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  Cultura  Gaudí y el trencadís: cómo elevar los escombros a categoría de obra de arte
Cultura

Gaudí y el trencadís: cómo elevar los escombros a categoría de obra de arte

mayo 13, 2026
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Una exposición en el Museo Casa Botines de León revela cómo el maestro modernista se basó en el reciclaje para crear un lenguaje universal, inmortalizado en la decoración de espacios como el Parque Güell o edificios como la Casa BatllóBrujas inventa BRUSK: cómo hacer hueco a un museo moderno en un casco histórico patrimonio de la humanidad
“Si dijéramos diez arquitectos importantes en la historia, uno de ellos sería Gaudí”. Mireia Freixa no duda sobre la categoría del maestro modernista, de cuya muerte se conmemora el centenario este 2026. La historiadora elude, no obstante, la palabra “genio”, que reserva para artistas como Miguel Ángel o Picasso. Prefiere hablar de “ingenio”. “Antoni Gaudí es un creador que, sobre todo, reflexiona: tiene ese punto de descubrir alternativas que otras personas han pasado por alto; es capaz de construir lo que otros arquitectos solo se atrevían a dibujar”, define.

Uno de esos hallazgos es el trencadís o cómo el arquitecto catalán utilizó fragmentos de materiales diversos para llenar de color edificios tan reconocibles como el Palacio Güell o la Casa Batlló de Barcelona. Tras una profunda tarea de investigación, Mireia Freixa y su colega Marta Saliné exploran el origen y la evolución de una técnica decorativa convertida en lenguaje universal, a través de la exposición que acoge el Museo Casa Botines —edificio obra de Gaudí— hasta el próximo 13 de septiembre.

Uno de los principales enigmas era conocer el origen, la primera vez que Gaudí se enfrentó a una de estas composiciones. A finales del siglo XIX, cuando aborda las obras del Palacio Güell, la palabra trencadís no se conocía. Ni siquiera tiene traducción en castellano. “Es ejemplo de algo quebradizo”, explica la doctora en Historia del arte Marta Saliné. Se empezó a usar más tarde para referirse a la elaboración de mosaicos —composiciones hechas pieza a pieza— cuando los fragmentos que se utilizan tienen formas irregulares. “Es probable que la técnica ya se conociera en el mundo rural”, reflexiona Mireia Freixa, a quien se le ocurre un ejemplo práctico: “Cuando se recubre un pozo, como tiene forma cóncava, lo más fácil es aprovechar desechos y revestirlo un poco de cualquier manera”.

Una de las vitrinas de la exposición, dedicada a la decoración del Parque Güell

Pero antes que la técnica, apareció el material. Gaudí se dejó impresionar por un elemento tan colorista como frecuente en todo el Mediterráneo, desde Valencia hasta el norte de África: la cerámica. El maestro de la Sagrada Familia conocía los alicatados de La Alhambra. “Las láminas ya se reproducían en color”, puntualiza Freixa. Y mucho más cerca de su casa, en Tarragona, tenía los pavimentos del monasterio medieval de Poblet. Justo al lado, en Aragón, las expertas identificaron una segunda influencia, también muy evidente. El arte mudéjar. “Los mudéjares, que eran los árabes que trabajaban en territorio cristiano, introducían piezas cerámicas en el ladrillo”, describe Freixa. Como en la Torre de El Salvador, en pleno centro histórico de Teruel. Esa pista fue definitiva. “Gaudí emplea la técnica mudéjar en la finca de la familia Güell en Barcelona”, informa la historiadora del arte. “En la cubierta, coloca piezas regulares, pero en otros espacios las corta de manera irregular: es la primera vez que utiliza el trencadís”, revela. El creador modernista proyectaba una técnica de supuesto origen rural en una arquitectura culta.
Escombros y reciclaje
Dar una segunda vida a los residuos es uno de los pilares de los proyectos que actualmente se impulsan en la Unión Europea. Forman parte de las llamadas redes NEB (Nueva Bauhaus Europea). Este criterio de economía circular tan en boga (reutilizar y reciclar) lo tenía completamente asumido Gaudí hace más de un siglo. Hay un episodio en el proyecto del Palacio Güell que ilustra especialmente esta idea. Cuentan las comisarias de Gaudí y el trencadís que Eusebi Güell alquiló y reformó una vivienda en la Rambla para vivir mientras Gaudí terminaba las obras de su palacio. El empresario catalán quería comprar aquella propiedad, pero no se la vendieron. “Se enfadó tanto que arrancó los azulejos que había puesto en el baño”, relata Mireia Freixa, quien recupera el dicho (“era tacaño como buen catalán”, cita) para introducir lo que ocurrió a continuación. Las piezas que se encontraban en buen estado las colocó en los baños del nuevo palacio. Gaudí empleó el resto —las que estaban rotas— en decorar la cubierta. “También recubrió la cúpula del palacio, el gran pincho que hay encima, con las escorias de unos hornos que el propietario tenía en la zona de El Garraf”, añade Freixa.

