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  Cultura  El Último de la Fila firma otra noche histórica bajo la lluvia
Cultura

El Último de la Fila firma otra noche histórica bajo la lluvia

mayo 4, 2026
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El dúo barcelonés regresó a casa y triunfó ante 56.000 fans empapados y felices de asistir a tan inesperado reencuentroEl Último de la Fila vuelve frente al mar de Fuengirola: 30 años después, la misma emoción

Nadie lo sospechaba, pero Barcelona aún tenía que vivir otra noche histórica de El Último de la Fila. Cuarenta años después de iniciar su despegue definitivo en las fiestas de la Mercè de 1986, con la presentación de ‘Enemigos de lo ajeno’, y 36 después de llenar el Estadi Olímpic con Tina Turner como telonera y Greenpeace como beneficiarios de aquella recaudación, Manolo García y Quimi Portet escribieron anoche otro capítulo imborrable en la barcelonesa montaña de Montjuïc. 56.000 espectadores asistieron a una de las reuniones más inesperadas de la historia del pop español: un concierto tres décadas después de su disolución que, además, tuvo como épico añadido una persistente lluvia.

“Volver no sería lo mismo. Nada es lo mismo. Fue tan bonito, que sería imposible remontar eso. Es así de sencillo”. No son palabras de un fan cualquiera de El Último de la Fila. Las pronunció Manolo García en una entrevista en Cadena Dial. Era 2016. Y esa es la realidad con la que más vale la pena acudir a estos conciertos de reunión de El Último de la Fila. Es mejor no llevarse a engaño. “Tenemos tan buen recuerdo y ha quedado grabado tan intensamente ese recuerdo sobre el tiempo, que sería como un pequeño sacrilegio”, añadió aquel día ante la insistencia de si existía alguna posibilidad de que el dúo se reactivara. Diez años después, el pequeño sacrilegio ha cobrado forma de gira de estadios a lo largo y ancho del país y, aunque nada es lo mismo, bendito sacrilegio.
Desbarajuste climático
El repertorio barcelonés fue idéntico al de la semana pasada en Fuengirola. El dúo abrió fuego con una toma levemente ralentizada de ‘Huesos’ y con ‘Conflicto armado’, también de Los Burros y con referencias a la guerra de Irán. Lo único que era radicalmente distinto era la climatología. La lluvia empezó a caer en los primeros compases del recital y a las dos canciones el suelo de la pasarela que se adentraba entre el público ya estaba empapada. “¡Hostia, cómo resbala esto! ¡Su puta madre!”, gritó Manolo. Fue un auténtico milagro que no se rompiera la crisma en esa zona del escenario. Acto seguido sonó ‘Querida Milagros’. El guion estaba tan pautado que hasta la intervención de Quimi Portet tras ‘Mi patria en mis zapatos’ fue calcada a la del primer concierto de la gira.

Nada podía ser lo mismo treinta años después por mucho que ahí arriba estuviesen Quimi y Manolo, así como los músicos que han acompañado al dúo durante los años 80 y 90. Tampoco esos 56.000 espectadores eran las mismas personas que hace tres o cuatro décadas. Lo único que no ha cambiado en esta ecuación son las canciones. Y reencontrarse con ellas, tanto tiempo después, genera sensaciones que jamás hubiesen podido provocar en su día. Conforme avanzaba la noche, y aunque la lluvia seguía cayendo, los títulos iban activando la memoria. Versos que creías olvidados reflotaban como restos de un naufragio que no es tal naufragio sino el tiempo pasado. A unos les salían de los pulmones con una potencia inusitada. A otros les humedecían el lagrimal.

