Ni los invitados, Lydia Bosch y Julio Peña, ni Pablo Motos, ni las hormigas, ni los que estaban detrás de cámaras, ni los espectadores se podían creer lo que sucedió. La llamada de la tarjeta de Openbank de El Hormiguero se convirtió en uno de esos momentos que si existiera todavía Vídeos de primera ocuparía el número uno del ranking Leer Ni los invitados, Lydia Bosch y Julio Peña, ni Pablo Motos, ni las hormigas, ni los que estaban detrás de cámaras, ni los espectadores se podían creer lo que sucedió. La llamada de la tarjeta de Openbank de El Hormiguero se convirtió en uno de esos momentos que si existiera todavía Vídeos de primera ocuparía el número uno del ranking Leer
Lo que sucedió anoche en El Hormiguero cualquier presentador, director o realizador de televisión lo hubiera solventado con un «cosas del directo». Sí, sería la mejor manera de explicarlo, aunque anoche en El Hormiguero nadie sabía cómo hacerlo.
Cuando un programa es en directo, como es el caso de El Hormiguero, lo mejor es intentar tener lo máximo controlado, aunque sea prácticamente imposible que todas las variables estén controladas. Un directo tiene el peligro de que las tripas de un programa de televisión queden al descubierto, de que un invitado tenga un mal día -en El Hormiguero saben bien lo que es-; de que un colaborador hable antes de pensar -que se lo digan a Rosa Belmonte-; de que el presentador no esté demasiado fino; de que cualquier cosa técnica falle y se vea; o, como ocurrió anoche, que lo que es imposible de controlar se descontrole por completo.
Uno de esos peligros que no se pueden controlar ni cercar es la llamada de la tarjeta de Openbank -sí, la de «¿sabe usted qué es lo que quiero?»-. La sección es muy sencilla y responde a esas promos que van más allá de un simple anuncio, pues se han convertido en parte misma del programa. El o los invitados de El Hormiguero, junto a Pablo Motos, eligen un número de teléfono al azar; el programa llama y aquí es donde todo se puede descontrolar, porque la persona que esté al otro lado del teléfono no se rige por las normas de un programa de televisión porque ni siquiera sabe que le están llamando de un programa de televisión; se rige por las suyas propias, las de su casa, las de su carácter, las que en ese momento quiera creer o pensar… Y es por todo eso por lo que la tarjeta de Openbank ha dejado de ser la tarjeta de los 6.000 euros de El Hormiguero para convertirse en la tarjeta de «vaya usted a saber lo que nos vamos a encontrar».
Y, efectivamente, eso es lo que ocurrió anoche, como otras muchas noches con la tarjeta, pero multiplicado por cien. Tanto que Lydia Bosch, invitada anoche a El Hormiguero junto a Julio Peña, llegó un momento en el que no podía dejar de preguntar a Pablo Motos si lo que estaba ocurriendo era real o estaba preparado: «¿En serio esto está pasando de verdad? ¿Es real? Es una broma, ¿verdad?».
Más allá de lo que sucedió con la llamada y la persona que estaba al otro lado del teléfono, la clave de lo de anoche fue una alineación de los planetas. Una Lydia Bosch, aceleradísima durante toda la entrevista, tan emocionada de volver a El Hormiguero, de presentar la obra de teatro Freda, que representará junto a Julio Peña y otros actores, en el Festival de Teatro Clásico de Mérida en agosto, que daba la sensación de que se había bebido 10 Red Bull en los minutos previos a que comenzase el programa; y al otro lado del teléfono una mujer que entendió lo que le dio la real gana y que, como nunca llegó a descubrir que le estaban llamando en directo, decidió hacer lo que cualquier otro hubiera hecho, lo que le dio la gana.
Hacer en televisión lo que te da la gana cuando no sabes que estás en la televisión y cuando desconoces que te están viendo millones de personas es lo que tiene. Puede no pasar nada o puede pasar que cinco minutos de televisión se conviertan en una de las cosas más surrealistas que uno pueda ver y que los que están en plató puedan vivir. Cosas del directo, ¿no?
La llamada de la tarjeta de Openbank de El Hormiguero es casi como un ritual. Al inicio del programa Pablo Motos anuncia a los espectadores que «hoy, alguien, se puede llevar 6.000 euros (o el dinero que esté acumulado)». A continuación, el programa se desarrolla con toda normalidad y cuando se produce uno de los cambios de bloque del programa es cuando entra en juego la tarjeta de El Hormiguero. Pablo Motos explica al invitado en qué consiste -«llamamos a un número al azar y hay que preguntarle «¿sabe usted qué es lo que quiero?» y si contesta bien se lleva el dinero»-, eligen los números al azar, el equipo de El Hormiguero llama, suenan los tonos de llamada, Barrancas hace la broma habitual de engañar al invitado para que parezca que alguien ha cogido el teléfono, Pablo Motos le llama «tonto», el invitado pica y… a partir de aquí pueden suceder varias cosas.
