Marruecos ya no es solo tierra de tránsito para la inmigración y se ha convertido en país de destino de miles de subsaharianos. En medio de la actual crisis migratoria de Ceuta, desde el Gobierno de Rabat se ha llegado a cuestionar la regularización de trabajadores sin papeles llevada a cabo en España hasta el pasado 30 de junio como uno de los desencadenantes del “efecto llamada” que atrajo a unas 80.000 personas hasta la frontera de la ciudad autónoma entre el 30 y el 31 de julio. Desde 2014, las autoridades marroquíes han regularizado a más de 50.000 migrantes integrados en su mercado laboral, subsaharianos en su práctica totalidad, en sectores como el conservero, el turismo o la agricultura.
Rabat ha regularizado a más de 50.000 subsaharianos al tiempo que expande su influencia diplomática y económica en África
Marruecos ya no es solo tierra de tránsito para la inmigración y se ha convertido en país de destino de miles de subsaharianos. En medio de la actual crisis migratoria de Ceuta, desde el Gobierno de Rabat se ha llegado a cuestionar la regularización de trabajadores sin papeles llevada a cabo en España hasta el pasado 30 de junio como uno de los desencadenantes del “efecto llamada” que atrajo a unas 80.000 personas hasta la frontera de la ciudad autónoma entre el 30 y el 31 de julio. Desde 2014, las autoridades marroquíes han regularizado a más de 50.000 migrantes integrados en su mercado laboral, subsaharianos en su práctica totalidad, en sectores como el conservero, el turismo o la agricultura.
Abdelatif Uahbi, ministro de Justicia de Marruecos, ha criticado abiertamente la política española “que permite aceptar y luego regularizar” a quienes han entrado de forma irregular. En declaraciones a la Agencia Efe, Uahbi recordó que las autoridades marroquíes bloquean mientras tanto su paso hacia Europa. No mencionó, sin embargo, las regularizaciones operadas en su propio país entre 2014, la primera masiva de trabajadores extranjeros en África, y 2017. Tampoco aludió a que desde esa misma fecha el país magrebí ha eximido de visado de entrada a los nacionales de una decena de países africanos. Algunos, como Burkina Faso y Costa de Marfil, son emisores de migrantes económicos y otros, como Malí (exento de visado desde el pasado abril y sumido en un conflicto interno), de refugiados y candidatos a recibir asilo. La Asociación Kirikou, que atiende a niños subsaharianos y recibe subvenciones del Estado, ha destacado el nuevo marco legal marroquí frente a la inmigración africana.
El ministro Uahbi, uno de los principales líderes del Partido de la Autenticidad y la Modernidad (PAM, centro derecha), está en campaña para las elecciones legislativas que se celebrarán el 23 de septiembre, en las que se perfila como ganador el candidato de esa fuerza política, Fuzi Lekjaa, presidente de la Federación Marroquí de Fútbol y ministro de Presupuestos.

Rabat ha recurrido a la flexibilización de visados para ganar apoyos clave en África en el contencioso sobre el Sáhara Occidental. Además de dispensar de la exigencia de visados de entrada a los ciudadanos de países magrebíes como Argelia y Túnez, Marruecos hace lo mismo con los nacionales de Senegal, Gabón o Togo. El giro de Marruecos en África se produjo precisamente en 2017, al hilo de la última gran regularización de subsaharianos, cuando renunció a la política de “silla vacía” y regresó a la Unión Africana (UA), después de haberse ausentado durante varias décadas.
La causa de su autoexclusión fue el reconocimiento por ese organismo en 1984, como miembro de pleno derecho, a la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), dirigida por el Frente Polisario. El rey Hassan II abandonó la entonces denominada Organización para la Unidad Africana (OUA, fundada en 1963). En rectificación a ese portazo diplomático, Mohamed VI ha efectuado en más de un cuarto de siglo de reinado decenas de viajes por el continente, para tejer una red diplomática, religiosa y económica.
Al tiempo que afianzaba su influencia y negociaba el reingreso en la UA, Marruecos ha convertido África en uno de los principales ejes de su política exterior y económica. En 2024, el rey Mohamed VI anunció la llamada Iniciativa Atlántica para ofrecer en el nuevo puerto de Dajla (la antigua Villa Cisneros bajo administración colonial española) una salida al mar a países del Sahel como Malí, Burkina Faso, Níger y Chad, a cuyos representantes reunió poco después en Marraquech.
Como destaca el portal informativo oficialista Le 360, Rabat ha esgrimido “una combinación de diplomacia política, inversiones, cooperación económica, formación y grandes proyectos de infraestructuras” para consolidarse como puerta de entrada en África desde los mercados internacionales. Grupos marroquíes de banca, telecomunicaciones, seguros, construcción, fertilizantes y servicios ejercen desde hace años su actividad en diferentes países africanos. La compañía aérea de bandera, Royal Air Maroc, ha establecido además en Casablanca un nodo de enlace de líneas entre Europa y África.

Los migrantes subsaharianos conviven en Marruecos con miles de estudiantes procedentes de sus países, que han recibido becas del Gobierno de Rabat para formarse en el reino magrebí dentro de los acuerdos de acercamiento diplomático. Ambos coinciden a veces en las iglesias cristianas marroquíes, constituidas como puntos de reunión social y que han vuelto a florecer tras quedar sumidas en el abandono desde 1956, con la independencia de Francia y España, después de la salida de decenas de miles de colonos europeos.
La supervivencia para miles de migrantes africanos irregulares sigue siendo muy difícil en la periferia de ciudades como Casablanca, Tánger o Rabat, donde aguardan una oportunidad para dar el salto a las vallas de Ceuta o Melilla, o embarcarse en una patera rumbo a Europa.
Junto a las estaciones de autobuses donde se ofrecen para cualquier trabajo o en chabolas insalubres de la periferia urbana, malviven a la espera de que se abra una puerta hacia el norte desarrollado, como hace tres semanas en Ceuta. Cada vez que los agentes marroquíes organizan redadas, los migrantes detenidos son expulsados a ciudades cada vez más alejadas de España. En sus planes de llegar a Europa, sufren un retroceso de varias casillas, como en el parchís.
Otros migrantes han encontrado un puesto de trabajo donde la población local ya no acepta la dureza de algunos empleos. La empresa King Pelagique, una de las mayores compañías pesqueras y conserveras de la economía marroquí y que exporta a más de 50 países, es un claro ejemplo de la integración de los migrantes subsaharianos. Se asienta desde 2003 cerca del actual puerto de Dajla en el Sáhara Occidental, donde la actividad pesquera supone una cuarta parte de la. La mitad de los empleados (2.400, según los registros de la empresa) que procesan el pescado o sellan latas son de origen subsahariano, mujeres en su mayoría. “Todos tienen contrato y cobran el salario mínimo: unos 320 euros mensuales”, precisa Reda Chami, director general de King Pelagique, quien reconoce que no resulta fácil encontrar mano de obra en la antigua Villa Cisneros.
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