La precampaña del 29-N desata una batalla entre RTVE, Atresmedia y Mediaset por organizar los grandes debates electorales mientras los candidatos eligen dónde comparecer y los programas de entretenimiento también entran en campaña. En 2023, el cara a cara entre Sánchez y Feijóo reunió a casi seis millones de espectadores Leer La precampaña del 29-N desata una batalla entre RTVE, Atresmedia y Mediaset por organizar los grandes debates electorales mientras los candidatos eligen dónde comparecer y los programas de entretenimiento también entran en campaña. En 2023, el cara a cara entre Sánchez y Feijóo reunió a casi seis millones de espectadores Leer
La campaña electoral todavía no ha comenzado oficialmente, pero en televisión ya se ha declarado la primera gran batalla. No sólo la de los partidos por conquistar el voto de los ciudadanos, sino también la de las cadenas por conseguir a los candidatos, organizar los grandes debates y convertir la política en uno de los acontecimientos televisivos de la temporada. La carrera hacia las elecciones generales del próximo 29 de noviembre se libra en los mítines, en las redes sociales y en los medios de comunicación, pero también en unos platós que han pasado a convertirse en territorio estratégico para quienes aspiran a gobernar España. Y para quienes aspiran a liderar las audiencias.
La prueba más reciente llegó la semana pasada desde un lugar aparentemente alejado de los grandes debates políticos: La Revuelta. David Broncano anunció que había invitado a los principales candidatos a la Presidencia del Gobierno a visitar su programa. Pedro Sánchez, Alberto Núñez Feijóo, Santiago Abascal y quien finalmente encabece la candidatura del Frente Amplio recibieron el ofrecimiento del espacio de entretenimiento de La 1. El jueves, el presentador avanzó que dos de los cuatro habían aceptado. No reveló sus nombres, aunque dejó caer que eran los que esperaba.
La escena, entre bromas sobre la imparcialidad y las obligaciones de la televisión pública, resulta especialmente reveladora. Hasta un programa construido alrededor del humor, las entrevistas desenfadadas y la improvisación ha decidido participar en la batalla electoral. La política ya no necesita un informativo ni una tertulia para encontrar acomodo en la programación. También puede sentarse frente a un cómico, participar de sus bromas y tratar de conquistar a espectadores que quizá nunca acudirían voluntariamente a un debate tradicional.
De hecho, será Óscar Puente el que abra la veda y será este miércoles en Cara al show, el programa de Marc Giró en laSexta, donde el ministro de Tranportes se sentará como invitado. Ya no vale solo con los debates, ni con una figura, la del candidato; ahora hay que jugar con todas las armas posibles.
Pero mientras David Broncano prepara sus posibles entrevistas, las grandes corporaciones audiovisuales españolas libran una competición mucho más trascendente. RTVE, Atresmedia y Mediaset quieren organizar el cara a cara entre Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo. Las tres han trasladado sus propuestas a los partidos y las tres aspiran a convertirse en el escenario de uno de los grandes acontecimientos políticos y televisivos de la campaña. A esta batalla se ha sumado incluso La Séptima, la nueva cadena de televisión que no comenzará sus emisiones hasta el próximo 5 de noviembre, pero que ya ha propuesto acoger su propio debate electoral. Ni siquiera ha empezado a emitir y ya quiere hacerse un hueco en la gran disputa televisiva del 29-N.
La Corporación Pública ha sido la más ambiciosa en su planteamiento. RTVE ha propuesto tres debates electorales en apenas nueve días. El primero, un cara a cara entre Sánchez y Feijóo para el 17 de noviembre. El segundo, el día 23, reuniría a los portavoces de los ocho grupos parlamentarios del Congreso. El tercero, previsto para el 26 de noviembre, enfrentaría a los candidatos de las cuatro principales fuerzas políticas que concurran a los comicios. Todos se emitirían en directo y en horario de máxima audiencia, con la señal disponible gratuitamente para otros medios.
Atresmedia, por su parte, ha ofrecido un debate a cuatro para el 18 de noviembre y un cara a cara entre los candidatos del PSOE y el PP para el 23. El grupo pone a disposición de estas citas Antena 3, laSexta, Onda Cero y atresplayer, una estrategia que permite ampliar la difusión del acontecimiento más allá de una única pantalla.
Mediaset también quiere participar en esta competición. El grupo planteó su propio cara a cara entre Sánchez y Feijóo, una propuesta que el PP ha aceptado para el 16 de noviembre. La elección no es menor: significaría devolver a Mediaset al centro de los grandes enfrentamientos electorales televisados, un terreno en el que Atresmedia y RTVE han tenido mayor protagonismo durante los últimos años.
Porque, aunque las cadenas anuncien sus ofertas, son los partidos quienes terminan condicionando el resultado. El PP ha aceptado tres citas: el cara a cara de Mediaset, el debate entre las principales fuerzas políticas de Atresmedia -aunque propone trasladarlo al 26 de noviembre- y el encuentro de portavoces parlamentarios de RTVE. El PSOE ha manifestado su disposición a participar en los debates, pero las fechas y los formatos definitivos siguen pendientes de negociación.
