TVE firma una noche histórica con un especial que reúne a las grandes voces de sus informativos para recorrer 70 años de nuestra historia. Un homenaje emocionante, estremecedor y necesario al periodismo, a la memoria y a quienes cada día hacen posible el servicio público Leer TVE firma una noche histórica con un especial que reúne a las grandes voces de sus informativos para recorrer 70 años de nuestra historia. Un homenaje emocionante, estremecedor y necesario al periodismo, a la memoria y a quienes cada día hacen posible el servicio público Leer
Escalofríos. Lágrimas. Emoción. Tristeza. Alegría. Risas. Orgullo. Frustración. Impotencia. Esperanza. Miedo. Rabia. Nostalgia. Y vuelta a empezar. Lo que este lunes hizo TVE con El Telediario de nuestras vidas ya era historia de la televisión antes de que se encendiera la primera cámara. Lo que ocurrió después, durante aquellos 45 minutos en los que 70 años de noticias, de imágenes, de voces y de recuerdos nos atravesaron el corazón, es difícil de explicar.
Porque no fue simplemente un Telediario. Ni siquiera fue un homenaje. Fue nuestra vida. La de nuestros padres, la de nuestros abuelos, la de nuestros hijos. La de un país que aprendió a vivir en democracia, que lloró unido, que celebró unido, que se equivocó, que avanzó y que sigue intentando comprender el mundo. Fue, sencillamente, una de esas noches que recuerdan por qué la televisión, cuando quiere y cuando sabe, puede ser maravillosa.
Y eso que el listón estaba altísimo incluso antes de comenzar. Reunir en un mismo informativo a Pepa Bueno, Ana Blanco, Matías Prats, Iñaki Gabilondo, Pedro Piqueras, Carlos Franganillo, Olga Viza, Manuel Campo Vidal, María Escario o Lorenzo Milá era ya una proeza. Verlos regresar a Torrespaña, a la que durante tantos años fue su casa, era suficiente para convertir la noche en un acontecimiento histórico. Pero Carlos del Amor, autor de la idea original y director de este especial realizado por Antonio Casado, tenía preparado algo mucho más grande. No quería que los protagonistas fueran ellos. Quería que fuéramos nosotros. Lo consiguió. ¡Vaya si lo consiguió!
Bastaron unos segundos, una sucesión de aquellos «buenas tardes», «buenas noches» y «buenos días» que durante siete décadas han entrado en millones de hogares, para entender lo que estaba a punto de suceder. Voces que reconocemos incluso antes de ver sus rostros. Voces que nos acompañaron mientras comíamos, mientras cenábamos, mientras esperábamos una noticia que podía cambiarlo todo. Voces que anunciaron tragedias y victorias, que nos hicieron llorar y que, algunas veces, también nos permitieron respirar aliviados. La memoria tiene voz. Y muchas de esas voces han salido de un Telediario de TVE.
«Ahora sí vamos con el Telediario de nuestras vidas. ¿Empezamos?», preguntó Pepa Bueno. Y empezó un viaje del que era imposible salir indemne.
La pandemia. Aquellas calles vacías. Los balcones. Los aplausos. El miedo. Los muertos. Los mayores. Carlos Franganillo regresando a unos días en los que los Telediarios se convirtieron en «la única ventana al exterior de millones de españoles». Y después, casi sin permitirnos recuperar el aliento, la muerte de Franco. Aquel «Españoles, Franco ha muerto» que sigue erizando la piel medio siglo después. La Transición. El 23-F. Iñaki Gabilondo recordando cómo una democracia que apenas había aprendido a caminar estuvo a punto de venirse abajo. Los disparos en el Congreso. El miedo de un país entero. La incertidumbre de no saber qué iba a ocurrir al día siguiente.
Y el terrorismo. El horror de ETA. Los asesinatos, las familias destrozadas, los años de plomo. Manuel Campo Vidal recordando lo que significaba tener que interrumpir una programación para contar aquello que nadie hubiera querido contar jamás. Hipercor. Miguel Ángel Blanco. Ortega Lara. Y el día en el que ETA anunció que dejaba de matar. Cuánto dolor cabe en una pantalla. Cuántas vidas se quedaron por el camino. Cuántas noticias nos hubiera gustado no tener que escuchar nunca.
