La quinta temporada de Mask Singer: adivina quién canta celebra este miércoles su gran final con la incógnita de quién estará bajo las máscaras de Momia, Clavel, Jirafa y Troglodita en una de sus ediciones más vistas Leer La quinta temporada de Mask Singer: adivina quién canta celebra este miércoles su gran final con la incógnita de quién estará bajo las máscaras de Momia, Clavel, Jirafa y Troglodita en una de sus ediciones más vistas Leer
Mask Singer: adivina quién canta cuenta con multitud de alicientes para los espectadores, pero también para sus investigadores, Ana Milán, Juan y Medio, Ruth Lorenzo y Boris Izaguirre, que tienen que adivinar quién se oculta bajo las espectaculares máscaras.
Este año, personajes internacionales de la talla de Samantha Fox, Martina Navratilova o Elle MacPherson, que junto a famosos de nuestro país como Lydia Lozano, Begoña Villacís, Salva Reina, Trancas y Barrancas o Rappel, entre otros, han dejado con la boca abierta a la audiencia al quitarse sus respectivas máscaras. Este miércoles, el espacio presentado por Arturo Valls celebra su gran final, donde se decidirá el ganador final entre Momia, Clavel, Jirafa y Troglodita, con la incógnita de quién estará debajo.
A pesar de los nervios generados por este último programa, Boris Izaguirre accede a compartir su experiencia en Mask Singer: adivina quién canta, un formato del que era gran fan antes de formar parte de su selecto grupo de investigadores.
«Acepté enseguida estar en Mask Singer: adivina quién canta. Fue el sí más rápido de mi vida»
El venezolano recuerda perfectamente el momento en que le propusieron unirse a Mask Singer: adivina quién canta. No hubo dudas, ni consultas, ni pausas dramáticas. «Fue el sí más rápido de mi vida», dice, como quien aún se sorprende de su propia reacción. «Lloré un poquito porque me emocionó muchísimo». No era para menos. Llevaba cuatro temporadas siguiendo el programa desde el sofá, casi como un ritual privado, esperando que en algún momento le tocara estar en la mesa de los investigadores para intentar adivinar quién se ocultaba bajo las máscaras. «Para mí fue como un deseo concedido«. Por eso, cuando finalmente se vio sentado en el plató, rodeado de máscaras imposibles y teorías que se construyen y se derrumban en cuestión de segundos, sintió que algo encajaba: «No daba crédito».
Ese entusiasmo inicial se transformó pronto en una fascinación por el propio formato. Para Boris, Mask Singer no es solo un concurso de adivinanzas ni un espectáculo de disfraces: es un universo cerrado, con sus propias reglas, que exige una entrega absoluta. «Es entretenimiento puro y sorprendente», resume. Pero lo que realmente le atrapó fue la sensación de entrar en un mundo paralelo, casi hermético. «Me encanta que te obliga a creer completamente en su universo, como Dorothy en El mago de Oz. Allí eres Dorothy y Arturo Valls es el Mago de Oz: nada más existe alrededor». Esa suspensión de la realidad, ese paréntesis emocional, es lo que convierte al programa en una experiencia distinta a cualquier otra que haya vivido en televisión. «Esa inmersión absoluta me fascinó».
«La directora insiste en que nuestras teorías, por locas que sean, deben ser creíbles para enganchar al espectador»
Esa entrega también se nota en la forma en que construye sus teorías. Desde fuera puede parecer que todo es intuición, oído o simple instinto, pero él insiste en que hay un método, una estructura: «La intuición es clave, pero también la verosimilitud». Y ahí aparece la figura de Belén Martín, la directora del programa, que les recuerda constantemente que, por muy disparatadas que sean sus hipótesis, deben sostenerse. «Belén insiste en que nuestras teorías, por locas que sean, deben ser creíbles para enganchar al espectador». Para él, es un ejercicio muy parecido al de escribir ficción: «Es como desarrollar un buen argumento para un libro: puedes ser increíble, pero debes ser creíble».
