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  Internacional  Un complot frustrado con una bomba en Polonia desenmascaró a un espía, pero ¿para quién trabajaba?
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Un complot frustrado con una bomba en Polonia desenmascaró a un espía, pero ¿para quién trabajaba?

agosto 21, 2026
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Cuando Igor Rogov, activista de la oposición rusa exiliado, fue acusado de trabajar para el Kremlin, sus amigos se quedaron atónitos ¿Era posible que aquel joven activista fuera en realidad un agente encubierto?Dentro de la facultad secreta de formación de espías rusos en una universidad de élite de Moscú
La policía fue a buscar a Igor Rogov porque alguien le había enviado por correo un kit para fabricar una bomba. La variopinta mezcla de objetos —un termo de cromo, un par de rotuladores, una batería externa y una botella de líquido anticongelante— podría haber parecido inofensiva a ojos inexpertos, pero en julio de 2024 Polonia se encontraba en alerta máxima. Dos meses antes, un incendio provocado había arrasado un centro comercial de Varsovia; también habían prendido fuego a una tienda de Ikea en la vecina Lituania. Las autoridades creían que ambos ataques formaban parte de una campaña de sabotaje orquestada por los servicios de inteligencia rusos para sembrar el pánico y debilitar el apoyo a Ucrania. Temían que solo fuera cuestión de tiempo que el Kremlin diera un paso más en la escalada.

Un agente de seguridad del almacén de la empresa de paquetería sospechó del paquete y avisó a las autoridades, que acudieron con perros rastreadores y equipo especializado. Las radiografías mostraron que los rotuladores ocultaban en su interior detonadores soviéticos fabricados en los 80. El termo, por su parte, tenía un doble fondo con una bolsita de polvo metálico. El cargador portátil parecía haber sido manipulado y, al analizar el líquido de la botella, los especialistas descubrieron que contenía una solución de nitroglicerina altamente volátil. En manos de alguien con los conocimientos necesarios, aquello podía convertirse en una bomba potente.

Todo apuntaba a que el hallazgo fortuito del paquete había conducido a las autoridades hasta un participante —quizá incluso un coordinador— de la campaña de sabotaje rusa contra Polonia, que se ocultaba tras la fachada de un valiente opositor al Kremlin.

La policía averiguó que el destinatario del paquete, Rogov, era un activista político ruso de 27 años que había hecho campaña a favor del líder opositor Alexéi Navalni y de otros grupos contrarios al Kremlin. Dos años antes había huido de Rusia por temor a ser detenido por sus actividades y había obtenido asilo en Polonia. Gracias a una beca, estudiaba en una universidad de Sosnowiec, una ciudad industrial del suroeste del país. Su esposa, Irina Rogova, se había reunido con él en Polonia y también se había matriculado en la universidad. La pareja vivía en una residencia de estudiantes. Fue allí donde las autoridades detuvieron a Rogov.

Al examinar el teléfono de Rogov, los agentes encontraron fotografías de distintos puntos de Sosnowiec y sus alrededores con flechas rojas dibujadas que, intuían, señalaban lugares donde ocultar o recoger objetos. Una de las imágenes mostraba un gasoducto a las afueras de la ciudad; interpretado como un posible objetivo para un atentado ruso con explosivos. Todo apuntaba a que el hallazgo fortuito del paquete había conducido a las autoridades hasta un participante —quizá incluso un coordinador— de la campaña de sabotaje rusa contra Polonia, que se ocultaba tras la fachada de un valiente opositor al Kremlin.

Más de un año después, en octubre de 2025, se supo que las autoridades polacas también acusaban a Rogov de colaborar desde hacía tiempo con el FSB, el temido servicio de seguridad ruso. Esto planteaba la posibilidad de que toda su trayectoria como activista contrario al Kremlin hubiera sido en realidad una tapadera para su trabajo al servicio del FSB. Cuando el caso llegó a los tribunales, el juez decidió celebrar el juicio a puerta cerrada por motivos de seguridad nacional. El secretismo no hizo, sino alimentar las especulaciones y los rumores sobre qué había hecho exactamente Rogov, especialmente entre la oposición política rusa en el exilio, marcada por las luchas internas, las sospechas y las acusaciones.

Aunque el juicio de Rogov se celebró a puerta cerrada, descubrí miles de páginas de documentos sobre él y su esposa en los expedientes judiciales de un caso relacionado. (El sitio web de noticias polaco Wirtualna Polska ya había informado sobre algunos de esos documentos). Esos expedientes, junto con entrevistas realizadas en varios países a fuentes de los servicios de inteligencia y a personas que conocían a Rogov, me permitieron reconstruir una historia de exilio y espionaje marcada por el chantaje, el engaño y una crisis matrimonial de consecuencias dramáticas. (De conformidad con la legislación polaca, las personas mencionadas en los expedientes judiciales aparecen identificadas en este artículo únicamente por su nombre de pila, salvo que hayan dado su consentimiento para ser entrevistadas y citadas con su nombre completo. Rogov y su esposa aparecen con su nombre completo porque estos ya se habían hecho públicos a raíz del caso).

Me cuesta creer que durante todo ese tiempo estuviera jugando a dos bandas sin cometer un solo error. Si realmente estuvo colaborando todo ese tiempo, entonces tendría que decir que Igor Rogov es un genio

Milia Kashapova
— Directora de la campaña de Rogov a las elecciones municipales en Rusia

Muchos de quienes conocían a Rogov se quedaron atónitos al conocer su detención. Describían a su amigo como una persona simpática, tranquila y algo torpe, y les costaba imaginarlo como un astuto superespía o como alguien encargado de transportar bombas, con una vida secreta dedicada a perpetrar atentados en ciudades europeas en nombre de Vladímir Putin. “Estamos hablando de un tipo que una vez envió por error fotos suyas semidesnudo a un chat de grupo”, me contó Milia Kashapova, directora de la campaña de Rogov cuando se presentó a las elecciones municipales en Rusia y que trabajó estrechamente con él durante varios meses. “Me cuesta creer que durante todo ese tiempo estuviera jugando a dos bandas sin cometer un solo error. Si realmente estuvo colaborando todo ese tiempo, entonces tendría que decir que Igor Rogov es un genio”, señaló.

Al principio, lo único que los investigadores polacos tenían contra Rogov era el hecho de que alguien le hubiera enviado por correo aquel paquete sospechoso. En sus primeros interrogatorios en la cárcel, sostuvo que todo se trataba de un gran malentendido. Negó tener conocimiento alguno del contenido del paquete e insistió en que nunca habría hecho nada a sabiendas para perjudicar a su nueva patria. “Estoy muy agradecido a Polonia por acogerme y estoy dispuesto a ayudaros en todo lo que pueda”, dijo a los investigadores.

Rogov dio su versión de cómo había acabado su nombre en el paquete. Su amigo Emil, también activista de la oposición rusa, le había dicho que un contacto traía un paquete desde Ucrania y necesitaba a alguien en Polonia a quien dejárselo. Emil dijo que el paquete contenía “regalos de Ucrania” y Rogov respondió que no le importaba recogerlo. Unos días más tarde recibió una llamada de una mujer que se presentó como Kristina. “Tengo un paquete para ti de parte de Diesel”, le dijo, y añadió que acababa de llegar a Cracovia desde Ucrania. Rogov no tenía ni idea de quién era Diesel, pero supuso que se trataba del paquete del que le había hablado Emil. Le dijo a Kristina que estaba fuera visitando a unos amigos, pero le dio su dirección en Sosnowiec y le explicó cómo podía enviárselo por correo utilizando un servicio de mensajería.
Una modelo “rompecorazones”
Las autoridades polacas no tardaron en identificar a Kristina como una modelo ucraniana de Odesa y emitieron una orden de detención internacional contra ella. Fue detenida a finales de agosto en el aeropuerto de Ámsterdam, justo antes de que pudiera embarcar en un avión con destino a Estados Unidos. Una vez entregada a las autoridades polacas, explicó su versión de la historia del paquete. “Diesel” era un conocido suyo; el apodo se debía a que trabajaba con coches de segunda mano. Se había enterado de que la joven tenía pensado viajar en coche a Polonia y le preguntó si podría llevarse un paquete consigo. “Dijo que necesitaba distribuir esas cosas a gente pobre y que estaba ayudando a mujeres y familias”, explicó Kristina a los investigadores. “Sí que me pareció una serie de cosas extrañas, pero Diesel es un tipo bastante peculiar”.

Kristina contó a los investigadores que Diesel había metido el termo, el cargador portátil y otros objetos en su Mercedes antes de que ella emprendiera el largo viaje en coche hasta Cracovia, donde tenía planeado encontrarse con un empresario checo que le había ofrecido 3.000 euros por pasar una semana con él en un hotel de lujo. Comió ostras y bebió champán con el empresario, aunque, según se desprende de los expedientes del caso, por la noche cada uno dormía en una habitación distinta.

Tras despedirse de su conocido checo, Kristina se acordó del paquete. Se suponía que debía entregarlo en persona, pero cuando llamó al número que Diesel le había dado, el hombre al otro lado de la línea —Rogov— le dijo que lo enviara por mensajería. Sacó la caja de zapatos vacía de unas zapatillas Golden Goose de 500 euros que el checo le había comprado y la llenó con los objetos de Diesel. A continuación, envolvió el paquete y lo llevó a un puesto de taquillas automáticas para paquetería, tal y como le había indicado Rogov.

Tras escribir la dirección en el bulto, lo metió a la fuerza en un compartimento demasiado pequeño y el embalaje se rasgó. Al llegar al centro de clasificación, la empresa de mensajería reparó en los daños y lo abrió. Descubierto el contenido sospechoso, dio la voz de alarma. Así se puso en marcha la cadena de acontecimientos que acabaría con las detenciones de Rogov y Kristina. Si hubiera elegido una taquilla más grande, el paquete podría haber pasado desapercibido y la bomba podría haberse montado y detonado. Pero ¿quién lo habría hecho? ¿Rogov u otra persona? ¿Y por orden de quién?

En los días posteriores al envío del paquete, pero antes de que la detuvieran, Kristina dijo que recibió una llamada desde el número de Diesel. “Voy a hablar. Tú escucha y no digas nada”, dijo una voz masculina que no reconoció. Le dijo que habían detenido a la persona a la que había enviado el paquete y que, si a ella también la detenían, debía inventarse una historia sobre el origen de la caja. “Toda la correspondencia entre tú y Diesel ha sido borrada; no menciones a Diesel a nadie”, le ordenó el hombre.
El enlace misterioso
El misterioso Diesel se perfilaba como una pieza clave en el complot del paquete. ¿Podía ser un agente ruso que operaba en Ucrania? Las autoridades polacas ya habían detenido a varios ucranianos reclutados por Moscú para provocar incendios en Polonia, y cabía la posibilidad de que Diesel formara parte, junto con Rogov, de una red rusa de sabotaje que aprovechaba el fácil acceso a explosivos en Ucrania para obtener los materiales necesarios, que posteriormente se montarían y detonarían en Polonia. Las autoridades polacas emitieron sendas órdenes internacionales de detención contra Diesel y Emil, quien había avisado a Rogov de la llegada del paquete.

