La escena transcurre de noche. Un ciudadano pasea con su perro mientras consulta un folleto electoral de Vox. La mascota se detiene y defeca en la acera. El paseante se apresura a recoger los excrementos ayudándose de la publicidad del partido de Abascal. “Para lo único que sirven. Qué a gusto me he quedado”, comenta en TikTok @th.hhhh. La publicación acumula más de 206.000 aprobaciones, ha sido compartida más de 38.000 veces y ha generado miles de comentarios, que en su mayoría aprueban la ocurrencia. En otro video de TikTok, @user6xheou6k24 lleva las papeletas de Vox al cubo de la basura mientras hila una sarta de insultos a los responsables de esa fuerza política. Este vídeo ha sido compartido más de 6.000 veces.
Cada vez más electores parecen tener la necesidad de expresar sus preferencias en las redes antes de ir a las urnas
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Cada vez más electores parecen tener la necesidad de expresar sus preferencias en las redes antes de ir a las urnas


La escena transcurre de noche. Un ciudadano pasea con su perro mientras consulta un folleto electoral de Vox. La mascota se detiene y defeca en la acera. El paseante se apresura a recoger los excrementos ayudándose de la publicidad del partido de Abascal. “Para lo único que sirven. Qué a gusto me he quedado”, comenta en TikTok @th.hhhh. La publicación acumula más de 206.000 aprobaciones, ha sido compartida más de 38.000 veces y ha generado miles de comentarios, que en su mayoría aprueban la ocurrencia. En otro video de TikTok, @user6xheou6k24 lleva las papeletas de Vox al cubo de la basura mientras hila una sarta de insultos a los responsables de esa fuerza política. Este vídeo ha sido compartido más de 6.000 veces.
Cada vez más ciudadanos parecen tener la necesidad de votar dos veces, de hacerlo primero en las redes sociales antes de acudir a las urnas. Mientras en un colegio electoral el votante apuesta en positivo por un candidato, a través de sus cuentas en las redes muestra el rechazo al resto de las opciones. Con nuestra sociedad instalada en una polarización creciente, resulta perfectamente adaptativo para el ciudadano de a pie bajar al barro de la descalificación y el insulto. Estamos asistiendo a una generalización de las campañas en negativo, que tan buen resultado han dado durante la última década a los partidos de extrema derecha y fuerzas populistas desde que su creador, el consultor estadounidense Arthur Finkelstein, las aplicara con éxito en procesos electorales con el húngaro Orbán o el israelí Netanyahu.
La campaña andaluza ofrece un buen ejemplo de cómo un partido político puede trabajar en la amplificación de una campaña en negativo alentando a sus simpatizantes para que aporten, desde sus propios perfiles, dosis adicionales de agresividad, descalificación y ridiculización de rival. Tal como Finkelstein enseñó a sus pupilos ultras, en estos procesos es necesario identificar un solo enemigo: la persona a la que convertir en odioso y odiable a ojos de todos.
TikTok se ha llenado durante esta campaña de decenas de vídeos en los que algunos ciudadanos cortan, destrozan o queman las papeletas de la candidata socialista, María Jesús Montero. Muchos de los vídeos comparten la misma secuencia y el mismo sonido, un montaje que mezcla una música pegadiza sobre la que cabalga la voz de la propia candidata socialista. Otros usuarios han preferido aportar un toque personal: “¡Mirad que pedazo de bicho ha entrado en mi casa, menos mal que lo he matado ya!”, exclama @quile6 mientras pisotea una papeleta de Montero, previamente hecha pedazos. El vídeo ha recibido más de 22.000 reacciones positivas. Más de 3.000 seguidores de TikTok han compartido la secuencia en la que @marisavalero999 desgrana sus razones para no votar a Montero mientras corta en tiras, con la ayuda de unas tijeras de cocina un sobre con la imagen de la exministra.
En su libro Imposture, la ensayista francesa Aurélie Jean sostiene que las plataformas han dejado atrás el simple modelo de la atención para entrar en una lógica más profunda: la del apego. Ya no se trata solo de conseguir que un usuario mire un vídeo durante unos segundos, sino de integrarlo emocionalmente en una comunidad. Ese marco ayuda a entender por qué estos contenidos funcionan tan bien. Romper una papeleta, tirarla a la basura o usar un folleto para recoger los excrementos de un perro no son únicamente actos de rechazo político. Son pequeñas performances de pertenencia. Y el algoritmo premia esa mezcla de emoción, simplicidad y agresividad que convierte el voto en una forma de identidad antes incluso de que llegue el día de las urnas.
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