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  Cultura  ‘El último arrebato’, el documental que analiza el enigma Ivan Zulueta a través de sus Super 8 y sus amigos de su juventud
Cultura

‘El último arrebato’, el documental que analiza el enigma Ivan Zulueta a través de sus Super 8 y sus amigos de su juventud

noviembre 28, 2025
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La cinta dirigida por Marta Medina y Enrique López Lavigne, en cuyo guion participa también Jaime Chávarri, explora la misteriosa y esquiva personalidad del autor de ‘Arrebato’, obra de culto del cine posfranquista de la movida madrileñaLos secretos detrás de ‘Anatomía de un instante’: Alberto Rodríguez analiza su serie sobre el golpe de Estado del 23F
En 2013, ante la inminente demolición de Villa Aloha, una de las últimas mansiones señoriales de la colina que asoma sobre el paseo de Miraconcha, en San Sebastián, se retiraron de la casa las pertenencias del postrer habitante hasta su muerte en 2009: el cineasta donostiarra Iván Zulueta. Entre ellas se encontraron numerosas cajas –se habla de 40– que contenían material creativo de Zulueta, en especial numerosas películas en formato Super 8 que el director había grabado en su juventud antes de lanzarse al cine profesionalmente.

En su corta pero singular carrera, Zulueta logró rodar dos obras tan peculiares como Un, dos, tres, el escondite inglés (1970) y sobre todo Arrebato (1979), considerada por algunos como la gran obra maestra del cine de la llamada movida madrileña –con permiso de Pedro Almodóvar su cinta La ley del deseo– y una de las obras más reivindicables de la cinematografía española del último medio siglo. Aunque difieren las crónicas sobre quien ostentó la propiedad de los mismos, los rollos rescatados fueron finalmente vendidos a la Filmoteca Española en 2021, que los exhibió públicamente, revelando aspectos hasta entonces ignorados del cine del artista guipuzcoano.

El descubrimiento no es cuestión baladí si se tiene en cuenta la fascinación que ejercen tanto Arrebato como el propio Zulueta, y su enigmática y elusiva personalidad, sobre numerosos cinéfilos que en estos años han intentado acercarse a la figura del creador guipuzcoano para tratar de entender por qué, tras su estreno, se retiró del mundanal ruido en Villa Aloha, la casa familiar, y apenas volvió a salir ocasionalmente a pesar de que la película fue ganando adeptos a lo largo de los años.

De este modo, no han sido pocos los documentales de insignes “arrebatólogos” que se adentran en el universo de Zulueta y su casi única obra, para reinterpretar una película llena de guiños y metáforas, que unos quieren ver como una reflexión sobre el poder destructor de la heroína –adicción que profesaba Zulueta– y otros, en cambio, refieren al paraíso perdido de la infancia o incluso la obsesión enfermiza de un creador por su obra. Así, el también cineasta Andrés Duque logra en Iván Z. Entrar en el mundo de Villa Aloha cuando Zulueta todavía vivía, en 2004. Tres este hito, parecía que carecía de sentido seguir incidiendo en el análisis de Zulueta y su obra.
Los rollos de Super 8 y ‘El último arrebato’
Pero precisamente del descubrimiento de los rollos de Super 8 en la mansión donostiarra en ruinas, se sirven Marta Medina y Enrique López Lavigne para dar una nueva vuelta de tuerca a la “arrebatología” y hacer un último acercamiento a la figura de Iván Zulueta y su mundo. Ambos han dirigido El último arrebato, contando para el guion con Jaime Chávarri, uno de los grandes amigos en vida de Zulueta y autor de El desencanto (1976), otra de las exquisitas rarezas que nos dejó el cine de la Transición.

“Conocía a Jaime porque me dio clase de dirección de actores hace diez años en la ECAM”, explica Medina en videoconferencia con elDiario.es junto a Lavigne. Este añade que habían establecido un contacto previo con él durante la proyección en 2021 de los rollos de Super 8 de Zulueta y que entonces supieron de la amistad entre ambos, de modo que cuando se decidieron a rodar un documental, le contactaron.

Marta Medina y Enrique López Lavigne, directores de ‘El último arrebato’

“Al principio se mostró muy receloso”, asegura Medina, que desvela que Chavarri no veía nada claro “el realizar otro documental más sobre Arrebato”, por lo que le propusieron intervenir en el guion y buscar un ángulo novedoso para el proyecto, cosa que Chavarri aceptó.

“Le apetecía volver a rodar, pero en esta ocasión como actor”, apunta Lavigne, que apostilla que la idea de El último arrebato surge cuando descubre “abandonado en una residencia de Carabanchel” a Paco Hoyos, uno de los principales distribuidores de cine en el pasado y que “era el detentor de la titularidad de los derechos de Arrebato”, cinta que, asegura, arrastra una oscura trama de titularidades no resuelta.