Al margen de para quién trabajara Diesel, una cosa fue quedando clara a medida que avanzaban los interrogatorios: Kristina no sabía nada sobre el propósito del paquete ni sobre su destino final. En uno de ellos, mientras los investigadores revisaban su teléfono y le exigían cada vez más detalles sobre sus encuentros con distintos hombres que figuraban entre sus contactos, Kristina perdió la paciencia y les preguntó qué podía tener todo aquello que ver con el caso. “Lo único que habéis conseguido con vuestra investigación es demostrar que soy una rompecorazones”, les dijo.

En el verano de 2025, Kristina fue puesta en libertad, tras un breve juicio en el que el fiscal aceptó que había transportado los objetos sin darse cuenta de que eran peligrosos y accedió a suavizar los cargos. Fue condenada a cumplir la pena ya cumplida —304 días— y a pagar una multa. No respondió a mis solicitudes para dar su versión para este reportaje.

En cuanto a Rogov, empezaba a parecer que él también podría ser un actor secundario en el complot para colocar una bomba. Insistió en que no sabía nada de Diesel y que el paquete llevaba su nombre solo porque había accedido a echar una mano a Emil. La mayor señal de alarma que sugería que podría estar mintiendo era el conjunto de fotografías de diversas escenas urbanas en Sosnowiec, marcadas con flechas, que se encontraron en su teléfono. Pero también tenía una explicación convincente para eso. Admitió que, en ocasiones, había pedido drogas recreativas a través de un bot de Telegram y que cuando las compraba recibía una foto del lugar de recogida con una flecha que señalaba el punto de entrega. Explicó que la única razón por la que algunos de los lugares estaban cerca de oleoductos u otras infraestructuras era porque se trataba de lugares desolados y desiertos donde esconder o recoger un paquete llamaría menos la atención.

La investigación, que en un principio parecía encaminada a destapar un importante complot terrorista del Kremlin contra Europa, empezaba a torcerse. No se había demostrado ningún vínculo con Rusia y las dos únicas personas detenidas eran una modelo ucraniana que parecía no saber nada del asunto y un joven ruso al que, por el momento, solo podía reprochársele la compra ocasional de drogas recreativas.

Pero estaba a punto de salir a la luz algo más sobre Rogov. Los investigadores polacos iban a descubrir que se le había acusado, con pruebas creíbles, de trabajar para el FSB durante años, espiando a sus amigos y colegas de la oposición rusa. La fuente de las acusaciones hacía que fuera difícil descartarlas: se trataba de la esposa de Rogov, Irina Rogova.
El adulterio delator
Igor conoció a Irina cuando eran adolescentes. Ambos estudiaban veterinaria en Saransk, una ciudad gris situada a unos 500 kilómetros al sureste de Moscú, en la que habían vivido toda su vida antes de emigrar. Rogov tenía una sonrisa pícara y un carácter afable que le permitía hacer amigos con facilidad. Empezó a implicarse en el activismo cuando era estudiante, aunque al principio se interesó sobre todo por cuestiones medioambientales locales. Más tarde fue uno de los miles de jóvenes rusos que colaboraron en el frustrado intento de Navalni de concurrir a las elecciones presidenciales de 2018 contra Putin, y posteriormente se incorporó a Open Russia, el movimiento de oposición creado por el oligarca exiliado Mijaíl Jodorkovski.

Rogov se ganó el respeto de los círculos opositores tras un incidente ocurrido en Minsk, en la vecina Bielorrusia, en agosto de 2020, cuando Alexander Lukashenko, estrecho aliado de Putin, se declaró vencedor de unas elecciones presidenciales amañadas. Los manifestantes salieron a las calles y Lukashenko respondió con una violenta represión. Rogov se encontraba en Minsk como parte de una misión informal de observación organizada por Open Russia. La segunda noche de protestas, él y otro activista, Artem Vazhenkov, se vieron atrapados en una redada frente a un centro comercial. Agentes antidisturbios vestidos de negro detenían a todo aquel que encontraban a su paso y lo metían en vehículos blindados. Rogov y Vazhenkov acabaron, junto con cientos de personas más, en la tristemente célebre cárcel de Okrestina, en Minsk.

Los mantuvieron en un patio, con las manos atadas y boca abajo en el suelo, y luego los trasladaron a una celda abarrotada en la que había unos 40 hombres. “No intentaban sacarnos información, como en las cárceles rusas. Simplemente, te pegaban por el simple gusto de hacerlo”, me contó Vazhenkov. La policía antidisturbios le rompió las costillas y los dedos a Rogov y le dejó el cuerpo cubierto de moratones. Las repetidas patadas en la cabeza que recibió durante su detención le provocaron migrañas que se repitieron durante años.

Una manifestación multitudinaria de la oposición recorre Minsk en octubre de 2020.

Tras tres días de palizas, Rogov fue puesto en libertad y deportado a Rusia. En la oficina de Open Russia, de vuelta en Moscú, alternaba entre risas y llantos mientras relataba aquella terrible experiencia, moviéndose aún con cautela debido a los hematomas. “Lo enviamos a una residencia de descanso durante un par de semanas para que se recuperara”, me explicó Andrei Pivovarov, que era el director ejecutivo de Open Russia cuando se produjo la violenta represión.

Unas semanas más tarde, Igor e Irina, que entonces tenían 23 y 24 años, se casaron en Saransk. Vazhenkov, que asistió a la boda, contó que fue una “boda típicamente rusa”, con vodka, brindis y mucho baile. Rogov también empezó a implicarse más en Open Russia. La organización se sentía en parte responsable de lo ocurrido en Minsk y lo apoyó para que asumiera oficialmente la dirección de su delegación en Saransk. Sin embargo, unos meses más tarde, Open Russia se disolvió: las autoridades rusas la habían declarado “organización indeseable”, una designación que exponía a sus activistas a ser detenidos por el mero hecho de estar vinculados a ella. Por eso, cuando Rogov se presentó a las elecciones al ayuntamiento de Saransk en el verano de 2021, lo hizo como candidato independiente. Conseguir registrar la candidatura, incluso tratándose de unas elecciones locales, exigía una campaña organizada y sostenida. Milia Kashapova, una activista de 26 años que había estado vinculada a Open Russia, se trasladó durante unos meses a Saransk para dirigir su campaña.

La campaña tenía poco presupuesto —hasta el punto de que Kashapova vivió en el piso de la abuela de Rogov—, pero no le faltaba imaginación. Pasaban largas jornadas haciendo campaña en las calles y grababan reels de Instagram protagonizados por los gatos de Igor e Irina. Por las noches se sentaban en bares, a menudo con Irina, para hablar de estrategia. La policía aparecía en la mayoría de los actos públicos para intimidar a los simpatizantes, algo habitual en la política regional rusa, pero Rogov siguió adelante. Él y su equipo fueron de puerta en puerta y prometieron a quienes se paraban a escucharlos que, si salía elegido, llevaría un soplo de aire fresco al corrupto ayuntamiento. En una publicación de campaña en Telegram, compartió una foto junto a Irina y uno de los gatos, acompañada del eslogan: “El amor y la fidelidad son los cimientos de mi familia”.

Cuando llegó el día de las elecciones, Rogov quedó tercero en su distrito con el 16% de los votos, por detrás de dos candidatos afines al Kremlin. Agradeció el apoyo recibido y anunció que tenía previsto emprender varias acciones judiciales para denunciar irregularidades en el proceso. “¿Creéis que esto es el final? Es solo el principio”, escribió en su canal de Telegram. Pero en las semanas siguientes, en plena represión contra los grupos opositores, los Rogov decidieron abandonar Rusia. Primero se trasladaron a Georgia y después, a Polonia, tras conseguir sendas becas de un programa destinado a activistas de la oposición rusa. Llegaron a Sosnowiec el 28 de febrero de 2022, cuatro días después del inicio de la invasión a gran escala de Ucrania. En los meses siguientes, la situación política en Rusia se deterioró drásticamente con la entrada en vigor de las leyes de censura en tiempos de guerra. A partir de ese momento, para la mayoría de los opositores políticos solo quedarían dos opciones: la cárcel o el exilio.

En plena represión contra los grupos opositores, los Rogov decidieron abandonar Rusia. Primero se trasladaron a Georgia y después, a Polonia, tras conseguir sendas becas de un programa destinado a activistas de la oposición rusa

La nueva vivienda de los Rogov era una habitación cuadrada en una residencia de estudiantes, donde su vecino era Danila Buzanov, otro activista ruso exiliado. Buzanov había pasado varios años trabajando como coordinador de Navalni en Balakovo, una ciudad industrial de carácter rudo conocida por su central nuclear. Había cumplido varias condenas en la cárcel y huyó de Rusia a finales de 2021, con una maleta y saliendo del país de noche después de que la policía se presentara en casa de su madre con otra orden de detención contra él.

Buzanov también estaba empezando una nueva vida desde cero en Sosnowiec y conectó enseguida con Igor e Irina gracias a las historias que compartían sobre Rusia. “Igor era un tipo de fiar, nada complicado, que siempre bromeaba y con quien daba gusto charlar. Era como los amigos que tenía en mi país, esos a los que conocía desde el colegio”, me contó Buzanov. Las condiciones en las que vivían contribuyeron a estrechar la relación entre los tres: compartían el baño y hasta la tetera eléctrica, y solían dejar abiertas las puertas de sus habitaciones para que los gatos —que Irina había conseguido sacar de Rusia— pudieran moverse libremente.

Rogov siempre parecía tener dinero para salir y hacer vida social. “Daba igual qué reunión fuera o quién estuviera: él siempre aparecía, siempre dispuesto a tomarse una cerveza y charlar”, me contó Buzanov. Irina trabajaba muchas horas haciendo manicuras en un salón de belleza para complementar su escasa beca universitaria, pero Igor no tenía trabajo. Cuando Buzanov le preguntó de dónde sacaba el dinero, Rogov le explicó que había vendido el coche antes de marcharse de Rusia y que vivía de lo que había sacado por él. También era una presencia habitual en las manifestaciones políticas organizadas en la cercana Katowice, en las que la pequeña comunidad de exiliados rusos se reunía para protestar contra la guerra en Ucrania o conmemorar la muerte de Navalni en una cárcel rusa. Irina rara vez los acompañaba. “Era completamente apolítica; prefería salir de fiesta antes que ir a una manifestación”, me contó Buzanov.

Igor era un tipo de fiar, nada complicado, que siempre bromeaba y con quien daba gusto charlar. Era como los amigos que tenía en mi país, esos a los que conocía desde el colegio

Danila Buzanov
— Antiguo compañero de piso y amigo de Rostov

Con el tiempo, el desgaste psicológico de la vida en el exilio empezó a pasar factura al matrimonio de los Rogov. Irina notaba a Igor distante y malhumorado, y él consumía drogas con cada vez más frecuencia. Más tarde, durante un interrogatorio policial, un empleado de la residencia lo describió como un “chico agradable y educado”, aunque “bastante torpe y con pocas habilidades para desenvolverse ante los problemas”. Las discusiones entre la pareja fueron a más y, en algún momento, Irina se mudó a una habitación de otra planta y se llevó a los gatos. Igor se dejó crecer el bigote y empezó a hacer más ejercicio. También comenzó a pasar tiempo con Polina, otra exiliada rusa que estudiaba en la universidad. En abril de 2023, Irina entró en la habitación y sorprendió a Igor y Polina manteniendo relaciones sexuales en la cama que hasta entonces había compartido con él. Les gritó y se marchó furiosa. Unos minutos más tarde, el móvil de Buzanov vibró con un mensaje de Telegram de Irina: “¿Sabías que Igor os ha estado delatando a ti y a otros ante el FSB?”.