La primera es que la persona que lo coja esté viendo El Hormiguero y todo fluya sin percances. Se le pregunta, acierta -la respuesta es «la tarjeta de El Hormiguero«- y todos felices y contentos. Segundo, que la persona que está al otro lado no esté viendo el programa, no se lo crea y cuelgue directamente. Tercero, que la persona no se lo crea, esté a punto de colgar, pero entre el invitado y Pablo Motos lo saquen adelante. Cuarto, que las hormigas hagan de las suyas y el espectador mande a freír espárragos al programa. O quinto, que, según uno coge el teléfono y escucha al invitado decirle «no cuelgue, por favor», cuelgue o suelte un exabrupto y cuelgue.
Después de lo ocurrido anoche hay que añadir la sexta opción, a la que en honor a la persona que cogió el teléfono anoche llamaremos La llamada de Ondra. El programa llamó una primera vez, pero el primer número estaba fuera de cobertura. Lo intentaron una segunda vez y al otro lado del teléfono dio la sensación de que se encontraba un hombre. Lydia Bosch, en su momento diabética acelerada, arrancó rápido y fue al turrón, pero la persona del otro lado no se enteraba muy bien. Parecía que hubo un cambio de interlocutor, aunque la mujer que después cogió el teléfono aseguró que estaba sola en casa. Resulta un poco increíble cuando hablaba en segunda persona del plural todo el rato.
«A ver, qué es lo que quiere. Dígame, dígame», espetó nada más coger el teléfono. «Ah, que quiere ir ya a la cuestión», le dijo Lydia Bosch, intentando explicarle que la llamada era de El Hormiguero, que se podía llevar 6.000 euros, que estaba con Pablo Motos y con Julio Peña, que escuchase el aplauso del público. «Que sí, que muy bien, que qué quiere», repetía la persona del otro lado.
Hasta aquí, lo habitual. Lo que se salió de madre fue cuando Lydia Bosch consiguió explicarle que era un programa de televisión y que se estaba jugando 6.000 euros si respondía bien. «El siete, yo elijo el siete, ¿vale? Venga, di. Pero yo el siete», empezó a contestar la persona del otro lado. Algo ya se estaba torciendo. Lydia Bosch y Pablo Motos, que viendo el percal decidió intervenir, volvieron a explicarle qué estaba sucediendo y de dónde estaban llamando. La persona en su casa, llamada Ondra, aunque eso lo descubrirían después, quería que le hicieran la pregunta porque ella iba a contestar el siete, y punto.
Y Lydia Bosch hizo la pregunta en cuestión: «¿Sabe usted qué es lo que quiero?». «El siete. ¿Qué quieres? Haz la pregunta, venga haz la pregunta», contestó Ondra. Lydia Bosch, que empezaba a no creerse que esto fuera real, repetía la pregunta. Y de nuevo… «Venga, dila; dispara. Yo digo el siete. El siete, siete, siete». Aquí ya es cuando Lydia Bosch y Julio Peña miraron a Pablo Motos, miraron hacia la zona de Jorge Salvador, y dijeron: «¿Esto es real, de verdad?».
«Por supuesto que es real», contestó Pablo Motos entre risas. Las hormigas, conscientes de lo que iba a pasar, advirtieron de que no se sabía la pregunta y que finiquitaran el momento. Pero, ¿cómo ibas a finiquitar el momento? «¿Cómo te llamas?», preguntó entonces Lydia Bosch, intentando encarrilar la situación. «Ondra», respondió la mujer del otro lado. «¿Eres rumana?», siguió la invitada, pues el acento dejaba claro que era extranjero. «Venga, sí, la pregunta, que yo voy a decir el siete». Ondra seguía a lo suyo. «Sí, sí, de Rumanía», contestó después. «¿Hay alguien contigo?», preguntó Pablo Motos en un intento de que otra persona cogiese el teléfono. «No, estoy sola. Venga, la pregunta. El siete. Yo el siete, siete, siete».
Los dos invitados y el presentador volvieron a intentar explicarle que era un concurso de la tele, que ellos le hacían una pregunta y ella tenía que dar una respuesta que es como una clave y que si contestaba bien se llevaba los 6.000 euros. «Sí, vale. El siete. Venga, di». Ondra seguía a lo suyo; Lydia Bosch seguía alucinando pepinillos; y Julio Peña prefería no abrir la boca. «Dicen que son de la tele. Yo voy a responder el siete, claramente el siete. Venga, decidnos». Ahora no era solo Ondra, sino que parecía que había otra persona más.
Cambió Pablo Motos de invitado y dejó a Julio Peña que lo intentase. «Sí, yo el siete. Siete, siete, siete», seguía Ondra a lo suyo ante la incredulidad de Lydia Bosch, que continuaba preguntando a Pablo Motos si esto estaba pasando de verdad, y el rostro de Julio Peña, que era el rostro de los que estábamos en casa. El actor hizo la pregunta y Ondra respondió: «Pues lo que tú quieras te digo. El siete». Pablo Motos en ese momento dijo hasta aquí. «Gracias, Ondra. No te has llevado los 6.000, pero nos has hecho pasar un gran momento». Se acabó. Por primera vez, las hormigas no habían sido las que hicieran la broma. Como dijo después Tamara Falcó, «yo le hubiera dado los 6.000 euros». Yo también.
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