EL MUNDO visita el rodaje de Operación Baby, la miniserie de Disney+ sobre el secuestro de Mélodie Nakachian. Javier Ruiz Caldera reconstruye un caso que paralizó a España y cuya resolución estuvo marcada por una sucesión de casualidades que aún hoy parecen imposibles de creer Leer EL MUNDO visita el rodaje de Operación Baby, la miniserie de Disney+ sobre el secuestro de Mélodie Nakachian. Javier Ruiz Caldera reconstruye un caso que paralizó a España y cuya resolución estuvo marcada por una sucesión de casualidades que aún hoy parecen imposibles de creer Leer
Hay un silencio extraño dentro de la iglesia de Brunete -no piense en esta localidad madrileña, piense que es Estepona-. No es el silencio solemne de un templo, sino el de un rodaje cuando todo está preparado y nadie se atreve a romper el momento. Un policía mira fijamente a una mujer. Ella es una testigo clave. Ha entregado al parroco una cartera, parece un objeto cualquiera, perdido por alguien cualquiera. Pero no lo es. Aquella cartera encontrada por azar en el paseo de Benalmádena acabaría convirtiéndose en una de las piezas que permitió resolver uno de los secuestros que más han conmociondo a España.
«Acción»
Durante unos segundos vuelve noviembre de 1987.
No hay teléfonos móviles, ni redes sociales, ni notificaciones instantáneas. Hay carretes de película, cintas de vídeo que recorren decenas de kilómetros para llegar a tiempo al Telediario de los dos canales que existían por aquel entonces, periodistas esperando durante horas frente a una mansión y un país entero pendiente de una niña de cinco años: Mélodie Nakachian.
Estamos en una de las localizaciones donde Disney+ rueda Operación Baby, la miniserie de cuatro episodios con la que Javier Ruiz Caldera reconstruye los 11 días que mantuvieron en vilo al país tras el secuestro de la hija del empresario libanés Raymond Nakachian y la cantante coreana Kimera. No es una producción sobre un crimen cualquiera. Es la reconstrucción de un episodio que cambió para siempre la relación entre los medios de comunicación, la protección de los menores y la forma en la que España entendió un secuestro retransmitido casi en tiempo real.
Mientras los actores repiten una y otra vez la conversación entre los investigadores y Paloma, la mujer que entregó aquella cartera decisiva para la investigación, Ruiz Caldera observa el monitor. Apenas interviene. Corrige un gesto, ajusta una pausa, un rayo de luz incómodo sobre una piedra, deja que la escena respire. «Hoy justamente es una secuencia muy tranquila», nos comenta después. «Tienes 20 actores moviéndose al mismo tiempo y mi trabajo consiste muchas veces en molestar lo menos posible para que todo resulte auténtico».
El director de Superlópez, 3 bodas de más o Anacleto: Agente secreto a punto estuvo de no aceptar un proyecto que cuando se estrene tiene todas las papeletas para ser un pelotazo. Acababa de terminar una película y estaba agotado. Pero cuando le hablaron de Operación Baby apenas necesitó unos minutos para decidirse: «Pensé: ‘no sé cómo esta historia no se había contado antes'».
Lo que le sedujo no fue únicamente el secuestro. Fue descubrir todo lo que escondía detrás.
«Hay cosas que, si las escribieras en un guion original, alguien diría que son inverosímiles. Pero ocurrieron exactamente así. Hubo tantas casualidades, tanto factor suerte, que la realidad supera continuamente a la ficción«, asegura. Y esa sensación acompaña durante toda la visita al rodaje.
Porque Operación Baby no intenta convertir el caso Nakachian en un thriller al uso. Más bien descubre que el mejor suspense ya estaba escrito hace casi 40 años.
Ahí está esa cartera encontrada por casualidad. Ahí está una Marbella donde convivían centenares de Rolls-Royce con apenas unos pocos coches patrulla. Ahí están unos policías de una pequeña comisaría obligados a enfrentarse, de repente, a una investigación internacional. Ahí está también una prensa que hoy resultaría irreconocible: cámaras entrando prácticamente en la intimidad de la familia, periodistas retransmitiendo cada movimiento y una cobertura que acabaría provocando un profundo debate sobre la protección de los menores.
«Este caso cambió muchas cosas. Fue clave para regular cómo podían tratar los medios la imagen de un niño», recuerda Ruiz Caldera. La serie se detiene antes, en los 11 días del secuestro, pero deja asomar una España que hoy parece lejanísima.
Después de varias tomas, Javier Ruiz Caldera no habla de interpretación. Habla de ritmo. De silencios. De la mirada que tiene que intercambiar el inspector con Paloma. De la propia Paloma y su pudor para que nadie creyera que cogió la cartera para quedarse el dinero. Pide que una pausa dure apenas un segundo más. «Otra», dice. Nadie protesta.
