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  Cultura  El hombre del andén
Cultura

El hombre del andén

noviembre 30, 2025
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Oscar Wilde pensaba que toda autoridad degrada, y que lo único bueno que tiene es que, a veces, cuando su carácter es particularmente ‘violento, burdo y cruel’, puede crear o contribuir a crear ‘el espíritu de la rebelión’
El hombre que espera bajo la lluvia está momentáneamente al margen de sus nombres y apellidos, que no son pocos. En su certificado de bautismo, aparece como Oscar Fingal O’Fflahertie, es decir, dos héroes de leyendas irlandesas y un puente directo a Los anales de los cuatro maestros, la famosa crónica de Irlanda compilada en el siglo XVII; en la vida que ha tenido –y huelga decir que en su obra– es Oscar Wilde, sencillamente; y, al final de su existencia, ya en el exilio, usará el pseudónimo de Sebastian Melmoth en honor a Melmoth el errabundo, de su tío abuelo Charles Robert Maturin. Pero, de momento, nadie conoce su identidad; sólo es un hombre que espera en el andén central de Clapham Junction (Londres) el 13 de noviembre de 1895, y los que pasan por ahí se ríen de él como se reirían de cualquier persona en sus circunstancias, que incluyen unas esposas y ropa de preso. 

Al cabo de unos minutos, la situación cambia. Alguien tiene el detalle de dar su nombre a la gente y, por supuesto, las risas se convierten en escarnio de inmediato. “De todos los posibles objetos, yo era el más grotesco”, declara en De profundis al recordar lo sucedido; le duele más que las vejaciones que ha visto y sufrido en la prisión de Wandsworth (véase su carta al Daily Chronicle del 23 de marzo de 1898) y más de lo que vivirá al final de ese viaje, que dará pie a una de sus grandes obras poéticas, La balada de la cárcel de Reading; le hace tanto daño que le parte el alma, porque no puede creer que, después de todo lo que ha hecho, se le pague así. “Somos los zannis de la tristeza –escribe–. Somos payasos de corazones rotos”. Durante un año, llora “todos los días a la misma hora”; luego, empieza a sentir más lástima de la turba que se reía de él que de él mismo, y sentencia muy a la romana: “a los que no tienen suficiente imaginación para penetrar la mera apariencia de las cosas y tener piedad, ¿qué piedad se les ha de tener salvo la del desprecio?”.

Pocos años antes, en El alma del hombre bajo el socialismo, Wilde había escrito que toda autoridad degrada, y que lo único bueno que tiene es que, a veces, cuando su carácter es particularmente “violento, burdo y cruel”, puede crear o contribuir a crear “el espíritu de la rebelión y del individualismo que acaba” con dicha autoridad. Desde luego, es improbable que se acordara de eso en el andén de aquella estación, teniendo en cuenta que lo que tenía enfrente no era la inteligencia de nuestra especie, sino uno de sus peores aspectos: el gregarismo de los esclavos, hijo aventajado de “las ideas de la clase dominante” (La ideología alemana, de Marx y Engels), que siempre son “las ideas dominantes”, claro está; pero allí estaba él, esperando un tren que lo iba a llevar a otra celda y, sin saberlo, sumando un lustro y diecisiete días más, a una fecha que este domingo debería avivar ese “espíritu de la rebelión” al que se refería. A fin de cuentas, se cumplen ciento veinticinco años de su muerte y, si es verdad que “los nombres lo son todo” –frase de lord Henry en El retrato de Dorian Grey–, qué decir de los nombres que nos siguen liberando desde la tumba.

Por si alguien tiene dudas al respecto, me limitaré a recordar siete de sus obras de teatro, dado que no tuvo ocasión de terminar las otras dos (Una tragedia florentina y La santa cortesana, que no obstante son fáciles de localizar): Vera o los nihilistas, La duquesa de Padua, El abanico de lady Windermer, Una mujer sin importancia (donde se lee: “todos nacen reyes, y casi todos mueren en el exilio”), Salomé, Un marido ideal y La importancia de llamarse Ernesto. Mal tendría que haber ido el mundo para que no se conozcan todas o, por lo menos, alguna de ellas y, aunque así fuera, seguro que hasta al más despistado conoce El fantasma de Canterville, El príncipe feliz, La esfinge sin secreto, La decadencia de la mentira o ese “maravilloso cuadro” ya mencionado de El retrato de Dorian Grey, por usar la expresión de H. P. Lovecraft. Liberaban en su época, liberan hoy y liberarán mañana mientras el lector o el público siga interesado en ser su contraparte necesaria, porque es obvio que “sólo hay arte por y para los demás”, como afirma Jean-Paul Sartre en Qué es la literatura. Pero todo tiene un precio, y el que pagan algunos autores y autoras va más allá de su propia sombra. 

