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  Internacional  Trump convierte el Pentágono en el arma contra enemigos internos y externos mientras crece la presión por las ejecuciones en el Caribe
Internacional

Trump convierte el Pentágono en el arma contra enemigos internos y externos mientras crece la presión por las ejecuciones en el Caribe

diciembre 1, 2025
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La orden de no dejar supervivientes en los ataque a supuestas narcolanchas pone contra la cuerdas al secretario de Guerra, Pete Hegseth, ante las dudas de republicanos y demócratas en el Congreso sobre su legalidadTrump reconoce la llamada con Maduro mientras el Congreso de EEUU investiga la orden de Hegseth de rematar las supuestas narcolanchas

Donald Trump y Pete Hegseth reaccionaron enfurecidos ante la campaña de congresistas demócratas en contra del cumplimiento de órdenes ilegales por parte de los militares hace unos días. ¿Se estaban dando por aludidos directamente? Lo cierto es que, al cabo de los días, esa posibilidad ya ha saltado por los aires, después de que The Washington Post informara el viernes de que el secretario de Guerra dio la orden de no dejar supervivientes en el primer ataque a una supuesta narcolancha, el pasado 2 de septiembre. Y hasta tal punto fue así, que el Ejército de EEUU hizo un segundo ataque para rematar a dos supervivientes, algo que sería considerado un crimen de guerra, en tanto que tendría que haber proporcionado auxilio en vez de más dinamita.

La ley del mar dicta que cuando un barco es hundido en alta mar, existe el deber de rescatar a los supervivientes. Es decir, no sólo bombardearon una lancha civil indefensa, sino que, una vez bombardeada, el ataque siguió hasta que no quedaran supervivientes.

La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, ha intentado este lunes explicar lo sucedido aquel día, hace tres meses, cuando empezó una campaña de asesinatos extrajudiciales que se ha cobrado ya 83 vidas en 21 ataques. Según Leavitt, quien ha reconocido que se produjo ese segundo ataque, “los grupos narcoterroristas designados por el presidente están sujetos a ataques letales de acuerdo con las leyes de la guerra. Con respecto a los ataques en cuestión, el 2 de septiembre, el secretario Hegseth autorizó al almirante Bradley [comandante del Comando Central, CENTCOM] a llevar a cabo estos ataques. El almirante Bradley actuó dentro de su autoridad y de la ley que rige el combate para garantizar que se destruyera la embarcación y se eliminara la amenaza para EEUU”.

Es decir, en su defensa de Hegseth, la Casa Blanca pone en el disparadero al alto mando militar.

Según Leavitt, “esta Administración ha designado a estos narcoterroristas como organizaciones terroristas extranjeras. El presidente tiene derecho a eliminarlos si amenazan a EEUU y si traen narcóticos ilegales que están matando a nuestros ciudadanos a un ritmo récord, que es lo que están haciendo. Es una de las muchas razones por las que el pueblo estadounidense reeligió a este presidente y apoya a este secretario de Guerra en estos ataques”.
¿Órdenes ilegales?
Los representantes demócratas que aparecieron en un vídeo en las redes sociales instando a las tropas a no obedecer “órdenes ilegales” están siendo investigados por el FBI después de que el Pentágono anunciara que estaba investigando al senador demócrata Mark Kelly, de Arizona, por posibles violaciones de la ley militar.

Las acciones del FBI y el Pentágono se han producido después de que el presidente de EEUU, Donald Trump, acusara a los legisladores de sedición y afirmara que se castiga con la “muerte” en una publicación en redes sociales. Los seis legisladores demócratas que aparecen en el vídeo han servido en las fuerzas armadas o en la comunidad de inteligencia.

La senadora republicana Lisa Murkowski, de Alaska, criticó ambas investigaciones en redes sociales, afirmando que acusar a los legisladores “de traición y sedición por señalar con razón que los militares pueden rechazar órdenes ilegales es imprudente y totalmente erróneo”.

“El Departamento de Defensa y el FBI sin duda tienen prioridades más importantes que esta investigación frívola”, escribió Murkowski.

En el vídeo, los legisladores afirmaron que necesitaban tropas para “defender nuestras leyes… nuestra Constitución”. Kelly, quien fue piloto de combate antes de convertirse en astronauta y luego retirarse con el rango de capitán, les decía a las tropas que “pueden rechazar órdenes ilegales”.

Después de que el Pentágono anunciara la investigación sobre Kelly el pasado lunes, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, la remitió a la Armada el martes y solicitó una reunión informativa antes del 10 de diciembre.

¿Y a qué órdenes ilegales se refieren? Slotkin ha señalado las órdenes al Ejército de hacer estallar pequeñas embarcaciones en el Caribe y el Pacífico Oriental, acusadas de transportar drogas, y los continuos intentos de desplegar tropas de la Guardia Nacional en ciudades estadounidenses a pesar de algunos reveses legales.