Fuera del plató, sin embargo, la presión es otra, ya que no pueden desvelar quién está debajo de las máscaras a nadie. La confidencialidad es absoluta y el entorno no siempre ayuda. «Todo el tiempo me preguntan», reconoce. Pero no es tan divertido como parece: «Es peligroso, porque vas a eventos y piensas: ‘Uy, ese es jirafa…'». La paranoia se llega a instalar en su cabeza, incluso obligándole a evitar hablar con amigos que han sido máscaras para no comprometerlos: «Evito hablar con ellos durante el proceso», admite.
A lo largo de la temporada, Boris ha vivido desenmascaramientos que le han sorprendido, emocionado o directamente dejado sin palabras. Cuando se le pregunta por sus favoritos, no duda: «Mi favorita es Momia, por diseño y por cómo se mueve». Pero no es la única que le ha marcado. «Me encantó también Pizza y el desenmascaramiento de Lydia Lozano, que fue extraordinario». También recuerda con cariño los momentos de Rappel y Silvia Abril, y el shock absoluto que supuso descubrir a Trancas y Barrancas bajo una máscara. «Nos dejaron en shock», confiesa.
Esa admiración por Momia no es casual. Para él, es la máscara más completa, más redonda, más trascendente de la temporada. «Su número con Footloose y el dúo con Rafa Sánchez fueron de los mejores momentos de este año». Por eso no duda en señalarla como su favorita para ganar.
Si algún día le tocara estar al otro lado, oculto bajo una máscara, lo tiene clarísimo: sería un espejo. La elección, aparentemente extravagante, tiene una explicación muy suya. «No tengo espejos en casa porque me encanta la idea de no reflejarme, como Drácula. Solo me veo en el espejo del ascensor«. Le fascina la idea de estar presente sin estarlo, de existir sin dejar rastro: «Me parece un poder sensacional».
Su carrera televisiva es extensa, diversa y llena de momentos icónicos. Ha pasado por formatos históricos en España y Latinoamérica, desde Crónicas Marcianas a Masterchef Celebrity, pasando por Prodigios o Lazos de sangre, entre otros. Y, sin embargo, sigue encontrando placer en proyectos más pequeños, más cotidianos, más cercanos: «Ahora disfruto mucho colaborando en Vamos a ver«. No siente que le falte nada por hacer, ni que la edad sea un factor. «La edad no importa: la curiosidad y la entrega siguen ahí».
«La fama me ha obligado a organizarme, a presentarme, a estar a la altura»
Cuando compara al Boris de 2026 con el que fue en Crónicas Marcianas, no duda con cuál quedarse. «Con el actual», afirma sin titubeos. «Tengo todo el aprendizaje de Crónicas, pero allí comentaba sobre lo ya publicado. Ahora investigo desde cero». Esa evolución también se refleja en su relación con la fama. Para él, no es un accidente ni un privilegio, sino una forma de disciplina: «La fama me ha impuesto la disciplina que no tuve en mi formación académica», confiesa. De joven fue un estudiante pésimo, distraído, incapaz de interesarse por lo que no le apasionaba. La fama, en cambio, le ha exigido otra cosa: «Me ha obligado a organizarme, a presentarme, a estar a la altura».
Cuando mira hacia atrás, hacia el Boris que creció en Caracas, no siente nostalgia. «No queda casi nada, porque la verdad es que yo estoy muy contento como estoy ahora», dice con sinceridad. Pero hay algo que sí permanece: «La curiosidad sigue intacta. Es esencial para seguir subido al tren».
Para desconectar del ajetreo diario de programas y eventos, el venezolano reconoce que se ha impuesto una regla doméstica que a veces genera tensiones: deja el móvil cargando en la cocina por las noches. «Es parte de una relación sana con la tecnología… aunque a veces Rubén (su pareja) protesta, pero yo le digo que uno de los dos lleva móvil…». Ese es su pequeño acto de rebeldía contra la hiperconexión que nos rodea y una forma de recordarse que la vida también ocurre lejos de las pantallas.
Boris deja como reflexión que vive Mask Singer como vive casi todo en su vida, mezclando disciplina, fantasía, humor y una curiosidad que parece inagotable a partes iguales. Disfruta del programa porque le permite jugar, investigar, sorprenderse y sorprender al espectador.
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