Lorca, las horas perdidas cosechó elogios por su factura, su apuesta por llevar la memoria histórica al prime time y la interpretación de Ángel Ruiz, pero expertos, uno de sus propios participantes y la ARMH cuestionan el peso que concede a las rencillas familiares; laSexta Columna, que esa misma noche ofreció un relato muy diferente del asesinato del poeta, ha terminado entrando de lleno en la polémica Leer Lorca, las horas perdidas cosechó elogios por su factura, su apuesta por llevar la memoria histórica al prime time y la interpretación de Ángel Ruiz, pero expertos, uno de sus propios participantes y la ARMH cuestionan el peso que concede a las rencillas familiares; laSexta Columna, que esa misma noche ofreció un relato muy diferente del asesinato del poeta, ha terminado entrando de lleno en la polémica Leer
Federico García Lorca murió hace 90 años y este fin de semana ha vuelto a ocurrir algo que probablemente él habría entendido demasiado bien: todos han querido contar quién era, por qué lo mataron y hasta qué punto su asesinato perteneció a la política, al odio, a las viejas rencillas de Granada o a todo ello a la vez. La diferencia es que esta vez la batalla se ha librado en televisión. Y con dos cadenas enfrentadas, aunque inicialmente ninguna hubiera planeado enfrentarse a la otra.
El viernes, La 1 estrenó Lorca, las horas perdidas, un documental producido por RTVE junto a El Rugido Producciones y construido con los códigos del true crime. Esa misma noche, laSexta Columna emitió 90 años buscando a Lorca: el poeta que sobrevivió al franquismo y ganó la guerra con su legado. Dos Lorcas. Dos maneras de acercarse a su asesinato. Dos relatos que, una vez terminada la emisión, acabaron chocando de frente. Y entonces estalló todo.
Porque Lorca, las horas perdidas es, televisivamente, un documental poderosísimo. Está extraordinariamente realizado, tiene ritmo, recreaciones cuidadas, una factura visual formidable y una interpretación de Ángel Ruiz que por momentos produce una extraña sensación: uno deja de ver al actor y empieza a aceptar a Federico. Eso mismo percibieron muchos espectadores. Las redes se llenaron de elogios al trabajo, a la decisión de colocar un documental histórico en pleno prime time, a su capacidad divulgativa y, especialmente, a Ángel Ruiz. «Pedazo de documental», «una maravilla», «imprescindible enseñarlo en las escuelas» o «veo a Ángel Ruiz y veo a Federico García Lorca» fueron algunas de las reacciones. Y la audiencia acompañó: 973.000 espectadores y un 11,4% de cuota, segunda opción de su franja.
José Pablo López, presidente de RTVE, celebró el resultado defendiendo una televisión «comprometida con la verdad histórica» y asegurando que el objetivo de la Corporación es «abrir el pasado, desmantelar los relatos del franquismo» y acercar la memoria a las nuevas generaciones. Y aquí empieza la paradoja.
Porque mientras el presidente de RTVE defendía precisamente eso, historiadores, especialistas en Lorca y la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica acusaban al documental de exactamente lo contrario: de despolitizar el asesinato del poeta y de dar un peso excesivo a las rencillas familiares como explicación de su muerte. Hasta uno de sus protagonistas se revolvió contra el resultado.
Víctor Fernández, periodista, investigador y uno de los expertos que aparecen en Lorca, las horas perdidas, afirmó después de verlo que no podía respaldarlo. Considera que el documental otorga demasiado peso a las riñas familiares y a la relación de La casa de Bernarda Alba con ellas, mientras «desviste de política a Lorca». El historiador de la Universidad de Granada Miguel Ángel del Arco Blanco lamentó igualmente la falta de contexto sobre el golpe de Estado y la violencia de los sublevados. La ARMH fue todavía más lejos y presentó una queja ante RTVE acusando a la producción de «revisionismo histórico».
Esta acusación de la ARMH no se limita, además, al peso que el documental concede a las rencillas familiares. La asociación sostiene que Lorca, las horas perdidas altera el contexto político en el que se produjo el asesinato al presentar el golpe de Estado de julio de 1936 como consecuencia de una situación de violencia previa atribuible a la Segunda República y al diluir la responsabilidad de los militares sublevados en la represión posterior. Según la ARMH, el resultado acaba «exculpando a los golpistas de 1936 del inicio de la guerra y responsabilizando a la Segunda República», al tiempo que desplaza hacia conflictos personales y familiares una explicación del crimen que, a su juicio, no puede separarse de la represión desencadenada por los sublevados en Granada. Es precisamente esa modificación de la jerarquía de causas -más que la mera aparición de las disputas familiares, cuya existencia está documentada- lo que lleva a la asociación a hablar de revisionismo.
Aquí es donde conviene separar la indignación de la Historia. Porque las rencillas familiares no son una invención del documental. Existieron. La enemistad entre los García Rodríguez y los Roldán estaba documentada y algunos investigadores han estudiado durante décadas el posible papel de esos enfrentamientos locales en la cadena que acabó llevando a Lorca ante sus asesinos. Incluso la relación con la familia que inspiró La casa de Bernarda Alba merece más cuidado del que permite una frase contundente en una red social.