“El presidente ha ido demasiado lejos”, decía el senador Kelly, capitán del Ejército y ex astronauta, este lunes: “El ocupante del Despacho Oval ignora la Constitución y no respeta el estado de derecho, intenta silenciarme proponiendo someterme a un consejo de guerra y amenazándome de muerte por defenderme cuando nuestra democracia exige que nos defendamos. No me dejaré intimidar por este presidente. Me dispararon sobre Irak y Kuwait en 2001, después de que Donald Trump dijera que el colapso de las Torres Gemelas significaba que ahora era dueño del rascacielos más alto de Manhattan. Llevaba banderas en honor a las víctimas del 11-S al espacio en 2003, cuando Donald Trump escribía felicitaciones de cumpleaños al monstruo Jeffrey Epstein; fui el primero en llegar al lugar del accidente para recuperar los cuerpos de mis compañeros astronautas que murieron en la explosión del Columbia durante su reentrada en 2011, cuando Trump presentaba un reality show y difundía teorías conspiranoicas contra el presidente Barack Obama. El presidente y Pete Hegseth no van a impedir que hable, ni que haga mi trabajo. Basta ya de acoso, de intimidación, de amenazas, y de tonterías”.
Presión a Gobiernos extranjeros
Donald Trump está convirtiendo el Pentágono en el arma contra sus enemigos internos y externos. Una vez que el ICE está evolucionando en una fuerza policial propia, dependiente solo del Departamento de Seguridad Nacional, es decir, de la Casa Blanca, el Pentágono le sirve a Trump para purgar altos mandos que no le son dóciles en su política exterior y de defensa –o de Guerra, como le llama ahora–, además de matar personas indefensas en el Caribe y el Pacífico como elemento de presión contra Nicolás Maduro y Gustavo Petro, presidentes sancionados por la Administración Trump por “narcoterrorista” y “narcotraficante”, respectivamente.

Además, para cumplir los deseos del presidente de EEUU, hay 15.000 soldados en las inmediaciones de Venezuela listos para atacar. Y si al final ocurre un ataque, como el bombardeo a Irán, quien no asuma la versión de lo ocurrido que den Hegseth y Trump, por muy prematuro que fuera asegurar que las instalaciones nucleares iraníes habían sido borradas del mapa, será considerado una persona desleal que pone en duda la valía de los soldados estadounidenses.
Purga en el Ejército
Pete Hegseth ha despedido o marginado al menos dos docenas de generales y almirantes durante los últimos nueve meses en una tanda de destituciones que tendrá consecuencias en las fuerzas armadas estadounidenses durante años. Y lo ha hecho sin dar explicaciones, y a menudo en contra de las recomendaciones de los altos mandos militares, según publica The New York Times.

Así, Hegseth ha retrasado o cancelado los ascensos de al menos cuatro altos oficiales militares porque trabajaron anteriormente para el general Mark A. Milley, exjefe del Estado Mayor Conjunto, a quien el presidente Trump ha acusado repetidamente de deslealtad. Uno de ellos es el general James Patrick Work, quien se esperaba que fuera el comandante adjunto del Comando Central de Estados Unidos, que supervisa las tropas en Oriente Medio.

“El nuevo rumbo está claro”, dijo Hegseth a unos oficiales reunidos en Quantico, Virginia: “Fuera los Chiarelli, los McKenzie y los Millay”. Se refería al general Peter W. Chiarelli, ex subjefe del Estado Mayor del Ejército, y al general Kenneth F. McKenzie Jr., ex jefe del Mando Central.

El general Stanley A. McChrystal, que dirigió durante años las tropas de operaciones especiales de élite del ejército en Irak y Afganistán y ahora está retirado, afirma, según NYT: “La larga historia de apoliticismo del ejército estadounidense siempre ha dependido de una norma según la cual los militares evitaban la política, mientras que los líderes civiles respetaban y protegían a los uniformados de la contienda política. Los últimos meses han puesto en tela de juicio este paradigma, con un riesgo significativo. Una vez perdida, la legitimidad de un ejército que refleja y representa a todos los estadounidenses será difícil de recuperar”.

En Hegseth, Trump ha encontrado un aliado dispuesto, explica The Atlantic. En su libro, La Guerra contra los Guerreros, Hegseth argumenta que los militares deberían tener amplio margen, incluso más allá de la ley, y afirma: “Nuestros enemigos deberían recibir balas, no abogados”.

En su primer mandato, Trump fue rechazado por altos mandos militares cuando sugirió que el ejército podría disparar a manifestantes pacíficos. En su segundo mandato, ha puesto el Departamento de Defensa bajo la tutela de Hegseth, cuya mayor cualificación es su lealtad al presidente de EEUU.