Irina envió un mensaje similar a un chat grupal de los antiguos contactos políticos de su marido en Rusia y, en cuestión de minutos, el teléfono de Igor se llenó de preguntas que podrían resumirse más o menos así: WTF? [What the fuck?, ¿qué cojones?, en inglés]. Tras una discusión acalorada entre la pareja, Igor convenció a Irina de que le diera el teléfono y desactivó el envío del mensaje. Más tarde, tanto ella como Igor enviaron un mensaje al grupo para decir que había sido una broma de mal gusto y se disculparon por la confusión. Pero Rogov confesó rápidamente a su vecino, Buzanov: “Estaba a punto de echarse a llorar y no intentó justificarse, simplemente empezó a disculparse. ”Lo siento mucho, me vi obligado a hacerlo“, algo por el estilo”, me contó Buzanov. Demasiado conmocionado para hacer preguntas para obtener más detalles, Buzanov puso una contraseña en su portátil y advirtió a otros amigos que tuvieran cuidado con Rogov.

La crisis matrimonial dejó a Irina en una situación complicada, ya que su permiso de residencia en Polonia estaba vinculado al estatuto de asilo de Igor. Estaba furiosa porque toda la residencia se había enterado de la infidelidad de su marido y le dijo que la había humillado y le había arruinado la vida. Incluso habló con sus amigos sobre la posibilidad de regresar a Rusia y valoró si sería seguro hacerlo: nunca había participado directamente en actividades de la oposición y, de hecho, en una ocasión había viajado brevemente a Saransk para visitar a su familia sin tener ningún problema. Pero en julio de 2024, cuando detuvieron a Igor, Irina seguía en Sosnowiec.

Cuando se conoció la noticia, los amigos del chat grupal dieron por hecho que era la confirmación de que Irina había dicho la verdad sobre la colaboración de Rogov con el FSB, y que las autoridades polacas lo habían descubierto. En realidad, durante los primeros meses de su detención, los investigadores se centraron únicamente en el paquete explosivo y no tenían ni idea de nada más.

De los expedientes a los que tuve acceso no se desprende claramente cómo las autoridades polacas se enteraron por primera vez de los supuestos vínculos de Rogov con el FSB: si fue Igor quien confesó, si se lo contó Irina o si alguien del chat de grupo facilitó la información por iniciativa propia

De los expedientes a los que tuve acceso no se desprende claramente cómo las autoridades polacas se enteraron por primera vez de los supuestos vínculos de Rogov con el FSB: si fue Igor quien confesó, si se lo contó Irina o si alguien del chat de grupo facilitó la información por iniciativa propia. Pero el 13 de noviembre de 2024, aproximadamente cuatro meses después de la detención de Rogov, los investigadores añadieron un segundo cargo a su expediente: además de los cargos relacionados con el paquete explosivo, ahora también se le investigaba por espionaje. Ese mismo día, las autoridades polacas detuvieron a Irina, interceptándola mientras cruzaba la calle en Sosnowiec y acusándola de ser cómplice de su marido. A través de una serie de interrogatorios a ambos, la historia de la colaboración de Rogov fue cobrando forma.

Rogov afirmó que había sido reclutado durante sus años universitarios, antes incluso de iniciarse en la política de oposición, por un agente local del FSB de Saransk al que conocía como Yevgeny. Al principio se sentía orgulloso de colaborar con el FSB: lo consideraba una organización patriótica y agradecía los pequeños ingresos adicionales que obtenía a cambio. Al cabo de un tiempo, Yevgeny le entregó un teléfono de prepago y le dijo que lo mantuviera escondido en casa; sería el medio que utilizarían para comunicarse. Irina empezó a sospechar de aquellas conversaciones y exigió saber con quién hablaba Igor tan a menudo.

Al principio, él le dijo que era una persona que le ayudaba con los estudios, se encargaba de diversos trámites burocráticos y le asistía económicamente. Más tarde, confesó que había sido reclutado por el FSB. Según él, nunca le contó los detalles de sus conversaciones con Yevgeny, y ella nunca insistió. “Le bastaba con saber que no se trataba de otra mujer”, dijo.

Del sumario no se desprende claramente si el impulso inicial para involucrarse en la política de la oposición partió de Rogov o de Yevgeny, pero una vez que Rogov comenzó su activismo político, el agente del FSB presionó a su recluta para que estableciera tantos contactos como fuera posible. “Se suponía que debía seguir haciendo lo que quería: ascender en los círculos de la oposición, conocer gente nueva, ayudar a la gente y, al final, contárselo todo al FSB”, relató Rogov. Cada vez que regresaba de un viaje a una conferencia de la oposición en Moscú o en el extranjero, le decía a Irina que necesitaba dedicar un tiempo a elaborar un informe para entregárselo a Yevgeny.

El escenario ideal, le dijo Yevgeny a Rogov, sería que, en uno de esos viajes al extranjero, se le acercara una agencia de inteligencia occidental y le hiciera una propuesta. “La idea era que me convirtiera en agente doble”, explicó Rogov. Ese plan nunca llegó a cuajar, pero sugiere que Yevgeny tenía grandes planes para su agente. En todas las regiones rusas —me contó un funcionario de inteligencia europeo— había numerosos agentes del FSB dedicados a infiltrarse en grupos de la oposición, y estos agentes buscaban formas de elevar sus casos más allá del interés local. “El agente de bajo rango que se encargó del reclutamiento intentará demostrar su valía llevando el caso lo más lejos posible”, afirmó la fuente.

Esto también podría explicar el viaje de Rogov a Minsk en agosto de 2020. Un informe detallado sobre el estado de ánimo en las calles de Bielorrusia habría sido una información muy valiosa para que Yevgeny, un agente provincial del FSB, ganara puntos ante sus superiores en Moscú. Irina le había suplicado a Igor que no fuera, ya que iban a casarse unas semanas más tarde, pero, después de varias conversaciones con Yevgeny a través del teléfono de prepago, Rogov le dijo a su prometida que no tenía otra opción.

Agentes de policía y antidisturbios forcejean con estudiantes que se manifiestan por los presos políticos en Minsk en septiembre de 2020.

Unos días después de que Rogov partiera hacia Minsk, dejó de dar señales de vida. Se multiplicaban las informaciones sobre detenciones masivas, e Irina estaba tan presa del pánico que recuperó el teléfono de prepago y marcó el único número que aparecía en los contactos. Cuando un hombre contestó, le dijo: “Soy la prometida de Igor y sé que habla con alguien por este teléfono. Sé que Igor se fue a Bielorrusia por tu culpa, y necesito saber qué le ha pasado”. El hombre al otro lado del teléfono apenas le dijo unas palabras y luego colgó. Poco después, las autoridades bielorrusas liberaron a Rogov. No está claro si el FSB intervino ante Minsk para facilitar su puesta en libertad, pero su compañero activista Vazhenkov, que fue detenido al mismo tiempo, no fue liberado hasta dos días después.

Cuando Rogov regresó, conmocionado y magullado por las palizas recibidas en Minsk, se enfadó con Irina por haberse puesto en contacto con Yevgeny. Le dijo que no debía entrometerse en sus asuntos y que no volviera a utilizar nunca más el teléfono de prepago. A continuación, lo escondió en un lugar donde ella no pudiera encontrarlo.

En los meses posteriores a lo ocurrido en Minsk, Rogov percibió que Yevgeny estaba encantado de que fuera ganando protagonismo en el panorama opositor local, según recordó. Pero también afirmó haberse comprometido de verdad con la lucha de la oposición y lamentó haber aceptado colaborar en su momento. “Si hubiera tenido elección, no lo habría hecho… pero para moverme en la política y mantener mis relaciones, tuve que pasar información, porque [Yevgeny] podría haberlo hecho todo imposible con solo chasquear los dedos”, afirmó. En una ocasión, cuando Rogov acudía a una cita en el hospital por sus migrañas, le entregaron una notificación de reclutamiento militar. Cuando lo comentó con Yevgeny, el agente del FSB le sugirió que podía hacer que desapareciera. “Yevgeny lo sabía todo sobre mí y me chantajeaba… No tenía otra opción, me sentía bajo una presión psicológica constante”, afirmó Rogov. De los expedientes no se desprendía claramente si Yevgeny apoyó o influyó en la candidatura de Rogov al ayuntamiento en 2021, ni tampoco estaba claro si Rogov siguió recibiendo pagos regulares del FSB.

Si hubiera tenido elección, no lo habría hecho… pero para moverme en la política y mantener mis relaciones, tuve que pasar información, porque [Yevgeny] podría haberlo hecho todo imposible con solo chasquear los dedos

Igor Rogov

Según el relato de Rogov, cuando llegó a Polonia en febrero de 2022, pensó que por fin había escapado del control de Yevgeny. Afirmó que rompió todo contacto y se centró en construir una nueva vida en Polonia. Pero tres meses después, recibió un mensaje de un número desconocido en Telegram e intuyó de inmediato que era Yevgeny. “De una forma muy velada, me pidió que le llevara unas piezas de coche, y supe que lo que me estaba exigiendo era que le pasara información”, explicó Rogov a los investigadores. Ignoró el mensaje, pero Yevgeny siguió escribiéndole. “Cada uno de sus mensajes me causaba un estrés enorme, porque yo tengo familia en Rusia y eso me daba mucho miedo”, afirmó. Rogov afirmó que se habían puesto en contacto con su padre, que seguía en Saransk, y le habían dicho que podría ser movilizado al ejército para luchar en Ucrania, a pesar de que tenía más de 50 años y no debería haber entrado en los criterios de movilización. Rogov supuso que era Yevgeny quien estaba aumentando la presión.

Finalmente, según contó Rogov, recopiló información bastante trivial sobre Buzanov y otros activistas de la oposición exiliados que conocía, la redactó en un documento de Word y la guardó en una memoria USB que le entregó a Irina, quien iba a viajar a Rusia en el verano de 2022 para visitar a sus padres. “Estaba convencido de que la información no podía hacer realmente daño a nadie, de que esos datos se podían encontrar en parte en Internet”, afirmó ante sus interrogadores. Rogov dijo que esperaba que la entrega de la información apaciguara a Yevgeny, y también que creía que podría haber sido un seguro útil para Irina: si los guardias fronterizos rusos le causaban algún problema por sus vínculos con figuras de la oposición, podría decir que llevaba información importante para el FSB. (Irina afirmó que él no le dijo qué contenía la memoria USB ni para quién era hasta después de que ella llegara a Rusia).

Al final, Irina entró en Rusia sin problemas. De vuelta en Saransk, fue al antiguo piso de la pareja, que ahora estaba vacío, y, siguiendo las instrucciones de su marido, recuperó del fondo de un armario de la cocina el viejo teléfono de prepago de Igor, que seguía allí intacto desde que se habían ido del país. Lo cargó y llamó al único número que tenía guardado, tal y como Igor le había indicado, pero nadie respondió. Irina salió de Rusia sin entregar la memoria USB. A su regreso a Polonia, le preguntó a su marido si seguía en contacto con Yevgeny. “Me dijo que no, que no quería seguir en contacto con él, pero que no sabía cómo salir de aquello”, explicó.