Quizá sepan que, durante la estancia de Oscar Wilde en Reading, su madre pidió permiso a las autoridades británicas para que le permitieran ir a verla; se estaba muriendo, y Jane Francesca Agnes –poeta, escritora y traductora irlandesa– quería ver a su hijo por última vez. Naturalmente, las autoridades británicas consideraron que ni ella ni él lo merecían y, no contentos con semejante acto de crueldad, permitieron que acabara enterrada sin una mala lápida que indicara su nombre. No habían pasado ni dos meses desde la escena de Wilde en el andén de Clapham Junction, y difícilmente se podría negar que su vida estaba como su antigua casa de Tite Street, sumida en las tinieblas. La libertad le había salido tan cara a él como a su propia familia, y hay quien dice que nunca se recuperó. Por mi parte, lo único que creo es que hablaba muy en serio cuando confesó a su amiga Anne de Brémont: “Mi trabajo está hecho y, cuando muera, ese trabajo empezará a vivir”. Afortunadamente, la literatura es más justa que la ley. Oscar Wilde pensaba que toda autoridad degrada, y que lo único bueno que tiene es que, a veces, cuando su carácter es particularmente ‘violento, burdo y cruel’, puede crear o contribuir a crear ‘el espíritu de la rebelión’
El hombre que espera bajo la lluvia está momentáneamente al margen de sus nombres y apellidos, que no son pocos. En su certificado de bautismo, aparece como Oscar Fingal O’Fflahertie, es decir, dos héroes de leyendas irlandesas y un puente directo a Los anales de los cuatro maestros, la famosa crónica de Irlanda compilada en el siglo XVII; en la vida que ha tenido –y huelga decir que en su obra– es Oscar Wilde, sencillamente; y, al final de su existencia, ya en el exilio, usará el pseudónimo de Sebastian Melmoth en honor a Melmoth el errabundo, de su tío abuelo Charles Robert Maturin. Pero, de momento, nadie conoce su identidad; sólo es un hombre que espera en el andén central de Clapham Junction (Londres) el 13 de noviembre de 1895, y los que pasan por ahí se ríen de él como se reirían de cualquier persona en sus circunstancias, que incluyen unas esposas y ropa de preso. 

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Al cabo de unos minutos, la situación cambia. Alguien tiene el detalle de dar su nombre a la gente y, por supuesto, las risas se convierten en escarnio de inmediato. “De todos los posibles objetos, yo era el más grotesco”, declara en De profundis al recordar lo sucedido; le duele más que las vejaciones que ha visto y sufrido en la prisión de Wandsworth (véase su carta al Daily Chronicle del 23 de marzo de 1898) y más de lo que vivirá al final de ese viaje, que dará pie a una de sus grandes obras poéticas, La balada de la cárcel de Reading; le hace tanto daño que le parte el alma, porque no puede creer que, después de todo lo que ha hecho, se le pague así. “Somos los zannis de la tristeza –escribe–. Somos payasos de corazones rotos”. Durante un año, llora “todos los días a la misma hora”; luego, empieza a sentir más lástima de la turba que se reía de él que de él mismo, y sentencia muy a la romana: “a los que no tienen suficiente imaginación para penetrar la mera apariencia de las cosas y tener piedad, ¿qué piedad se les ha de tener salvo la del desprecio?”.

