
Ceuta es tierra rara. Rara porque es Europa, pero está en África; porque uno puede nadar del mar al océano; porque en ella conviven en armonía no tres, sino cuatro culturas: musulmana, cristiana, hebrea e hindú. Así rezaba la campaña publicitaria que el año pasado animaba al turismo a visitar el curioso e inexplorado enclave español cuya frontera con Marruecos en el Tarajal explotó la semana pasada con el cruce de más de 70.000 personas, originando una crisis humanitaria que acabó con decenas de muertos bajo el agua. La ciudad aún no recobra el pulso, pero el espigón que divide los territorios ya se ha prolongado en una barrera flotante de medio kilómetro. Más puertas al mar que acartonan la fluida relación que en otros tiempos tuvieron a un lado y otro de la raya, cuando no se sellaba ni el pasaporte, dicen los que añoran aquellos tiempos en que el domingo se pasaba a Marruecos a comprar el pan y los dulces y los marroquíes entraban a España y salían cargados de cualquier cosa que cupiera bajo las mantas que se echaban a la espalda. La pandemia de coronavirus cerró las puertas de par en par en 2020, dando el golpe de gracia a un trasiego comercial, social y cultural que ya venía dañado, entre otras cosas por las entradas migratorias.
En la ciudad, que alberga cuatro culturas, se añoran los años del paso fluido hacia Marruecos, enrarecido ahora con la migración y moribundo desde la pandemia
Ceuta es tierra rara. Rara porque es Europa, pero está en África; porque uno puede nadar del mar al océano; porque en ella conviven en armonía no tres, sino cuatro culturas: musulmana, cristiana, hebrea e hindú. Así rezaba la campaña publicitaria que el año pasado animaba al turismo a visitar el curioso e inexplorado enclave español cuya frontera con Marruecos en el Tarajal explotó la semana pasada con el cruce de más de 70.000 personas, originando una crisis humanitaria que acabó con decenas de muertos bajo el agua. La ciudad aún no recobra el pulso, pero el espigón que divide los territorios ya se ha prolongado en una barrera flotante de medio kilómetro. Más puertas al mar que acartonan la fluida relación que en otros tiempos tuvieron a un lado y otro de la raya, cuando no se sellaba ni el pasaporte, dicen los que añoran aquellos tiempos en que el domingo se pasaba a Marruecos a comprar el pan y los dulces y los marroquíes entraban a España y salían cargados de cualquier cosa que cupiera bajo las mantas que se echaban a la espalda. La pandemia de coronavirus cerró las puertas de par en par en 2020, dando el golpe de gracia a un trasiego comercial, social y cultural que ya venía dañado, entre otras cosas por las entradas migratorias.
Los ceutíes recuerdan aquellas vallas ovejeras que permitían saltar a Marruecos a jugar un rato y de vuelta a casa cuando la madre servía la cena. La altura fue creciendo y llenándose de espinas, pero la frontera seguía siendo un camino transitable que propiciaba un fértil intercambio. “Echo mucho de menos aquellos años de juventud. Cuatro parejas de amigos nos alquilábamos por meses una casa, que más que casa era mansión en la playa marroquí, al lado, y entrábamos a Ceuta a trabajar y salíamos a Marruecos a comer y pasar la tarde. Era muy barato, pero bueno, también dábamos trabajo allí y dejábamos nuestro dinero; creo que era un buen intercambio”, dice Nisha Aswani, de ascendencia india, ahora con 50 años.
En Ceuta hay una “ultraespañolidad”, dicen muchos; da igual el credo que tenga cada quien, porque se saben en una tierra distinta que la política pisa de puntillas para no despertar rugidos diplomáticos y, de tarde en tarde, los ceutíes se sienten malqueridos, ignorados o abandonados por esa razón. Son españoles y europeos, repiten en cualquier momento. En esta última crisis se escuchó a un hombre decir en un video publicado por el diario El Faro de Ceuta: “Nuestra euroseguridad y nuestro primer mundo se nos han caído”. Hoy, la frontera no es solo física, cada vez se van deteriorando más esas relaciones entre ceutíes y marroquíes que fueron tiempo atrás suaves como la superficie de un arroyo, lamenta el arquitecto Carlos Pérez Marín, incansable promotor cultural que une puentes entre los dos países a través de talleres y diversos proyectos.
