Como nuevo investigador de Mask Singer, Juan y Medio acudió a El Hormiguero. Fue solo una excusa, pues tener al presentador es como tener un libro viviente de mil historias, de mil vidas vividas Leer Como nuevo investigador de Mask Singer, Juan y Medio acudió a El Hormiguero. Fue solo una excusa, pues tener al presentador es como tener un libro viviente de mil historias, de mil vidas vividas Leer
Una historia vivida por Juan y Medio y contada por Juan y Medio, vale por mil historias que cualquier otro pudiese haber vivido. Se lo decía anoche Pablo Motos durante su visita a El Hormiguero: «Me encanta la gente a la que le pasan cosas». A lo que el propio Juan y Medio respondía con una frase que también cuenta una historia: «Le pasan a todo el mundo, pero yo es que me acuerdo».
Ver a Juan y Medio, aunque de vez en cuando se deja querer, en un programa de la televisión nacional es casi, casi, casi un milagro. Vive, y así terminará sus mil vidas, por y para su programa en Canal Sur, La tarde, aquí y ahora. Es tal el carisma de Juan y Medio frente a la cámara, la consciencia de los directivos televisivos de su éxito, que de vez en cuando, por no decir cada vez que hay una nueva temporada, le llueven las propuestas para dar el salto a la televisión nacional. Seguramente, lo seguirán intentando y, seguramente, recibirán la misma respuesta que desde hace años contesta a todos: «No».
Y es por eso que cuando Atresmedia anunció el nuevo panel de investigadores de la nueva temporada de Mask Singer, ver en él a Juan y Medio fue la mayor de las sorpresas. Sí, la excusa para que Juan y Medio fuese anoche el invitado de El Hormiguero era su especial labor en Mask Singer. Pero fue una excusa. De hecho, poco se habló de Mask Singer, pero es que hubiera sido desperdiciar una oportunidad única, la de tener a Juan y Medio solo para uno, frente a frente, y con ganas de hacer lo que lleva años haciendo: entretener. Anoche, Juan y Medio lo disfrutó, pero el que se lo pasó pirata fue sin duda Pablo Motos.
Arrancó la entrevista por Mask Singer y siguió por su programa en Canal Sur. Un programa que, después de 18 años, está haciendo ahora sus mejores datos de audiencia y es líder cada tarde en Andalucía. Pero no es una cuestión de éxito por lo que Juan y Medio no se va de ese programa ni por todo el oro del mundo, es por lo que supone para Juan y Medio la labor que este programa, el cual produce su propia productora y tiene su versión en Castilla-La Mancha, con Ramón García al frente, y ahora también en breve en la televisión gallega, hace por las personas que sufren una lacra que no se ve, pero se siente: la soledad.
No habrá vez que uno pregunte a Juan y Medio por La tarde, aquí y ahora que este no se transforme en el adalid, el justiciero, el hidalgo caballero a lomos de blanco corcel de las personas mayores. «Sentirte útil, por lo menos en mi caso, que he sido tan inútil, y ayudar a gente que espera salir del programa con alguien, sin estar solo, e hijos que les ayuden, me cuesta algo que me llene más». No hay mejor explicación ni justificación: «Sentirte útil», «ayudar a otros».
Porque para Juan y Medio es «revolucionario» que «dos octogenarios, porque así los llamo yo, se muerdan la boca». Y cuando vuelven y le dicen «¿sabes que viajo, sabes que me beso?». «No me puedo ir a otro lado». Nadie duda de la labor de servicio público que realiza el programa de Juan y Medio, que presenta cada día junto a Eva Sierra; absolutamente nadie puede dudar, pero, más allá de ese servicio con la sociedad, hay que saber hacerlo, hay que saber reflejar esa pasión que a Juan y Medio le recorre la médula espinal cada tarde cuando se encienden las cámaras. Si hay alguien que sepa cómo contar las cosas, cómo hacer que lleguen, cómo lograr que traspasen la cuarta pared, ese es sin duda alguna Juan y Medio.
Concede pocas entrevistas, pero cuando las concede no hay quien caiga rendido a su relato y, por ende, a él mismo. Juan y Medio tiene la capacidad de convertir en oro cualquier relato, por muy poca cosa que pueda parecer. Probablemente sea porque para Juan y Medio cualquier historia es digna de ser contada. La importancia de una historia también radica en la importancia que uno le dé. La sensación es que Juan y Medio da importancia a cualquiera de esas historias que le llegan cada día, pero también a la suya propia, a las mil vidas que parece haber vivido este hombre, que empezó siendo el mánager de los Hombres G, siguió siéndolo con Bertín Osborne (ahora contamos la realidad de cómo se conocieron) y ahora es el hombre que cada tarde acaba con una historia de soledad.
Y tal vez sea por todo esto que Juan y Medio logra embaucar a todo el que se sienta con él. Anoche, embaucó, como ya ocurriera en su anterior visita, hace ya demasiado tiempo, a Pablo Motos, que acabó entregado a la vida de Juan y Medio. Una vida que cuando uno la escucha cuesta imaginar quién ahora cada tarde se entrega a sus mayores. Una vida que vale, insisto, mil vidas.