Unos meses más tarde, más o menos cuando el matrimonio empezó a desmoronarse, Rogov recibió un mensaje de otra de las cuentas falsas de Yevgeny. Para entonces, la pareja ya había obtenido los documentos de asilo y Rogov dijo que estaba listo para empezar una nueva vida, lejos de la política rusa y del FSB. “Le respondí diciendo que ya no trabajaba en política y que no volvería a pasar más información”, explicó.

Más adelante, en 2023, Vazhenkov —el activista que también había sido detenido en Minsk— visitó a Rogov en Sosnowiec y encontró a su viejo amigo muy cambiado. “Apenas hablamos de política… Me dijo que ya se había apartado de la política y que estaba centrado en los estudios. Y estaba realmente afectado por la ruptura con Irina”, me contó Vazhenkov. Irina, en cambio, parecía haberse adaptado mejor y, al parecer, había dejado atrás la difícil etapa que siguió a la separación. “Tenía muchos planes y había aprendido bastante bien polaco”.
Siete años de cárcel
Pero ni Igor ni Irina llegarían a vivir las nuevas vidas que habían imaginado. Al poco tiempo, ambos estaban en la cárcel. El mes pasado, tres años después de que Rogov afirmara haber roto el contacto con Yevgeny y dos años tras su detención, un tribunal de Sosnowiec lo condenó a siete años por espionaje. Irina fue condenada a tres años por ayudarle llevando la memoria USB a Rusia.

El juicio se celebró a puerta cerrada, y hasta la información sobre la declaración de los acusados es confidencial. Pero los abogados de Igor e Irina me dijeron que tenían previsto presentar recurso de apelación. Ambos abogados afirmaron que habrían preferido un juicio público, sugiriendo que, si la opinión pública conociera los hechos del caso, quizá se mostraría menos propensa a considerar a la pareja como superespías del Kremlin. “Es una pena que el caso de mi cliente no pudiera examinarse de una forma más transparente y matizada”, afirmó la abogada de Irina, Katarzyna Matejczyk. Sin embargo, en un momento en el que Moscú está librando una guerra en Ucrania y organizando ataques de sabotaje en Europa, las autoridades polacas no tienen tiempo para matices cuando se trata del espionaje ruso. “En la actual situación geopolítica, no hay posibilidad de que se dicte otro veredicto que no sea una condena”, lamentó la letrada.

Quedaba un cabo suelto: el paquete explosivo que había puesto en marcha toda la historia. Rogov fue declarado culpable de los cargos relacionados con el paquete, pero la escueta sentencia hecha pública apenas aportaba detalles. Jacek Dobrzyński, portavoz del ministro polaco encargado de coordinar los servicios de seguridad del país, me explicó que los investigadores habían seguido el rastro del paquete hasta Moscú. “No hay duda de que se trató de un complot ruso orquestado por los servicios secretos rusos”, afirmó.

Sin embargo, algo no cuadraba del todo. Los expedientes judiciales a los que pude acceder no aportaban pruebas de una conexión rusa y, de hecho, apuntaban a una posibilidad diferente. Durante la investigación, una fuente comunicó a las autoridades polacas que creía que “Diesel”, el vendedor de coches de Odesa que había entregado el paquete a la modelo Kristina para que lo llevara a Polonia, tenía en realidad vínculos con la inteligencia militar ucraniana.

Esto sugería que el paquete podría no haber sido, después de todo, una bomba rusa, sino ucraniana, en tránsito por Polonia y con destino final a Rusia. Desde 2022, Kiev lleva a cabo su propia campaña de sabotaje dentro de Rusia, dirigida contra oficiales militares o defensores de la guerra. El último ataque de este tipo se produjo este mes, cuando una bomba improvisada explotó en un restaurante de Moscú durante la celebración del cumpleaños de un general del ejército ruso. Tres personas perdieron la vida. Mis fuentes de los servicios de inteligencia ucranianos afirmaron no tener conocimiento del paquete enviado a Rogov, pero una de ellas señaló que la campaña de sabotaje de Kiev era un tema delicado con los aliados y que, por lo general, se organizaba a sus espaldas: “Casi todos los países europeos están de acuerdo en que es legítimo que hagamos esto, pero casi ninguno quiere cooperar al respecto”.

Pensé que la persona que mejor podría resolver el enigma del paquete era quien lo había enviado, el misterioso Diesel —cuyo nombre real es Yuriy Kovalenko—. Encontrarlo fue más fácil de lo esperado: respondió a mis mensajes de Facebook y accedió a reunirse en el despacho de su abogada en Odesa, con la condición de que ella también estuviera presente. Cuando nos vimos, llevaba una chaqueta de chándal, vaqueros azules y zapatillas New Balance, además de una kipá; me contó que había redescubierto su identidad judía en los últimos años. Me dijo que su apodo se debía a su antigua pasión por los coches, pero que últimamente la mayoría de la gente simplemente le llamaba Yuriy.

Kovalenko me contó que se ganaba la vida importando, reparando y vendiendo coches de segunda mano. Negó categóricamente cualquier vínculo con los servicios de inteligencia rusos. También negó tener vínculos con los servicios ucranianos, pero dejó claro con sus respuestas que creía que el paquete explosivo procedía de Ucrania, no de Rusia. El destino final debía ser Kaliningrado, el enclave ruso fronterizo con Polonia, según explicó. Sin embargo, insistió en que no lo había sabido hasta más tarde y que él tampoco era más que un eslabón en una cadena de mensajeros que ignoraban lo que transportaban. Sostuvo que había recibido el conjunto de objetos de un amigo que “posiblemente tenía algún tipo de vínculo” con los servicios de inteligencia ucranianos. Ese amigo, contó, le pidió que enviara el material a Polonia, así que recurrió a Emil, un viejo conocido de la oposición rusa, para preguntarle si conocía allí a alguien de confianza. Emil le dio el nombre de Rogov.

Kovalenko se mostró evasivo en cuanto a los detalles concretos: se negó a dar más información sobre la persona que supuestamente le había entregado el paquete y no quiso decir cómo sabía que los explosivos tenían como destino Kaliningrado. Tampoco pudo explicar cómo se suponía que iban a llegar allí. Además de su abogado, le acompañó a la entrevista un hombre que se sentó en silencio a su lado y no se presentó, alegando, cuando le pregunté quién era, que estaba allí “por casualidad”.
¿Quién es Emil?
En el mundo oculto de los juegos de inteligencia y las tramas de sabotaje, puede resultar difícil discernir dónde residen las verdaderas lealtades de cada uno de los participantes. Para añadir una última complicación a la historia, muchos antiguos colegas de la oposición rusa sospechan que Emil es un informante del FSB, al igual que Rogov. La historia completa de la bomba y sus diversos mensajeros podría quedar perdida en la historia, pero el mero hecho de que Ucrania no haya detenido a Kovalenko —dado que Polonia advirtió a Kiev de su papel en el complot para colocar la bomba y solicitó su extradición— apunta a que los explosivos eran ucranianos, no rusos.

Y si ese fuera realmente el caso, supondría un nuevo y extraño giro en la historia de Igor Rogov, convirtiéndolo a la vez en informante del FSB ruso y en un supuesto mensajero ucraniano de la bomba.

En los dos años transcurridos desde la detención de Rogov, Buzanov, que había compartido residencia con él, no ha dejado de darle vueltas a qué pensar de quien durante años consideró su amigo. Al principio sentía lástima por Rogov y le escribía cartas a la cárcel. Después se enfadó al saber que la traición de Rogov había llevado también a Irina a prisión, simplemente por haber llevado la memoria USB a Rusia. Teme, además, que la historia pueda despertar sospechas infundadas sobre su propia lealtad, tanto entre las autoridades polacas como entre sus amigos. “Nuestras biografías se parecen mucho, y eso resulta incómodo”, me dijo mientras charlábamos en una cafetería de una ciudad no muy lejos de Sosnowiec. Muchos amigos de Rogov rechazaron mis solicitudes de entrevista porque no querían que se los relacionara públicamente con un espía condenado. Buzanov, en cambio, estuvo encantado de hablar durante horas, deseoso de demostrar que no tenía nada que ocultar.

Esta es una de las consecuencias más perjudiciales de la colaboración de Rogov: ha intensificado las sospechas sobre la infiltración del Kremlin entre los miles de activistas rusos de la oposición y de la sociedad civil que han huido del país en los últimos años. Estas sospechas merman aún más la eficacia de la oposición en el exilio, ya de por sí débil y dividida, mientras lucha por seguir siendo relevante desde sus nuevos hogares en Varsovia, Berlín o Vilna.

Rogov no fue, sin duda, el único de sus filas que había sido reclutado. “Estoy convencido de que éramos cientos”, declaró al Guardian en 2022 un antiguo informante del FSB que formaba parte de la organización de Navalni. Es probable que aumentar la sensación de paranoia entre la oposición forme parte de la estrategia del FSB para conseguir estos reclutas. Kashapova, la antigua directora de campaña de Rogov, me contó que solía restar importancia a las preocupaciones sobre la infiltración, pero que, desde la detención de Rogov, “desconfiaba de todo y de todos”.

Los objetivos del FSB están claros, pero las motivaciones de Rogov son mucho más difíciles de desentrañar. A juzgar por el testimonio al que tuve acceso, resulta imposible saber con certeza hasta qué punto colaboró de manera voluntaria, a quién era realmente leal o si la información que proporcionó llegó a causar algún daño. Sus amigos, que ni siquiera han tenido acceso a ese testimonio, han llegado a conclusiones muy distintas: algunos se niegan a creer las acusaciones; otros aceptan que pudo haber sido un informante, pero dan por hecho que el FSB lo sometió a una presión insoportable; un tercer grupo está furioso con él y considera que no hay excusa posible para haber colaborado. Ninguno consigue encajar la idea de que Rogov llevara años infiltrado por el FSB con la imagen del joven que creían conocer.

Buzanov, que declaró como testigo en el juicio, cree que la colaboración de Rogov probablemente se debió a su habitual tendencia a tomar malas decisiones, que siempre acababa metiéndolo en líos. Está convencido de que Rogov se oponía sinceramente a Putin, pero sospecha que tenía tan poca voluntad que acabó dejándose captar por el FSB, convencido de que podía ganar algo de dinero sin hacer demasiado daño a nadie. En esa misma línea, cree que Rogov accedió a recibir el paquete sospechoso sin hacer demasiadas preguntas. “No creo que sea ningún superespía enviado a Polonia en una misión especial”, afirmó: “Creo que simplemente es idiota”.

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Con información de Ada Petriczko Cuando Igor Rogov, activista de la oposición rusa exiliado, fue acusado de trabajar para el Kremlin, sus amigos se quedaron atónitos ¿Era posible que aquel joven activista fuera en realidad un agente encubierto?Dentro de la facultad secreta de formación de espías rusos en una universidad de élite de Moscú
La policía fue a buscar a Igor Rogov porque alguien le había enviado por correo un kit para fabricar una bomba. La variopinta mezcla de objetos —un termo de cromo, un par de rotuladores, una batería externa y una botella de líquido anticongelante— podría haber parecido inofensiva a ojos inexpertos, pero en julio de 2024 Polonia se encontraba en alerta máxima. Dos meses antes, un incendio provocado había arrasado un centro comercial de Varsovia; también habían prendido fuego a una tienda de Ikea en la vecina Lituania. Las autoridades creían que ambos ataques formaban parte de una campaña de sabotaje orquestada por los servicios de inteligencia rusos para sembrar el pánico y debilitar el apoyo a Ucrania. Temían que solo fuera cuestión de tiempo que el Kremlin diera un paso más en la escalada.

