La cazadora de cuero de Santiago Abascal está descascarillada a la altura de las cervicales, donde le palmean miles de seguidores por los pueblos de Castilla y León en la campaña electoral autonómica. Acabado el mitin, el presidente de Vox salta del pequeño escenario y centenares de personas en las plazas se arremolinan para saludarlo, hacerse fotos y pedirle autógrafos. Uno a uno, con paciencia tenaz, el líder de la ultraderecha española complace a todos con su mejor sonrisa, abrazos, besos y carantoñas a los bebés. Entre el gentío, alcanza finalmente su furgoneta, se alza sobre el estribo del vehículo y se despide: un último gesto que enloquece a la multitud como ya quisieran muchos cantantes. “¡Lo he visto, lo he visto! ¡Me ha tocado!”, se obnubilan chicos y grandes. La emoción que se respira en algunos pueblos tiene su reflejo en las encuestas, que auguran para ellos el mejor resultado de las convocatorias recientes, con una estimación de voto del 20,8%, 3,2 puntos más que en 2022, según la empresa de sondeos 40dB. Abascal ha acompañado por más de 60 pueblos al candidato regional, Carlos Pollán, ganándose las simpatías de los chavales de secundaria, los agricultores y ganaderos, pequeños comerciantes, camioneros o autónomos, a quienes cita constantemente. A unas pocas horas de que se abran las urnas, ya tiene la voz afectada. Y la cazadora de cuero, para tirarla.




El ascenso de la ultraderecha encuentra eco entre los agricultores cansados de burocracia y una multitud de muchachos de secundaria que lo siguen como a una estrella del rock
La cazadora de cuero de Santiago Abascal está descascarillada a la altura de las cervicales, donde le palmean miles de seguidores por los pueblos de Castilla y León en la campaña electoral autonómica. Acabado el mitin, el presidente de Vox salta del pequeño escenario y centenares de personas en las plazas se arremolinan para saludarlo, hacerse fotos y pedirle autógrafos. Uno a uno, con paciencia tenaz, el líder de la ultraderecha española complace a todos con su mejor sonrisa, abrazos, besos y carantoñas a los bebés. Entre el gentío, alcanza finalmente su furgoneta, se alza sobre el estribo del vehículo y se despide: un último gesto que enloquece a la multitud como ya quisieran muchos cantantes. “¡Lo he visto, lo he visto! ¡Me ha tocado!”, se obnubilan chicos y grandes. La emoción que se respira en algunos pueblos tiene su reflejo en las encuestas, que auguran para ellos el mejor resultado de las convocatorias recientes, con una estimación de voto del 20,8%, 3,2 puntos más que en 2022, según la empresa de sondeos 40dB. Abascal ha acompañado por más de 60 pueblos al candidato regional, Carlos Pollán, ganándose las simpatías de los chavales de secundaria, los agricultores y ganaderos, pequeños comerciantes, camioneros o autónomos, a quienes cita constantemente. A unas pocas horas de que se abran las urnas, ya tiene la voz afectada. Y la cazadora de cuero, para tirarla.
El incontestable éxito de Vox, el único de los grandes partidos que no deja de crecer entre los propios y de arañar apoyos ajenos, tiene unas pocas claves simples y directas que su presidente nacional repite como con un molde, lo mismo en Béjar que en Benavente, en Toro o en El Burgo de Osma, por donde este periódico ha seguido sus pasos durante cuatro días: la “invasión migratoria, el abandono del campo arrastrado por las políticas de Bruselas, la inseguridad y la falta de futuro de los jóvenes”. El cóctel encuentra eco y aplausos en la España rural, donde decenas de pueblos parecen estar en venta, casa tras casa, hasta edificios enteros cuelgan el mismo cartel: “Se vende”. El campo se presiente herido de muerte. “Si no se toman medidas ya, nos quedamos fuera”, se lamenta Emilio Romano, que se dedica al cereal y no quiere que su hijo le siga los pasos, ya no. Antes, en los pueblos, el que marchaba a la ciudad y encontraba allí acomodo era poco menos que un señoritín remilgado y sin agallas.