De esta manera, la campaña ha comenzado con una paradoja: hay más propuestas de grandes debates que acuerdos cerrados para celebrarlos. Las televisiones quieren a los candidatos y los candidatos eligen las televisiones. La negociación sobre quién entrevista, quién modera, dónde se emite y cuándo se celebra un encuentro se ha convertido en parte de la propia estrategia electoral.
Las cifras explican el interés de las cadenas. El único cara a cara entre Sánchez y Feijóo celebrado durante la campaña de las generales de 2023, organizado por Atresmedia y emitido simultáneamente por Antena 3 y laSexta, reunió a 5.910.000 espectadores y alcanzó un 46,5% de cuota de pantalla. Fue la emisión no deportiva más vista de aquella temporada.
El debate a tres organizado posteriormente por RTVE, en el que participaron Sánchez, Santiago Abascal y Yolanda Díaz ante la ausencia de Feijóo, reunió a 4.155.000 espectadores y consiguió un 34,6% entre La 1 y el Canal 24 Horas.
Son resultados que muy pocos programas de entretenimiento pueden alcanzar hoy. Pero también muestran que los debates electorales siguen siendo acontecimientos de enorme relevancia televisiva, aunque sus audiencias hayan descendido respecto a las de décadas anteriores.
En 1993, el primer cara a cara entre Felipe González y José María Aznar en Antena 3 consiguió 9.625.000 espectadores y un 61,8% de cuota. El segundo, celebrado en Telecinco, llegó a los 10.526.000 y al 75,3%. En 2008, el primer enfrentamiento entre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy reunió a 12.614.000 espectadores, mientras que en 2011 el debate entre Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba superó los 12 millones.
La comparación debe tener en cuenta que el consumo televisivo ha cambiado profundamente y que los espectadores disponen hoy de muchas más alternativas. Sin embargo, confirma que la política ha sido históricamente capaz de reunir audiencias extraordinarias cuando las elecciones se convierten en un acontecimiento colectivo.
La diferencia es que ahora esa batalla ya no se concentra únicamente en los debates. Se extiende durante semanas por los programas de actualidad, los espacios de entretenimiento, las entrevistas y las redes sociales.
La decisión de acudir a un determinado programa no responde únicamente a su audiencia. También importa quién pregunta, qué público lo ve y en qué condiciones se desarrolla la entrevista. No es lo mismo enfrentarse a un periodista especializado en información política que participar en una conversación distendida con un presentador de entretenimiento. Tampoco es lo mismo comparecer ante un público potencialmente favorable que hacerlo ante espectadores a los que resulta más difícil convencer.
La posición anunciada por el PP respecto a RTVE permite entender hasta qué punto esas decisiones se han convertido en una cuestión política. Feijóo se ha mostrado dispuesto a conceder entrevistas a la corporación pública, pero con una condición: que se realicen en espacios de producción propia, a cargo de profesionales de RTVE y no de productoras externas.
El partido ha justificado esta exigencia en sus críticas a la dirección de la televisión pública. Más allá de la controversia política, la condición revela la importancia que los equipos electorales conceden al formato, al responsable de la entrevista y al contexto en el que comparece su candidato. Claramente, no quieren que se repita la entrevista de Silvia Intxaurrondo a Feijóo en la anterior campaña electoral.
La invitación de La Revuelta añade otra dimensión. La posibilidad de ver a un aspirante a la Moncloa respondiendo a David Broncano plantea un escenario distinto al de los grandes debates. Los candidatos pueden tratar de humanizar su imagen, mostrar sentido del humor o conectar con espectadores que no siguen habitualmente la actualidad política. Pero también se exponen a preguntas inesperadas y a situaciones menos controlables que una comparecencia tradicional.
No es un fenómeno exclusivo de la televisión pública. El Hormiguero lleva años incorporando a dirigentes políticos a su nómina de invitados -de hecho, fue el primer programa de entretenimiento en invitar a los candidatos el mismo día que se convocaron elecciones-. En septiembre, la entrevista de Pablo Motos al presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, superó los dos millones de espectadores. La presencia de políticos en formatos de entretenimiento demuestra que el interés por la actualidad ha desbordado los espacios estrictamente informativos.
Y, a diferencia de lo que sucede en los grandes debates, estas apariciones permiten a los candidatos construir un relato más personal. No sólo importa lo que proponen, sino cómo se comportan, cómo reaccionan a una broma o cómo afrontan una pregunta incómoda. La política se convierte también en una cuestión de imagen televisiva.
La convocatoria anticipada del 29-N ha acelerado una tendencia que las cadenas venían desarrollando desde hace tiempo. La actualidad política ocupa amplias franjas de programación y programas como Horizonte, Al rojo vivo, Espejo Público, La hora de La 1, Mañaneros 360, Todo es mentira o En boca de todos se han convertido en escenarios habituales del enfrentamiento entre representantes políticos, periodistas y colaboradores.