Un agente de seguridad del almacén de la empresa de paquetería sospechó del paquete y avisó a las autoridades, que acudieron con perros rastreadores y equipo especializado. Las radiografías mostraron que los rotuladores ocultaban en su interior detonadores soviéticos fabricados en los 80. El termo, por su parte, tenía un doble fondo con una bolsita de polvo metálico. El cargador portátil parecía haber sido manipulado y, al analizar el líquido de la botella, los especialistas descubrieron que contenía una solución de nitroglicerina altamente volátil. En manos de alguien con los conocimientos necesarios, aquello podía convertirse en una bomba potente.

Todo apuntaba a que el hallazgo fortuito del paquete había conducido a las autoridades hasta un participante —quizá incluso un coordinador— de la campaña de sabotaje rusa contra Polonia, que se ocultaba tras la fachada de un valiente opositor al Kremlin.

La policía averiguó que el destinatario del paquete, Rogov, era un activista político ruso de 27 años que había hecho campaña a favor del líder opositor Alexéi Navalni y de otros grupos contrarios al Kremlin. Dos años antes había huido de Rusia por temor a ser detenido por sus actividades y había obtenido asilo en Polonia. Gracias a una beca, estudiaba en una universidad de Sosnowiec, una ciudad industrial del suroeste del país. Su esposa, Irina Rogova, se había reunido con él en Polonia y también se había matriculado en la universidad. La pareja vivía en una residencia de estudiantes. Fue allí donde las autoridades detuvieron a Rogov.

Al examinar el teléfono de Rogov, los agentes encontraron fotografías de distintos puntos de Sosnowiec y sus alrededores con flechas rojas dibujadas que, intuían, señalaban lugares donde ocultar o recoger objetos. Una de las imágenes mostraba un gasoducto a las afueras de la ciudad; interpretado como un posible objetivo para un atentado ruso con explosivos. Todo apuntaba a que el hallazgo fortuito del paquete había conducido a las autoridades hasta un participante —quizá incluso un coordinador— de la campaña de sabotaje rusa contra Polonia, que se ocultaba tras la fachada de un valiente opositor al Kremlin.

Más de un año después, en octubre de 2025, se supo que las autoridades polacas también acusaban a Rogov de colaborar desde hacía tiempo con el FSB, el temido servicio de seguridad ruso. Esto planteaba la posibilidad de que toda su trayectoria como activista contrario al Kremlin hubiera sido en realidad una tapadera para su trabajo al servicio del FSB. Cuando el caso llegó a los tribunales, el juez decidió celebrar el juicio a puerta cerrada por motivos de seguridad nacional. El secretismo no hizo, sino alimentar las especulaciones y los rumores sobre qué había hecho exactamente Rogov, especialmente entre la oposición política rusa en el exilio, marcada por las luchas internas, las sospechas y las acusaciones.

Aunque el juicio de Rogov se celebró a puerta cerrada, descubrí miles de páginas de documentos sobre él y su esposa en los expedientes judiciales de un caso relacionado. (El sitio web de noticias polaco Wirtualna Polska ya había informado sobre algunos de esos documentos). Esos expedientes, junto con entrevistas realizadas en varios países a fuentes de los servicios de inteligencia y a personas que conocían a Rogov, me permitieron reconstruir una historia de exilio y espionaje marcada por el chantaje, el engaño y una crisis matrimonial de consecuencias dramáticas. (De conformidad con la legislación polaca, las personas mencionadas en los expedientes judiciales aparecen identificadas en este artículo únicamente por su nombre de pila, salvo que hayan dado su consentimiento para ser entrevistadas y citadas con su nombre completo. Rogov y su esposa aparecen con su nombre completo porque estos ya se habían hecho públicos a raíz del caso).

Me cuesta creer que durante todo ese tiempo estuviera jugando a dos bandas sin cometer un solo error. Si realmente estuvo colaborando todo ese tiempo, entonces tendría que decir que Igor Rogov es un genio

Milia Kashapova
— Directora de la campaña de Rogov a las elecciones municipales en Rusia

Muchos de quienes conocían a Rogov se quedaron atónitos al conocer su detención. Describían a su amigo como una persona simpática, tranquila y algo torpe, y les costaba imaginarlo como un astuto superespía o como alguien encargado de transportar bombas, con una vida secreta dedicada a perpetrar atentados en ciudades europeas en nombre de Vladímir Putin. “Estamos hablando de un tipo que una vez envió por error fotos suyas semidesnudo a un chat de grupo”, me contó Milia Kashapova, directora de la campaña de Rogov cuando se presentó a las elecciones municipales en Rusia y que trabajó estrechamente con él durante varios meses. “Me cuesta creer que durante todo ese tiempo estuviera jugando a dos bandas sin cometer un solo error. Si realmente estuvo colaborando todo ese tiempo, entonces tendría que decir que Igor Rogov es un genio”, señaló.

Al principio, lo único que los investigadores polacos tenían contra Rogov era el hecho de que alguien le hubiera enviado por correo aquel paquete sospechoso. En sus primeros interrogatorios en la cárcel, sostuvo que todo se trataba de un gran malentendido. Negó tener conocimiento alguno del contenido del paquete e insistió en que nunca habría hecho nada a sabiendas para perjudicar a su nueva patria. “Estoy muy agradecido a Polonia por acogerme y estoy dispuesto a ayudaros en todo lo que pueda”, dijo a los investigadores.

Rogov dio su versión de cómo había acabado su nombre en el paquete. Su amigo Emil, también activista de la oposición rusa, le había dicho que un contacto traía un paquete desde Ucrania y necesitaba a alguien en Polonia a quien dejárselo. Emil dijo que el paquete contenía “regalos de Ucrania” y Rogov respondió que no le importaba recogerlo. Unos días más tarde recibió una llamada de una mujer que se presentó como Kristina. “Tengo un paquete para ti de parte de Diesel”, le dijo, y añadió que acababa de llegar a Cracovia desde Ucrania. Rogov no tenía ni idea de quién era Diesel, pero supuso que se trataba del paquete del que le había hablado Emil. Le dijo a Kristina que estaba fuera visitando a unos amigos, pero le dio su dirección en Sosnowiec y le explicó cómo podía enviárselo por correo utilizando un servicio de mensajería.
Una modelo “rompecorazones”
Las autoridades polacas no tardaron en identificar a Kristina como una modelo ucraniana de Odesa y emitieron una orden de detención internacional contra ella. Fue detenida a finales de agosto en el aeropuerto de Ámsterdam, justo antes de que pudiera embarcar en un avión con destino a Estados Unidos. Una vez entregada a las autoridades polacas, explicó su versión de la historia del paquete. “Diesel” era un conocido suyo; el apodo se debía a que trabajaba con coches de segunda mano. Se había enterado de que la joven tenía pensado viajar en coche a Polonia y le preguntó si podría llevarse un paquete consigo. “Dijo que necesitaba distribuir esas cosas a gente pobre y que estaba ayudando a mujeres y familias”, explicó Kristina a los investigadores. “Sí que me pareció una serie de cosas extrañas, pero Diesel es un tipo bastante peculiar”.

Kristina contó a los investigadores que Diesel había metido el termo, el cargador portátil y otros objetos en su Mercedes antes de que ella emprendiera el largo viaje en coche hasta Cracovia, donde tenía planeado encontrarse con un empresario checo que le había ofrecido 3.000 euros por pasar una semana con él en un hotel de lujo. Comió ostras y bebió champán con el empresario, aunque, según se desprende de los expedientes del caso, por la noche cada uno dormía en una habitación distinta.

Tras despedirse de su conocido checo, Kristina se acordó del paquete. Se suponía que debía entregarlo en persona, pero cuando llamó al número que Diesel le había dado, el hombre al otro lado de la línea —Rogov— le dijo que lo enviara por mensajería. Sacó la caja de zapatos vacía de unas zapatillas Golden Goose de 500 euros que el checo le había comprado y la llenó con los objetos de Diesel. A continuación, envolvió el paquete y lo llevó a un puesto de taquillas automáticas para paquetería, tal y como le había indicado Rogov.

Tras escribir la dirección en el bulto, lo metió a la fuerza en un compartimento demasiado pequeño y el embalaje se rasgó. Al llegar al centro de clasificación, la empresa de mensajería reparó en los daños y lo abrió. Descubierto el contenido sospechoso, dio la voz de alarma. Así se puso en marcha la cadena de acontecimientos que acabaría con las detenciones de Rogov y Kristina. Si hubiera elegido una taquilla más grande, el paquete podría haber pasado desapercibido y la bomba podría haberse montado y detonado. Pero ¿quién lo habría hecho? ¿Rogov u otra persona? ¿Y por orden de quién?

En los días posteriores al envío del paquete, pero antes de que la detuvieran, Kristina dijo que recibió una llamada desde el número de Diesel. “Voy a hablar. Tú escucha y no digas nada”, dijo una voz masculina que no reconoció. Le dijo que habían detenido a la persona a la que había enviado el paquete y que, si a ella también la detenían, debía inventarse una historia sobre el origen de la caja. “Toda la correspondencia entre tú y Diesel ha sido borrada; no menciones a Diesel a nadie”, le ordenó el hombre.
El enlace misterioso
El misterioso Diesel se perfilaba como una pieza clave en el complot del paquete. ¿Podía ser un agente ruso que operaba en Ucrania? Las autoridades polacas ya habían detenido a varios ucranianos reclutados por Moscú para provocar incendios en Polonia, y cabía la posibilidad de que Diesel formara parte, junto con Rogov, de una red rusa de sabotaje que aprovechaba el fácil acceso a explosivos en Ucrania para obtener los materiales necesarios, que posteriormente se montarían y detonarían en Polonia. Las autoridades polacas emitieron sendas órdenes internacionales de detención contra Diesel y Emil, quien había avisado a Rogov de la llegada del paquete.

Al margen de para quién trabajara Diesel, una cosa fue quedando clara a medida que avanzaban los interrogatorios: Kristina no sabía nada sobre el propósito del paquete ni sobre su destino final. En uno de ellos, mientras los investigadores revisaban su teléfono y le exigían cada vez más detalles sobre sus encuentros con distintos hombres que figuraban entre sus contactos, Kristina perdió la paciencia y les preguntó qué podía tener todo aquello que ver con el caso. “Lo único que habéis conseguido con vuestra investigación es demostrar que soy una rompecorazones”, les dijo.

En el verano de 2025, Kristina fue puesta en libertad, tras un breve juicio en el que el fiscal aceptó que había transportado los objetos sin darse cuenta de que eran peligrosos y accedió a suavizar los cargos. Fue condenada a cumplir la pena ya cumplida —304 días— y a pagar una multa. No respondió a mis solicitudes para dar su versión para este reportaje.