Esa sensibilidad por los escombros también está presente en la muestra del Museo Casa Botines a través de varias piezas. “A la World Monuments Fund, la entidad que patrocina la exposición, le encantó la idea de arquitectura del reciclaje”, explican las comisarias. Esta segunda vida para los desechos, que puede parecer excepcional, es bastante habitual. Las historiadoras ponen como ejemplo el museo Victoria & Albert de Londres, donde se exponen fragmentos de cerámica árabe que se han recompuesto. “Los japoneses, cuando se rompe una taza, la restauran y la pieza resultante también es una obra de arte”, apunta Freixa. Lo que hace el arquitecto catalán con restos cerámicos aparentemente inservibles no es crear una obra de arte en sí misma (aunque algunas de sus composiciones puedan parecerlo), sino integrarlos sus edificios. “En Gaudí estaba muy presente la idea de que la arquitectura tenía que ser una síntesis de todas las artes”, exponen las expertas. El criterio conecta con un debate que se desató en pleno siglo XIX.

ala del Museo Casa Botines de León donde se celebra la muestra ‘Gaudí y el trencadís’

¿Había algún tipo de simbolismo en el trencadís? La historiadora Mireia Freixa cree que la técnica tenía “sobre todo, un sentido útil”. A Gaudí “le iba perfecta, porque implicaba color”, aclara. Claro que, dentro de la ola modernista, hubo también otros colegas que utilizaron materiales fragmentados en sus diseños. El más reconocible quizá sea Lluís Domènech i Montaner, que llenó de color, por ejemplo, el Palacio de la Música Catalana a partir de la cerámica. Y ahí radica la diferencia: mientras otros arquitectos se ceñían al uso de restos cerámicos, Gaudí experimentó con diversas técnicas basadas en “cristal, mármol, piedra o escorias de hornos de cal”, enumera la profesora Marta Saliné. Como en la Casa Batlló, cuya excepcional fachada está compuesta con vidrios de colores.
“Sus propios paletas”
Otro de los aspectos menos conocidos del idilio del maestro de la Sagrada Familia con el trencadís es su ejecución. ¿Cómo plasmaba el arquitecto sus diseños en los bancos ondulados del Parque Güell o en la citada Casa Batlló? Junto a su estrecho colaborador Josep María Jujol, responsable de las decoraciones del Parque Güell, Gaudí “formaba a sus propios trabajadores, a sus paletas, para que ellos pudieran aplicar el trencadís”, revela Mireia Freixa. A los albañiles, por tanto, corresponde buena parte del mérito de los acabados. Ese aprendizaje convirtió la Barcelona de la época en un centro de formación de la técnica, que luego se expandió a otros lugares periféricos, como Valencia. Porque el hallazgo sobrevivió a Gaudí. Hoy la técnica sigue viva, se utiliza en nuevos proyectos y, según las expertas, ha servido de inspiración a otros diseños, como el Palau de les Arts (también en Valencia) de Santiago Calatrava. O como la Cara de Barcelona, la escultura de estilo pop que Roy Lichtenstein realizó junto al puerto de Barcelona, con motivo de los Juegos Olímpicos de 1992.

Mostrador en el que se habla de la relación de la Casa Milà (La Pedrera) con las técnicas decorativas de Gaudí

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Un siglo después de su muerte, la peculiar fórmula para generar el color de los edificios está presente en su obra más emblemática, aún inacabada: la Sagrada Familia. Quien haya escalado las torres visitables, habrá percibido de cerca los vivos fragmentos cerámicos en remates y elementos decorativos de la basílica. El maestro modernista no llegó a utilizar esta ornamentación en la ciudad de León, pero algunos elementos originales de sus obras se encuentran estos meses en la exposición del Museo Casa Botines. En concreto, cinco fragmentos originales de los bancos del Parque Güell, junto a otras piezas adquiridas por el propio museo y una treintena de réplicas de mosaicos. Los testimonios están acompañados de todo el conocimiento adquirido por las expertas Mireia Freixa y Marta Saliné, dentro del grupo de investigación Gragmon, de la Universidad de Barcelona. Un saber todavía incompleto, porque el trencadís tiene hoy vida más allá de Gaudí. Una exposición en el Museo Casa Botines de León revela cómo el maestro modernista se basó en el reciclaje para crear un lenguaje universal, inmortalizado en la decoración de espacios como el Parque Güell o edificios como la Casa BatllóBrujas inventa BRUSK: cómo hacer hueco a un museo moderno en un casco histórico patrimonio de la humanidad
“Si dijéramos diez arquitectos importantes en la historia, uno de ellos sería Gaudí”. Mireia Freixa no duda sobre la categoría del maestro modernista, de cuya muerte se conmemora el centenario este 2026. La historiadora elude, no obstante, la palabra “genio”, que reserva para artistas como Miguel Ángel o Picasso. Prefiere hablar de “ingenio”. “Antoni Gaudí es un creador que, sobre todo, reflexiona: tiene ese punto de descubrir alternativas que otras personas han pasado por alto; es capaz de construir lo que otros arquitectos solo se atrevían a dibujar”, define.