La purga de Trump en las fuerzas armadas busca sumar el Estado a sus propios intereses, hasta el punto de querer castigar a quien pide el cumplimiento de la Constitución por parte del Ejército.
Guerra cultural en el Pentágono
Fin de los ascensos relacionados con la raza y el género, lo que supone terminar con las políticas de igualdad y diversidad. “Durante demasiado tiempo, hemos ascendido a demasiados líderes uniformados por razones equivocadas: por su raza, por cuotas de género”, ha llegado a decir Hegseth, quien en febrero despidió al general CQ Brown, afroamericano, como presidente del Estado Mayor Conjunto, y ha prescindido de los servicios de varias mujeres de alto rango.

Así, ha dejado claro que la diversidad ha dejado de ser algo positivo para el ejército: “Se acabaron los meses de la identidad, las oficinas de DEI, los tipos con vestidos. Se acabó el culto al cambio climático, se acabaron las divisiones, las distracciones o los delirios de género, se acabaron los escombros”.

Además, ha hecho bandera de la gordofobia y de los cuerpos normativos. “Es agotador ver a soldados gordos”, ha dicho Hegseth: “Es agotador mirar las formaciones de combate, o cualquier formación, y ver soldados gordos, ver generales y almirantes gordos en los pasillos del Pentágono y al frente de pelotones en todo el país y el mundo”. Un mensaje aplaudido por una de las referentes MAGA, Laura Loomer.

“Se acabaron las barbas, el pelo largo y la expresión individual superficial”, declaró también el secretario de Guerra: “Vamos a cortarnos el pelo, afeitarnos la barba y cumplir las normas. No tenemos un ejército lleno de nórdicos, pero, por desgracia, hemos tenido líderes que se negaban a llamar al orden y hacer cumplir las normas, o líderes que sentían que no se les permitía hacer cumplir las normas. La era de la apariencia poco profesional ha terminado”. Para aquellos que se resisten al requisito de “normas físicas masculinas, afeitado apurado y aspecto profesional, es hora de cambiar de puesto o de profesión”, advirtió Hegseth.

“No se trata de impedir que las mujeres sirvan”, ha dicho Hegseth, “valoramos mucho el impacto de las tropas femeninas. Nuestras oficiales y suboficiales femeninas son las mejores del mundo. Pero cuando se trata de cualquier trabajo que requiera fuerza física para desempeñarse en combate, esos estándares físicos deben ser altos y neutrales en cuanto al género. Si las mujeres pueden hacerlo, excelente. Si no, es lo que hay. Si eso significa que ninguna mujer reúne los requisitos para algunos puestos de combate, que así sea. Esa no es la intención, pero podría ser el resultado, así que, que así sea… No estamos jugando. Esto es la guerra. Es cuestión de vida o muerte”.

“Guiar a los combatientes hacia el objetivo de alcanzar estándares elevados, neutrales en cuanto al género e intransigentes con el fin de forjar un Departamento de Guerra cohesionado, formidable y letal no es tóxico”, afirma Hegseth, quejándose de que conceptos como “acoso”, “novatadas” y “tóxico” se habían “usado como arma y desvirtuado”.

“Por eso, hoy, bajo mi dirección, estamos llevando a cabo una revisión completa de las definiciones del departamento de los llamados liderazgo tóxico, acoso y novatadas para empoderar a los líderes para que apliquen los estándares sin temor a represalias o a que se cuestionen sus decisiones”.

Y, por supuesto, el que no esté de acuerdo con la visión de Hegseth sobre el ejército tiene la puerta abierta: “Cuanto antes contemos con las personas adecuadas, antes podremos avanzar en las políticas adecuadas. Pero si las palabras que estoy diciendo hoy les entristecen, entonces deberían hacer lo honorable y dimitir. Les agradeceremos su servicio”. La orden de no dejar supervivientes en los ataque a supuestas narcolanchas pone contra la cuerdas al secretario de Guerra, Pete Hegseth, ante las dudas de republicanos y demócratas en el Congreso sobre su legalidadTrump reconoce la llamada con Maduro mientras el Congreso de EEUU investiga la orden de Hegseth de rematar las supuestas narcolanchas

Donald Trump y Pete Hegseth reaccionaron enfurecidos ante la campaña de congresistas demócratas en contra del cumplimiento de órdenes ilegales por parte de los militares hace unos días. ¿Se estaban dando por aludidos directamente? Lo cierto es que, al cabo de los días, esa posibilidad ya ha saltado por los aires, después de que The Washington Post informara el viernes de que el secretario de Guerra dio la orden de no dejar supervivientes en el primer ataque a una supuesta narcolancha, el pasado 2 de septiembre. Y hasta tal punto fue así, que el Ejército de EEUU hizo un segundo ataque para rematar a dos supervivientes, algo que sería considerado un crimen de guerra, en tanto que tendría que haber proporcionado auxilio en vez de más dinamita.

