
La función principal de un Estado es garantizar la seguridad. Para ello debe controlar sus fronteras y mantener las condiciones que permiten que sus ciudadanos desarrollen su vida con normalidad. El Gobierno ha fracasado, y sigue fracasando, en esas funciones básicas en Ceuta. El Estado no ha servido para su razón de ser: ha desamparado a sus nacionales. Se suma, además, una crisis humanitaria, producto de la negligencia ante la avalancha migratoria y la tardanza en la gestión de sus consecuencias.
Con suerte, nos acabaremos enterando de cómo se produjo la cadena de errores que tuvo lugar en Ceuta
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Con suerte, nos acabaremos enterando de cómo se produjo la cadena de errores que tuvo lugar en Ceuta


La función principal de un Estado es garantizar la seguridad. Para ello debe controlar sus fronteras y mantener las condiciones que permiten que sus ciudadanos desarrollen su vida con normalidad. El Gobierno ha fracasado, y sigue fracasando, en esas funciones básicas en Ceuta. El Estado no ha servido para su razón de ser: ha desamparado a sus nacionales. Se suma, además, una crisis humanitaria, producto de la negligencia ante la avalancha migratoria y la tardanza en la gestión de sus consecuencias.
Es una “policrisis”, como ha dicho Jorge Dezcallar, con muchos elementos difíciles de resolver, pero en esta ocasión no se puede hablar de un problema de competencias o de un fallo de la arquitectura del Estado de las autonomías. Con suerte, nos acabaremos enterando de cómo se produjo esa cadena de errores. Faltan los detalles, pero hay algo seguro: las explicaciones del Gobierno son falsas. Lo sabemos los ciudadanos y lo sabe el Gobierno. En la lista de culpables oficiales de lo que Pedro Sánchez denominó una “violación de nuestra integridad territorial” antes de irse de vacaciones figuran el Rincón de Ademuz, Macondo, el condado de Yoknapatawpha y el barrio zaragozano de Montemolín, mientras que Marruecos es un socio fiable: como de costumbre, conviene entender lo contrario de lo que dice el Ejecutivo. Pero el truco no vale siempre. Las versiones que han dado distintos ministerios son incompatibles (si lo que declaraba Margarita Robles no contradice lo que sostenía Interior, ¿por qué emitió un comunicado la delegación del Gobierno en Ceuta para desmentirla?).
En un momento digno de Gila, el ministro del Interior ha exigido al director de la Policía que aclare si el cuerpo tiene información de que Marruecos estuvo tras el asalto masivo a Ceuta. Se lo pide por carta, como corresponde a este tiempo. Las cifras de migrantes ilegales en Ceuta que da el Gobierno no son fiables, quizá porque sale mejor no contarlos. Es una costumbre. Se dan estimaciones falsas en asuntos como la regularización de inmigrantes, pero también con los años del reinado de Felipe VI: el asesino de De Quincey que deja de saludar al vecino. El presidente dice que en democracia la alternancia está bien, salvo cuando él está en el poder, y que quien tiene competencias exclusivas tiene también derecho a vacaciones, mientras en Ceuta se retrasa la apertura de los colegios y hay niños que llevan semanas sin salir de casa. Este jueves comparece en el Congreso, pero ¿qué importa lo que diga? Su palabra hace mucho que no vale nada, y a estas alturas no queda nadie que no lo sepa.
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