En cuanto a Rogov, empezaba a parecer que él también podría ser un actor secundario en el complot para colocar una bomba. Insistió en que no sabía nada de Diesel y que el paquete llevaba su nombre solo porque había accedido a echar una mano a Emil. La mayor señal de alarma que sugería que podría estar mintiendo era el conjunto de fotografías de diversas escenas urbanas en Sosnowiec, marcadas con flechas, que se encontraron en su teléfono. Pero también tenía una explicación convincente para eso. Admitió que, en ocasiones, había pedido drogas recreativas a través de un bot de Telegram y que cuando las compraba recibía una foto del lugar de recogida con una flecha que señalaba el punto de entrega. Explicó que la única razón por la que algunos de los lugares estaban cerca de oleoductos u otras infraestructuras era porque se trataba de lugares desolados y desiertos donde esconder o recoger un paquete llamaría menos la atención.

La investigación, que en un principio parecía encaminada a destapar un importante complot terrorista del Kremlin contra Europa, empezaba a torcerse. No se había demostrado ningún vínculo con Rusia y las dos únicas personas detenidas eran una modelo ucraniana que parecía no saber nada del asunto y un joven ruso al que, por el momento, solo podía reprochársele la compra ocasional de drogas recreativas.

Pero estaba a punto de salir a la luz algo más sobre Rogov. Los investigadores polacos iban a descubrir que se le había acusado, con pruebas creíbles, de trabajar para el FSB durante años, espiando a sus amigos y colegas de la oposición rusa. La fuente de las acusaciones hacía que fuera difícil descartarlas: se trataba de la esposa de Rogov, Irina Rogova.
El adulterio delator
Igor conoció a Irina cuando eran adolescentes. Ambos estudiaban veterinaria en Saransk, una ciudad gris situada a unos 500 kilómetros al sureste de Moscú, en la que habían vivido toda su vida antes de emigrar. Rogov tenía una sonrisa pícara y un carácter afable que le permitía hacer amigos con facilidad. Empezó a implicarse en el activismo cuando era estudiante, aunque al principio se interesó sobre todo por cuestiones medioambientales locales. Más tarde fue uno de los miles de jóvenes rusos que colaboraron en el frustrado intento de Navalni de concurrir a las elecciones presidenciales de 2018 contra Putin, y posteriormente se incorporó a Open Russia, el movimiento de oposición creado por el oligarca exiliado Mijaíl Jodorkovski.

Rogov se ganó el respeto de los círculos opositores tras un incidente ocurrido en Minsk, en la vecina Bielorrusia, en agosto de 2020, cuando Alexander Lukashenko, estrecho aliado de Putin, se declaró vencedor de unas elecciones presidenciales amañadas. Los manifestantes salieron a las calles y Lukashenko respondió con una violenta represión. Rogov se encontraba en Minsk como parte de una misión informal de observación organizada por Open Russia. La segunda noche de protestas, él y otro activista, Artem Vazhenkov, se vieron atrapados en una redada frente a un centro comercial. Agentes antidisturbios vestidos de negro detenían a todo aquel que encontraban a su paso y lo metían en vehículos blindados. Rogov y Vazhenkov acabaron, junto con cientos de personas más, en la tristemente célebre cárcel de Okrestina, en Minsk.

Los mantuvieron en un patio, con las manos atadas y boca abajo en el suelo, y luego los trasladaron a una celda abarrotada en la que había unos 40 hombres. “No intentaban sacarnos información, como en las cárceles rusas. Simplemente, te pegaban por el simple gusto de hacerlo”, me contó Vazhenkov. La policía antidisturbios le rompió las costillas y los dedos a Rogov y le dejó el cuerpo cubierto de moratones. Las repetidas patadas en la cabeza que recibió durante su detención le provocaron migrañas que se repitieron durante años.

Una manifestación multitudinaria de la oposición recorre Minsk en octubre de 2020.

Tras tres días de palizas, Rogov fue puesto en libertad y deportado a Rusia. En la oficina de Open Russia, de vuelta en Moscú, alternaba entre risas y llantos mientras relataba aquella terrible experiencia, moviéndose aún con cautela debido a los hematomas. “Lo enviamos a una residencia de descanso durante un par de semanas para que se recuperara”, me explicó Andrei Pivovarov, que era el director ejecutivo de Open Russia cuando se produjo la violenta represión.

Unas semanas más tarde, Igor e Irina, que entonces tenían 23 y 24 años, se casaron en Saransk. Vazhenkov, que asistió a la boda, contó que fue una “boda típicamente rusa”, con vodka, brindis y mucho baile. Rogov también empezó a implicarse más en Open Russia. La organización se sentía en parte responsable de lo ocurrido en Minsk y lo apoyó para que asumiera oficialmente la dirección de su delegación en Saransk. Sin embargo, unos meses más tarde, Open Russia se disolvió: las autoridades rusas la habían declarado “organización indeseable”, una designación que exponía a sus activistas a ser detenidos por el mero hecho de estar vinculados a ella. Por eso, cuando Rogov se presentó a las elecciones al ayuntamiento de Saransk en el verano de 2021, lo hizo como candidato independiente. Conseguir registrar la candidatura, incluso tratándose de unas elecciones locales, exigía una campaña organizada y sostenida. Milia Kashapova, una activista de 26 años que había estado vinculada a Open Russia, se trasladó durante unos meses a Saransk para dirigir su campaña.

La campaña tenía poco presupuesto —hasta el punto de que Kashapova vivió en el piso de la abuela de Rogov—, pero no le faltaba imaginación. Pasaban largas jornadas haciendo campaña en las calles y grababan reels de Instagram protagonizados por los gatos de Igor e Irina. Por las noches se sentaban en bares, a menudo con Irina, para hablar de estrategia. La policía aparecía en la mayoría de los actos públicos para intimidar a los simpatizantes, algo habitual en la política regional rusa, pero Rogov siguió adelante. Él y su equipo fueron de puerta en puerta y prometieron a quienes se paraban a escucharlos que, si salía elegido, llevaría un soplo de aire fresco al corrupto ayuntamiento. En una publicación de campaña en Telegram, compartió una foto junto a Irina y uno de los gatos, acompañada del eslogan: “El amor y la fidelidad son los cimientos de mi familia”.

Cuando llegó el día de las elecciones, Rogov quedó tercero en su distrito con el 16% de los votos, por detrás de dos candidatos afines al Kremlin. Agradeció el apoyo recibido y anunció que tenía previsto emprender varias acciones judiciales para denunciar irregularidades en el proceso. “¿Creéis que esto es el final? Es solo el principio”, escribió en su canal de Telegram. Pero en las semanas siguientes, en plena represión contra los grupos opositores, los Rogov decidieron abandonar Rusia. Primero se trasladaron a Georgia y después, a Polonia, tras conseguir sendas becas de un programa destinado a activistas de la oposición rusa. Llegaron a Sosnowiec el 28 de febrero de 2022, cuatro días después del inicio de la invasión a gran escala de Ucrania. En los meses siguientes, la situación política en Rusia se deterioró drásticamente con la entrada en vigor de las leyes de censura en tiempos de guerra. A partir de ese momento, para la mayoría de los opositores políticos solo quedarían dos opciones: la cárcel o el exilio.

En plena represión contra los grupos opositores, los Rogov decidieron abandonar Rusia. Primero se trasladaron a Georgia y después, a Polonia, tras conseguir sendas becas de un programa destinado a activistas de la oposición rusa

La nueva vivienda de los Rogov era una habitación cuadrada en una residencia de estudiantes, donde su vecino era Danila Buzanov, otro activista ruso exiliado. Buzanov había pasado varios años trabajando como coordinador de Navalni en Balakovo, una ciudad industrial de carácter rudo conocida por su central nuclear. Había cumplido varias condenas en la cárcel y huyó de Rusia a finales de 2021, con una maleta y saliendo del país de noche después de que la policía se presentara en casa de su madre con otra orden de detención contra él.

Buzanov también estaba empezando una nueva vida desde cero en Sosnowiec y conectó enseguida con Igor e Irina gracias a las historias que compartían sobre Rusia. “Igor era un tipo de fiar, nada complicado, que siempre bromeaba y con quien daba gusto charlar. Era como los amigos que tenía en mi país, esos a los que conocía desde el colegio”, me contó Buzanov. Las condiciones en las que vivían contribuyeron a estrechar la relación entre los tres: compartían el baño y hasta la tetera eléctrica, y solían dejar abiertas las puertas de sus habitaciones para que los gatos —que Irina había conseguido sacar de Rusia— pudieran moverse libremente.

Rogov siempre parecía tener dinero para salir y hacer vida social. “Daba igual qué reunión fuera o quién estuviera: él siempre aparecía, siempre dispuesto a tomarse una cerveza y charlar”, me contó Buzanov. Irina trabajaba muchas horas haciendo manicuras en un salón de belleza para complementar su escasa beca universitaria, pero Igor no tenía trabajo. Cuando Buzanov le preguntó de dónde sacaba el dinero, Rogov le explicó que había vendido el coche antes de marcharse de Rusia y que vivía de lo que había sacado por él. También era una presencia habitual en las manifestaciones políticas organizadas en la cercana Katowice, en las que la pequeña comunidad de exiliados rusos se reunía para protestar contra la guerra en Ucrania o conmemorar la muerte de Navalni en una cárcel rusa. Irina rara vez los acompañaba. “Era completamente apolítica; prefería salir de fiesta antes que ir a una manifestación”, me contó Buzanov.

Igor era un tipo de fiar, nada complicado, que siempre bromeaba y con quien daba gusto charlar. Era como los amigos que tenía en mi país, esos a los que conocía desde el colegio

Danila Buzanov
— Antiguo compañero de piso y amigo de Rostov

Con el tiempo, el desgaste psicológico de la vida en el exilio empezó a pasar factura al matrimonio de los Rogov. Irina notaba a Igor distante y malhumorado, y él consumía drogas con cada vez más frecuencia. Más tarde, durante un interrogatorio policial, un empleado de la residencia lo describió como un “chico agradable y educado”, aunque “bastante torpe y con pocas habilidades para desenvolverse ante los problemas”. Las discusiones entre la pareja fueron a más y, en algún momento, Irina se mudó a una habitación de otra planta y se llevó a los gatos. Igor se dejó crecer el bigote y empezó a hacer más ejercicio. También comenzó a pasar tiempo con Polina, otra exiliada rusa que estudiaba en la universidad. En abril de 2023, Irina entró en la habitación y sorprendió a Igor y Polina manteniendo relaciones sexuales en la cama que hasta entonces había compartido con él. Les gritó y se marchó furiosa. Unos minutos más tarde, el móvil de Buzanov vibró con un mensaje de Telegram de Irina: “¿Sabías que Igor os ha estado delatando a ti y a otros ante el FSB?”.

Irina envió un mensaje similar a un chat grupal de los antiguos contactos políticos de su marido en Rusia y, en cuestión de minutos, el teléfono de Igor se llenó de preguntas que podrían resumirse más o menos así: WTF? [What the fuck?, ¿qué cojones?, en inglés]. Tras una discusión acalorada entre la pareja, Igor convenció a Irina de que le diera el teléfono y desactivó el envío del mensaje. Más tarde, tanto ella como Igor enviaron un mensaje al grupo para decir que había sido una broma de mal gusto y se disculparon por la confusión. Pero Rogov confesó rápidamente a su vecino, Buzanov: “Estaba a punto de echarse a llorar y no intentó justificarse, simplemente empezó a disculparse. ”Lo siento mucho, me vi obligado a hacerlo“, algo por el estilo”, me contó Buzanov. Demasiado conmocionado para hacer preguntas para obtener más detalles, Buzanov puso una contraseña en su portátil y advirtió a otros amigos que tuvieran cuidado con Rogov.