Marta Fernández Muro en un fotograma de ‘El último arrebato’

De este modo nació El último arrebato, un documental que no quiere en realidad ser tal, sino que se ha pensado como un híbrido entre la investigación y una fabulación en torno a los mensajes que esconce la cinta de Zulueta. En especial, el poder vampírico de la cámara que en el filme utiliza Will More y que luego lega a Eusebio Poncela, en la película el director de cine José Sirgado.
El príncipe del planeta Villa Aloha
En este sentido, y jugando con los efectos de la citada cámara sobre quienes graba, que a su vez están grabando El último arrebato, la película de Medina y López Lavigne abre un debate sobre las causas de la corta andadura artística del cineasta vasco, su retiro prematuro y su muerte en soledad. ¿Fue la adicción a la heroína lo que marcó su vida tras Arrebato? ¿O bien es la obsesión enfermiza de Zulueta por su obra lo que simboliza la cámara que en la película graba a Poncela hasta consumirlo? A este respecto, Lavigne explica que “en un momento del documental que graba Duque [Iván Z.] Zulueta dice que todo el mundo culpa a la heroína de su retirada cuando la realidad es que sin la heroína no hubiera podido rodar Arrebato”.

No obstante, y este es el mayor valor de El último arrebato, para resolver el dilema, los directores contactan, además de con Chávarri, con otros amigos del círculo de Zulueta en aquel Madrid caótico, hedonista y volátil del posfranquismo. Así, pasa por delante de la cámara –la de Medina y Lavigne, pero también la de Will More– entre otros el testimonio de Carlos Astiarraga, entonces pareja de Zulueta, que desvela entre lágrimas cómo le perdió por culpa de la adicción que profesaba el cineasta.

También Eusebio Poncela cuenta su experiencia con Zulueta y con Arrebato, desvelando que el fracaso comercial de la cinta afectó a su director profundamente. Otro de los testimonios es el de Marta Fernández Muro, que explica la complejidad del mundo interior de Zulueta, un mundo que, apuntan Lavigne y Medina, “se revela en los cortos en Super 8 como limitado a los contornos de Villa Aloha, de donde parecía no querer salir”. “En esa casa cabía todo su universo”, opina la directora de El último arrebato.
Los testimonios, gran valor de ‘El último arrebato’
“Si te fijas, cuando filma una gota de agua en uno de los cortos, lo que se refleja es Villa Aloha, era todo lo que le importaba”, remacha Lavigne, codirector y productor de cintas como Lo imposible de J. J. Bayona. Para ambos, Zulueta fue un artista que solo abandonó su caparazón de infancia durante los años de cineasta para luego regresar a su planeta personal, que abandono pocas veces, para refugiarse de un mundo que no comprendía. Como El Principito de Saint Exupéry. A este respecto, cuenta en Iván Z. el ya fallecido crítico Antonio Gasset –que también tuvo un papel en Arrebato–, que en una ocasión Zulueta bajó de Villa Aloha y se personó en el Festival de San Sebastián vestido de aviador a la antigua, como si fuera el mismísimo Saint Exupéry.

Cecilia Roth en un fotograma de ‘Arrebato’

Pero quizás los testimonios más conmovedores, y, por tanto, más valiosos, de El último arrebato sean los de Virginia Montenegro, viuda del pintor Vicente Ameztoy y la mejor amiga del realizador, así como el de Chávarri. La primera, que estuvo junto a él hasta el último momento de su larga dolencia, relata un episodio de especial crudeza en torno a la enfermedad de Zulueta. En segundo, que asegura en la cinta que fue gracias a él que se decidió a ser cineasta, reunido con Montenegro en la casa de esta en Villabona, le pide perdón por haberla dejado tantos años sola al cuidado del amigo común y se culpa de haberlo abandonado cuando más lo necesitaba.

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De este modo, a pesar de algunos momentos confusos, el poso que deja El último arrebato es profundo y perturbador, en especial para aquellos y aquellas obsesionados con la figura de un cineasta tan singular como Iván Zulueta, que con una sola película logró sacudir –y podría bien decirse que arrebatar– la historia del cine español de los últimos 50 años. La cinta dirigida por Marta Medina y Enrique López Lavigne, en cuyo guion participa también Jaime Chávarri, explora la misteriosa y esquiva personalidad del autor de ‘Arrebato’, obra de culto del cine posfranquista de la movida madrileñaLos secretos detrás de ‘Anatomía de un instante’: Alberto Rodríguez analiza su serie sobre el golpe de Estado del 23F
En 2013, ante la inminente demolición de Villa Aloha, una de las últimas mansiones señoriales de la colina que asoma sobre el paseo de Miraconcha, en San Sebastián, se retiraron de la casa las pertenencias del postrer habitante hasta su muerte en 2009: el cineasta donostiarra Iván Zulueta. Entre ellas se encontraron numerosas cajas –se habla de 40– que contenían material creativo de Zulueta, en especial numerosas películas en formato Super 8 que el director había grabado en su juventud antes de lanzarse al cine profesionalmente.

