Anatomía de… un rey sin trono desgrana un linaje de tragedias. Cómo los Borbón-Martínez Bordiú, sin la ansiada corona de España, siguen empeñados en los fantasmas de la dictadura y los títulos inventados. Leer Anatomía de… un rey sin trono desgrana un linaje de tragedias. Cómo los Borbón-Martínez Bordiú, sin la ansiada corona de España, siguen empeñados en los fantasmas de la dictadura y los títulos inventados. Leer
El último capítulo de Anatomía de… no es solo historia de España; es un guion de Netflix frustrado, un drama shakespeariano con sabor a naftalina y pistas de esquí.
Hablamos o, mejor dicho, habla el programa de laSexta de Luis Alfonso de Borbón. O «Luis XX» para los cuatro nostálgicos legitimistas franceses. O «Pepito», que es como le llaman en París por aquello de hablar un francés impecable, pero con un acento cañí inconfundible. El hombre que tiene nombre de rey, ínfulas de emperador, pero cero metros cuadrados sobre los que reinar. En pleno siglo XXI, con el país vecino asentado en su Quinta República, este señor se ha montado una página web (porque oye, la soberanía divina hoy se aloja en WordPress) y pasea a su hija Eugenia por los bailes de debutantes vendiéndola como «Alteza Real». Spoiler: No lo es. Él tampoco.
Pero para entender el delirio del hijo, hay que excavar en la tragedia del padre. Porque la historia de los Borbón-Martínez Bordiú es un bucle infinito de ambición, sangre, nieve y portadas de Hola!
Anatomía de… Un rey sin trono viaja a 1989. Beaver Creek, Colorado. Matías Prats (sí, el de las noticias, pero en versión reportero deportivo de la época) nos traslada a esa fatídica tarde. Iba a cubrir los éxitos de Blanca Fernández Ochoa y terminó narrando una película de terror.
«Esa noche llegué yo de Australia y me metí en la cama. A las pocas horas aporrearon la puerta y era Paco Fernández Ochoa: ‘Matías, levántate que se ha matado don Alfonso, el Duque de Cádiz’. Me vestí como pude y nos dirigimos a la sede internacional de Esquí. Llega el presidente de la Federación y le dice que un Borbón degollado, qué fatalidad. Esa fue la primera versión: que había quedado completamente degollado», contó el periodista.
Alfonso de Borbón, el duque de Cádiz, un esquiador soberbio, baja una pista al caer la tarde. No hay vallas, no hay avisos. Solo un cable de acero que los operarios tensaban para colgar el cartel de Finish. Un segundo. Un golpe en el pecho. El cable que resbala hasta el cuello. Y un chasquido. Alfonso de Borbón moría degollado a los 52 años.
«Logramos entrevistar a otro medalla olímpica y nos dice que él estaba mirando a otra vista del valle y a él lo que le llama la atención es el ruido, como si se hubiera roto una rama seca. Se vuelve y es el instante en el que cae herido de muerte Alfonso de Borbón», relató Matías Prats.
A partir de ahí, el misterio. El paparazzi Lalo Álvarez recuerda que llegaron tarde porque «hubo mucha rapidez en retirar el cadáver». En menos de 48 horas, el cuerpo ya volaba hacia España, saltándose los tiempos habituales de autopsias y jueces estadounidenses.
«Fue uno de los motivos que hicieron dudar a algunas personas que creyeron que lo habían matado. La madre estuvo sopesando por qué, cómo y de qué manera», explica el paparazzi.
¿Accidente o complot? La radio local habló de atentado; la policía, de homicidio. El informe jamás vio la luz y el operario que tensaba el cable se esfumó. Al final, todo quedó en una demanda por negligencia de 100 millones de pesetas para su hijo, pero el mito de la conspiración ya estaba sembrado. Como dice Pilar Eyre: «Había ganas de marcar a don Juan Carlos. Se cogieron un montón de cosas para difamarle».
Para la periodista Pilar Eyre, esta historia tiene «todos los ingredientes de una historia brutal». Alfonso era nieto de reyes, igual que Juan Carlos, pero su abuelo, el infante Don Jaime -sordo y desdichado-, renunció a sus derechos dinásticos en una encerrona legal firmando un papel que ni leyó, eliminando de un plumazo a sus descendientes. El historiador Eduardo Juárez lo deja claro: «Esta frase [‘para mí y mis descendientes’] iba a convertirse en protagonista de grandes enfrentamientos en la historia de la monarquía».