La ley del mar dicta que cuando un barco es hundido en alta mar, existe el deber de rescatar a los supervivientes. Es decir, no sólo bombardearon una lancha civil indefensa, sino que, una vez bombardeada, el ataque siguió hasta que no quedaran supervivientes.

La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, ha intentado este lunes explicar lo sucedido aquel día, hace tres meses, cuando empezó una campaña de asesinatos extrajudiciales que se ha cobrado ya 83 vidas en 21 ataques. Según Leavitt, quien ha reconocido que se produjo ese segundo ataque, “los grupos narcoterroristas designados por el presidente están sujetos a ataques letales de acuerdo con las leyes de la guerra. Con respecto a los ataques en cuestión, el 2 de septiembre, el secretario Hegseth autorizó al almirante Bradley [comandante del Comando Central, CENTCOM] a llevar a cabo estos ataques. El almirante Bradley actuó dentro de su autoridad y de la ley que rige el combate para garantizar que se destruyera la embarcación y se eliminara la amenaza para EEUU”.

Es decir, en su defensa de Hegseth, la Casa Blanca pone en el disparadero al alto mando militar.

Según Leavitt, “esta Administración ha designado a estos narcoterroristas como organizaciones terroristas extranjeras. El presidente tiene derecho a eliminarlos si amenazan a EEUU y si traen narcóticos ilegales que están matando a nuestros ciudadanos a un ritmo récord, que es lo que están haciendo. Es una de las muchas razones por las que el pueblo estadounidense reeligió a este presidente y apoya a este secretario de Guerra en estos ataques”.
¿Órdenes ilegales?
Los representantes demócratas que aparecieron en un vídeo en las redes sociales instando a las tropas a no obedecer “órdenes ilegales” están siendo investigados por el FBI después de que el Pentágono anunciara que estaba investigando al senador demócrata Mark Kelly, de Arizona, por posibles violaciones de la ley militar.

Las acciones del FBI y el Pentágono se han producido después de que el presidente de EEUU, Donald Trump, acusara a los legisladores de sedición y afirmara que se castiga con la “muerte” en una publicación en redes sociales. Los seis legisladores demócratas que aparecen en el vídeo han servido en las fuerzas armadas o en la comunidad de inteligencia.

La senadora republicana Lisa Murkowski, de Alaska, criticó ambas investigaciones en redes sociales, afirmando que acusar a los legisladores “de traición y sedición por señalar con razón que los militares pueden rechazar órdenes ilegales es imprudente y totalmente erróneo”.

“El Departamento de Defensa y el FBI sin duda tienen prioridades más importantes que esta investigación frívola”, escribió Murkowski.

En el vídeo, los legisladores afirmaron que necesitaban tropas para “defender nuestras leyes… nuestra Constitución”. Kelly, quien fue piloto de combate antes de convertirse en astronauta y luego retirarse con el rango de capitán, les decía a las tropas que “pueden rechazar órdenes ilegales”.

Después de que el Pentágono anunciara la investigación sobre Kelly el pasado lunes, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, la remitió a la Armada el martes y solicitó una reunión informativa antes del 10 de diciembre.

¿Y a qué órdenes ilegales se refieren? Slotkin ha señalado las órdenes al Ejército de hacer estallar pequeñas embarcaciones en el Caribe y el Pacífico Oriental, acusadas de transportar drogas, y los continuos intentos de desplegar tropas de la Guardia Nacional en ciudades estadounidenses a pesar de algunos reveses legales.

“El presidente ha ido demasiado lejos”, decía el senador Kelly, capitán del Ejército y ex astronauta, este lunes: “El ocupante del Despacho Oval ignora la Constitución y no respeta el estado de derecho, intenta silenciarme proponiendo someterme a un consejo de guerra y amenazándome de muerte por defenderme cuando nuestra democracia exige que nos defendamos. No me dejaré intimidar por este presidente. Me dispararon sobre Irak y Kuwait en 2001, después de que Donald Trump dijera que el colapso de las Torres Gemelas significaba que ahora era dueño del rascacielos más alto de Manhattan. Llevaba banderas en honor a las víctimas del 11-S al espacio en 2003, cuando Donald Trump escribía felicitaciones de cumpleaños al monstruo Jeffrey Epstein; fui el primero en llegar al lugar del accidente para recuperar los cuerpos de mis compañeros astronautas que murieron en la explosión del Columbia durante su reentrada en 2011, cuando Trump presentaba un reality show y difundía teorías conspiranoicas contra el presidente Barack Obama. El presidente y Pete Hegseth no van a impedir que hable, ni que haga mi trabajo. Basta ya de acoso, de intimidación, de amenazas, y de tonterías”.
Presión a Gobiernos extranjeros
Donald Trump está convirtiendo el Pentágono en el arma contra sus enemigos internos y externos. Una vez que el ICE está evolucionando en una fuerza policial propia, dependiente solo del Departamento de Seguridad Nacional, es decir, de la Casa Blanca, el Pentágono le sirve a Trump para purgar altos mandos que no le son dóciles en su política exterior y de defensa –o de Guerra, como le llama ahora–, además de matar personas indefensas en el Caribe y el Pacífico como elemento de presión contra Nicolás Maduro y Gustavo Petro, presidentes sancionados por la Administración Trump por “narcoterrorista” y “narcotraficante”, respectivamente.