La crisis matrimonial dejó a Irina en una situación complicada, ya que su permiso de residencia en Polonia estaba vinculado al estatuto de asilo de Igor. Estaba furiosa porque toda la residencia se había enterado de la infidelidad de su marido y le dijo que la había humillado y le había arruinado la vida. Incluso habló con sus amigos sobre la posibilidad de regresar a Rusia y valoró si sería seguro hacerlo: nunca había participado directamente en actividades de la oposición y, de hecho, en una ocasión había viajado brevemente a Saransk para visitar a su familia sin tener ningún problema. Pero en julio de 2024, cuando detuvieron a Igor, Irina seguía en Sosnowiec.

Cuando se conoció la noticia, los amigos del chat grupal dieron por hecho que era la confirmación de que Irina había dicho la verdad sobre la colaboración de Rogov con el FSB, y que las autoridades polacas lo habían descubierto. En realidad, durante los primeros meses de su detención, los investigadores se centraron únicamente en el paquete explosivo y no tenían ni idea de nada más.

De los expedientes a los que tuve acceso no se desprende claramente cómo las autoridades polacas se enteraron por primera vez de los supuestos vínculos de Rogov con el FSB: si fue Igor quien confesó, si se lo contó Irina o si alguien del chat de grupo facilitó la información por iniciativa propia

De los expedientes a los que tuve acceso no se desprende claramente cómo las autoridades polacas se enteraron por primera vez de los supuestos vínculos de Rogov con el FSB: si fue Igor quien confesó, si se lo contó Irina o si alguien del chat de grupo facilitó la información por iniciativa propia. Pero el 13 de noviembre de 2024, aproximadamente cuatro meses después de la detención de Rogov, los investigadores añadieron un segundo cargo a su expediente: además de los cargos relacionados con el paquete explosivo, ahora también se le investigaba por espionaje. Ese mismo día, las autoridades polacas detuvieron a Irina, interceptándola mientras cruzaba la calle en Sosnowiec y acusándola de ser cómplice de su marido. A través de una serie de interrogatorios a ambos, la historia de la colaboración de Rogov fue cobrando forma.

Rogov afirmó que había sido reclutado durante sus años universitarios, antes incluso de iniciarse en la política de oposición, por un agente local del FSB de Saransk al que conocía como Yevgeny. Al principio se sentía orgulloso de colaborar con el FSB: lo consideraba una organización patriótica y agradecía los pequeños ingresos adicionales que obtenía a cambio. Al cabo de un tiempo, Yevgeny le entregó un teléfono de prepago y le dijo que lo mantuviera escondido en casa; sería el medio que utilizarían para comunicarse. Irina empezó a sospechar de aquellas conversaciones y exigió saber con quién hablaba Igor tan a menudo.

Al principio, él le dijo que era una persona que le ayudaba con los estudios, se encargaba de diversos trámites burocráticos y le asistía económicamente. Más tarde, confesó que había sido reclutado por el FSB. Según él, nunca le contó los detalles de sus conversaciones con Yevgeny, y ella nunca insistió. “Le bastaba con saber que no se trataba de otra mujer”, dijo.

Del sumario no se desprende claramente si el impulso inicial para involucrarse en la política de la oposición partió de Rogov o de Yevgeny, pero una vez que Rogov comenzó su activismo político, el agente del FSB presionó a su recluta para que estableciera tantos contactos como fuera posible. “Se suponía que debía seguir haciendo lo que quería: ascender en los círculos de la oposición, conocer gente nueva, ayudar a la gente y, al final, contárselo todo al FSB”, relató Rogov. Cada vez que regresaba de un viaje a una conferencia de la oposición en Moscú o en el extranjero, le decía a Irina que necesitaba dedicar un tiempo a elaborar un informe para entregárselo a Yevgeny.

El escenario ideal, le dijo Yevgeny a Rogov, sería que, en uno de esos viajes al extranjero, se le acercara una agencia de inteligencia occidental y le hiciera una propuesta. “La idea era que me convirtiera en agente doble”, explicó Rogov. Ese plan nunca llegó a cuajar, pero sugiere que Yevgeny tenía grandes planes para su agente. En todas las regiones rusas —me contó un funcionario de inteligencia europeo— había numerosos agentes del FSB dedicados a infiltrarse en grupos de la oposición, y estos agentes buscaban formas de elevar sus casos más allá del interés local. “El agente de bajo rango que se encargó del reclutamiento intentará demostrar su valía llevando el caso lo más lejos posible”, afirmó la fuente.

Esto también podría explicar el viaje de Rogov a Minsk en agosto de 2020. Un informe detallado sobre el estado de ánimo en las calles de Bielorrusia habría sido una información muy valiosa para que Yevgeny, un agente provincial del FSB, ganara puntos ante sus superiores en Moscú. Irina le había suplicado a Igor que no fuera, ya que iban a casarse unas semanas más tarde, pero, después de varias conversaciones con Yevgeny a través del teléfono de prepago, Rogov le dijo a su prometida que no tenía otra opción.

Agentes de policía y antidisturbios forcejean con estudiantes que se manifiestan por los presos políticos en Minsk en septiembre de 2020.

Unos días después de que Rogov partiera hacia Minsk, dejó de dar señales de vida. Se multiplicaban las informaciones sobre detenciones masivas, e Irina estaba tan presa del pánico que recuperó el teléfono de prepago y marcó el único número que aparecía en los contactos. Cuando un hombre contestó, le dijo: “Soy la prometida de Igor y sé que habla con alguien por este teléfono. Sé que Igor se fue a Bielorrusia por tu culpa, y necesito saber qué le ha pasado”. El hombre al otro lado del teléfono apenas le dijo unas palabras y luego colgó. Poco después, las autoridades bielorrusas liberaron a Rogov. No está claro si el FSB intervino ante Minsk para facilitar su puesta en libertad, pero su compañero activista Vazhenkov, que fue detenido al mismo tiempo, no fue liberado hasta dos días después.

Cuando Rogov regresó, conmocionado y magullado por las palizas recibidas en Minsk, se enfadó con Irina por haberse puesto en contacto con Yevgeny. Le dijo que no debía entrometerse en sus asuntos y que no volviera a utilizar nunca más el teléfono de prepago. A continuación, lo escondió en un lugar donde ella no pudiera encontrarlo.

En los meses posteriores a lo ocurrido en Minsk, Rogov percibió que Yevgeny estaba encantado de que fuera ganando protagonismo en el panorama opositor local, según recordó. Pero también afirmó haberse comprometido de verdad con la lucha de la oposición y lamentó haber aceptado colaborar en su momento. “Si hubiera tenido elección, no lo habría hecho… pero para moverme en la política y mantener mis relaciones, tuve que pasar información, porque [Yevgeny] podría haberlo hecho todo imposible con solo chasquear los dedos”, afirmó. En una ocasión, cuando Rogov acudía a una cita en el hospital por sus migrañas, le entregaron una notificación de reclutamiento militar. Cuando lo comentó con Yevgeny, el agente del FSB le sugirió que podía hacer que desapareciera. “Yevgeny lo sabía todo sobre mí y me chantajeaba… No tenía otra opción, me sentía bajo una presión psicológica constante”, afirmó Rogov. De los expedientes no se desprendía claramente si Yevgeny apoyó o influyó en la candidatura de Rogov al ayuntamiento en 2021, ni tampoco estaba claro si Rogov siguió recibiendo pagos regulares del FSB.

Si hubiera tenido elección, no lo habría hecho… pero para moverme en la política y mantener mis relaciones, tuve que pasar información, porque [Yevgeny] podría haberlo hecho todo imposible con solo chasquear los dedos

Igor Rogov

Según el relato de Rogov, cuando llegó a Polonia en febrero de 2022, pensó que por fin había escapado del control de Yevgeny. Afirmó que rompió todo contacto y se centró en construir una nueva vida en Polonia. Pero tres meses después, recibió un mensaje de un número desconocido en Telegram e intuyó de inmediato que era Yevgeny. “De una forma muy velada, me pidió que le llevara unas piezas de coche, y supe que lo que me estaba exigiendo era que le pasara información”, explicó Rogov a los investigadores. Ignoró el mensaje, pero Yevgeny siguió escribiéndole. “Cada uno de sus mensajes me causaba un estrés enorme, porque yo tengo familia en Rusia y eso me daba mucho miedo”, afirmó. Rogov afirmó que se habían puesto en contacto con su padre, que seguía en Saransk, y le habían dicho que podría ser movilizado al ejército para luchar en Ucrania, a pesar de que tenía más de 50 años y no debería haber entrado en los criterios de movilización. Rogov supuso que era Yevgeny quien estaba aumentando la presión.

Finalmente, según contó Rogov, recopiló información bastante trivial sobre Buzanov y otros activistas de la oposición exiliados que conocía, la redactó en un documento de Word y la guardó en una memoria USB que le entregó a Irina, quien iba a viajar a Rusia en el verano de 2022 para visitar a sus padres. “Estaba convencido de que la información no podía hacer realmente daño a nadie, de que esos datos se podían encontrar en parte en Internet”, afirmó ante sus interrogadores. Rogov dijo que esperaba que la entrega de la información apaciguara a Yevgeny, y también que creía que podría haber sido un seguro útil para Irina: si los guardias fronterizos rusos le causaban algún problema por sus vínculos con figuras de la oposición, podría decir que llevaba información importante para el FSB. (Irina afirmó que él no le dijo qué contenía la memoria USB ni para quién era hasta después de que ella llegara a Rusia).

Al final, Irina entró en Rusia sin problemas. De vuelta en Saransk, fue al antiguo piso de la pareja, que ahora estaba vacío, y, siguiendo las instrucciones de su marido, recuperó del fondo de un armario de la cocina el viejo teléfono de prepago de Igor, que seguía allí intacto desde que se habían ido del país. Lo cargó y llamó al único número que tenía guardado, tal y como Igor le había indicado, pero nadie respondió. Irina salió de Rusia sin entregar la memoria USB. A su regreso a Polonia, le preguntó a su marido si seguía en contacto con Yevgeny. “Me dijo que no, que no quería seguir en contacto con él, pero que no sabía cómo salir de aquello”, explicó.

Unos meses más tarde, más o menos cuando el matrimonio empezó a desmoronarse, Rogov recibió un mensaje de otra de las cuentas falsas de Yevgeny. Para entonces, la pareja ya había obtenido los documentos de asilo y Rogov dijo que estaba listo para empezar una nueva vida, lejos de la política rusa y del FSB. “Le respondí diciendo que ya no trabajaba en política y que no volvería a pasar más información”, explicó.

