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  Entretenimiento  Cristina Pardo saca a pasear su «pepino»: hacía falta una «generala» para poner orden
Entretenimiento

Cristina Pardo saca a pasear su «pepino»: hacía falta una «generala» para poner orden

septiembre 3, 2026
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La periodista se estrenó en el prime time de Antena 3 con un 13,1%, superó a la final de El Grand Prix y cumplió su promesa de huir de las tertulias convertidas en ring; el problema fue otro: empezar pasadas las 23.20 horas Leer La periodista se estrenó en el prime time de Antena 3 con un 13,1%, superó a la final de El Grand Prix y cumplió su promesa de huir de las tertulias convertidas en ring; el problema fue otro: empezar pasadas las 23.20 horas Leer  

Hay un momento en el estreno de La Mesa en el que Cristina Pardo reconoce lo evidente. Está nerviosa. Y no intenta esconderlo. «Hola, ¿qué tal? Sean indulgentes, que estoy un poco nerviosa. Estamos en directo y estamos en Antena 3 y no lo digo por ustedes, que seguro que lo tienen claro, sino por mí, porque llevaba 20 años viviendo en otro piso y ahora me he cambiado aquí». Veinte años. Se dice pronto.

Cristina Pardo llevaba dos décadas viviendo en el «otro piso», en laSexta, y este miércoles se mudó definitivamente al principal, a Antena 3, al prime time, con programa propio y con una mesa que, según ella misma explicó, iba a ser su particular Kitt: «Mi coche fantástico». Si Beatriz Pérez de Aranda tiene su «pepino», Cristina Pardo tiene un coche fantástico. Cada una con lo suyo.

«La familia, los amigos o las negociaciones políticas, cada vez menos, porque los políticos no se hablan. Todo ocurre alrededor de una mesa», explicó antes de lanzar la promesa sobre la que iba a construirse el programa: «Nuestra pretensión es contarles la actualidad de manera sencilla y entretenida».

Sencilla y entretenida. Parece poca cosa. En la televisión actual es casi revolucionario.

Porque encender la televisión a determinadas horas se ha convertido en una prolongación de X. Nos levantamos con una mesa de debate y actualidad, desayunamos con otra, comemos con otra, merendamos con otra y, si todavía nos quedan ganas de vivir, nos acostamos con otra. Política, tertulia, actualidad, enfrentamiento. Pim, pam, pum. Uno contra otro. El de enfrente contra el de al lado. Y todos contra todos.

La política se ha convertido en el nuevo Sálvame. En el nuevo Tómbola.

Sólo que ahora en lugar de discutir sobre Jesulín de Ubrique, Belén Esteban o Isabel Pantoja discutimos sobre Sánchez, Feijóo, Ayuso, Vox, la inmigración, Ceuta o lo que toque ese día. Y no basta con discrepar. Hay que gritar. Hay que interrumpir. Hay que conseguir que el adversario no termine la frase. Hay que fabricar un corte de 30 segundos que pueda incendiar las redes sociales al día siguiente y llene titulares. Hemos confundido intensidad con volumen.

La Mesa corría exactamente ese riesgo. Ser una más. Otra mesa. Otra tertulia. Otro grupo de personas opinando sobre las mismas cosas que llevamos escuchando desde las ocho de la mañana.

Y no lo fue.

Veinticuatro horas antes del estreno, Cristina Pardo decía en una entrevista con EL MUNDO que en laSexta la llamaban «la generala» y que ahora se consideraba más bien «la controladora». No mentía.

La primera mesa estuvo dedicada a la actualidad que marca el paso desde julio: la situación en Ceuta tras la llegada de miles de marroquíes y, por supuesto, el informe policial que ha puesto contra las cuerdas al Gobierno. Allí estaban Vicente Vallés, Javier Nart, Iván Redondo y la periodista de El PaísIrene Dorta. Redondo habló. Y habló. Y habló. Buena matraca dio. Rajaba hasta por los codos. Pero ocurrió algo cada vez más extraño en televisión: se podía escuchar lo que decía.

A él y a todos.

Nadie necesitó elevar la voz por encima del vecino. Nadie se lanzó sobre la frase del contrario antes de que pudiera terminarla. Nadie dejó de defender lo que pensaba, ni de discrepar, ni de decir lo que consideraba necesario. Pero no hubo bronca.

Y mira que hubo oportunidades.