Además, para cumplir los deseos del presidente de EEUU, hay 15.000 soldados en las inmediaciones de Venezuela listos para atacar. Y si al final ocurre un ataque, como el bombardeo a Irán, quien no asuma la versión de lo ocurrido que den Hegseth y Trump, por muy prematuro que fuera asegurar que las instalaciones nucleares iraníes habían sido borradas del mapa, será considerado una persona desleal que pone en duda la valía de los soldados estadounidenses.
Purga en el Ejército
Pete Hegseth ha despedido o marginado al menos dos docenas de generales y almirantes durante los últimos nueve meses en una tanda de destituciones que tendrá consecuencias en las fuerzas armadas estadounidenses durante años. Y lo ha hecho sin dar explicaciones, y a menudo en contra de las recomendaciones de los altos mandos militares, según publica The New York Times.

Así, Hegseth ha retrasado o cancelado los ascensos de al menos cuatro altos oficiales militares porque trabajaron anteriormente para el general Mark A. Milley, exjefe del Estado Mayor Conjunto, a quien el presidente Trump ha acusado repetidamente de deslealtad. Uno de ellos es el general James Patrick Work, quien se esperaba que fuera el comandante adjunto del Comando Central de Estados Unidos, que supervisa las tropas en Oriente Medio.

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El general Stanley A. McChrystal, que dirigió durante años las tropas de operaciones especiales de élite del ejército en Irak y Afganistán y ahora está retirado, afirma, según NYT: “La larga historia de apoliticismo del ejército estadounidense siempre ha dependido de una norma según la cual los militares evitaban la política, mientras que los líderes civiles respetaban y protegían a los uniformados de la contienda política. Los últimos meses han puesto en tela de juicio este paradigma, con un riesgo significativo. Una vez perdida, la legitimidad de un ejército que refleja y representa a todos los estadounidenses será difícil de recuperar”.

En Hegseth, Trump ha encontrado un aliado dispuesto, explica The Atlantic. En su libro, La Guerra contra los Guerreros, Hegseth argumenta que los militares deberían tener amplio margen, incluso más allá de la ley, y afirma: “Nuestros enemigos deberían recibir balas, no abogados”.

En su primer mandato, Trump fue rechazado por altos mandos militares cuando sugirió que el ejército podría disparar a manifestantes pacíficos. En su segundo mandato, ha puesto el Departamento de Defensa bajo la tutela de Hegseth, cuya mayor cualificación es su lealtad al presidente de EEUU.

La purga de Trump en las fuerzas armadas busca sumar el Estado a sus propios intereses, hasta el punto de querer castigar a quien pide el cumplimiento de la Constitución por parte del Ejército.
Guerra cultural en el Pentágono
Fin de los ascensos relacionados con la raza y el género, lo que supone terminar con las políticas de igualdad y diversidad. “Durante demasiado tiempo, hemos ascendido a demasiados líderes uniformados por razones equivocadas: por su raza, por cuotas de género”, ha llegado a decir Hegseth, quien en febrero despidió al general CQ Brown, afroamericano, como presidente del Estado Mayor Conjunto, y ha prescindido de los servicios de varias mujeres de alto rango.

Así, ha dejado claro que la diversidad ha dejado de ser algo positivo para el ejército: “Se acabaron los meses de la identidad, las oficinas de DEI, los tipos con vestidos. Se acabó el culto al cambio climático, se acabaron las divisiones, las distracciones o los delirios de género, se acabaron los escombros”.

Además, ha hecho bandera de la gordofobia y de los cuerpos normativos. “Es agotador ver a soldados gordos”, ha dicho Hegseth: “Es agotador mirar las formaciones de combate, o cualquier formación, y ver soldados gordos, ver generales y almirantes gordos en los pasillos del Pentágono y al frente de pelotones en todo el país y el mundo”. Un mensaje aplaudido por una de las referentes MAGA, Laura Loomer.

“Se acabaron las barbas, el pelo largo y la expresión individual superficial”, declaró también el secretario de Guerra: “Vamos a cortarnos el pelo, afeitarnos la barba y cumplir las normas. No tenemos un ejército lleno de nórdicos, pero, por desgracia, hemos tenido líderes que se negaban a llamar al orden y hacer cumplir las normas, o líderes que sentían que no se les permitía hacer cumplir las normas. La era de la apariencia poco profesional ha terminado”. Para aquellos que se resisten al requisito de “normas físicas masculinas, afeitado apurado y aspecto profesional, es hora de cambiar de puesto o de profesión”, advirtió Hegseth.