Las canciones pueden ser como viejos amigos que, al reencontrarse, dan rienda suelta a anécdotas y viejas historias que creías sepultadas. Y la potencia de algunas canciones de El Último de la Fila puede ser devastadora. Tantísimos años después, retornan como un boomerang vertiginoso y descontrolado versos como “por ahora la suerte me ha sonreído”, “barba de quince días, no me levantaría”, “no logro acostumbrarme aún a ser adulto”, “hay serios problemas, ¿sabes?”, “Disneylandia no existe ya para ti”, “te amo como se ama por primera vez, cuando aún no hay costumbre”, “paso al loco de la calle, paso al ansia de vivir”… Por cierto, qué bien quedaría este último escrito en algunas paredes.
Sisa, Llach y los autónomos
Lo que se dice despegar de verdad, el concierto no despegó hasta ‘Aviones plateados’. Tras ‘El loco de la calle’ y ‘No me acostumbro’, la lluvia se apiadó del público. Casualmente, era la hora de ‘Dios de la lluvia’. “Cantadla vosotros, va”, propuso Manolo. Acto seguido un operario intentó secar el suelo del escenario para evitar algún percance. Tocaba acometer ‘Soy un accidente’ y no era cuestión de tentar a la suerte. Manolo se negó y la pasarela siguió encharcada el resto de la noche. En la siguiente pausa, dedicaría el concierto “a la Barcelona de los años 70” y a artistas como “Lluís Llach, Jaume Sisa, Pau Riba e Ia i Batiste” que “marcaron el camino a El Último de la Fila”. Minutos después amplió la dedicatoria más allá del gremio musical: a los agricultores y a los autónomos.

Por las pantallas habían desfilado imágenes de ovejas pastando y pollos al ast, así como escenas de películas de Alfred Hitchcock y frases absurdas tipo ‘Vendo Opel Corsa’, pero el sketch más delirante del espectáculo llegó cuando García empujó un sillón con ruedas mientras interpretaba ‘Disneylandia’. Más cerca de Groucho Marx que Pina Bausch, para entendernos, el performer acabó revolcándose por el suelo y el sillón, cayendo por el borde del escenario. El propio Manolo desapareció también durante ‘Llanto de pasión’. Ni siquiera las cámaras podían localizarlo, pues había decidido fundirse con los espectadores de las primeras filas. El Último pertenece a una época en que todavía no se diseñaban las actuaciones al milímetro para ser televisadas por las pantallas y tampoco existía el diseño de vestuario. Cuando la lluvia volvió a arreciar y García se cubrió con una gorra de béisbol y un albornoz mal echado sobre los hombros, parecía cualquier cosa menos una estrella del rock. Y cuando en ‘Dulces sueños’ sacó un garrote de cascabeles que usó como bastón, su estampa contrastaba estridentemente con la majestuosidad de un Estadi Olímpic rendido a sus pies. Pero así es él y andaba ebrio de felicidad. Para despedir tan histórica noche, eligió la frase menos épica jamás pronunciada en un estadio: “Bueno, pues ya está”.

El equipo de prensa había hecho circular un listado con el repertorio y el primer bis era una misteriosa canción titulada ‘¿A cómo va el calamar?’. ¿Una pieza inédita? Cabe deducir que era la introducción instrumental a ‘Ya no danzo al son de los tambores’. El grupo había abandonado el escenario para “cambiarse los calzoncillos”, como apuntó García. Y tras una desastrosa toma de ‘Los ángeles no tienen hélices’, el cantante pidió al público que no aplaudiese: “La primera parte la he cantado como el culo”, reconoció. La repitió de nuevo, aunque solo hasta el final de la primera estrofa. Los dos últimos bises, ‘Como un burro amarrado en la puerta del baile’ e ‘Insurrección’, precipitaron la lluvia de confeti y un frustrado lanzamiento de globos con forma de tiburón que, con el viento en contra, quedaron apelotonados en el escenario. El Último también era esto: un catálogo de ideas de bombero que a veces funcionaban… y a veces, no.
¿Por qué? ¿Y por qué no?
En aquella entrevista de 2016, Manolo García también dijo: “Si una banda decide reunirse de nuevo, con todos mis respetos, no seré quien los critique. En el caso de Quimi y en el mío, estuvo muy bien, ahí queda y no habrá vuelta jamás, y este jamás es serio”. Durante décadas, la pregunta clave ante el regreso de cualquier banda era: ¿por qué? De un tiempo a esta parte, la pregunta ha pasado a ser: ¿por qué no? Que no haya canciones nuevas no es motivo suficiente. Que no se soporten los músicos, tampoco. Que varios de ellos se desentiendan del regreso, aún menos. ¿Murió el cantante? Qué más da. Hacen falta razones realmente poderosas para bloquear la reaparición de una banda. Lo normal es volver. La industria del ocio musical trabaja día y noche para encadenar regresos.