Pocos años antes, en El alma del hombre bajo el socialismo, Wilde había escrito que toda autoridad degrada, y que lo único bueno que tiene es que, a veces, cuando su carácter es particularmente “violento, burdo y cruel”, puede crear o contribuir a crear “el espíritu de la rebelión y del individualismo que acaba” con dicha autoridad. Desde luego, es improbable que se acordara de eso en el andén de aquella estación, teniendo en cuenta que lo que tenía enfrente no era la inteligencia de nuestra especie, sino uno de sus peores aspectos: el gregarismo de los esclavos, hijo aventajado de “las ideas de la clase dominante” (La ideología alemana, de Marx y Engels), que siempre son “las ideas dominantes”, claro está; pero allí estaba él, esperando un tren que lo iba a llevar a otra celda y, sin saberlo, sumando un lustro y diecisiete días más, a una fecha que este domingo debería avivar ese “espíritu de la rebelión” al que se refería. A fin de cuentas, se cumplen ciento veinticinco años de su muerte y, si es verdad que “los nombres lo son todo” –frase de lord Henry en El retrato de Dorian Grey–, qué decir de los nombres que nos siguen liberando desde la tumba.

Por si alguien tiene dudas al respecto, me limitaré a recordar siete de sus obras de teatro, dado que no tuvo ocasión de terminar las otras dos (Una tragedia florentina y La santa cortesana, que no obstante son fáciles de localizar): Vera o los nihilistas, La duquesa de Padua, El abanico de lady Windermer, Una mujer sin importancia (donde se lee: “todos nacen reyes, y casi todos mueren en el exilio”), Salomé, Un marido ideal y La importancia de llamarse Ernesto. Mal tendría que haber ido el mundo para que no se conozcan todas o, por lo menos, alguna de ellas y, aunque así fuera, seguro que hasta al más despistado conoce El fantasma de Canterville, El príncipe feliz, La esfinge sin secreto, La decadencia de la mentira o ese “maravilloso cuadro” ya mencionado de El retrato de Dorian Grey, por usar la expresión de H. P. Lovecraft. Liberaban en su época, liberan hoy y liberarán mañana mientras el lector o el público siga interesado en ser su contraparte necesaria, porque es obvio que “sólo hay arte por y para los demás”, como afirma Jean-Paul Sartre en Qué es la literatura. Pero todo tiene un precio, y el que pagan algunos autores y autoras va más allá de su propia sombra. 

Quizá sepan que, durante la estancia de Oscar Wilde en Reading, su madre pidió permiso a las autoridades británicas para que le permitieran ir a verla; se estaba muriendo, y Jane Francesca Agnes –poeta, escritora y traductora irlandesa– quería ver a su hijo por última vez. Naturalmente, las autoridades británicas consideraron que ni ella ni él lo merecían y, no contentos con semejante acto de crueldad, permitieron que acabara enterrada sin una mala lápida que indicara su nombre. No habían pasado ni dos meses desde la escena de Wilde en el andén de Clapham Junction, y difícilmente se podría negar que su vida estaba como su antigua casa de Tite Street, sumida en las tinieblas. La libertad le había salido tan cara a él como a su propia familia, y hay quien dice que nunca se recuperó. Por mi parte, lo único que creo es que hablaba muy en serio cuando confesó a su amiga Anne de Brémont: “Mi trabajo está hecho y, cuando muera, ese trabajo empezará a vivir”. Afortunadamente, la literatura es más justa que la ley.  

El hombre que espera bajo la lluvia está momentáneamente al margen de sus nombres y apellidos, que no son pocos. En su certificado de bautismo, aparece como Oscar Fingal O’Fflahertie, es decir, dos héroes de leyendas irlandesas y un puente directo a Los anales de los cuatro maestros, la famosa crónica de Irlanda compilada en el siglo XVII; en la vida que ha tenido –y huelga decir que en su obra– es Oscar Wilde, sencillamente; y, al final de su existencia, ya en el exilio, usará el pseudónimo de Sebastian Melmoth en honor a Melmoth el errabundo, de su tío abuelo Charles Robert Maturin. Pero, de momento, nadie conoce su identidad; sólo es un hombre que espera en el andén central de Clapham Junction (Londres) el 13 de noviembre de 1895, y los que pasan por ahí se ríen de él como se reirían de cualquier persona en sus circunstancias, que incluyen unas esposas y ropa de preso. 