“No se trata de impedir que las mujeres sirvan”, ha dicho Hegseth, “valoramos mucho el impacto de las tropas femeninas. Nuestras oficiales y suboficiales femeninas son las mejores del mundo. Pero cuando se trata de cualquier trabajo que requiera fuerza física para desempeñarse en combate, esos estándares físicos deben ser altos y neutrales en cuanto al género. Si las mujeres pueden hacerlo, excelente. Si no, es lo que hay. Si eso significa que ninguna mujer reúne los requisitos para algunos puestos de combate, que así sea. Esa no es la intención, pero podría ser el resultado, así que, que así sea… No estamos jugando. Esto es la guerra. Es cuestión de vida o muerte”.

“Guiar a los combatientes hacia el objetivo de alcanzar estándares elevados, neutrales en cuanto al género e intransigentes con el fin de forjar un Departamento de Guerra cohesionado, formidable y letal no es tóxico”, afirma Hegseth, quejándose de que conceptos como “acoso”, “novatadas” y “tóxico” se habían “usado como arma y desvirtuado”.

“Por eso, hoy, bajo mi dirección, estamos llevando a cabo una revisión completa de las definiciones del departamento de los llamados liderazgo tóxico, acoso y novatadas para empoderar a los líderes para que apliquen los estándares sin temor a represalias o a que se cuestionen sus decisiones”.

Y, por supuesto, el que no esté de acuerdo con la visión de Hegseth sobre el ejército tiene la puerta abierta: “Cuanto antes contemos con las personas adecuadas, antes podremos avanzar en las políticas adecuadas. Pero si las palabras que estoy diciendo hoy les entristecen, entonces deberían hacer lo honorable y dimitir. Les agradeceremos su servicio”.  

Donald Trump y Pete Hegseth reaccionaron enfurecidos ante la campaña de congresistas demócratas en contra del cumplimiento de órdenes ilegales por parte de los militares hace unos días. ¿Se estaban dando por aludidos directamente? Lo cierto es que, al cabo de los días, esa posibilidad ya ha saltado por los aires, después de que The Washington Post informara el viernes de que el secretario de Guerra dio la orden de no dejar supervivientes en el primer ataque a una supuesta narcolancha, el pasado 2 de septiembre. Y hasta tal punto fue así, que el Ejército de EEUU hizo un segundo ataque para rematar a dos supervivientes, algo que sería considerado un crimen de guerra, en tanto que tendría que haber proporcionado auxilio en vez de más dinamita.

La ley del mar dicta que cuando un barco es hundido en alta mar, existe el deberde rescatar a los supervivientes. Es decir, no sólo bombardearon una lancha civil indefensa, sino que, una vez bombardeada, el ataque siguió hasta que no quedaran supervivientes.

La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, ha intentado este lunes explicar lo sucedido aquel día, hace tres meses, cuando empezó una campaña de asesinatos extrajudiciales que se ha cobrado ya 83 vidas en 21 ataques. Según Leavitt, quien ha reconocido que se produjo ese segundo ataque, “los grupos narcoterroristas designados por el presidente están sujetos a ataques letales de acuerdo con las leyes de la guerra. Con respecto a los ataques en cuestión, el 2 de septiembre, el secretario Hegseth autorizó al almirante Bradley [comandante del Comando Central, CENTCOM] a llevar a cabo estos ataques. El almirante Bradley actuó dentro de su autoridad y de la ley que rige el combate para garantizar que se destruyera la embarcación y se eliminara la amenaza para EEUU”.

Es decir, en su defensa de Hegseth, la Casa Blanca pone en el disparadero al alto mando militar.

Según Leavitt, “esta Administración ha designado a estos narcoterroristas como organizaciones terroristas extranjeras. El presidente tiene derecho a eliminarlos si amenazan a EEUU y si traen narcóticos ilegales que están matando a nuestros ciudadanos a un ritmo récord, que es lo que están haciendo. Es una de las muchas razones por las que el pueblo estadounidense reeligió a este presidente y apoya a este secretario de Guerra en estos ataques”.

¿Órdenes ilegales?

Los representantes demócratas que aparecieron en un vídeo en las redes sociales instando a las tropas a no obedecer “órdenes ilegales” están siendo investigados por el FBI después de que el Pentágono anunciara que estaba investigando al senador demócrata Mark Kelly, de Arizona, por posibles violaciones de la ley militar.

Las acciones del FBI y el Pentágono se han producido después de que el presidente de EEUU, Donald Trump, acusara a los legisladores de sedición y afirmara que se castiga con la “muerte” en una publicación en redes sociales. Los seis legisladores demócratas que aparecen en el vídeo han servido en las fuerzas armadas o en la comunidad de inteligencia.