En su corta pero singular carrera, Zulueta logró rodar dos obras tan peculiares como Un, dos, tres, el escondite inglés (1970) y sobre todo Arrebato (1979), considerada por algunos como la gran obra maestra del cine de la llamada movida madrileña –con permiso de Pedro Almodóvar su cinta La ley del deseo– y una de las obras más reivindicables de la cinematografía española del último medio siglo. Aunque difieren las crónicas sobre quien ostentó la propiedad de los mismos, los rollos rescatados fueron finalmente vendidos a la Filmoteca Española en 2021, que los exhibió públicamente, revelando aspectos hasta entonces ignorados del cine del artista guipuzcoano.

El descubrimiento no es cuestión baladí si se tiene en cuenta la fascinación que ejercen tanto Arrebato como el propio Zulueta, y su enigmática y elusiva personalidad, sobre numerosos cinéfilos que en estos años han intentado acercarse a la figura del creador guipuzcoano para tratar de entender por qué, tras su estreno, se retiró del mundanal ruido en Villa Aloha, la casa familiar, y apenas volvió a salir ocasionalmente a pesar de que la película fue ganando adeptos a lo largo de los años.

De este modo, no han sido pocos los documentales de insignes “arrebatólogos” que se adentran en el universo de Zulueta y su casi única obra, para reinterpretar una película llena de guiños y metáforas, que unos quieren ver como una reflexión sobre el poder destructor de la heroína –adicción que profesaba Zulueta– y otros, en cambio, refieren al paraíso perdido de la infancia o incluso la obsesión enfermiza de un creador por su obra. Así, el también cineasta Andrés Duque logra en Iván Z. Entrar en el mundo de Villa Aloha cuando Zulueta todavía vivía, en 2004. Tres este hito, parecía que carecía de sentido seguir incidiendo en el análisis de Zulueta y su obra.
Los rollos de Super 8 y ‘El último arrebato’
Pero precisamente del descubrimiento de los rollos de Super 8 en la mansión donostiarra en ruinas, se sirven Marta Medina y Enrique López Lavigne para dar una nueva vuelta de tuerca a la “arrebatología” y hacer un último acercamiento a la figura de Iván Zulueta y su mundo. Ambos han dirigido El último arrebato, contando para el guion con Jaime Chávarri, uno de los grandes amigos en vida de Zulueta y autor de El desencanto (1976), otra de las exquisitas rarezas que nos dejó el cine de la Transición.

“Conocía a Jaime porque me dio clase de dirección de actores hace diez años en la ECAM”, explica Medina en videoconferencia con elDiario.es junto a Lavigne. Este añade que habían establecido un contacto previo con él durante la proyección en 2021 de los rollos de Super 8 de Zulueta y que entonces supieron de la amistad entre ambos, de modo que cuando se decidieron a rodar un documental, le contactaron.

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“Al principio se mostró muy receloso”, asegura Medina, que desvela que Chavarri no veía nada claro “el realizar otro documental más sobre Arrebato”, por lo que le propusieron intervenir en el guion y buscar un ángulo novedoso para el proyecto, cosa que Chavarri aceptó.

“Le apetecía volver a rodar, pero en esta ocasión como actor”, apunta Lavigne, que apostilla que la idea de El último arrebato surge cuando descubre “abandonado en una residencia de Carabanchel” a Paco Hoyos, uno de los principales distribuidores de cine en el pasado y que “era el detentor de la titularidad de los derechos de Arrebato”, cinta que, asegura, arrastra una oscura trama de titularidades no resuelta.

Marta Fernández Muro en un fotograma de ‘El último arrebato’

De este modo nació El último arrebato, un documental que no quiere en realidad ser tal, sino que se ha pensado como un híbrido entre la investigación y una fabulación en torno a los mensajes que esconce la cinta de Zulueta. En especial, el poder vampírico de la cámara que en el filme utiliza Will More y que luego lega a Eusebio Poncela, en la película el director de cine José Sirgado.
El príncipe del planeta Villa Aloha
En este sentido, y jugando con los efectos de la citada cámara sobre quienes graba, que a su vez están grabando El último arrebato, la película de Medina y López Lavigne abre un debate sobre las causas de la corta andadura artística del cineasta vasco, su retiro prematuro y su muerte en soledad. ¿Fue la adicción a la heroína lo que marcó su vida tras Arrebato? ¿O bien es la obsesión enfermiza de Zulueta por su obra lo que simboliza la cámara que en la película graba a Poncela hasta consumirlo? A este respecto, Lavigne explica que “en un momento del documental que graba Duque [Iván Z.] Zulueta dice que todo el mundo culpa a la heroína de su retirada cuando la realidad es que sin la heroína no hubiera podido rodar Arrebato”.