El de Portet y García era uno de los más esperados. Tal vez porque su legado no ha sufrido demasiado desgaste. Su desaparición dejó un inmenso cráter en la historia del pop español que nadie ha podido ni sabido ocupar. El Último de la Fila es, con diferencia, el grupo mainstream más personal e irrepetible que haya dado el pop español. Para ser realmente popular has de gustar a muchísima gente y para gustar a muchísima gente, lo normal es tener un perfil tirando a generalista e incluso anodino. El Último de la Fila ha sido un grupo tan insólito y a la vez tan autóctono que cuesta creer que alcanzasen tantísimo éxito. Su condición de extraordinaria anomalía justifica sobradamente su reaparición tres décadas después. Entonces, el grupo se separó por “desgaste” e “higiene artística”. Una decisión acertada. Ahora hay que aceptar estos conciertoscomo lo que son: un regalo inesperado. Y una vez dentro, resulta imposible salir decepcionado. El dúo barcelonés regresó a casa y triunfó ante 56.000 fans empapados y felices de asistir a tan inesperado reencuentroEl Último de la Fila vuelve frente al mar de Fuengirola: 30 años después, la misma emoción

Nadie lo sospechaba, pero Barcelona aún tenía que vivir otra noche histórica de El Último de la Fila. Cuarenta años después de iniciar su despegue definitivo en las fiestas de la Mercè de 1986, con la presentación de ‘Enemigos de lo ajeno’, y 36 después de llenar el Estadi Olímpic con Tina Turner como telonera y Greenpeace como beneficiarios de aquella recaudación, Manolo García y Quimi Portet escribieron anoche otro capítulo imborrable en la barcelonesa montaña de Montjuïc. 56.000 espectadores asistieron a una de las reuniones más inesperadas de la historia del pop español: un concierto tres décadas después de su disolución que, además, tuvo como épico añadido una persistente lluvia.

“Volver no sería lo mismo. Nada es lo mismo. Fue tan bonito, que sería imposible remontar eso. Es así de sencillo”. No son palabras de un fan cualquiera de El Último de la Fila. Las pronunció Manolo García en una entrevista en Cadena Dial. Era 2016. Y esa es la realidad con la que más vale la pena acudir a estos conciertos de reunión de El Último de la Fila. Es mejor no llevarse a engaño. “Tenemos tan buen recuerdo y ha quedado grabado tan intensamente ese recuerdo sobre el tiempo, que sería como un pequeño sacrilegio”, añadió aquel día ante la insistencia de si existía alguna posibilidad de que el dúo se reactivara. Diez años después, el pequeño sacrilegio ha cobrado forma de gira de estadios a lo largo y ancho del país y, aunque nada es lo mismo, bendito sacrilegio.
Desbarajuste climático
El repertorio barcelonés fue idéntico al de la semana pasada en Fuengirola. El dúo abrió fuego con una toma levemente ralentizada de ‘Huesos’ y con ‘Conflicto armado’, también de Los Burros y con referencias a la guerra de Irán. Lo único que era radicalmente distinto era la climatología. La lluvia empezó a caer en los primeros compases del recital y a las dos canciones el suelo de la pasarela que se adentraba entre el público ya estaba empapada. “¡Hostia, cómo resbala esto! ¡Su puta madre!”, gritó Manolo. Fue un auténtico milagro que no se rompiera la crisma en esa zona del escenario. Acto seguido sonó ‘Querida Milagros’. El guion estaba tan pautado que hasta la intervención de Quimi Portet tras ‘Mi patria en mis zapatos’ fue calcada a la del primer concierto de la gira.