Más adelante, en 2023, Vazhenkov —el activista que también había sido detenido en Minsk— visitó a Rogov en Sosnowiec y encontró a su viejo amigo muy cambiado. “Apenas hablamos de política… Me dijo que ya se había apartado de la política y que estaba centrado en los estudios. Y estaba realmente afectado por la ruptura con Irina”, me contó Vazhenkov. Irina, en cambio, parecía haberse adaptado mejor y, al parecer, había dejado atrás la difícil etapa que siguió a la separación. “Tenía muchos planes y había aprendido bastante bien polaco”.
Siete años de cárcel
Pero ni Igor ni Irina llegarían a vivir las nuevas vidas que habían imaginado. Al poco tiempo, ambos estaban en la cárcel. El mes pasado, tres años después de que Rogov afirmara haber roto el contacto con Yevgeny y dos años tras su detención, un tribunal de Sosnowiec lo condenó a siete años por espionaje. Irina fue condenada a tres años por ayudarle llevando la memoria USB a Rusia.

El juicio se celebró a puerta cerrada, y hasta la información sobre la declaración de los acusados es confidencial. Pero los abogados de Igor e Irina me dijeron que tenían previsto presentar recurso de apelación. Ambos abogados afirmaron que habrían preferido un juicio público, sugiriendo que, si la opinión pública conociera los hechos del caso, quizá se mostraría menos propensa a considerar a la pareja como superespías del Kremlin. “Es una pena que el caso de mi cliente no pudiera examinarse de una forma más transparente y matizada”, afirmó la abogada de Irina, Katarzyna Matejczyk. Sin embargo, en un momento en el que Moscú está librando una guerra en Ucrania y organizando ataques de sabotaje en Europa, las autoridades polacas no tienen tiempo para matices cuando se trata del espionaje ruso. “En la actual situación geopolítica, no hay posibilidad de que se dicte otro veredicto que no sea una condena”, lamentó la letrada.

Quedaba un cabo suelto: el paquete explosivo que había puesto en marcha toda la historia. Rogov fue declarado culpable de los cargos relacionados con el paquete, pero la escueta sentencia hecha pública apenas aportaba detalles. Jacek Dobrzyński, portavoz del ministro polaco encargado de coordinar los servicios de seguridad del país, me explicó que los investigadores habían seguido el rastro del paquete hasta Moscú. “No hay duda de que se trató de un complot ruso orquestado por los servicios secretos rusos”, afirmó.

Sin embargo, algo no cuadraba del todo. Los expedientes judiciales a los que pude acceder no aportaban pruebas de una conexión rusa y, de hecho, apuntaban a una posibilidad diferente. Durante la investigación, una fuente comunicó a las autoridades polacas que creía que “Diesel”, el vendedor de coches de Odesa que había entregado el paquete a la modelo Kristina para que lo llevara a Polonia, tenía en realidad vínculos con la inteligencia militar ucraniana.

Esto sugería que el paquete podría no haber sido, después de todo, una bomba rusa, sino ucraniana, en tránsito por Polonia y con destino final a Rusia. Desde 2022, Kiev lleva a cabo su propia campaña de sabotaje dentro de Rusia, dirigida contra oficiales militares o defensores de la guerra. El último ataque de este tipo se produjo este mes, cuando una bomba improvisada explotó en un restaurante de Moscú durante la celebración del cumpleaños de un general del ejército ruso. Tres personas perdieron la vida. Mis fuentes de los servicios de inteligencia ucranianos afirmaron no tener conocimiento del paquete enviado a Rogov, pero una de ellas señaló que la campaña de sabotaje de Kiev era un tema delicado con los aliados y que, por lo general, se organizaba a sus espaldas: “Casi todos los países europeos están de acuerdo en que es legítimo que hagamos esto, pero casi ninguno quiere cooperar al respecto”.

Pensé que la persona que mejor podría resolver el enigma del paquete era quien lo había enviado, el misterioso Diesel —cuyo nombre real es Yuriy Kovalenko—. Encontrarlo fue más fácil de lo esperado: respondió a mis mensajes de Facebook y accedió a reunirse en el despacho de su abogada en Odesa, con la condición de que ella también estuviera presente. Cuando nos vimos, llevaba una chaqueta de chándal, vaqueros azules y zapatillas New Balance, además de una kipá; me contó que había redescubierto su identidad judía en los últimos años. Me dijo que su apodo se debía a su antigua pasión por los coches, pero que últimamente la mayoría de la gente simplemente le llamaba Yuriy.

Kovalenko me contó que se ganaba la vida importando, reparando y vendiendo coches de segunda mano. Negó categóricamente cualquier vínculo con los servicios de inteligencia rusos. También negó tener vínculos con los servicios ucranianos, pero dejó claro con sus respuestas que creía que el paquete explosivo procedía de Ucrania, no de Rusia. El destino final debía ser Kaliningrado, el enclave ruso fronterizo con Polonia, según explicó. Sin embargo, insistió en que no lo había sabido hasta más tarde y que él tampoco era más que un eslabón en una cadena de mensajeros que ignoraban lo que transportaban. Sostuvo que había recibido el conjunto de objetos de un amigo que “posiblemente tenía algún tipo de vínculo” con los servicios de inteligencia ucranianos. Ese amigo, contó, le pidió que enviara el material a Polonia, así que recurrió a Emil, un viejo conocido de la oposición rusa, para preguntarle si conocía allí a alguien de confianza. Emil le dio el nombre de Rogov.

Kovalenko se mostró evasivo en cuanto a los detalles concretos: se negó a dar más información sobre la persona que supuestamente le había entregado el paquete y no quiso decir cómo sabía que los explosivos tenían como destino Kaliningrado. Tampoco pudo explicar cómo se suponía que iban a llegar allí. Además de su abogado, le acompañó a la entrevista un hombre que se sentó en silencio a su lado y no se presentó, alegando, cuando le pregunté quién era, que estaba allí “por casualidad”.
¿Quién es Emil?
En el mundo oculto de los juegos de inteligencia y las tramas de sabotaje, puede resultar difícil discernir dónde residen las verdaderas lealtades de cada uno de los participantes. Para añadir una última complicación a la historia, muchos antiguos colegas de la oposición rusa sospechan que Emil es un informante del FSB, al igual que Rogov. La historia completa de la bomba y sus diversos mensajeros podría quedar perdida en la historia, pero el mero hecho de que Ucrania no haya detenido a Kovalenko —dado que Polonia advirtió a Kiev de su papel en el complot para colocar la bomba y solicitó su extradición— apunta a que los explosivos eran ucranianos, no rusos.

Y si ese fuera realmente el caso, supondría un nuevo y extraño giro en la historia de Igor Rogov, convirtiéndolo a la vez en informante del FSB ruso y en un supuesto mensajero ucraniano de la bomba.

En los dos años transcurridos desde la detención de Rogov, Buzanov, que había compartido residencia con él, no ha dejado de darle vueltas a qué pensar de quien durante años consideró su amigo. Al principio sentía lástima por Rogov y le escribía cartas a la cárcel. Después se enfadó al saber que la traición de Rogov había llevado también a Irina a prisión, simplemente por haber llevado la memoria USB a Rusia. Teme, además, que la historia pueda despertar sospechas infundadas sobre su propia lealtad, tanto entre las autoridades polacas como entre sus amigos. “Nuestras biografías se parecen mucho, y eso resulta incómodo”, me dijo mientras charlábamos en una cafetería de una ciudad no muy lejos de Sosnowiec. Muchos amigos de Rogov rechazaron mis solicitudes de entrevista porque no querían que se los relacionara públicamente con un espía condenado. Buzanov, en cambio, estuvo encantado de hablar durante horas, deseoso de demostrar que no tenía nada que ocultar.

Esta es una de las consecuencias más perjudiciales de la colaboración de Rogov: ha intensificado las sospechas sobre la infiltración del Kremlin entre los miles de activistas rusos de la oposición y de la sociedad civil que han huido del país en los últimos años. Estas sospechas merman aún más la eficacia de la oposición en el exilio, ya de por sí débil y dividida, mientras lucha por seguir siendo relevante desde sus nuevos hogares en Varsovia, Berlín o Vilna.

Rogov no fue, sin duda, el único de sus filas que había sido reclutado. “Estoy convencido de que éramos cientos”, declaró al Guardian en 2022 un antiguo informante del FSB que formaba parte de la organización de Navalni. Es probable que aumentar la sensación de paranoia entre la oposición forme parte de la estrategia del FSB para conseguir estos reclutas. Kashapova, la antigua directora de campaña de Rogov, me contó que solía restar importancia a las preocupaciones sobre la infiltración, pero que, desde la detención de Rogov, “desconfiaba de todo y de todos”.

Los objetivos del FSB están claros, pero las motivaciones de Rogov son mucho más difíciles de desentrañar. A juzgar por el testimonio al que tuve acceso, resulta imposible saber con certeza hasta qué punto colaboró de manera voluntaria, a quién era realmente leal o si la información que proporcionó llegó a causar algún daño. Sus amigos, que ni siquiera han tenido acceso a ese testimonio, han llegado a conclusiones muy distintas: algunos se niegan a creer las acusaciones; otros aceptan que pudo haber sido un informante, pero dan por hecho que el FSB lo sometió a una presión insoportable; un tercer grupo está furioso con él y considera que no hay excusa posible para haber colaborado. Ninguno consigue encajar la idea de que Rogov llevara años infiltrado por el FSB con la imagen del joven que creían conocer.

Buzanov, que declaró como testigo en el juicio, cree que la colaboración de Rogov probablemente se debió a su habitual tendencia a tomar malas decisiones, que siempre acababa metiéndolo en líos. Está convencido de que Rogov se oponía sinceramente a Putin, pero sospecha que tenía tan poca voluntad que acabó dejándose captar por el FSB, convencido de que podía ganar algo de dinero sin hacer demasiado daño a nadie. En esa misma línea, cree que Rogov accedió a recibir el paquete sospechoso sin hacer demasiadas preguntas. “No creo que sea ningún superespía enviado a Polonia en una misión especial”, afirmó: “Creo que simplemente es idiota”.

Con información de Ada Petriczko  

La policía fue a buscar a Igor Rogov porque alguien le había enviado por correo un kit para fabricar una bomba. La variopinta mezcla de objetos —un termo de cromo, un par de rotuladores, una batería externa y una botella de líquido anticongelante— podría haber parecido inofensiva a ojos inexpertos, pero en julio de 2024 Polonia se encontraba en alerta máxima. Dos meses antes, un incendio provocado había arrasado un centro comercial de Varsovia; también habían prendido fuego a una tienda de Ikea en la vecina Lituania. Las autoridades creían que ambos ataques formaban parte de una campaña de sabotaje orquestada por los servicios de inteligencia rusos para sembrar el pánico y debilitar el apoyo a Ucrania. Temían que solo fuera cuestión de tiempo que el Kremlin diera un paso más en la escalada.

Un agente de seguridad del almacén de la empresa de paquetería sospechó del paquete y avisó a las autoridades, que acudieron con perros rastreadores y equipo especializado. Las radiografías mostraron que los rotuladores ocultaban en su interior detonadores soviéticos fabricados en los 80. El termo, por su parte, tenía un doble fondo con una bolsita de polvo metálico. El cargador portátil parecía haber sido manipulado y, al analizar el líquido de la botella, los especialistas descubrieron que contenía una solución de nitroglicerina altamente volátil. En manos de alguien con los conocimientos necesarios, aquello podía convertirse en una bomba potente.

 elDiario.es – Internacional

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