La ciudad ha vivido un auge tecnológico y cierta efervescencia empresarial que la ha convertido en un lugar de calidad para vivir, donde la procedencia y los credos no desestabilizan el día a día como ocurre en otras partes de España. Muchos creen ahora que si la entrada multitudinaria, cercana en número a la población censada de la localidad española, hubiera ocurrido en otra parte de España, el caos habría derivado en violencia como atizado con yesca. Pérez Marín cree que el “desconocimiento que muestran algunos políticos, diplomáticos o responsables de algunas instituciones sobre la cultura marroquí” es demoledor y solo contribuye a sembrar piedras en el buen camino. “Y eso lo pagamos los que estamos en la primera línea, que somos los de Ceuta”. En zonas tensionadas, cualquier aleteo hace temblar el suelo. Ocurrió con la ocupación marroquí del islote de Perejil, en 2002. Pérez Marín recibía llamadas inquietas sobre la situación en la ciudad autónoma. “Por entonces montamos exposiciones de artistas marroquíes en Ceuta y vino hasta el alcalde de Larache. ¿Cómo lo has conseguido?, me preguntaban. Intentándolo, les dije. Solo intentándolo”.
Pese a los avances, la ciudad siempre ha vivido bajo el síndrome del “por si acaso”, que inspiraba el ahorro para comprar una casita en la península. Por si acaso. Y no son pocos los que lo han hecho, en San Fernando, en Algeciras o en Málaga, que abre el camino al mundo con su aeropuerto internacional. Donde sea y por si acaso. Las últimas entradas migratorias de carácter ingobernable que han puesto en jaque a la ciudad y a España han dejado un poso de miedo y desasosiego que también ha enrarecido las relaciones entre vecinos ceutíes, que se recriminaban unos a otros las ayudas a los muchachos que entraron por el mar. O esas amenazas que llegan desde Marruecos, porque han visto y se han quedado con la cara de quienes no recibieron precisamente con agua a los jóvenes que llegaban desfallecidos.
El camino de entrada y salida fue en otros tiempos amigable. “Íbamos al mercado los domingos y nos traíamos para comer una semana y en verano entrábamos todos los días. Marruecos ha subido de precio y ya no se pueden comprar algunas cosas porque España endureció su frontera para resguardar el comercio local y las colas en el paso fronterizo se han hecho más pesadas; a veces, con el coche pueden durar horas, ya no merece la pena”, reflexiona con nostalgia Nisha Aswani. Recuerda también el “contrabando permitido” y cómo volaban redondos atadillos de cualquier cosa envueltos en mantas para alcanzar el otro lado de la frontera como pelotas de voleibol. Eran días de vino y rosas, o de whisky y pinchitos a la brasa, para ser más exactos.
Hasta que llegó la pandemia, mucho más tenebrosa que aquel brote de cólera en Marruecos que dio lugar al primer vallado en 1971. La frontera no ha vuelto a ser la misma. Y la cólera política, instalada en medio mundo contra la migración, con perniciosas actitudes por parte de las autoridades marroquíes, abona el cierre del intercambio entre sociedades que un día fue. Pérez Marín, que conoce exhaustivamente la historia del enclave español desde siglos atrás, señala además el Estrecho de Gibraltar como el elemento que complica aún más las decisiones políticas, a la altura del Estrecho de Ormuz o del canal de Suez. “Un bloqueo en estas aguas sería fatal para la economía mundial” y de eso son conscientes desde Estados Unidos a China, vienen a decir. Los peligros de fuera suelen unir a los de dentro. Y en esta crisis la unión de los partidos políticos en la ciudad ha sido entera, excepción hecha de Vox, que tiene en Ceuta una plaza complicada por su ideario antimusulmán. Los musulmanes han hecho la vida imposible a personajes como Alvise o Vito Quiles o el propio Abascal estos días, que han llegado a la ciudad y han recibido más de una pitada cuando no un acorralamiento inquietante. “Esto no es Torre Pacheco”, les gritaban los islámicos, que enarbolaban su españolidad y venían a decirles que se fueran con sus monsergas islamófobas a otra parte. Que en la ciudad autónoma hay más que cristianos.
En agosto de 2017, los hindúes sacaron en procesión a su dios Ganesh, con cabeza de elefante y vistoso colorido, y lo llevaron hasta las puertas de Santa María de África para que rindiera honores a la patrona de la ciudad, en una prueba más de la loable convivencia confesional de las cuatro culturas. Bramó el obispo de Cádiz, Rafael Zornoza, que aquello le parecía un sacrilegio, y se llevó por delante al vicario de la ciudad autónoma. No tuvo en cuenta el prelado el hecho singular de Ceuta, donde conviven en buena vecindad gentes de varias raleas que siempre supieron abrir caminos.
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