Cada uno responde a un modelo diferente, pero todos participan de una realidad común: la política genera contenidos capaces de sostener horas de televisión en directo.
El crecimiento de Horizonte es uno de los ejemplos más significativos. Cuatro cerró septiembre con un 7,1% de cuota de pantalla, su mejor resultado para ese mes en 11 años. La edición principal del programa de Iker Jiménez alcanzó una media del 12,1%, mientras que sus emisiones de lunes a jueves consiguieron un 9,9%.
El 1 de octubre, la entrevista a Isabel Díaz Ayuso elevó al 13,8% la cuota del tramo de acceso al prime time del programa, con 1.630.000 espectadores. Un resultado que ilustra el atractivo televisivo de determinadas figuras políticas y la capacidad de estos espacios para competir con las grandes ofertas de entretenimiento.
Mediaset ha respondido reforzando Horizonte, ampliando su presencia en la programación de Cuatro. La actualidad y la opinión han pasado así a ocupar un espacio estratégico dentro de un grupo que tradicionalmente había construido buena parte de su identidad sobre el entretenimiento y los realities.
También Antena 3 ha llevado el debate electoral a espacios situados fuera de sus informativos tradicionales. La Mesa, el programa de actualidad presentado por Cristina Pardo tras El Hormiguero, dedicó su entrega del 7 de octubre a analizar las expectativas de las elecciones y las posibilidades de gobierno de los principales candidatos, con la participación de Vicente Vallés.
Las cadenas saben que una campaña electoral proporciona un flujo constante de noticias, declaraciones y acontecimientos. Pero también que cada polémica puede prolongar su vida mucho más allá de la emisión original gracias a las redes sociales.
Una intervención televisiva puede convertirse en un vídeo viral, provocar la respuesta de un dirigente político y regresar al día siguiente a la propia televisión como una nueva noticia. El plató alimenta las redes y las redes alimentan el plató. La campaña electoral encuentra así una continuidad que hace cada vez más difícil distinguir entre el acontecimiento político y su representación mediática.
La expansión de la política hacia los espacios de entretenimiento plantea, además, una cuestión especialmente delicada durante el periodo electoral: las obligaciones de pluralismo, igualdad y neutralidad.
La campaña oficial comenzará el 13 de noviembre y terminará el 27, pero las garantías previstas por la legislación electoral no se limitan exclusivamente a esos quince días. La Instrucción 4/2011 de la Junta Electoral Central considera periodo electoral el comprendido entre la publicación de la convocatoria y la jornada de votación.
La normativa establece obligaciones diferentes para los medios públicos y privados. Las televisiones públicas deben presentar sus planes de cobertura informativa y respetar los principios de pluralismo, igualdad, proporcionalidad y neutralidad. Las privadas conservan libertad para decidir si organizan entrevistas y debates, pero también deben respetar esos principios en la información electoral que emitan, con las particularidades previstas legalmente.
En el caso de los debates entre los dos candidatos más votados, la Junta Electoral exige a las televisiones privadas ofrecer otros encuentros o información compensatoria suficiente sobre las demás fuerzas con representación parlamentaria.
Estas reglas introducen una dificultad añadida cuando la política aparece en programas que no tienen la estructura de un informativo. La presencia de un candidato en un espacio de humor o entretenimiento puede tener una enorme repercusión, pero su tratamiento editorial es muy diferente al de un debate organizado específicamente para confrontar programas electorales.
La invitación de Broncano a los cuatro principales candidatos pone precisamente sobre la mesa esa cuestión. El programa puede mantener su tono habitual, pero la presencia de aspirantes a la Presidencia del Gobierno en una televisión pública obliga a prestar especial atención al equilibrio de la cobertura y a las exigencias de la normativa electoral.
La batalla por organizar los grandes debates no es, por tanto, únicamente una cuestión de prestigio para las cadenas. También representa una oportunidad de reforzar su posición como referentes informativos, atraer espectadores y convertirse en protagonistas de una campaña que se desarrolla simultáneamente en múltiples pantallas.
Los partidos, por su parte, necesitan esa exposición, pero tratan de controlar las condiciones en las que se produce. De ahí las negociaciones sobre fechas, formatos, moderadores y medios elegidos para cada comparecencia.
La campaña oficial todavía está a varias semanas de comenzar y buena parte de las grandes citas televisivas sigue sin cerrarse. Sin embargo, las estrategias ya están en marcha. RTVE, Atresmedia y Mediaset se disputan los debates; los programas de entretenimiento abren sus puertas a los candidatos; y los partidos calculan dónde pueden ganar más votos y dónde arriesgan más.
Porque el 29 de noviembre los ciudadanos decidirán en las urnas quién gobierna España. Pero antes habrá otra competición, con sus propias reglas, sus protagonistas y sus vencedores: la batalla por decidir quién ocupa los platós, quién consigue las grandes audiencias y quién logra imponer su relato ante millones de espectadores.
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