Nada podía ser lo mismo treinta años después por mucho que ahí arriba estuviesen Quimi y Manolo, así como los músicos que han acompañado al dúo durante los años 80 y 90. Tampoco esos 56.000 espectadores eran las mismas personas que hace tres o cuatro décadas. Lo único que no ha cambiado en esta ecuación son las canciones. Y reencontrarse con ellas, tanto tiempo después, genera sensaciones que jamás hubiesen podido provocar en su día. Conforme avanzaba la noche, y aunque la lluvia seguía cayendo, los títulos iban activando la memoria. Versos que creías olvidados reflotaban como restos de un naufragio que no es tal naufragio sino el tiempo pasado. A unos les salían de los pulmones con una potencia inusitada. A otros les humedecían el lagrimal.

Las canciones pueden ser como viejos amigos que, al reencontrarse, dan rienda suelta a anécdotas y viejas historias que creías sepultadas. Y la potencia de algunas canciones de El Último de la Fila puede ser devastadora. Tantísimos años después, retornan como un boomerang vertiginoso y descontrolado versos como “por ahora la suerte me ha sonreído”, “barba de quince días, no me levantaría”, “no logro acostumbrarme aún a ser adulto”, “hay serios problemas, ¿sabes?”, “Disneylandia no existe ya para ti”, “te amo como se ama por primera vez, cuando aún no hay costumbre”, “paso al loco de la calle, paso al ansia de vivir”… Por cierto, qué bien quedaría este último escrito en algunas paredes.
Sisa, Llach y los autónomos
Lo que se dice despegar de verdad, el concierto no despegó hasta ‘Aviones plateados’. Tras ‘El loco de la calle’ y ‘No me acostumbro’, la lluvia se apiadó del público. Casualmente, era la hora de ‘Dios de la lluvia’. “Cantadla vosotros, va”, propuso Manolo. Acto seguido un operario intentó secar el suelo del escenario para evitar algún percance. Tocaba acometer ‘Soy un accidente’ y no era cuestión de tentar a la suerte. Manolo se negó y la pasarela siguió encharcada el resto de la noche. En la siguiente pausa, dedicaría el concierto “a la Barcelona de los años 70” y a artistas como “Lluís Llach, Jaume Sisa, Pau Riba e Ia i Batiste” que “marcaron el camino a El Último de la Fila”. Minutos después amplió la dedicatoria más allá del gremio musical: a los agricultores y a los autónomos.

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El equipo de prensa había hecho circular un listado con el repertorio y el primer bis era una misteriosa canción titulada ‘¿A cómo va el calamar?’. ¿Una pieza inédita? Cabe deducir que era la introducción instrumental a ‘Ya no danzo al son de los tambores’. El grupo había abandonado el escenario para “cambiarse los calzoncillos”, como apuntó García. Y tras una desastrosa toma de ‘Los ángeles no tienen hélices’, el cantante pidió al público que no aplaudiese: “La primera parte la he cantado como el culo”, reconoció. La repitió de nuevo, aunque solo hasta el final de la primera estrofa. Los dos últimos bises, ‘Como un burro amarrado en la puerta del baile’ e ‘Insurrección’, precipitaron la lluvia de confeti y un frustrado lanzamiento de globos con forma de tiburón que, con el viento en contra, quedaron apelotonados en el escenario. El Último también era esto: un catálogo de ideas de bombero que a veces funcionaban… y a veces, no.
¿Por qué? ¿Y por qué no?
En aquella entrevista de 2016, Manolo García también dijo: “Si una banda decide reunirse de nuevo, con todos mis respetos, no seré quien los critique. En el caso de Quimi y en el mío, estuvo muy bien, ahí queda y no habrá vuelta jamás, y este jamás es serio”. Durante décadas, la pregunta clave ante el regreso de cualquier banda era: ¿por qué? De un tiempo a esta parte, la pregunta ha pasado a ser: ¿por qué no? Que no haya canciones nuevas no es motivo suficiente. Que no se soporten los músicos, tampoco. Que varios de ellos se desentiendan del regreso, aún menos. ¿Murió el cantante? Qué más da. Hacen falta razones realmente poderosas para bloquear la reaparición de una banda. Lo normal es volver. La industria del ocio musical trabaja día y noche para encadenar regresos.

