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  Cultura  Nannarella eterna
Cultura

Nannarella eterna

febrero 28, 2026
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No seremos pocos los que brindemos por Anna Magnani el próximo 7 de marzo, aniversario de su nacimiento. Por la ‘loba y vestal’, que dijo Federico Fellini; por la actriz que logró, según Eduardo de Filippo, que hasta ‘el empedrado de Roma’ gritara a su muerteNota al pie – Tres días
Decía Fellini, hablando de La Dolce Vita (1960), que para desilusión de bastantes, el título de la película “no tenía ninguna intención moralista o denigrante”; su Roma, es decir, esa Roma suya en concreto, sólo tenía un significado: “que, a pesar de todo, la vida tiene una dulzura profunda de la que no se puede renegar” (Conversaciones con Fellini, de Giovanni Grazzini). Ni frecuentaba Via Veneto ni le interesaban en principio los nobles ni entendía lo suficiente de orgías como para rodar el penúltimo episodio; y hasta eso encaja en el significado en cuestión, como demuestra el hecho de que, creyéndolo un entendido en la materia, invitara a Pasolini a cenar y este le contestara que “de orgías burguesas” no sabía nada y que, además, no conocía a nadie que hubiera participado en una. Aquella Roma era “una ciudad interior”, un planteamiento distinto al de esa maravilla de tintes documentales que es su Roma de 1972.

Albert Einstein se sumó a una afirmación literaria verdaderamente antigua cuando, en su carta de pésame a la familia de su difunto amigo Michelle Besso (1955), escribió aquello de que “la distinción entre pasado, presente y futuro no es más que una obstinadamente duradera ilusión”; una ilusión que salta por los aires en la película del 72 y que, desde mi punto de vista, lo hace de forma especial a través de una actriz que vuelve sola a casa, rechaza a un Fellini empeñado en entrevistarla (“no me fío de ti”, le endilga) y se despide de él con un cortante “buenas noches” en el portal de su domicilio real de entonces, lo que Tennessee Williams llamo “los altos” del Palazzo Altieri en sus Memorias. Nadie podía saber que sería la última película del simbolo della città, “loba y vestal” a la vez, como la define el propio director en la secuencia: Anna Magnani, Nannarella de romanísimo apodo, nacida un 7 de marzo –no seremos pocos los que brindemos por ella esta semana– y fallecida un 26 de septiembre.

Magnani fue muchas mujeres romanas durante su larga carrera cinematográfica; entre otras, la novia del antifascista en Roma ciudad abierta, de Roberto Rossellini; la verdulera de Abajo la riqueza, de Gennaro Righelli; la artista frustrada en Bellísima, de Luchino Visconti; la prostituta de Mamma Roma, de Pier Paolo Pasolini y ella misma, como ya se ha dicho. Muchas mujeres o muchas Romas, según se entienda, y todas ellas establecen una conexión atemporal en su despedida callejera de Fellini con la despedida de los frescos que se difuminan en la escena de la obra del Metro, al contacto con el aire exterior. No es que sean lo mismo, obviamente; tampoco es igual el descreimiento y la ironía de una actriz cansada que esa protesta contra la intromisión de la modernidad que parece haber en los rostros policromados que miran brevemente a los operarios y desaparecen; pero, del mismo modo en que Anita Ekberg y Marcello Mastroianni apelan en La Dolce Vita a la “dulzura profunda” de vivir, Magnani y nuestros antepasados apelan a la de la todas las vidas y todos los tiempos que han sido y serán.

Esto último es importante, porque no se trata de una ensoñación; ni siquiera en el sentido de la ficción que “genera una nueva realidad, la realidad del arte”, en palabras de Visconti (Il cinema antropomorfico. Revista Cinema, 1943), sino de la propia realidad, a secas. Magnani es Magnani en Roma; los fugaces rostros, nosotros. Se podría afirmar, sin dejar todavía al realizador lombardo, que no son finales como los de Pietro Germi y Vittorio de Sica en El camino de la esperanza y Milagro en Milán, respectivamente; no son cosas que “no existen en la realidad social” (Storia di una crisi in ‘Bellissima’); y al entrar en contacto con el carácter de Nannarella, cercano a la descripción que hace Fellini en Roma, añade un factor de permanencia que multiplica el efecto. Al fin y al cabo, era “la mujer menos convencional” de la Tierra, como recuerda un hombre tan poco convencional como su gran amigo Williams en sus mencionadas Memorias, que por cierto no deberían faltar en la biblioteca de ningún amante del teatro. 