«Tienes 30 huesos rotos», le lanzó en uno de esos cambios de tercio tan habituales en El Hormiguero para abrir nuevos melones con los invitados. El ser humano en la edad adulta tiene 206 huesos; Juan y Medio se ha roto el 15 % de ellos. Dice que su madre lo justifica asegurando que es porque es «sietemesino», él lo justifica diciendo que era «muy inquieto». Se ha roto el coxis, y unas cuantas cosas más, pero es lo que tiene ser un vividor de historias, que todo le puede pasar.
Y Pablo Motos, que se prepara las entrevistas como si el invitado fuera una de las máscaras de Mask Singer, sabía muy bien anoche de dónde tirar para que Juan y Medio rompiese la piñata. Y comenzó por el día que Juan y Medio sufrió una arritmia en su casa. No sé si la historia vale la pena por eso que decía al principio de este texto sobre que son cosas que le han pasado a cualquiera, pero es que Juan y Medio se acuerda de ellas; no sé si es por cómo las cuenta, que también tiene su mérito, pero seguro que otro cualquiera que haya sufrido una arritmia no lo cuenta como lo hace Juan y Medio ni tampoco lo vivió como lo vivió Juan y Medio, que acabó en la sala de Urgencias del hospital al que le llevaron sus hermanos descubriendo por qué desde que fue ingresado no paraban de pasar miembros del personal médico femenino, mirándole como si en lugar de una arritmia hubiese llegado de Saturno.
La historia es la mayor chorrada que uno se pueda imaginar, pero, al igual que le pasó a Pablo Motos, esta historia en Juan y Medio y contada por Juan y Medio, doblega a cualquiera.
Resulta que tiempo antes de que le diera la arritmia, Juan y Medio fue a un programa donde le regalaron una gorra, una camiseta y unas cuantas cosas más. Aquella camiseta, que guardó para convertirse en camiseta de estar por casa, desapareció durante mucho tiempo. Y fue cuando se mudó de casa «cuando alguien la colocó entre las camisetas a usar». El día que le dio la arritmia, mientras esperaba a que sus hermanos llegaran, Juan y Medio decidió ponerse la camiseta de estar por casa sin fijarse en lo que llevaba escrito. Se fue al hospital, dio sus datos, ingresó, pero algo extraño pasaba.
«Observo que me miran raro y que entre ellas murmuran, gente que mira y se va. Y alguien me dice: «¿Has visto lo que pone la camiseta?»». Hubo redoble de tambores en El Hormiguero: «Ponía… «la que no folle que no entretenga»». Tan real como que en cuestión de segundos en la pantalla de detrás del invitado de El Hormiguero apareció la camiseta en cuestión.
Juan y Medio había abierto un melón, que Pablo Motos no estaba dispuesto a parar. «Tú lo pasarías mal, pero mira el buen rato que nos has hecho pasar al resto», le dijo el presentador. Más razón que un santo.
Pablo Motos quería más: «¿Cómo fue el día que ayudaste a enterrar al perro de un amigo?». Y aquí ya Juan y Medio acabó por doblegar a Pablo Motos. Hace muchos años, noche de borrachera no se sabe si del amigo, de Juan y Medio o de ambos. Juan y Medio lleva a su amigo a casa, le deja y pone rumbo a la suya. Eran las cinco de la mañana. No regresó a su casa, creo que ni él lo recuerda. El amigo le llama y le dice que tiene que ayudarle, que el perro de sus padres no aparece. Juan y Medio regresa, se ponen a buscar al perro. No aparece por ningún lado hasta que en mitad de un camino el perro aparece muerto.
«El perro no se mueve. Y me dice mi amigo: «Hay que enterrarlo». Saca una pala. Te digo una cosa, si el perro no se hubiera muerto, lo hubiera matado yo. Hago el hoyo, entierro al perro, chorreando de sudor… Llegamos a su casa, abre la puerta y sale el perro. Y me dice: «¡Qué alegría!». A día de hoy no sabemos de quién era el perro que enterramos». Y como esas, decenas y decenas, desde el bote de habichuelas en las que convirtió el coche en el que viajó con unos amigos a África, el cual se transformó «en un parque temático para las moscas», hasta el día que perdió la puerta de la furgoneta en la que llevaba a los Hombres G. Una vida mil veces vivida.
Eso sí, las historias de Juan y Medio las cuenta él, pues ha aprendido mucho de lo que ocurre cuando es otro el que cuenta el relato. Y es por eso por lo que anoche Juan y Medio quiso cerrar la entrevista contando la verdad de cómo se conocieron él y Bertín Osborne, una historia que contó ya en el programa de Bertín, pero que se convirtió en el objetivo de decenas de «comentarios sanguinolentos». Sí, se conocieron en un club de alterne de carretera, pero no porque alguno de los dos estuviera allí, sino porque fue al lado de ese club de alterne donde Bertín Osborne pinchó una rueda y donde Juan y Medio tuvo que ir a cambiársela. En aquella entrevista, «bajé el capote y entró todo el mundo, los ofendiditos». No es lo que se cuenta sino cómo se cuenta.
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