El programa de Pablo Motos arranca su temporada 21 exhibiendo músculo, mirando al futuro y con una inesperada y sincera conversación con Carlos Latre sobre su marcha a Telecinco, el fracaso de Babylon Show, el sufrimiento y su regreso: «Solo estoy donde quiero estar y donde soy feliz» Leer El programa de Pablo Motos arranca su temporada 21 exhibiendo músculo, mirando al futuro y con una inesperada y sincera conversación con Carlos Latre sobre su marcha a Telecinco, el fracaso de Babylon Show, el sufrimiento y su regreso: «Solo estoy donde quiero estar y donde soy feliz» Leer
Cuando un programa lleva 21 años en televisión, tal vez, lo más difícil sea volver cada temporada y sorprender. No, intentarlo, sino hacerlo. Y, tal vez, el rizo del rizo sea sorprender, pero hacerlo de la manera que nadie espera que se haga. Pues El Hormiguero es lo que hizo anoche con el estreno de su temporada 21. Sorprendió, pero no como los espectadores esperábamos que lo hiciera, acostumbrados a que grandes invitados abran el telón; acostumbrados a colosales espectáculos. Bastó una charla, sin más, para que El Hormiguero lo volviese a hacer. Sin más.
Hay regresos que se solucionan con un «qué alegría tenerte de nuevo», un abrazo, un par de chistes y aquí no ha pasado nada. Y luego está Pablo Motos. «¿No crees que es el momento de explicarle a la gente por qué te fuiste a Telecinco a competir contra nosotros?». Primera noche de la temporada 21 de El Hormiguero. Carlos Latre acababa de regresar al programa que abandonó hace dos años para intentar volar solo. Y Pablo Motos no iba a dejar que aquel elefante se quedara paseando por el plató como si nadie lo viera.
Lo curioso es que El Hormiguero había comenzado apenas unos minutos antes demostrando que, cuando quiere enseñar músculo, pocos programas de televisión pueden competir con él. Una legión de robots humanoides recorriendo la calle Alcalá de Madrid detrás de Pablo Motos, entrando en el plató y colocándose a su espalda. La imagen era tan excesiva como profundamente Hormiguero. La temporada 21 no podía empezar con discreción. Oficialmente son 15 los robots que se incorporan este curso al universo del programa. La tecnología y, sobre todo, la Inteligencia Artificial serán una de las grandes apuestas de esta temporada.
Pero Pablo Motos no los había sacado a pasear sólo porque quedaran espectaculares en televisión. Había mensaje. «Estamos en un momento de la historia en el que, en los próximos 10 años, va a cambiar el mundo tal y como lo conocemos y nadie está preparado para lo que viene», arrancó. Habló de expertos que creen que llegará un momento en el que la Inteligencia Artificial tendrá «algo parecido a una conciencia», de lo difícil que será distinguirla de la humana y de una revolución que, a diferencia de las anteriores, «va más rápida que nosotros». «Sé que todo esto que estoy contando puede dar miedo, pero no hay que tenerlo. Solo hay que estar despiertos para ser los primeros en ver las nuevas oportunidades». Y dejó formulada una especie de declaración de intenciones para el nuevo curso: además de reír y entretener, El Hormiguero quiere contar esos cambios antes que nadie. «Y a eso ya sabéis que no nos gana nadie».
Era una forma bastante precisa de explicar lo que iba a ocurrir durante las casi dos horas siguientes -sí, el programa se alargó hastas las once y media pasadas-. Porque El Hormiguero regresó siendo más El Hormiguero que nunca y, sin embargo, siendo algo diferente.
No hubo una superestrella internacional (ni nacional) para inaugurar la temporada. No hubo que llenar el cielo de drones. Los padrinos fueron dos periodistas de radio, Carlos Alsina y Rafa Latorre. Y el gran momento de la noche no fue un experimento imposible ni una celebridad de Hollywood. Fue una conversación que podía haber acabado en el habitual masaje televisivo y terminó convirtiéndose en una confesión bastante insólita y descarnada.
Antes hubo política. Está claro que hay cosas que no van a cambiar, y más ahora. «Necesito hablar de Ceuta», anunció Pablo Motos. Y habló. «España ha sufrido una invasión y el Gobierno se ha acorralado a sí mismo con sus propias mentiras». Acusó a Pedro Sánchez de continuar de vacaciones «mientras España estaba patas arriba» y aseguró que con ello había demostrado «por tierra, mar y aire, que los ciudadanos le importamos un bledo». «Sus ministros se han convertido en charlatanes», sentenció.
El programa desplegó entonces una sucesión de vídeos con declaraciones del presidente del Gobierno, de Fernando Grande-Marlaska, Margarita Robles y mensajes de Óscar Puente, contraponiendo las distintas explicaciones ofrecidas sobre la crisis de Ceuta, el papel del CNI y la actuación de Marruecos. «Todo tiene un límite. Cuando los políticos se convierten en charlatanes, lo razonable sería ir a las urnas», remató Pablo Motos.