La senadora republicana Lisa Murkowski, de Alaska, criticó ambas investigaciones en redes sociales, afirmando que acusar a los legisladores “de traición y sedición por señalar con razón que los militares pueden rechazar órdenes ilegales es imprudente y totalmente erróneo”.

“El Departamento de Defensa y el FBI sin duda tienen prioridades más importantes que esta investigación frívola”, escribió Murkowski.

En el vídeo, los legisladores afirmaron que necesitaban tropas para “defender nuestras leyes… nuestra Constitución”. Kelly, quien fue piloto de combate antes de convertirse en astronauta y luego retirarse con el rango de capitán, les decía a las tropas que “pueden rechazar órdenes ilegales”.

Después de que el Pentágono anunciara la investigación sobre Kelly el pasado lunes, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, la remitió a la Armada el martes y solicitó una reunión informativa antes del 10 de diciembre.

¿Y a qué órdenes ilegales se refieren? Slotkin ha señalado las órdenes al Ejército de hacer estallar pequeñas embarcaciones en el Caribe y el Pacífico Oriental, acusadas de transportar drogas, y los continuos intentos de desplegar tropas de la Guardia Nacional en ciudades estadounidenses a pesar de algunos reveses legales.

“El presidente ha ido demasiado lejos”, decía el senador Kelly, capitán del Ejército y ex astronauta, este lunes: “El ocupante del Despacho Oval ignora la Constitución y no respeta el estado de derecho, intenta silenciarme proponiendo someterme a un consejo de guerra y amenazándome de muerte por defenderme cuando nuestra democracia exige que nos defendamos. No me dejaré intimidar por este presidente. Me dispararon sobre Irak y Kuwait en 2001, después de que Donald Trump dijera que el colapso de las Torres Gemelas significaba que ahora era dueño del rascacielos más alto de Manhattan. Llevaba banderas en honor a las víctimas del 11-S al espacio en 2003, cuando Donald Trump escribía felicitaciones de cumpleaños al monstruo Jeffrey Epstein; fui el primero en llegar al lugar del accidente para recuperar los cuerpos de mis compañeros astronautas que murieron en la explosión del Columbia durante su reentrada en 2011, cuando Trump presentaba un reality show y difundía teorías conspiranoicas contra el presidente Barack Obama. El presidente y Pete Hegseth no van a impedir que hable, ni que haga mi trabajo. Basta ya de acoso, de intimidación, de amenazas, y de tonterías”.

Presión a Gobiernos extranjeros

Donald Trump está convirtiendo el Pentágono en el arma contra sus enemigos internos y externos. Una vez que el ICE está evolucionando en una fuerza policial propia, dependiente solo del Departamento de Seguridad Nacional, es decir, de la Casa Blanca, el Pentágono le sirve a Trump para purgar altos mandos que no le son dóciles en su política exterior y de defensa –o de Guerra, como le llama ahora–, además de matar personas indefensas en el Caribe y el Pacífico como elemento de presión contra Nicolás Maduro y Gustavo Petro, presidentes sancionados por la Administración Trump por “narcoterrorista” y “narcotraficante”, respectivamente.

Además, para cumplir los deseos del presidente de EEUU, hay 15.000 soldados en las inmediaciones de Venezuela listos para atacar. Y si al final ocurre un ataque, como el bombardeo a Irán, quien no asuma la versión de lo ocurrido que den Hegseth y Trump, por muy prematuro que fuera asegurar que las instalaciones nucleares iraníes habían sido borradas del mapa, será considerado una persona desleal que pone en duda la valía de los soldados estadounidenses.

Purga en el Ejército

Pete Hegseth ha despedido o marginado al menos dos docenas de generales y almirantes durante los últimos nueve meses en una tanda de destituciones que tendrá consecuencias en las fuerzas armadas estadounidenses durante años. Y lo ha hecho sin dar explicaciones, y a menudo en contra de las recomendaciones de los altos mandos militares, según publica The New York Times.

Así, Hegseth ha retrasado o cancelado los ascensos de al menos cuatro altos oficiales militares porque trabajaron anteriormente para el general Mark A. Milley, exjefe del Estado Mayor Conjunto, a quien el presidente Trump ha acusado repetidamente de deslealtad. Uno de ellos es el general James Patrick Work, quien se esperaba que fuera el comandante adjunto del Comando Central de Estados Unidos, que supervisa las tropas en Oriente Medio.

“El nuevo rumbo está claro”, dijo Hegseth a unos oficiales reunidos en Quantico, Virginia: “Fuera los Chiarelli, los McKenzie y los Millay”. Se refería al general Peter W. Chiarelli, ex subjefe del Estado Mayor del Ejército, y al general Kenneth F. McKenzie Jr., ex jefe del Mando Central.