«Queríamos que pareciera que realmente estamos viviendo aquellos días. Que el espectador sienta el calor de Marbella, el sudor, la tensión, la ropa, la forma de hablar…»
Es precisamente ahí donde se entiende por qué el director insiste tanto en que no quería hacer una recreación de museo. Ni una colección de peinados imposibles y hombreras gigantes. «Lo importante no era disfrazar a los actores de los años 80», explica después. «Queríamos que pareciera que realmente estamos viviendo aquellos días. Que el espectador sienta el calor de Marbella, el sudor, la tensión, la ropa, la forma de hablar…». El objetivo, dice, era que nadie sintiera que estaba viendo una postal nostálgica, sino un thriller vivo.
Ese viaje al pasado es casi tan importante como el propio secuestro. Operación Baby no habla únicamente de una niña desaparecida. Habla de un país que todavía vivía pendiente del informativo de las nueve. De una España donde la televisión era el gran punto de encuentro colectivo y donde millones de personas siguieron prácticamente en directo el avance de una investigación que parecía no tener fin.
El director reconoce que, durante la documentación, descubrió una dimensión del caso que desconocía. «Lo que más me sorprendió fue comprobar hasta qué punto aquello tuvo repercusión internacional. Todos recordábamos el secuestro, pero no éramos conscientes de cómo colocó a España en el foco informativo mundial».
La investigación, además, está llena de episodios que hoy resultarían difíciles de aceptar en un guion de ficción. No porque sean exagerados, sino precisamente porque parecen demasiado improbables. La cartera encontrada por una ciudadana anónima. Las casualidades que fueron encajando unas con otras. La mezcla constante entre un enorme despliegue policial y un componente de azar que los propios investigadores terminaron reconociendo. «Hay momentos que parecen milagrosos», resume Ruiz Caldera. «Si esto fuera una ficción original, muchos espectadores pensarían que los guionistas se lo han inventado».
Por eso el equipo ha visto horas de archivo, ha entrevistado a policías que participaron en la investigación, ha hablado con personas que estuvieron dentro de la mansión de los Nakachian e incluso con algunos de los protagonistas reales para encontrar matices que nunca trascendieron públicamente.
Durante la conversación aparece una idea una y otra vez: el respeto.
Ruiz Caldera insiste en que no buscaba imitaciones ni caricaturas. Tampoco convertir a nadie en héroe absoluto o villano perfecto. «Nuestro objetivo era que las personas reales se reconocieran en los personajes. Aquí no hay grandes héroes ni grandes villanos. Hay una sociedad entera movilizándose para rescatar a una niña».
Quizá por eso sorprende que quien ha firmado algunas de las comedias más exitosas del cine español defina Operación Baby como «un thriller ochentero con final feliz». No renuncia a la tensión. Pero tampoco a la luz.
«A mí me produce cierto rechazo la oscuridad permanente. Incluso en una historia tan angustiosa había espacio para el humor, para el costumbrismo y para el reencuentro», afirma.
Porque el gran hallazgo de esta serie que verá la luz en 2027 quizá no sea reconstruir un secuestro, sino recuperar el retrato de una España que todavía funcionaba a otro ritmo. Un país que esperaba el Telediario para saber si había novedades, donde las cintas viajaban en coche hasta Málaga para llegar a tiempo a la emisión y donde una simple cartera encontrada por una ciudadana anónima podía terminar cambiando el destino de una niña y de toda una investigación.
Quizá por eso Operación Baby llega en un momento especialmente oportuno. En una época en la que las plataformas han convertido el true crime en uno de sus géneros estrella, la serie propone algo diferente. No busca reabrir un caso ni alimentar el morbo. Tampoco convertir a los secuestradores en protagonistas. Lo que intenta es explicar por qué aquel secuestro cambió tantas cosas: la manera de investigar, la relación entre la Policía y los medios, la protección de los menores y la propia imagen internacional de un país que todavía estaba construyendo su democracia.
Cuando termina la jornada de rodaje, la cartera vuelve a una caja de atrezzo. Los focos se apagan. La iglesia recupera su silencio. Pero cuesta dejar de pensar en la extraordinaria fuerza de los pequeños gestos. Porque hace casi 40 años una mujer encontró una cartera que un hombre que le dio mala espina perdió. La entregó al parroco, éste a la Policía y siguió con su vida. Nunca imaginó que aquel acto cotidiano acabaría formando parte de uno de los episodios más recordados de la crónica negra española. Ni que, casi cuatro décadas después, un equipo de más de un centenar de personas volvería a reunirse para recrearlo plano a plano. Ese es, quizá, el mayor logro de Operación Baby: recordar que, a veces, las historias más increíbles no salen de la imaginación de un guionista. Ya ocurrieron. Y fueron exactamente así.
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