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Decía Fellini, hablando de La Dolce Vita (1960), que para desilusión de bastantes, el título de la película “no tenía ninguna intención moralista o denigrante”; su Roma, es decir, esa Roma suya en concreto, sólo tenía un significado: “que, a pesar de todo, la vida tiene una dulzura profunda de la que no se puede renegar” (Conversaciones con Fellini, de Giovanni Grazzini). Ni frecuentaba Via Veneto ni le interesaban en principio los nobles ni entendía lo suficiente de orgías como para rodar el penúltimo episodio; y hasta eso encaja en el significado en cuestión, como demuestra el hecho de que, creyéndolo un entendido en la materia, invitara a Pasolini a cenar y este le contestara que “de orgías burguesas” no sabía nada y que, además, no conocía a nadie que hubiera participado en una. Aquella Roma era “una ciudad interior”, un planteamiento distinto al de esa maravilla de tintes documentales que es su Roma de 1972.

Albert Einstein se sumó a una afirmación literaria verdaderamente antigua cuando, en su carta de pésame a la familia de su difunto amigo Michelle Besso (1955), escribió aquello de que “la distinción entre pasado, presente y futuro no es más que una obstinadamente duradera ilusión”; una ilusión que salta por los aires en la película del 72 y que, desde mi punto de vista, lo hace de forma especial a través de una actriz que vuelve sola a casa, rechaza a un Fellini empeñado en entrevistarla (“no me fío de ti”, le endilga) y se despide de él con un cortante “buenas noches” en el portal de su domicilio real de entonces, lo que Tennessee Williams llamo “los altos” del Palazzo Altieri en sus Memorias. Nadie podía saber que sería la última película del simbolo della città, “loba y vestal” a la vez, como la define el propio director en la secuencia: Anna Magnani, Nannarella de romanísimo apodo, nacida un 7 de marzo –no seremos pocos los que brindemos por ella esta semana– y fallecida un 26 de septiembre.

Magnani fue muchas mujeres romanas durante su larga carrera cinematográfica; entre otras, la novia del antifascista en Roma ciudad abierta, de Roberto Rossellini; la verdulera de Abajo la riqueza, de Gennaro Righelli; la artista frustrada en Bellísima, de Luchino Visconti; la prostituta de Mamma Roma, de Pier Paolo Pasolini y ella misma, como ya se ha dicho. Muchas mujeres o muchas Romas, según se entienda, y todas ellas establecen una conexión atemporal en su despedida callejera de Fellini con la despedida de los frescos que se difuminan en la escena de la obra del Metro, al contacto con el aire exterior. No es que sean lo mismo, obviamente; tampoco es igual el descreimiento y la ironía de una actriz cansada que esa protesta contra la intromisión de la modernidad que parece haber en los rostros policromados que miran brevemente a los operarios y desaparecen; pero, del mismo modo en que Anita Ekberg y Marcello Mastroianni apelan en La Dolce Vita a la “dulzura profunda” de vivir, Magnani y nuestros antepasados apelan a la de la todas las vidas y todos los tiempos que han sido y serán.

Esto último es importante, porque no se trata de una ensoñación; ni siquiera en el sentido de la ficción que “genera una nueva realidad, la realidad del arte”, en palabras de Visconti (Il cinema antropomorfico. Revista Cinema, 1943), sino de la propia realidad, a secas. Magnani es Magnani en Roma; los fugaces rostros, nosotros. Se podría afirmar, sin dejar todavía al realizador lombardo, que no son finales como los de Pietro Germi y Vittorio de Sica en El camino de la esperanza y Milagro en Milán, respectivamente; no son cosas que “no existen en la realidad social” (Storia di una crisi in ‘Bellissima’); y al entrar en contacto con el carácter de Nannarella, cercano a la descripción que hace Fellini en Roma, añade un factor de permanencia que multiplica el efecto. Al fin y al cabo, era “la mujer menos convencional” de la Tierra, como recuerda un hombre tan poco convencional como su gran amigo Williams en sus mencionadas Memorias, que por cierto no deberían faltar en la biblioteca de ningún amante del teatro. 

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Albert Einstein se sumó a una afirmación literaria verdaderamente antigua cuando, en su carta de pésame a la familia de su difunto amigo Michelle Besso (1955), escribió aquello de que “la distinción entre pasado, presente y futuro no es más que una obstinadamente duradera ilusión”; una ilusión que salta por los aires en la película del 72 y que, desde mi punto de vista, lo hace de forma especial a través de una actriz que vuelve sola a casa, rechaza a un Fellini empeñado en entrevistarla (“no me fío de ti”, le endilga) y se despide de él con un cortante “buenas noches” en el portal de su domicilio real de entonces, lo que Tennessee Williams llamo “los altos” del Palazzo Altieri en sus Memorias. Nadie podía saber que sería la última película del simbolo della città, “loba y vestal” a la vez, como la define el propio director en la secuencia: Anna Magnani, Nannarella de romanísimo apodo, nacida un 7 de marzo –no seremos pocos los que brindemos por ella esta semana– y fallecida un 26 de septiembre.

 elDiario.es – Cultura

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