El de Portet y García era uno de los más esperados. Tal vez porque su legado no ha sufrido demasiado desgaste. Su desaparición dejó un inmenso cráter en la historia del pop español que nadie ha podido ni sabido ocupar. El Último de la Fila es, con diferencia, el grupo mainstream más personal e irrepetible que haya dado el pop español. Para ser realmente popular has de gustar a muchísima gente y para gustar a muchísima gente, lo normal es tener un perfil tirando a generalista e incluso anodino. El Último de la Fila ha sido un grupo tan insólito y a la vez tan autóctono que cuesta creer que alcanzasen tantísimo éxito. Su condición de extraordinaria anomalía justifica sobradamente su reaparición tres décadas después. Entonces, el grupo se separó por “desgaste” e “higiene artística”. Una decisión acertada. Ahora hay que aceptar estos conciertoscomo lo que son: un regalo inesperado. Y una vez dentro, resulta imposible salir decepcionado.  

Nadie lo sospechaba, pero Barcelona aún tenía que vivir otra noche histórica de El Último de la Fila. Cuarenta años después de iniciar su despegue definitivo en las fiestas de la Mercè de 1986, con la presentación de ‘Enemigos de lo ajeno’, y 36 después de llenar el Estadi Olímpic con Tina Turner como telonera y Greenpeace como beneficiarios de aquella recaudación, Manolo García y Quimi Portet escribieron anoche otro capítulo imborrable en la barcelonesa montaña de Montjuïc. Más de 55.000 espectadores asistieron a una de las reuniones más inesperadas de la historia del pop español: un concierto tres décadas después de su disolución que, además, tuvo como épico añadido una persistente lluvia.

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Nada podía ser lo mismo treinta años después por mucho que ahí arriba estuviesen Quimi y Manolo, así como los músicos que han acompañado al dúo durante los años 80 y 90. Tampoco esos más de 55.000 espectadores eran las mismas personas que hace tres o cuatro décadas. Lo único que no ha cambiado en esta ecuación son las canciones. Y reencontrarse con ellas, tanto tiempo después, genera sensaciones que jamás hubiesen podido provocar en su día. Conforme avanzaba la noche, y aunque la lluvia seguía cayendo, los títulos iban activando la memoria. Versos que creías olvidados reflotaban como restos de un naufragio que no es tal naufragio sino el tiempo pasado. A unos les salían de los pulmones con una potencia inusitada. A otros les humedecían el lagrimal.

Las canciones pueden ser como viejos amigos que, al reencontrarse, dan rienda suelta a anécdotas y viejas historias que creías sepultadas. Y la potencia de algunas canciones de El Último de la Fila puede ser devastadora. Tantísimos años después, retornan como un boomerang vertiginoso y descontrolado versos como “por ahora la suerte me ha sonreído”, “barba de quince días, no me levantaría”, “no logro acostumbrarme aún a ser adulto”, “hay serios problemas, ¿sabes?”, “Disneylandia no existe ya para ti”, “te amo como se ama por primera vez, cuando aún no hay costumbre”, “paso al loco de la calle, paso al ansia de vivir”… Por cierto, qué bien quedaría este último escrito en algunas paredes.

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Lo que se dice despegar de verdad, el concierto no despegó hasta ‘Aviones plateados’. Tras ‘El loco de la calle’ y ‘No me acostumbro’, la lluvia se apiadó del público. Casualmente, era la hora de ‘Dios de la lluvia’. “Cantadla vosotros, va”, propuso Manolo. Acto seguido un operario intentó secar el suelo del escenario para evitar algún percance. Tocaba acometer ‘Soy un accidente’ y no era cuestión de tentar a la suerte. Manolo se negó y la pasarela siguió encharcada el resto de la noche. En la siguiente pausa, dedicaría el concierto “a la Barcelona de los años 70” y a artistas como “Lluis Llach, Jaume Sisa, Pau Riba e Ia i Batiste” que “marcaron el camino a El Último de la Fila”. Minutos después amplió la dedicatoria más allá del gremio musical: a los agricultores y a los autónomos.