El general Stanley A. McChrystal, que dirigió durante años las tropas de operaciones especiales de élite del ejército en Irak y Afganistán y ahora está retirado, afirma, según NYT: “La larga historia de apoliticismo del ejército estadounidense siempre ha dependido de una norma según la cual los militares evitaban la política, mientras que los líderes civiles respetaban y protegían a los uniformados de la contienda política. Los últimos meses han puesto en tela de juicio este paradigma, con un riesgo significativo. Una vez perdida, la legitimidad de un ejército que refleja y representa a todos los estadounidenses será difícil de recuperar”.

En Hegseth, Trump ha encontrado un aliado dispuesto, explica The Atlantic. En su libro, La Guerra contra los Guerreros, Hegseth argumenta que los militares deberían tener amplio margen, incluso más allá de la ley, y afirma: “Nuestros enemigos deberían recibir balas, no abogados”.

En su primer mandato, Trump fue rechazado por altos mandos militares cuando sugirió que el ejército podría disparar a manifestantes pacíficos. En su segundo mandato, ha puesto el Departamento de Defensa bajo la tutela de Hegseth, cuya mayor cualificación es su lealtad al presidente de EEUU.

La purga de Trump en las fuerzas armadas busca sumar el Estado a sus propios intereses, hasta el punto de querer castigar a quien pide el cumplimiento de la Constitución por parte del Ejército.

Guerra cultural en el Pentágono

Fin de los ascensos relacionados con la raza y el género, lo que supone terminar con las políticas de igualdad y diversidad. “Durante demasiado tiempo, hemos ascendido a demasiados líderes uniformados por razones equivocadas: por su raza, por cuotas de género”, ha llegado a decir Hegseth, quien en febrero despidió al general CQ Brown, afroamericano, como presidente del Estado Mayor Conjunto, y ha prescindido de los servicios de varias mujeres de alto rango.

Así, ha dejado claro que la diversidad ha dejado de ser algo positivo para el ejército: “Se acabaron los meses de la identidad, las oficinas de DEI, los tipos con vestidos. Se acabó el culto al cambio climático, se acabaron las divisiones, las distracciones o los delirios de género, se acabaron los escombros”.

Además, ha hecho bandera de la gordofobia y de los cuerpos normativos. “Es agotador ver a soldados gordos”, ha dicho Hegseth: “Es agotador mirar las formaciones de combate, o cualquier formación, y ver soldados gordos, ver generales y almirantes gordos en los pasillos del Pentágono y al frente de pelotones en todo el país y el mundo”. Un mensaje aplaudido por una de las referentes MAGA, Laura Loomer.

“Se acabaron las barbas, el pelo largo y la expresión individual superficial”, declaró también el secretario de Guerra: “Vamos a cortarnos el pelo, afeitarnos la barba y cumplir las normas. No tenemos un ejército lleno de nórdicos, pero, por desgracia, hemos tenido líderes que se negaban a llamar al orden y hacer cumplir las normas, o líderes que sentían que no se les permitía hacer cumplir las normas. La era de la apariencia poco profesional ha terminado”. Para aquellos que se resisten al requisito de “normas físicas masculinas, afeitado apurado y aspecto profesional, es hora de cambiar de puesto o de profesión”, advirtió Hegseth.

“No se trata de impedir que las mujeres sirvan”, ha dicho Hegseth, “valoramos mucho el impacto de las tropas femeninas. Nuestras oficiales y suboficiales femeninas son las mejores del mundo. Pero cuando se trata de cualquier trabajo que requiera fuerza física para desempeñarse en combate, esos estándares físicos deben ser altos y neutrales en cuanto al género. Si las mujeres pueden hacerlo, excelente. Si no, es lo que hay. Si eso significa que ninguna mujer reúne los requisitos para algunos puestos de combate, que así sea. Esa no es la intención, pero podría ser el resultado, así que, que así sea… No estamos jugando. Esto es la guerra. Es cuestión de vida o muerte”.

“Guiar a los combatientes hacia el objetivo de alcanzar estándares elevados, neutrales en cuanto al género e intransigentes con el fin de forjar un Departamento de Guerra cohesionado, formidable y letal no es tóxico”, afirma Hegseth, quejándose de que conceptos como “acoso”, “novatadas” y “tóxico” se habían “usado como arma y desvirtuado”.

“Por eso, hoy, bajo mi dirección, estamos llevando a cabo una revisión completa de las definiciones del departamento de los llamados liderazgo tóxico, acoso y novatadas para empoderar a los líderes para que apliquen los estándares sin temor a represalias o a que se cuestionen sus decisiones”.

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Y, por supuesto, el que no esté de acuerdo con la visión de Hegseth sobre el ejército tiene la puerta abierta: “Cuanto antes contemos con las personas adecuadas, antes podremos avanzar en las políticas adecuadas. Pero si las palabras que estoy diciendo hoy les entristecen, entonces deberían hacer lo honorable y dimitir. Les agradeceremos su servicio”.

 ElDiario.es – Internacional

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