Al cabo de unos minutos, la situación cambia. Alguien tiene el detalle de dar su nombre a la gente y, por supuesto, las risas se convierten en escarnio de inmediato. “De todos los posibles objetos, yo era el más grotesco”, declara en De profundis al recordar lo sucedido; le duele más que las vejaciones que ha visto y sufrido en la prisión de Wandsworth (véase su carta al Daily Chronicle del 23 de marzo de 1898) y más de lo que vivirá al final de ese viaje, que dará pie a una de sus grandes obras poéticas, La balada de la cárcel de Reading; le hace tanto daño que le parte el alma, porque no puede creer que, después de todo lo que ha hecho, se le pague así. “Somos los zannis de la tristeza –escribe–. Somos payasos de corazones rotos”. Durante un año, llora “todos los días a la misma hora”; luego, empieza a sentir más lástima de la turba que se reía de él que de él mismo, y sentencia muy a la romana: “a los que no tienen suficiente imaginación para penetrar la mera apariencia de las cosas y tener piedad, ¿qué piedad se les ha de tener salvo la del desprecio?”.

Pocos años antes, en El alma del hombre bajo el socialismo, Wilde había escrito que toda autoridad degrada, y que lo único bueno que tiene es que, a veces, cuando su carácter es particularmente “violento, burdo y cruel”, puede crear o contribuir a crear “el espíritu de la rebelión y del individualismo que acaba” con dicha autoridad. Desde luego, es improbable que se acordara de eso en el andén de aquella estación, teniendo en cuenta que lo que tenía enfrente no era la inteligencia de nuestra especie, sino uno de sus peores aspectos: el gregarismo de los esclavos, hijo aventajado de “las ideas de la clase dominante” (La ideología alemana, de Marx y Engels), que siempre son “las ideas dominantes”, claro está; pero allí estaba él, esperando un tren que lo iba a llevar a otra celda y, sin saberlo, sumando un lustro y diecisiete días más, a una fecha que este domingo debería avivar ese “espíritu de la rebelión” al que se refería. A fin de cuentas, se cumplen ciento veinticinco años de su muerte y, si es verdad que “los nombres lo son todo” –frase de lord Henry en El retrato de Dorian Grey–, qué decir de los nombres que nos siguen liberando desde la tumba.

Por si alguien tiene dudas al respecto, me limitaré a recordar siete de sus obras de teatro, dado que no tuvo ocasión de terminar las otras dos (Una tragedia florentina y La santa cortesana, que no obstante son fáciles de localizar): Vera o los nihilistas, La duquesa de Padua, El abanico de lady Windermer, Una mujer sin importancia (donde se lee: “todos nacen reyes, y casi todos mueren en el exilio”), Salomé, Un marido ideal y La importancia de llamarse Ernesto. Mal tendría que haber ido el mundo para que no se conozcan todas o, por lo menos, alguna de ellas y, aunque así fuera, seguro que hasta al más despistado conoce El fantasma de Canterville, El príncipe feliz, La esfinge sin secreto, La decadencia de la mentira o ese “maravilloso cuadro” ya mencionado de El retrato de Dorian Grey, por usar la expresión de H. P. Lovecraft. Liberaban en su época, liberan hoy y liberarán mañana mientras el lector o el público siga interesado en ser su contraparte necesaria, porque es obvio que “sólo hay arte por y para los demás”, como afirma Jean-Paul Sartre en Qué es la literatura. Pero todo tiene un precio, y el que pagan algunos autores y autoras va más allá de su propia sombra. 

Quizá sepan que, durante la estancia de Oscar Wilde en Reading, su madre pidió permiso a las autoridades británicas para que le permitieran ir a verla; se estaba muriendo, y Jane Francesca Agnes –poeta, escritora y traductora irlandesa– quería ver a su hijo por última vez. Naturalmente, las autoridades británicas consideraron que ni ella ni él lo merecían y, no contentos con semejante acto de crueldad, permitieron que acabara enterrada sin una mala lápida que indicara su nombre. No habían pasado ni dos meses desde la escena de Wilde en el andén de Clapham Junction, y difícilmente se podría negar que su vida estaba como su antigua casa de Tite Street, sumida en las tinieblas. La libertad le había salido tan cara a él como a su propia familia, y hay quien dice que nunca se recuperó. Por mi parte, lo único que creo es que hablaba muy en serio cuando confesó a su amiga Anne de Brémont: “Mi trabajo está hecho y, cuando muera, ese trabajo empezará a vivir”. Afortunadamente, la literatura es más justa que la ley.

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