El actor regresa a la comedia tras el derrame cerebral que casi le cuesta la vida y convierte la vejez, la muerte y los límites del humor en el material más personal de su carrera Leer El actor regresa a la comedia tras el derrame cerebral que casi le cuesta la vida y convierte la vejez, la muerte y los límites del humor en el material más personal de su carrera Leer
Jamie Foxx tiene 58 años, un Oscar, un Grammy y, desde hace tres, la certeza de que vive de prestado. El derrame cerebral que en 2023 lo dejó al borde de la muerte ya alimentó su anterior monólogo, What Had Happened Was… (Netflix, 2024). Ahora ha vuelto con Take Care of Yourself, su quinto especial de comedia, que llega el 7 de octubre a Hulu y Disney+. Grabado en Oakland, la ciudad donde le descubrieron en 1991, y con su hija Anelise sobre el escenario, es, según él, el primero en el que no se esconde. «Siempre huí de lo personal. Incluso cuando contaba algo íntimo era una historia inventada. Este especial soy yo de verdad«, asegura en un encuentro virtual con periodistas internacionales en el que estuvo presente EL MUNDO.
El actor, que cita a Arsenio Hall, Richard Pryor y a Whoopi Goldberg como sus ídolos, reconoce que pasó más de una década sin material. Tenía contrato para hacer comedia y nada que contar. «¿De qué iba a hablar? Tengo un Range Rover, tengo una mansión. Eso no tiene gracia», admite. Los cómicos, sostiene, escriben desde la ruina, y por eso mantiene su casa «un poco jodida a propósito», con un grifo que salpica a los invitados. A Eddie Murphy, cuenta, le advirtió de que su mansión era demasiado perfecta para volver a los clubes. A él, el trauma de verse al borde de la muerte lo devolvió al oficio: se vio «en la pelea de mi vida por seguir vivo» y su punto de vista cambió.
También cambió su público. Foxx hizo la cuenta antes de salir a escena: si a los 22 años lo iban a ver espectadores de 40, hoy sus seguidores rondan los 70. Se asomó al telón y vio que estaban «poniendo los scooters en fila». De ahí nace el eje del nuevo espectáculo, la vejez, un tema que había esquivado siempre. «Nunca quise hablar de hacerme mayor», confiesa quien todavía se tiñe y se deja ver en discotecas donde, relata, lo reconocen las compañeras de clase de su hija. La caída que narra en el especial ocurrió de verdad, y contarla le resulta «liberador. Es correr hacia ello».
«Los cómicos no estamos destruyendo el mundo. Sabemos quiénes lo hacen, pero nos dan un poco de miedo, así que es más fácil decir que el cómico me arruinó la vida»
Sobre los límites del humor, Foxx defiende al gremio sin hacerse el mártir. «Creo que nos estamos equivocando. Culpar al cómico es lo fácil. Los cómicos no estamos destruyendo el mundo. Sabemos quiénes lo hacen, pero nos dan un poco de miedo, así que es más fácil decir que el cómico me arruinó la vida», argumenta. Aun así, admite que retiró de sus dos últimos especiales los chistes más espinosos para que no devoraran el resto. Los guarda para un escenario sin cámaras que ha montado en su casa, donde reúne a otros humoristas. «Hacemos los chistes que no se pueden contar. Nos cancelarían en los primeros 30 segundos», bromea. Después deciden entre todos cómo empaquetarlos para una nueva generación. «Hay que saber moverse», resume.
El título, Take Care of Yourself, suena a consejo y es casi un parte médico. «Si no tuviera estos chistes, estaría muerto», afirma, y recuerda que, postrado en la camilla, pedía que le pusieran comedia para que su cuerpo se alimentara de esa energía. «Ahora escucho los chistes de otra manera y miro la vida de otra manera», continúa. Desde entonces, ve la vida como una foto del móvil con el primer filtro, el que lo ilumina todo, y dice que ya no sabe procesar tonterías. Un anciano de 97 años se lo resumió hace poco: «Vive, Foxx. Solo estamos de paso».
«No quiero apagar nunca mi luz»
De su hija Anelise, «fundamental para que yo siga vivo», ha aprendido además a bajar revoluciones. Ella le pide calma y lo llama «chalant«, lo contrario de nonchalant, despreocupada, como se define a sí misma. Él tiene la réplica preparada: «¡Pues lo chalant paga un montón de cosas! A la gente en mi posición la evalúan muchas veces por cómo le salen los hijos. La mía tiene su propio espíritu, lo suyo. Es increíble».
Con una película de boxeo pendiente de estreno, Fight for ’84, y más monólogos en cartera, Foxx sostiene que hoy la comedia va en cabeza entre todos sus oficios, porque la risa es inmediata y le afila como actor. Cuando ganó el Oscar por Ray, recuerda, su equipo no quería que volviera a los chistes. Él regresó al Madison Square Garden a bromear sobre un supuesto romance con Oprah Winfrey. Dice que ya no compite con nadie, como cuando se medía con Martin Lawrence o los Wayans, y que tampoco necesita el escenario. «No es una necesidad. Es divertido», zanja. Lo que no piensa hacer es lo que ha visto en colegas que subieron demasiado alto y se fueron diluyendo con el tiempo: «No quiero apagar nunca mi luz».
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