La tierra se queda ahora sin manos porque los padres no quieren esa herencia para los hijos, si estudian, tendrán que irse, razonan. “No cubrimos los costes de producción. Estoy tirando con la vieja maquinaria porque comprar un tractor son 200.000 euros. Yo empecé con uno de 80 caballos y ganaba más que ahora con el de 180. Los fertilizantes, el gasoil… mi economía ha ido a peor, nos están haciendo la vida imposible. No nos dejan trabajar a gusto, tenemos que plantar lo que nos mandan, son cosas absurdas. Para eso que nos digan que sobramos y que nos jubilen y ya está”, dice el agricultor de 57 años, de un pueblo, Losana, que solo tiene tres habitantes, por eso se ha ido a vivir a El Burgo de Osma, más animado. “Y coche p’arriba, coche p’abajo, gastando gasoil para ir a las parcelas”. No pierde la sonrisa ni cuando menciona la palabra burocracia, que paradójicamente es la que define hoy al campo: “Las mandingas que nos mandan hacer en Bruselas: un cuaderno para los fitosanitarios, otro para los tratamientos… y ahora hablan de un cuaderno digital, no hay quien rellene todo eso”, va recitando, con un coro de agricultores como él asintiendo a su lado. “Yo de joven voté al PSOE, cuando Felipe”, añade después, “y el PP en Castilla no lo ha hecho tan mal, en los pueblos no podemos pedir mucho”, dice frente al escenario de Vox donde en unos minutos se subirá el líder de la ultraderecha para cargar contra Bruselas.
Emilio espera de Abascal que los defienda en Europa, “ahora solo falta que lo que prometen sea verdad”, vuelve a reírse. El campo tiene reserva de esperanza porque, después de todo, reconoce este agricultor, se vive mejor que hace décadas, aunque hayan convertido la tierra en una oficina.
Las lluvias han dejado una primavera espectacular en León y en Castilla. Ovejas negras y blancas desordenan un ajedrez en los prados. Qué sabrán ellas del dichoso papeleo que trae a todos de cabeza. Pero hoy, sin las ayudas europeas, el campo naufragaría. “A nosotros lo verde nos ha jodido”, dice el hombre, y no se refiere a los pinos ni a la cebada, sino a algunas políticas ecológicas y sanitarias. “Y el PP también se está yendo a lo verdecito”, reprocha Emilio.

Abascal recoge con fuerza ese “grito de socorro” del campo, como le llama. Y también el de los pequeños comerciantes, “los que levantan cada mañana la persiana”, dice, y la cierran casi sin clientes, sucumbiendo ante las grandes multinacionales del abastecimiento doméstico que se han ido instalando en las cabeceras comarcales. Ese discurso lo compra Emilio; el de la inmigración, menos. “Yo estoy de acuerdo en que vengan legalmente, claro, a trabajar y pagar la Seguridad Social, no a cobrar paguitas, pero hay que reconocer que están haciendo los trabajos que aquí no se quieren”, afirma. Pero a base de repetir lo de la “invasión migratoria”, a muchos les ha ido calando un discurso radicalizado y racista que sonroja, por más que los de Vox anden ahora molestos con las palabras del candidato del PP por Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco, que en un debate les acusó de querer tirar a los migrantes al mar.
En Béjar (Salamanca) con las montañas nevadas y un frío que pela, una de las seguidoras de Abascal cuenta que en sus olivares claro que se necesita la mano de obra de los extranjeros, pero no todos son iguales, asegura. “No es porque sean negros, pero son de otra manera, roban, en mi casa entraron y se llevaron la motosierra, roban las desbrozadoras, los generadores de luz. Los rumanos son otra cosa”, dice Bersi Amor, jubilada ya, que trabajó 38 años en una fábrica de Barcelona cuando los de las Hurdes, donde ella vive, emigraban a la España próspera. “Era otra cosa, no la guarrería que hay ahora”. Su historia de migración no acaba ahí: lleva ese nombre por una virgen argentina, cuenta, porque sus padrinos cruzaron el océano para instalarse en otros países. “Antes éramos del PSOE, mis padres lo eran y lo teníamos arraigado. Ahora son tan basura como el PP”. Sí. Hubo un tiempo, allá por 1982, en que se decía que al PSOE le habían votado hasta los curas. Hoy, quien critica al partido, alaba a Felipe, y quien critica a Felipe es fiel al partido. Las vueltas que da la política.






