Por más que todas las elecciones se presenten como acontecimientos irrepetibles, hay hábitos que nunca cambian. Cada vez que un partido intenta escapar de su responsabilidad tras una derrota, las excusas suelen ser exactamente las mismas. Una de las estrategias más socorridas pasa por circunscribir la crisis a un problema de campaña. Afirmar que no se ha sabido comunicar un proyecto o confesar que se han cometido errores no forzados —expresión de la que abusan todos los gabineteros— siempre permite distraer la crítica. Y, sobre todo, restringe el problema a una dimensión instrumental —la comunicación— y evita cargar las tintas sobre la cuestión sustantiva: el proyecto político.
Es verdad que Montero no era una buena candidata y que su campaña fue torpe. Pero cuesta seguir fingiendo que el problema del PSOE se limita a eso
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Es verdad que Montero no era una buena candidata y que su campaña fue torpe. Pero cuesta seguir fingiendo que el problema del PSOE se limita a eso


Por más que todas las elecciones se presenten como acontecimientos irrepetibles, hay hábitos que nunca cambian. Cada vez que un partido intenta escapar de su responsabilidad tras una derrota, las excusas suelen ser exactamente las mismas. Una de las estrategias más socorridas pasa por circunscribir la crisis a un problema de campaña. Afirmar que no se ha sabido comunicar un proyecto o confesar que se han cometido errores no forzados —expresión de la que abusan todos los gabineteros— siempre permite distraer la crítica. Y, sobre todo, restringe el problema a una dimensión instrumental —la comunicación— y evita cargar las tintas sobre la cuestión sustantiva: el proyecto político.
La segunda coartada habitual consiste en cargar la derrota sobre los hombros del candidato. Todos los partidos tienen momentos en los que necesitan un fusible o pararrayos de rostro humano, y ante una derrota más o menos descontada, se abrasa a una figura amortizada para que absorba el desgaste colectivo. A veces, ese servicio se compensa con un cargo discreto y bien pagado lejos del foco. Otras veces, más crueles e ingratas, ni siquiera eso. La política española también tiene sus fosas comunes de olvidados.
Las dos estrategias llevaban días ensayándose con una María Jesús Montero que intentó evitar, mientras pudo, encabezar la lista. Se ha insistido en su condición de ministra de Hacienda, probablemente el ministerio menos popular de cualquier Gobierno. Y la imperdonable frivolidad de describir la muerte de dos guardias civiles como un “accidente laboral” ascendió inmediatamente a la categoría de error decisivo de campaña.
Es verdad que Montero no era una buena candidata y que su campaña fue torpe. Pero, a estas alturas, cuesta seguir fingiendo que el problema del PSOE se limita a eso. El partido ha dejado de ser una fuerza de mayorías y empieza a consolidar una pérdida de influencia profundamente seria en territorios donde antes era casi un elemento del paisaje político, desde Andalucía hasta Extremadura o Aragón.
Que la única mayoría absoluta socialista siga perteneciendo a García-Page —precisamente el dirigente que más se distancia del presidente Sánchez— debería obligar a una reflexión algo más incómoda que la habitual autopsia circunstancial de campaña. Quizá el verdadero error de diagnóstico consista en seguir creyendo que los electores no han entendido el proyecto. Tal vez ocurra exactamente lo contrario: que empiezan a entenderlo demasiado bien.
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