Uno de esos hallazgos es el trencadís o cómo el arquitecto catalán utilizó fragmentos de materiales diversos para llenar de color edificios tan reconocibles como el Palacio Güell o la Casa Batlló de Barcelona. Tras una profunda tarea de investigación, Mireia Freixa y su colega Marta Saliné exploran el origen y la evolución de una técnica decorativa convertida en lenguaje universal, a través de la exposición que acoge el Museo Casa Botines —edificio obra de Gaudí— hasta el próximo 13 de septiembre.

Uno de los principales enigmas era conocer el origen, la primera vez que Gaudí se enfrentó a una de estas composiciones. A finales del siglo XIX, cuando aborda las obras del Palacio Güell, la palabra trencadís no se conocía. Ni siquiera tiene traducción en castellano. “Es ejemplo de algo quebradizo”, explica la doctora en Historia del arte Marta Saliné. Se empezó a usar más tarde para referirse a la elaboración de mosaicos —composiciones hechas pieza a pieza— cuando los fragmentos que se utilizan tienen formas irregulares. “Es probable que la técnica ya se conociera en el mundo rural”, reflexiona Mireia Freixa, a quien se le ocurre un ejemplo práctico: “Cuando se recubre un pozo, como tiene forma cóncava, lo más fácil es aprovechar desechos y revestirlo un poco de cualquier manera”.

Una de las vitrinas de la exposición, dedicada a la decoración del Parque Güell

Pero antes que la técnica, apareció el material. Gaudí se dejó impresionar por un elemento tan colorista como frecuente en todo el Mediterráneo, desde Valencia hasta el norte de África: la cerámica. El maestro de la Sagrada Familia conocía los alicatados de La Alhambra. “Las láminas ya se reproducían en color”, puntualiza Freixa. Y mucho más cerca de su casa, en Tarragona, tenía los pavimentos del monasterio medieval de Poblet. Justo al lado, en Aragón, las expertas identificaron una segunda influencia, también muy evidente. El arte mudéjar. “Los mudéjares, que eran los árabes que trabajaban en territorio cristiano, introducían piezas cerámicas en el ladrillo”, describe Freixa. Como en la Torre de El Salvador, en pleno centro histórico de Teruel. Esa pista fue definitiva. “Gaudí emplea la técnica mudéjar en la finca de la familia Güell en Barcelona”, informa la historiadora del arte. “En la cubierta, coloca piezas regulares, pero en otros espacios las corta de manera irregular: es la primera vez que utiliza el trencadís”, revela. El creador modernista proyectaba una técnica de supuesto origen rural en una arquitectura culta.
Escombros y reciclaje
Dar una segunda vida a los residuos es uno de los pilares de los proyectos que actualmente se impulsan en la Unión Europea. Forman parte de las llamadas redes NEB (Nueva Bauhaus Europea). Este criterio de economía circular tan en boga (reutilizar y reciclar) lo tenía completamente asumido Gaudí hace más de un siglo. Hay un episodio en el proyecto del Palacio Güell que ilustra especialmente esta idea. Cuentan las comisarias de Gaudí y el trencadís que Eusebi Güell alquiló y reformó una vivienda en la Rambla para vivir mientras Gaudí terminaba las obras de su palacio. El empresario catalán quería comprar aquella propiedad, pero no se la vendieron. “Se enfadó tanto que arrancó los azulejos que había puesto en el baño”, relata Mireia Freixa, quien recupera el dicho (“era tacaño como buen catalán”, cita) para introducir lo que ocurrió a continuación. Las piezas que se encontraban en buen estado las colocó en los baños del nuevo palacio. Gaudí empleó el resto —las que estaban rotas— en decorar la cubierta. “También recubrió la cúpula del palacio, el gran pincho que hay encima, con las escorias de unos hornos que el propietario tenía en la zona de El Garraf”, añade Freixa.