Pero El Telediario de nuestras vidas no se conformó con recuperar las imágenes que todos recordamos. Las volvió a poner delante de nosotros con el peso que les han dado los años. Porque una cosa es haber vivido una noticia y otra muy distinta volver a verla cuando ya sabemos todo lo que vino después.
Ahí estaba Ana Blanco recordando el 11 de septiembre de 2001, aquel Telediario que comenzó como cualquier otro y terminó contando cómo el mundo que conocíamos se venía abajo. Las Torres Gemelas. Los aviones. El humo. Las personas lanzándose al vacío. La incredulidad. La certeza de que nada volvería a ser igual. Y ahí estaba también el 11-M, los trenes de Madrid, las mochilas bomba, las víctimas, el desconcierto, la exigencia de verdad. Hay imágenes que uno no necesita volver a ver para recordarlas. Pero cuando vuelven, duelen exactamente igual.
Y entonces llegó uno de los grandes aciertos de este especial: no convertir la memoria en un simple álbum de fotografías. Porque recordar también es preguntarse qué hemos aprendido. Y, sobre todo, qué seguimos sin aprender. Y recordar un Telediario, 70 años de Telediario, es también la voz y el rostro de quienes hacían y hacen las noticias: Verónica Elorza, la reportera que no pudo contener las lágrimas en la puerta de la casa de Miguel Ángel Blanco; Arturo Pérez-Reverte, para contar la guerra, las guerras; Raquel González, para relatar el 11-M; Jesús Álvarez, para contar los JJOO que cambiaron un país, los de Barcelona…
Las guerras. Siempre las guerras. Los Balcanes, Ucrania, Gaza, tantos lugares donde la barbarie parece no tener fin. Las imágenes de los reporteros que han arriesgado sus vidas para que el mundo pudiera conocer lo que estaba sucediendo. La necesidad de contar incluso aquello que resulta insoportable mirar. La obligación de no apartar los ojos. Porque, como recordó el especial, la guerra debería resultar indigesta. Y el periodismo tiene también la responsabilidad de incomodarnos.
Qué extraordinario fue que, en medio de aquella sucesión de emociones, hubiera espacio para la Luna. Para recordar a Jesús Hermida, cuya narración de la llegada del hombre al satélite permanece en la memoria de la televisión, y para que Lorenzo Milá recuperase aquella fascinación por la ciencia, por los descubrimientos, por todo lo que parecía imposible hasta que dejó de serlo. También para la caída del Muro de Berlín, la libertad de Nelson Mandela, los avances de las mujeres, los derechos conquistados, las transformaciones sociales, las migraciones. Para recordar de dónde venimos y cuánto nos ha costado llegar hasta aquí. Y para advertirnos de que nada de lo conseguido está garantizado para siempre.
Ana Isabel Cano, una de las grandes corresponsales de la historia de TVE, la primera, representó precisamente esa otra manera de mirar el mundo: la de quienes se marcharon lejos para acercarnos realidades que, de otro modo, quizá nunca hubiéramos conocido. La de un periodismo que no consiste únicamente en estar donde sucede la noticia, sino en entenderla, contextualizarla y contarla con honestidad. Qué importante recordar que hubo mujeres que abrieron caminos cuando casi todos estaban cerrados. Y qué importante que las nuevas generaciones sepan quiénes fueron.
También hubo risas. ¡Menos mal! Porque 70 años de vida no pueden estar hechos únicamente de tragedias. Olga Viza y Matías Prats volvieron a aquellos Juegos Olímpicos de Barcelona 92 que cambiaron la imagen de España ante el mundo. Y entre recuerdos, bromas y complicidades apareció una de las cosas más bonitas de la noche: la naturalidad de dos profesionales que no necesitaban demostrar absolutamente nada. Habían estado allí. Lo habían contado. Y seguían disfrutando al recordarlo.
Las medallas, las victorias, los goles, los deportistas que nos hicieron levantarnos del sofá. La cultura que nos hizo respirar. El regreso del Guernica, la música, el cine, la literatura. Todos esos momentos en los que los Telediarios también pudieron dar buenas noticias. Porque sí, durante estos 70 años hubo muchísimo que celebrar. Y porque el periodismo no solo está para contar lo peor del ser humano, sino también todo aquello de lo que somos capaces cuando hacemos las cosas bien.