Pero en España mandaba Franco, y al dictador le encantaba jugar con los dos primos -don Juan Carlos y Alfonso de Borbón- como «si fueran marionetas», amenazando solapadamente a don Juan de que el elegido podía ser Alfonso. Y Alfonso jugó su jugada maestra: casarse con Carmen Martínez-Bordíu, la nietísima.
«El Marqués de Villaverde sabía muy bien dónde tenía que ir su hija para que Alfonso fuera su salida. Carmen era una cría de 20 años… Se llevó a cabo como si fuera una boda real. Una puesta en escena», dice Eyre.
Fue el gran delirio de Carmen Polo, empeñada en meter a su nieta en la Familia Real. En El Pardo exigía que la trataran de princesa y a él de Alteza Real. Pero Don Juan Carlos no se quedó de brazos cruzados. Se buscó a los ministros adecuados, protestó enérgicamente por las invitaciones y logró rebajar el estatus de la pareja a nombres familiares. Como zanja Juárez: «Alfonso era un franquista acérrimo, era más franquista que Franco», pero en noviembre de 1975, Juan Carlos fue proclamado Rey. Se acabó el teatro en España, y Alfonso tuvo que girar los ojos hacia Francia.
Roto el sueño de ser reina, Carmen Martínez-Bordíu agarró las maletas y se largó a París con un señor 20 años mayor, dejando a sus hijos con el Duque. España, que siempre ha sido muy de juzgar a las mujeres libres, la cruzó. La imagen de Carmen cayó a los infiernos del revanchismo social.
Y entonces, la tragedia volvió a golpear: el brutal accidente de coche en Astún donde muere el hijo mayor de Carmen y Alfonso, Francisco. La estampa fue demoledora. «Un drama donde solo lloraban los hombres», recuerda la periodista Pilar Eyre que título entonces la prensa.
A Carmen Martínez-Bordiú la insultaban por la calle. En el hospital, al pequeño Luis Alfonso le hacían «lloraterapia» y le ponían a rezar por su hermano y contra su propia madre. En el funeral del Duque, unos años después, Carmen tuvo que sentarse en las últimas filas, aguantando los abucheos de una España rancia que la llamaba «bruja».
Y así llegamos al presente. Casado con una millonaria venezolana en una boda a la que la Casa Real española se negó a asistir -porque, cómo no, volvieron a poner «Altezas Reales» en las invitaciones-, Luis Alfonso insiste en jugar a los reyes. Para los analistas, presentar a su hija en el baile Le Bal como princesa es una «quijotada personal», el equivalente a «autoproclamarse Rey de América o Presidente de la Luna».
Pero en España, su verdadero linaje no es el de los Borbón; es el de los Franco. Carmen Calvo recordó en Anatomía de… el 24 de octubre de 2019, el día de la exhumación del dictador del Valle de los Caídos: «Para mí y mi equipo fue el gran cumplimiento de una indicación del propio presidente… No podemos tener al dictador en un lugar de enaltecimiento. Ellos siguen pensando que no era un dictador. Él juega a ese juego».
Luis Alfonso no se esconde. Ha dejado por escrito que «defender su memoria [la de Franco] es una parte integral de mi idea de honor y mi lealtad», y ejerce como presidente de la Fundación Francisco Franco, esa que el Gobierno lleva intentando ilegalizar desde 2025. Una postura que, según Calvo, lo inhabilita por completo: «España es una gran potencia ahora en democracia, la dictadura mantuvo a España en ruinas. Esto nos lleva al siglo XIX. Te coloca de heredero de la dictadura».
¿Qué posibilidades reales tiene Luis Alfonso de Borbón de sentarse en un trono que no sea el del salón de su casa? Los expertos lo tienen claro: «Entre nunca y jamás».
Es un personaje carne de literatura, un Don Quijote con demasiada fantasía y muy poco sentido de la realidad democrática. Un rey sin corona, sin territorio y sin súbditos. Y así, mientras el programa de Anatomía de… echa el cierre haciendo sonar de fondo las notas de El Danubio azul, nos deja claro que toda esta pompa, todos estos títulos inventados y todos estos lares imperiales no son más que un vals de fantasmas bailando en un salón vacío.
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