Y entonces hizo lo que lleva haciendo 21 temporadas: pasar de lo grave al espectáculo sin pedir permiso. «Cuando las cosas se ponen feas, lo único que lo suaviza es el humor». Entró Carlos Latre convertido en Pedro Sánchez.
Latre hizo de Latre haciendo de Sánchez. Hasta que dejó de hacerlo.
«Espero que te quites el traje de Pedro Sánchez y vuelvas a ser Carlos Latre«, le pidió Pablo Motos. Se lo quitó. Se sentó. Y empezó lo verdaderamente interesante.
«Carlos, aquí estamos tú y yo otra vez. Cuéntamelo todo».
No hubo paños calientes.
«¿No crees que es el momento de explicarle a la gente por qué te fuiste a Telecinco a competir contra nosotros?».
La pregunta era de las que normalmente se preparan para no hacerse. Carlos Latre tampoco buscó refugio en una respuesta de relaciones públicas. «Quiero hacer un matiz. Nunca tuve la sensación de ir a competir contra El Hormiguero o contra ti. Mi única intención era hacer un programa y poder crecer. Y no salió».
En agosto de 2024, Carlos Latre abandonó El Hormiguero para ponerse al frente de Babylon Show, la gran apuesta de Telecinco para el access prime time. Se enfrentaba directamente al programa del que acababa de salir y, además, lo hacía justo cuando TVE preparaba el desembarco de David Broncano con La Revuelta. Y no hace falta recordar aquellos tiempos. La aventura duró 10 entregas.
Carlos Latre explicó anoche qué había detrás de aquella decisión: «Siempre he crecido como segundo» y aquella oferta era la oportunidad de dar el salto «de imitador a entretenedor». Pablo Motos recordó la llamada que mantuvieron cuando supo que se marchaba.
«Te dije: en lo personal siempre me vas a tener; en lo profesional vamos a estar enfrente». Y añadió lo que pensó después de colgar: «Qué cabrón, ¿no tenía otra hora?».
Ahí estaba todo. La broma, sí. Pero también la herida profesional que supone que uno de los tuyos se vaya precisamente a enfrentarse contigo.
Carlos Latre había hecho sus cálculos. Y tenían cierta lógica. Había pedido a Telecinco tiempo: «Cien programas». Sabía que el comienzo de aquella temporada estaría monopolizado por el combate Motos-Broncano. «Pensé: Pablo Motos se quedará donde está, Broncano segundo y nosotros podremos crecer». No ocurrió. Babylon Show duró 10 programas.
«En el tercer programa vi que no», confesó. Y entonces llegó la parte que rara vez se cuenta cuando un programa fracasa. Porque del fracaso televisivo conocemos el dato de audiencia, la cancelación, el comunicado de la cadena y, si acaso, las explicaciones posteriores. Casi nunca conocemos al tipo que vuelve a casa después de apagar las cámaras.
«Telecinco no te engaña. Conmigo han sido chapó», quiso dejar claro Carlos Latre. Pero veía que aquello no funcionaba. «En la cadena te van diciendo cosas y yo decía: estoy perdiendo mi ideal de programa…». Una semana después empezó «a sufrir muchísimo». «Estaba defendiendo algo muy complicado. Era un castillo que se iba deshaciendo».
Hasta que decidió parar: «No ha sido posible. Vámonos a casa, que no he venido a sufrir«.
Pablo Motos sabía perfectamente de qué hablaba. «Siempre que haces un programa hay mucha gente mandando, pero si el programa va mal el nombre es el tuyo y el que va al psicólogo eres tú».
Y tiró del hilo.
Carlos Latre habló entonces de algo más que una audiencia que no acompañaba. «El sufrimiento no es sólo el programa. Venía por muchos motivos. Me veo en medio de una guerra mediática, me vienen por todos lados… La crueldad con la que se me trató…«. Y todo aquel cúmulo acabó provocándole una pregunta muy sencilla: «¿Qué hago aquí?».
Contó que se iba a actuar y pensaba que el público se estaba riendo de él. Que se sentía como en Twister, metido en mitad del tornado esperando a que pasase. Hasta que empezó a encontrarse gente por la calle que le decía: «No pasa nada, vuelve a El Hormiguero«.
Y volvió.
Pero no inmediatamente. Antes tocó fondo, buscó otros caminos y descubrió cosas que quizá no habría encontrado si Babylon Show hubiera funcionado. «Cuando estás muy abajo te surgen las ideas», explicó. Y resumió el viaje con una de las mejores frases de la noche: «Han sido los dos o tres peores mejores años de mi vida».
Pablo Motos todavía tenía una pregunta: «¿Qué pensaste cuando te volví a llamar?».
«Pensé: se ha equivocado».
Carlos Latre reconoció que aquella llamada decía mucho de la relación entre ambos. Primero, de Motos, por haberle dicho «vuelve cuando quieras». Y después de él mismo. Porque sabía perfectamente cuál podía ser la lectura: el que se marchó a derrotar a Pablo Motos vuelve derrotado a casa.
«Mucha gente puede pensar que vuelvo con las orejas gachas. Yo sólo estoy donde quiero estar y sólo estoy donde soy feliz».