Hasta Paco Montesdeoca regresó con sus mapas del tiempo, aquellos de los «huevos fritos», para reencontrarse con Mónica López. Qué ternura, qué manera tan sencilla de recuperar una televisión que forma parte de nuestra educación sentimental. Pero incluso aquel encuentro aparentemente ligero terminó mirando hacia el futuro, hacia el cambio climático, hacia unas temperaturas que ojalá nunca tengamos que anunciar. Una vez más, el pasado sirviendo para comprender el presente y advertir sobre lo que está por venir.
Y cuando parecía que ya no cabía una emoción más, llegó el final.
El final fue una auténtica declaración de amor al periodismo. Y también una declaración de principios. Porque El Telediario de nuestras vidas hizo algo que engrandece todavía más el homenaje: reconocer que TVE no siempre estuvo a la altura. Que hubo errores. Que hubo manipulaciones. Que hubo actuaciones imperdonables. El 11-M, el Prestige, los GAL. La televisión pública también tiene una historia de sombras y esconderlas habría convertido aquel homenaje en un ejercicio de autocomplacencia. No lo hizo. Y fue uno de sus mayores aciertos.
Porque defender el servicio público no significa aplaudirlo todo. Significa exigirle que esté a la altura de lo que representa.
Y entonces llegaron ellos. Los que casi nunca salen en pantalla. Los que hacen posible que cada día, a una hora determinada, el mundo entre en nuestras casas. Los cámaras, los redactores, los técnicos, los documentalistas, los montadores, los productores, los traductores, los maquilladores, los peluqueros, los administrativos, los trabajadores que sostienen una maquinaria gigantesca para que la información llegue a los ciudadanos. Los que estuvieron. Los que están. Y los que ya no están.
Aquella fue, probablemente, la parte más hermosa de todo el especial. Porque las grandes estrellas de los informativos merecían su homenaje, por supuesto. Pero quienes llevan décadas levantándose de madrugada, trabajando en festivos, viajando a lugares peligrosos, renunciando a estar con sus familias o haciendo posible que una noticia llegue a tiempo también merecían que alguien les dijera gracias.
«Ser útiles. Ejercer eso que llamamos servicio público». Pocas palabras pueden explicar mejor lo que debería ser siempre una televisión pública. Ser útiles. No servir a unos ni a otros. No convertirse en altavoz del poder de turno. No olvidar que al otro lado hay ciudadanos que necesitan saber qué ocurre para poder entender el mundo y tomar sus propias decisiones. Ser útiles. Qué sencillo parece y qué difícil resulta a veces.
Y en esas palabras, en ese reconocimiento a todos los profesionales de la casa, en esa reivindicación del oficio, El Telediario de nuestras vidas encontró su verdadera razón de ser. No se trataba de celebrar a los famosos. Se trataba de celebrar a quienes cuentan la vida. Y a quienes llevan 70 años escuchándolos.
«Nunca un Telediario tuvo el privilegio que hemos tenido esta noche: reunir a los mejores periodistas y comunicadores de este país«, dijo Pepa Bueno en la despedida. «Un Telediario que les dedicamos a ustedes. Porque sin ustedes nada tiene sentido».
Y tenía toda la razón. Porque sin espectadores no hay televisión, pero sin periodismo tampoco hay una sociedad que pueda mirarse a sí misma con libertad.
Qué maravilla de homenaje. Qué inmenso trabajo. Qué manera de poner en valor la historia de TVE sin olvidar sus errores. Qué manera de recordarnos que la televisión no es solo entretenimiento, audiencias, polémicas, enfrentamientos y ruido. Que también puede ser memoria. Que puede ser cultura. Que puede ser emoción. Que puede ser necesaria.
Carlos del Amor y todo el equipo que hizo posible este especial consiguieron que, durante 45 minutos, dejáramos de mirar un Telediario para mirarnos a nosotros mismos. A quienes fuimos, a quienes somos y a quienes ya no están. Y eso no se consigue simplemente reuniendo a los mejores presentadores de la historia. Eso se consigue teniendo algo que contar. Y sabiendo contarlo.
Faltaba todavía un último guiño. Una de esas salidas que rompen la solemnidad y devuelven una sonrisa después de tanta emoción. Aquello de que el Telediario había ido «como un… como un pepino» by Beatriz Pérez Aranda. Una despedida inesperada, casi gamberra, para recordar que detrás de las grandes voces también hay personas capaces de reírse de sí mismas.
Y qué quieren que les diga. Después de lo que vivimos este lunes, lo del pepino se queda muy, muy corto.
Televisión // elmundo