Por las pantallas habían desfilado imágenes de ovejas pastando y pollos al ast, así como escenas de películas de Alfred Hitchcock y frases absurdas tipo ‘Vendo Opel Corsa’, pero el sketch más delirante del espectáculo llegó cuando García empujó un sillón con ruedas mientras interpretaba ‘Disneylandia’. Más cerca de Groucho Marx que Pina Bausch, para entendernos, el performer acabó revolcándose por el suelo y el sillón, cayendo por el borde del escenario. El propio Manolo desapareció también durante ‘Llanto de pasión’. Ni siquiera las cámaras podían localizarlo, pues había decidido fundirse con los espectadores de las primeras filas. El Último pertenece a una época en que todavía no se diseñaban las actuaciones al milímetro para ser televisadas por las pantallas y tampoco existía el diseño de vestuario. Cuando la lluvia volvió a arreciar y García se cubrió con una gorra de béisbol y un albornoz mal echado sobre los hombros, parecía cualquier cosa menos una estrella del rock. Y cuando en ‘Dulces sueños’ sacó un garrote de cascabeles que usó como bastón, su estampa contrastaba estridentemente con la majestuosidad de un Estadi Olímpic rendido a sus pies. Pero así es él y andaba ebrio de felicidad. Para despedir tan histórica noche, eligió la frase menos épica jamás pronunciada en un estadio: “Bueno, pues ya está”.

El equipo de prensa había hecho circular un listado con el repertorio y el primer bis era una misteriosa canción titulada ‘¿A cómo va el calamar?’. ¿Una pieza inédita? Cabe deducir que era la introducción instrumental a ‘Ya no danzo al son de los tambores’. El grupo había abandonado el escenario para “cambiarse los calzoncillos”, como apuntó García. Y tras una desastrosa toma de ‘Los ángeles no tienen hélices’, el cantante pidió al público que no aplaudiese: “La primera parte la he cantado como el culo”, reconoció. La repitió de nuevo, aunque solo hasta el final de la primera estrofa. Los dos últimos bises, ‘Como un burro amarrado en la puerta del baile’ e ‘Insurrección’, precipitaron la lluvia de confeti y un frustrado lanzamiento de globos con forma de tiburón que, con el viento en contra, quedaron apelotonados en el escenario. El Último también era esto: un catálogo de ideas de bombero que a veces funcionaban… y a veces, no.

¿Por qué? ¿Y por qué no?

En aquella entrevista de 2016, Manolo García también dijo: “Si una banda decide reunirse de nuevo, con todos mis respetos, no seré quien los critique. En el caso de Quimi y en el mío, estuvo muy bien, ahí queda y no habrá vuelta jamás, y este jamás es serio”. Durante décadas, la pregunta clave ante el regreso de cualquier banda era: ¿por qué? De un tiempo a esta parte, la pregunta ha pasado a ser: ¿por qué no? Que no haya canciones nuevas no es motivo suficiente. Que no se soporten los músicos, tampoco. Que varios de ellos se desentiendan del regreso, aún menos. ¿Murió el cantante? Qué más da. Hacen falta razones realmente poderosas para bloquear la reaparición de una banda. Lo normal es volver. La industria del ocio musical trabaja día y noche para encadenar regresos.

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El de Portet y García era uno de los más esperados. Tal vez porque su legado no ha sufrido demasiado desgaste. Su desaparición dejó un inmenso cráter en la historia del pop español que nadie ha podido ni sabido ocupar. El Último de la Fila es, con diferencia, el grupo mainstream más personal e irrepetible que haya dado el pop español. Para ser realmente popular has de gustar a muchísima gente y para gustar a muchísima gente, lo normal es tener un perfil tirando a generalista e incluso anodino. El Último de la Fila ha sido un grupo tan insólito y a la vez tan autóctono que cuesta creer que alcanzasen tantísimo éxito. Su condición de extraordinaria anomalía justifica sobradamente su reaparición tres décadas después. Entonces, el grupo se separó por “desgaste” e “higiene artística”. Una decisión acertada. Ahora hay que aceptar estos conciertoscomo lo que son: un regalo inesperado. Y una vez dentro, resulta imposible salir decepcionado.

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