Y Pablo Motos cerró la cuenta pendiente: «Si alguien entiende bien todo lo que hiciste, ése soy yo».
Ya estaba. Sin reproches impostados, pero tampoco fingiendo que nada había sucedido. Sin el habitual comunicado de «nuevos proyectos profesionales». Sin borrar el fracaso. Sin convertirlo en una heroicidad. Carlos Latre se fue porque quería ser primero. Fracasó. Lo pasó mal. Pablo Motos se quedó. Ganó. Y dos años después uno llamó y el otro volvió. Pocas veces la televisión habla de sí misma con semejante naturalidad.
Después llegaron Carlos Alsina y Rafa Latorre, los padrinos oficiales de la temporada y protagonistas de la nueva etapa de Más de uno. Alsina ha entregado a Latorre el tramo informativo y político de primera hora y él se ha refugiado a partir de las 10.00 en un territorio mucho más respirable.
«Me he cansado», reconoció cuando Motos quiso saber por qué había abandonado la primera línea política. No se ha cansado de la política, precisó, sino de «tener que dedicar demasiadas horas del día a pensar qué digo mañana sobre lo que ha ocurrido en la actualidad política de hoy». Ahora se levanta a las siete, tres horas más tarde que antes, y observa la actualidad «con una distancia muy sana». Incluso cree que podría apurar hasta las ocho.
El nuevo Carlos Alsina parece haber decidido practicar un deporte hasta ahora desconocido para él: escurrir el bulto cuando le preguntan por política. Motos lo intentó. Alsina se apartó. Volvió a intentarlo. Otra esquiva. Ya no siente «la necesidad» de opinar sobre cada acontecimiento. Hasta que llegó Ceuta. Ahí sí hizo una excepción.
«Lo de Ceuta es gravísimo», afirmó. Habló de «la inacción del Gobierno», de su «desconcierto» y de que muy pocos ministros parecían conocer inicialmente lo que estaba ocurriendo. «Ver al Gobierno intentando convencernos de que el CNI no estuvo a la altura ya era bastante chocante». Latorre fue incluso más allá al señalar como fracaso de los medios no haber sido capaces de transmitir «la dimensión real» de lo sucedido.
Y todavía quedaba El Hormiguero. La película. Otra de esas tradiciones del programa que, de tan descomunales, se han convertido en rutina. Durante toda la temporada anterior, el equipo fue grabando escenas con las estrellas que pasaban por el plató hasta construir Misión imposible, no… lo siguiente. Por ella desfilan Zendaya, Tom Holland, Chris Hemsworth, Elsa Pataky, Antonio Banderas, Chris Pratt, Simone Biles, Ilia Topuria, Marc Márquez, Isabel Preysler o Dan Brown, entre muchos otros.
La humanidad se enfrenta esta vez a un virus devastador. No es el Covid. Es mucho peor: el cuñadismo.
El equipo tiene que encontrar el laboratorio secreto donde se guarda el antídoto capaz de salvar al planeta. Y ahí está la broma dentro de la broma. Porque El Hormiguero se ríe del cuñado y, de paso, se ríe de una de las etiquetas que desde hace años acompañan al propio programa y a su presentador: que Motos es un cuñado, que El Hormiguero es cuñadismo televisivo. En lugar de esquivarlo, lo convierten en la pandemia que amenaza a la humanidad.
Era difícil encontrar una metáfora mejor para el estreno de anoche.
Porque después de 21 temporadas El Hormiguero sabe perfectamente lo que dicen de El Hormiguero. Sabe cuáles son sus fortalezas, cuáles sus excesos, cuáles sus etiquetas y cuáles sus enemigos. Y, sobre todo, sabe utilizar todo ello para hacer televisión.
El último golpe llegó con los robots. Los mismos que habían recorrido la calle Alcalá al principio del programa cerraron la noche con una coreografía sincronizada preparada, según explicó Marron, en apenas 20 días cuando un montaje semejante suele necesitar meses. Una exhibición técnica, sí, pero sobre todo una exhibición de poderío.
Y quizás ahí estuvo la diferencia de este estreno.
El Hormiguero no necesitó una estrella de Hollywood para decir «aquí estoy». Ni cubrir Madrid de drones. Ni hacer el experimento más grande de su historia. Regresó con robots, Inteligencia Artificial, una película imposible, política, humor y toda la maquinaria de un programa que lleva 21 años en antena y encadena 12 temporadas como líder absoluto de la noche.
Pero el mejor momento no costó millones, ni necesitó meses de preparación, ni efectos especiales. Fueron dos hombres sentados hablando de lo que pasó cuando uno decidió abandonar al otro, de fracasar, de sufrir, de llamar otra vez y de volver.
Quién iba a decir que entre 15 robots, una pandemia de cuñados y una película llena de estrellas internacionales, lo más espectacular de El Hormiguero iba a ser una conversación.
El Hormiguero ha vuelto más Hormiguero que nunca. Tal vez por eso también ha conseguido volver diferente.
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