¿Qué será de esos muchachos que tienen ahora 15 años y siguen a Vox y a su líder con un fanatismo encendido? Esos que dice Abascal en Béjar, en Pesquera y en Medina del Campo, que “no tienen edad para votar y ya se preocupan por su patria”. Al presidente de Vox le sigue siempre una nube de escolares que impresiona a todo el mundo. “Antes, la izquierda defendía el voto a los 16 años, ahora no, porque sabe que votarían por Vox”, clama el político desde los escenarios, donde le aplauden los jovenzuelos que se sientan a su espalda. A ellos les dedica sus mejores palabras. Los móviles vuelan, los niños se acercan al hombre al que admiran. “¡Qué más quisiera yo que poder votar!”, dice una chica de 15 años con los coloretes rosados del frío bejarano. Y todas las amigas miran las capturas del móvil con la imagen de su particular Cid Campeador. “¡Aquí está, aquí está, ha salido!”, dicen. Y ríen y corren tras él con aspavientos adolescentes. “Algo le verán”, mueve la cabeza sonriente Emilio, el agricultor. Abascal, espabilado, les pide que convenzan a sus padres para votar a Vox. Sabe bien el poder que tienen hoy en casa esos hijos, porque él mismo tiene cinco, cuenta tras el micrófono.
Y allí están, fieles como un pequeño ejército, los que han oído mil veces que son una generación sin futuro, que tendrán que marchar de su región o de su país, que nunca vivirán como vivieron sus padres. El problema de la vivienda ha venido a cuajar nubarrones en ese horizonte, pero a los 15 años, ¿quién se preocupaba de la vivienda, quién de la patria, quién sabe de ese Manolo Escobar o de los Hombres G que suenan en los altavoces para ir animando al electorado?

“Quince para dieciséis” tiene Laura y escucha el mitin en Benavente, la tarde noche está agradable. Se queja de que en su instituto “hay muchos migrantes que quieren imponer su cultura y que sueltan comentarios machistas y guarradas por la calle”. ¿Ni una sola amiga de otro país en el colegio? “Sí, una venezolana que es muy respetuosa”. Laura dice que en su pueblo no tendrá futuro, pero después asegura que prefiere vivir en una ciudad grande. “Yo quiero ser guardia civil de tráfico, como mi padre”. ¿Y no confía en conseguirlo? “Sí, sí”, no tiene ninguna duda. ¿Entonces, hay o no hay futuro? Entra al quite su amiga Natalia, de 17: “Lo mejor de Vox es que defiende a los agricultores”, como su abuelo, que siembra patatas y cebollas y eso…
Pero no se trata de patatas ni de cebollas, a decir de los expertos, sino de redes sociales y momento político. “Cuando se es muy joven no se piensa en economía ni en impuestos, sino en la oposición a lo establecido, y ya llevamos un tiempo de gobiernos de izquierda. A esas edades llaman más la atención los símbolos, las banderas”, dice Javier Carbonell, director del think tank (laboratorio de ideas) Future Policy Lab. Estos chicos han nacido sin el peso de la historia franquista española y “no solo no tienen complejos, sino que el complejo ha cambiado de bando, les es más fácil identificarse con lo que ven en las redes sociales que con la izquierda”, explica este experto en jóvenes y ultraderecha. Viven en las redes sociales y “Vox está muy profesionalizado en esa área, como todos los partidos nuevos, pero ellos especialmente”, señala también Stuart Turnbull-Duarte, profesor en la Universidad de Southampton, quien menciona la rebeldía de esos muchachos contra lo que ya conocen o votan sus padres. En efecto, no hay día en que las redes de Vox no publiquen videos con chavales saludando a Abascal, quien reprocha en sus mítines al presidente Pedro Sánchez que “quiere prohibir Tik Tok, porque sabe que los chicos están más informados ahí que en otros medios de comunicación”. Su explicación desencadena otra salva de aplausos.

