Ymelda, su madre.
Nos sacaron de la pobreza de la vida para llevarnos a la riqueza de la muerte
Marciel Edilberto Llarve
— Superviviente de los terremotos
Las paredes del complejo están adornadas con propaganda ensalzando al “gigante eterno”, Hugo Chávez, y a su heredero, Nicolás Maduro, que en un mural es representado como “Súper Bigote”, un superhéroe con “mano de hierro”. Pero la indignación por la deficiente respuesta del Gobierno ha agrandado viejos agravios que, en los barrios obreros, antiguos bastiones de apoyo al régimen, llevan años acumulándose.
Muchos expresan su indignación y tristeza por el desmoronamiento de Venezuela. Tras los años de bonanza petrolera que vivió el país durante el Gobierno de Chávez, la caída en los precios internacionales del crudo, la corrupción, la mala gestión bajo el mandato de Maduro y las paralizantes sanciones de EEUU contribuyeron a hundirlo, pese a la riqueza de sus recursos energéticos, en una de las peores crisis económicas de la historia moderna.
“Un montón de mierda, tenemos que deshacernos de estas ratas”, dice furioso Roberto Dupuy, un cocinero de 65 años que perdió a su hija en el derrumbe de dos de las siete torres del OPPE 25. Las ruinas de las cinco construcciones restantes han quedado tan dañadas que también parecen a punto de caerse.
Otros residentes de los complejos construidos por Chávez a lo largo de la costa caribeña de Caraballeda expresan su indignación por la sospecha de haber sido alojados en trampas mortales. Se preguntan por la solidez estructural de edificios mal construidos con finas paredes de cemento, donde los techos tenían goteras y los ascensores no funcionaban. “Eran edificios de mala calidad; por eso se derrumbaron y mataron a tanta gente”, dice el suegro de Gabriel González, Marciel Edilberto Llarve.
La casa de Llarve, en el complejo OPPE 33, se desmoronó junto con el bloque. Allí sigue su esposa, enterrada bajo los escombros. “Nos sacaron de la pobreza de la vida para llevarnos a la riqueza de la muerte”, dice Llarve. Para él, trasladarse junto a su familia de una choza destartalada en la ladera hasta el bloque de viviendas fue, sin saberlo, como ir a la guillotina. “Este edificio estaba hecho de gelatina”, dice.
Silencio por miedo a represalias
Muchos de los vecinos del OPPE 25 ocultaban sus opiniones políticas para que los miembros del comité de barrio del Partido Socialista no los delataran, según González. En una Venezuela donde Maduro desplegaba medidas cada vez más restrictivas para sobrevivir a las sucesivas oleadas de protestas y levantamientos, y hasta a un intento de asesinato, ser denunciado a las autoridades por las opiniones políticas podía significar perder de las prestaciones sociales, el trabajo o el hogar, o incluso ser detenidos.
La cuñada de González, Yolife Llarve, recuerda la euforia que experimentaron muchos venezolanos durante las elecciones presidenciales de 2024, cuando acudieron en masa al colegio electoral con la esperanza de destituir a Maduro. “La gente estaba emocionada, estaban felices, muchos pensaban que era el final, hasta que anunciaron los resultados estábamos seguros de que aquello era el final”, dice. Los resultados dieron la victoria a Maduro en lo que según la opinión generalizada fue un fraude electoral, donde el verdadero ganador habría sido el movimiento opositor liderado por María Corina Machado, hoy exiliada y premio Nobel de la Paz.
Tras su secuestro por fuerzas especiales estadounidenses en una dramática incursión del 3 de enero, Nicolás Maduro está recluido en una cárcel de Nueva York. Un mural cerca del OPPE 25 recoge la declaración de Maduro durante su comparecencia ante el tribunal, dos días después de ser capturado. “Soy inocente, soy un hombre decente y sigo siendo el presidente de mi país”, dice el texto del mural, parcialmente desmoronado por los terremotos.
La presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, durante una visita a un centro de acopio de ayuda humanitaria para los afectados por los terremotos en Caracas.
Tras la captura de Maduro, Trump respaldó inesperadamente a Rodríguez. Dijo que era una “persona estupenda” y que estaba ayudando a que petroleras y mineras estadounidenses hicieran negocios en Venezuela, el país que hasta hace nada era la cuna del antiimperialismo y que ahora muchos ven como un protectorado. Pero el futuro político de la presidenta en funciones no está claro, a medida que crece la indignación por su gestión de los terremotos. Según una encuesta llevada a cabo tras la catástrofe, el 63% de los venezolanos suspende a Rodríguez y casi un 50% considera más urgente celebrar elecciones que empezar la reconstrucción, aunque también hay quien sospecha que los terremotos reducirán las presiones para organizar nuevos comicios.
Rodríguez defiende la respuesta “incansable” de su Gobierno ante la catástrofe y atribuye las críticas a una conspiración mediática maliciosa urdida en “laboratorios” de propaganda. Para rebatir la acusación de chapucería en la construcción de las emblemáticas promociones de vivienda de Chávez, la presidenta en funciones ha dirigido la atención hacia los desarrollos inmobiliarios comerciales, asegurando que son la mayoría de los edificios que han caído.
Genatios opina que los terremotos y sus consecuencias han puesto de manifiesto que “la revolución es una mentira”. “El Gobierno de Venezuela es un fracaso absoluto, tiene un apoyo popular cada vez menor”, sostiene. “La retórica revolucionaria sobre ayudar a los pobres es solo una fachada, completamente alejada de la realidad; ya no hay absolutamente ninguna revolución, la única motivación es dinero y poder, no hay revolución, nada, no existe”, insiste.
“Creo que la gente ya ha tenido suficiente, llevamos 27 años con esta plaga”, dice Rodríguez Guanire, refiriéndose al chavismo. En su opinión, el Gobierno caerá antes o después. “Siento que los terremotos fueron como una caja de Pandora, o la gota que colma el vaso, para que todo el mundo pueda entender que ya basta con lo que está pasando en Venezuela”, añade. Lleva una mascarilla blanca para protegerse del polvo tóxico y del nauseabundo olor a muerte mientras busca a su madre entre los escombros que bloquean la entrada de una torre derrumbada del OPPE 25.
Momentos después, una ambulancia del Fobierno se detiene frente al OPPE 33. Han avisado de que se ha encontrado a un superviviente atrapado bajo 12 losas de hormigón. En un lado del vehículo de emergencia hay un vinilo adhesivo con la imagen de un Maduro sonriente al que unos gamberros le han arrancado partes de la cabeza y la cara. Las ruinas de los edificios y la revolución de Chávez yacen alrededor.
Con información de Clavel Rangel.
Traducción de Francisco de Zárate
En el complejo de viviendas sociales y antiguo bastión chavista OPPE 25 (siglas de Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales), los cimientos de la revolución bolivariana ya se tambaleaban antes de que dos potentes terremotos los redujeran a un caos de hormigón y vidas destrozadas.
Gabriel González tiene 45 años y es obrero de la construcción. Todavía recuerda el júbilo con que recibió en 2013 las llaves de su piso nuevo en uno de los bloques de 12 plantas que el comandante Chávez había mandado construir en una zona acomodada de la turística Caraballeda. Cuando le entregaron la nueva vivienda, cerca de la playa, González llevaba dos años viviendo en un refugio de emergencia, tras perder su hogar anterior en unos deslizamientos de tierra letales. “Fue maravilloso”, recuerda González, que durante años fue un orgulloso simpatizante del PSUV (el partido socialista creado por Chávez). “El Gobierno de Chávez ayudó muchísimo a los pobres; todo el mundo estaba con Chávez por aquel entonces”.
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