Es verdad que La casa de Bernarda Alba no se estrenó hasta el 8 de marzo de 1945 en Buenos Aires y que aquel mismo año apareció allí su primera edición. Pero también es cierto que Lorca había terminado la obra antes de morir y había anunciado en prensa su existencia; Universo Lorca recoge incluso que la noticia llegó a los herederos de Francisca Alba. Por tanto, afirmar que aquella familia no podía saber nada de la obra porque todavía no se había publicado tampoco resuelve el debate histórico. El problema de Lorca, las horas perdidas no está en contar esa hipótesis. Está en cuánto pesa. Ahí está la cuestión.
Un true crime necesita sospechosos, móviles, bifurcaciones, incógnitas, pistas que aparecen y desaparecen. Necesita que durante un instante el espectador crea que pudo ser A, después B y después C. Es un mecanismo televisivo fantástico. El problema aparece cuando ese mecanismo se coloca sobre un hecho histórico en el que no todas las hipótesis tienen el mismo peso ni todos los contextos pueden colocarse en idéntico plano.
Porque sobre la muerte de Lorca quedan incógnitas. Sobre quién tomó exactamente cada decisión, sobre determinados participantes, sobre la localización de sus restos, sobre el peso concreto de enemistades personales… Pero el marco en el que fue asesinado no es una incógnita.
Granada estaba en manos de los sublevados. Lorca fue detenido el 16 de agosto de 1936 en casa de los Rosales por un grupo encabezado por Ramón Ruiz Alonso, ex diputado de la CEDA. Fue llevado al Gobierno Civil, controlado entonces por el comandante José Valdés Guzmán. Los intentos de los Rosales por salvarlo fracasaron. Después fue trasladado hacia Víznar y asesinado, sin juicio ni sentencia, en la carretera entre Víznar y Alfacar.
Y Lorca tampoco era un hombre políticamente vacío. No militaba en un partido, pero eso no significa que careciese de posición política. Estuvo al frente de La Barraca, el proyecto teatral universitario de la Segunda República que llevó los clásicos españoles por pueblos y zonas rurales; había firmado manifiestos y mantenía posiciones públicas que lo situaban en el espacio cultural progresista de la época. Su homosexualidad formó también parte del desprecio con el que algunos de quienes participaron en aquella represión se referían a él. Convertir todo eso en simple decorado mientras se ilumina con un gran foco la pelea entre familias altera inevitablemente la percepción del espectador.
Entonces apareció laSexta. Porque quiso la casualidad televisiva que, mientras La 1 convertía las últimas horas de Federico en un true crime, laSexta Columna estuviera contando esa misma noche otra historia del mismo hombre. Su documental hizo prácticamente el movimiento contrario: situó desde el principio a Lorca dentro del contexto político, cultural y represivo de 1936.
Explicó La Barraca y el rechazo que despertó entre sectores de la derecha; contó los registros sufridos por la familia; recordó la acusación contra Lorca de ser un supuesto «espía ruso»; reconstruyó su detención; habló de Ramón Ruiz Alonso, del Gobierno Civil, de Víznar, de Alfacar y de los otros tres hombres asesinados junto a él: el maestro Dióscoro Galindo y los banderilleros Francisco Galadí y Joaquín Arcollas.
Y laSexta Columna, viendo la que se había organizado, no resistió la tentación. «Nuestro documental, por si has visto alguna cosa por ahí que te ha dejado mal sabor de boca», publicó al día siguiente en X. El dardo llevaba destinatario aunque no hiciera falta escribir su nombre.
Así que el fin de semana terminó convirtiendo a Lorca en una inesperada batalla entre televisiones. Una batalla que, curiosamente, demuestra algo que ambos documentales pretendían demostrar: que 90 años después Federico García Lorca sigue siendo una herida que no termina de cerrarse.
Y quizá la gran equivocación sería obligarnos a elegir entre un Lorca asesinado exclusivamente por una conspiración de familias enemistadas y un Lorca sin ninguna clase de conflicto personal alrededor. La Historia suele ser bastante más incómoda.
Las enemistades pudieron existir y pudieron intervenir. Investigarlas es legítimo. Contarlas también. El error aparece cuando la fascinación por la hipótesis termina desplazando el hecho que permite entender todas las demás piezas: Federico García Lorca fue detenido por hombres vinculados a las fuerzas que se habían sublevado contra la República, quedó bajo autoridad de los responsables de la represión en Granada y fue asesinado sin juicio. Ese suelo histórico no debería moverse para fabricar suspense.
Porque ésa es, en el fondo, la contradicción de Lorca, las horas perdidas. Como televisión es magnífico por momentos. Como interpretación, Ángel Ruiz es impresionante. Como ejercicio para devolver a Federico al prime time resulta incluso emocionante. Como true crime, consigue exactamente lo que pretende: que el espectador dude, sospeche y quiera saber. Pero la Historia no siempre puede contarse como un true crime.
En un crimen sin resolver se pregunta quién lo hizo. En el asesinato de Lorca quedan muchas preguntas, pero otras llevan décadas contestadas. Y si para mantener el misterio hay que colocar al mismo nivel lo probado, lo probable y lo posible, el suspense termina ganándole terreno a la Historia.
Quizá por eso la polémica ha durado todo el fin de semana. Quizá por eso hasta una cadena rival decidió sacar pecho. Y quizá por eso Lorca sigue siendo Lorca 90 años después. Lo mataron. Lo escondieron. Nunca encontraron su cuerpo. Pero todavía seguimos discutiendo cómo contar por qué lo mataron.
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