Si Abascal pide a los jóvenes convencer en casa, a los adultos también les pone deberes, cinco votos cada uno tienen que sacar entre sus parientes, amigos o cualquier indeciso que encuentren. Y así, poco a poco, pueblo a pueblo, a esos rincones donde los grandes no suelen parar “sus autobuses con bocadillos”, se mofa el de Vox, va engordando él sus filas camino de las urnas. Si las encuestas decían que el partido ultra era el preferido de los jóvenes, ahora también son niños, si el de los hombres, ahora también son mujeres; Vox añade votos en el campo y en la ciudad. La marcha de la ultraderecha española va rellenando espacios en cada convocatoria electoral, con las mismas estrategias que usan sus pares en otros países, desprecio por la política tradicional y por el cambio climático, simplificando lo complejo en eslóganes sencillos y agitando el fantasma de la migración. “No se puede embrutecer a un país acostumbrando a la gente a no querer trabajar a base de paguitas”, dice sobre los extranjeros Carolina, que acaba de montar una pequeña empresa cárnica y da un nombre ficticio para este reportaje. A esas paguitas, “la pensión completa que reciben los migrantes mientras no llega para los españoles”, se refiere Abascal minutos después en Béjar.
Pero las proclamas de Vox no siempre se compadecen con la estadística. El último informe del Gobierno sobre el Ingreso Mínimo Vital (IMV), una paga de 545 euros de promedio, alcanzaba este febrero a 810.928 titulares de los cuales 668.659 son españoles y 141.994 de nacionalidad extranjera. 472,2 millones para ese mes, según datos del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. “Que trabajen y coticen, si es así, está bien”, apunta Emilio Romano bajo los soportales de la plaza de Burgo de Osma, a los pies de la imponente catedral. Pues bien, los últimos datos del Gobierno indican que ya hay más de tres millones de extranjeros aportando a las arcas de la Seguridad Social, de los cuales medio millón son autónomos.

La migración es la clave de bóveda del partido, el enemigo común en el que descargan sus frustraciones y contra el que se revuelven, aunque no lo vean, aunque figure en el décimo lugar entre las preocupaciones que manifiestan los castellanos y leoneses en las encuestas. Pero los seguidores de Vox lo sitúan, con un 69%, en la cúspide de sus malestares, por encima de todos los partidos, mientras que la vivienda solo lo menciona un 37,5% de ellos, o el paro, un 33,9%. Es la lluvia fina (o gruesa) que ha ido calando entre el electorado más extremo, lo mismo en España que en Francia o Estados Unidos.
Las gentes de Vox van perdiendo los complejos que antes les impedían salir a los mítines aunque depositaran ese voto en las urnas. Y hoy la foto es la de señores de sombrero de fieltro e indumentaria de montería, pero también la de lugareños normales y corrientes, hombres y mujeres con sus parkas acolchadas, con el carro del bebé o banderita española en la correa del perro; en chándal o ropa endomingada. Hasta jóvenes de pelos de colores. A todos ellos invoca Abascal con la marca clara de la ultraderecha, la presunta ausencia de ideología. “Me importa un rábano cómo nos llamen. Dicen fachas, ¿quiénes son los fachas? Pues todos vosotros, los que estáis hartos de que os pongan en el último lugar, los que luchamos por el campo, por los autónomos, por la seguridad de las mujeres, esas son nuestras prioridades, no la ideología”, y acto seguido pide el voto a “los del PP, a los socialistas, a los de Soria ya, a todos”. Y le aplauden, vaya si le aplauden. La plaza de Benavente (Zamora) el martes era una fiesta, exacto, con aires de verbena.
Vox es por ahora discurso y campaña, pero después hay que gobernar y a Abascal le susurran a la oreja que tiene que entenderse con el PP. “El solo no va a llegar, si no pacta le va a ir mal”, augura el agricultor de El Burgo de Osma. Y el propio Abascal reconoce desde su atril que se lo piden por todas partes: “Sabemos con quién nos tenemos que entender, pero es difícil negociar con ellos. El PP se cree que somos el coche escoba que va recogiendo a los decepcionados y que tenemos la obligación histórica de entregarle los votos”. El líder de Vox insiste en que no lo pondrá fácil y para muestra, Extremadura o Aragón. Entrar en los gobiernos puede ser el camino al descalabro. Si esos chicos que hoy tienen 15 años los ven de ministros y consejeros, ¿contra quién encauzarán mañana su rebeldía?

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