No obstante, y este es el mayor valor de El último arrebato, para resolver el dilema, los directores contactan, además de con Chávarri, con otros amigos del círculo de Zulueta en aquel Madrid caótico, hedonista y volátil del posfranquismo. Así, pasa por delante de la cámara –la de Medina y Lavigne, pero también la de Will More– entre otros el testimonio de Carlos Astiarraga, entonces pareja de Zulueta, que desvela entre lágrimas cómo le perdió por culpa de la adicción que profesaba el cineasta.

También Eusebio Poncela cuenta su experiencia con Zulueta y con Arrebato, desvelando que el fracaso comercial de la cinta afectó a su director profundamente. Otro de los testimonios es el de Marta Fernández Muro, que explica la complejidad del mundo interior de Zulueta, un mundo que, apuntan Lavigne y Medina, “se revela en los cortos en Super 8 como limitado a los contornos de Villa Aloha, de donde parecía no querer salir”. “En esa casa cabía todo su universo”, opina la directora de El último arrebato.
Los testimonios, gran valor de ‘El último arrebato’
“Si te fijas, cuando filma una gota de agua en uno de los cortos, lo que se refleja es Villa Aloha, era todo lo que le importaba”, remacha Lavigne, codirector y productor de cintas como Lo imposible de J. J. Bayona. Para ambos, Zulueta fue un artista que solo abandonó su caparazón de infancia durante los años de cineasta para luego regresar a su planeta personal, que abandono pocas veces, para refugiarse de un mundo que no comprendía. Como El Principito de Saint Exupéry. A este respecto, cuenta en Iván Z. el ya fallecido crítico Antonio Gasset –que también tuvo un papel en Arrebato–, que en una ocasión Zulueta bajó de Villa Aloha y se personó en el Festival de San Sebastián vestido de aviador a la antigua, como si fuera el mismísimo Saint Exupéry.

Cecilia Roth en un fotograma de ‘Arrebato’

Pero quizás los testimonios más conmovedores, y, por tanto, más valiosos, de El último arrebato sean los de Virginia Montenegro, viuda del pintor Vicente Ameztoy y la mejor amiga del realizador, así como el de Chávarri. La primera, que estuvo junto a él hasta el último momento de su larga dolencia, relata un episodio de especial crudeza en torno a la enfermedad de Zulueta. En segundo, que asegura en la cinta que fue gracias a él que se decidió a ser cineasta, reunido con Montenegro en la casa de esta en Villabona, le pide perdón por haberla dejado tantos años sola al cuidado del amigo común y se culpa de haberlo abandonado cuando más lo necesitaba.

De este modo, a pesar de algunos momentos confusos, el poso que deja El último arrebato es profundo y perturbador, en especial para aquellos y aquellas obsesionados con la figura de un cineasta tan singular como Iván Zulueta, que con una sola película logró sacudir –y podría bien decirse que arrebatar– la historia del cine español de los últimos 50 años.  

En 2013, ante la inminente demolición de Villa Aloha, una de las últimas mansiones señoriales de la colina que asoma sobre el paseo de Miraconcha, en San Sebastián, se retiraron de la casa las pertenencias del postrer habitante hasta su muerte en 2009: el cineasta donostiarra Iván Zulueta. Entre ellas se encontraron numerosas cajas –se habla de 40– que contenían material creativo de Zulueta, en especial numerosas películas en formato Super 8 que el director había grabado en su juventud antes de lanzarse al cine profesionalmente.

En su corta pero singular carrera, Zulueta logró rodar dos obras tan peculiares como Un, dos, tres, el escondite inglés (1970) y sobre todo Arrebato (1979), considerada por algunos como la gran obra maestra del cine de la llamada movida madrileña –con permiso de Pedro Almodóvar su cinta La ley del deseo– y una de las obras más reivindicables de la cinematografía española del último medio siglo. Aunque difieren las crónicas sobre quien ostentó la propiedad de los mismos, los rollos rescatados fueron finalmente vendidos a la Filmoteca Española en 2021, que los exhibió públicamente, revelando aspectos hasta entonces ignorados del cine del artista guipuzcoano.

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