Esa sensibilidad por los escombros también está presente en la muestra del Museo Casa Botines a través de varias piezas. “A la World Monuments Fund, la entidad que patrocina la exposición, le encantó la idea de arquitectura del reciclaje”, explican las comisarias. Esta segunda vida para los desechos, que puede parecer excepcional, es bastante habitual. Las historiadoras ponen como ejemplo el museo Victoria & Albert de Londres, donde se exponen fragmentos de cerámica árabe que se han recompuesto. “Los japoneses, cuando se rompe una taza, la restauran y la pieza resultante también es una obra de arte”, apunta Freixa. Lo que hace el arquitecto catalán con restos cerámicos aparentemente inservibles no es crear una obra de arte en sí misma (aunque algunas de sus composiciones puedan parecerlo), sino integrarlos sus edificios. “En Gaudí estaba muy presente la idea de que la arquitectura tenía que ser una síntesis de todas las artes”, exponen las expertas. El criterio conecta con un debate que se desató en pleno siglo XIX.

ala del Museo Casa Botines de León donde se celebra la muestra ‘Gaudí y el trencadís’

¿Había algún tipo de simbolismo en el trencadís? La historiadora Mireia Freixa cree que la técnica tenía “sobre todo, un sentido útil”. A Gaudí “le iba perfecta, porque implicaba color”, aclara. Claro que, dentro de la ola modernista, hubo también otros colegas que utilizaron materiales fragmentados en sus diseños. El más reconocible quizá sea Lluís Domènech i Montaner, que llenó de color, por ejemplo, el Palacio de la Música Catalana a partir de la cerámica. Y ahí radica la diferencia: mientras otros arquitectos se ceñían al uso de restos cerámicos, Gaudí experimentó con diversas técnicas basadas en “cristal, mármol, piedra o escorias de hornos de cal”, enumera la profesora Marta Saliné. Como en la Casa Batlló, cuya excepcional fachada está compuesta con vidrios de colores.
“Sus propios paletas”
Otro de los aspectos menos conocidos del idilio del maestro de la Sagrada Familia con el trencadís es su ejecución. ¿Cómo plasmaba el arquitecto sus diseños en los bancos ondulados del Parque Güell o en la citada Casa Batlló? Junto a su estrecho colaborador Josep María Jujol, responsable de las decoraciones del Parque Güell, Gaudí “formaba a sus propios trabajadores, a sus paletas, para que ellos pudieran aplicar el trencadís”, revela Mireia Freixa. A los albañiles, por tanto, corresponde buena parte del mérito de los acabados. Ese aprendizaje convirtió la Barcelona de la época en un centro de formación de la técnica, que luego se expandió a otros lugares periféricos, como Valencia. Porque el hallazgo sobrevivió a Gaudí. Hoy la técnica sigue viva, se utiliza en nuevos proyectos y, según las expertas, ha servido de inspiración a otros diseños, como el Palau de les Arts (también en Valencia) de Santiago Calatrava. O como la Cara de Barcelona, la escultura de estilo pop que Roy Lichtenstein realizó junto al puerto de Barcelona, con motivo de los Juegos Olímpicos de 1992.

Mostrador en el que se habla de la relación de la Casa Milà (La Pedrera) con las técnicas decorativas de Gaudí

Un siglo después de su muerte, la peculiar fórmula para generar el color de los edificios está presente en su obra más emblemática, aún inacabada: la Sagrada Familia. Quien haya escalado las torres visitables, habrá percibido de cerca los vivos fragmentos cerámicos en remates y elementos decorativos de la basílica. El maestro modernista no llegó a utilizar esta ornamentación en la ciudad de León, pero algunos elementos originales de sus obras se encuentran estos meses en la exposición del Museo Casa Botines. En concreto, cinco fragmentos originales de los bancos del Parque Güell, junto a otras piezas adquiridas por el propio museo y una treintena de réplicas de mosaicos. Los testimonios están acompañados de todo el conocimiento adquirido por las expertas Mireia Freixa y Marta Saliné, dentro del grupo de investigación Gragmon, de la Universidad de Barcelona. Un saber todavía incompleto, porque el trencadís tiene hoy vida más allá de Gaudí.  

“Si dijéramos diez arquitectos importantes en la historia, uno de ellos sería Gaudí”. Mireia Freixa no duda sobre la categoría del maestro modernista, de cuya muerte se conmemora el centenario este 2026. La historiadora elude, no obstante, la palabra “genio”, que reserva para artistas como Miguel Ángel o Picasso. Prefiere hablar de “ingenio”. “Antoni Gaudí es un creador que, sobre todo, reflexiona: tiene ese punto de descubrir alternativas que otras personas han pasado por alto; es capaz de construir lo que otros arquitectos solo se atrevían a dibujar”, define.

Uno de esos hallazgos es el trencadís o cómo el arquitecto catalán utilizó fragmentos de materiales diversos para llenar de color edificios tan reconocibles como el Palacio Güell o la Casa Batlló de Barcelona. Tras una profunda tarea de investigación, Mireia Freixa y su colega Marta Saliné exploran el origen y la evolución de una técnica decorativa convertida en lenguaje universal, a través de la exposición que acoge el Museo Casa Botines —edificio obra de Gaudí— hasta el próximo 13 de septiembre.

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