Pardo había explicado cuál era la frontera que quería imponer entre una tertulia plural y una pelea televisada: «La educación. La buena educación y el buen ambiente». Y eso fue exactamente lo que hizo.

«La generala» marcó el ritmo y los demás obedecieron.

No significa que La Mesa vaya a convertirse ahora en un balneario televisivo. Ni falta que hace. El debate necesita tensión, contradicción, discrepancia y hasta cierta mala leche. Lo que no necesita es que cuatro personas hablen simultáneamente mientras el presentador intenta poner orden como quien separa una pelea a la salida de una discoteca.

Pardo controló. Preguntó. Cortó cuando había que cortar. Dejó hablar cuando había que dejar hablar. Y consiguió algo aparentemente elemental que se ha convertido casi en un lujo: que el espectador pudiera enterarse de lo que decía cada uno.

Y entonces apareció Carlos Alsina.

Pardo mantuvo a Vallés y Redondo y sentó al periodista de Onda Cero en la siguiente mesa. Alsina advirtió que «no tenía ninguna gana» de hablar de política. «Estoy completamente reacio», insistió.

Claro.

Y entonces Cristina Pardo le hizo hablar de política sin hablar de política.

«¿Crees que el jefe de una empresa, si ve que en verano surge un problema grave, como una avalancha de inmigrantes, debe suspender sus vacaciones?». Después llegaron las siguientes hipótesis: qué debería ocurrir si ese jefe había recibido avisos previos, qué pensaría si peloteara al responsable del problema…

Alsina respondió escrupulosamente sobre «hipótesis que ocurrirían al jefe de una empresa».

Ya.

Fue probablemente uno de los momentos que mejor explicó qué quiere ser La Mesa: actualidad sin necesidad de colocar un cartel luminoso encima de cada conversación anunciando que aquello es política.

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Porque la otra promesa de Cristina Pardo era que en su programa cabría «lo importante y lo frívolo». Y cumplió.

Se marcharon Alsina, Vallés y Redondo y llegaron Pepe Navarro, Máximo Huerta, Ivana Rodríguez y Rocío Domingo, influencer y sorpresa de la noche. Cambió el tono, cambió el asunto y cambió la conversación. Fama, anonimato, qué precio tiene convertirse en un personaje conocido y cómo quiere uno que le recuerden cuando todo termine.

Después apareció Inma del Moral, que contó cómo pasó de convertirse en uno de los rostros más reconocibles de la televisión a trabajar en una farmacia.

Y todavía quedó espacio para una última mesa dedicada a OnlyFans. La «calentita».

De Ceuta a OnlyFans. De lo importante a lo frívolo. Igual es que la línea está más que difuminada.

Pues sí.

Porque ésa era precisamente la idea. Una mesa es política y cinco minutos después es sexo, fama, televisión o cualquier conversación que podría surgir en una cena entre amigos. Con la diferencia de que tu amigo probablemente no sea Vicente Vallés y difícilmente aparecerá Carlos Alsina diciendo que no quiere hablar de política para acabar hablando de política.

Y en medio de todo estaba la otra protagonista: la propia mesa.

Su Kitt.

Su coche fantástico. Su «pepino».

La mesa marca tiempos, lanza imágenes, propone asuntos, cambia conversaciones y hasta parece llevarle la contraria a la presentadora. Cristina Pardo juega con ella y la convierte en algo más que un enorme mueble plantado en mitad del plató. Si el invento funciona y no acaba devorando al programa, puede convertirse en una de sus señas de identidad.

¿Y Pardo?

Crsitina Pardo fue Cristina Pardo. Ya nos lo advirtió.

Quizás ésa sea la mejor noticia del estreno. Saltar de laSexta a Antena 3, cambiar de cadena después de 20 años y plantarte en el prime time del principal canal de Atresmedia podía provocar la tentación de hacer algo distinto, de revestirse de gran presentadora de gran noche de gran cadena.

No lo hizo.

Estaba la periodista irónica. La rápida. La que sabe que una pregunta puede ser más eficaz si parece inocente. La que maneja la información pero no necesita demostrar cada 30 segundos cuánto sabe. La que utiliza el humor para aflojar una conversación sin convertirla en una broma.

La misma.

Los espectadores también dieron su primer veredicto: La Mesa se estrenó con un 13,1% de cuota de pantalla y superó a la gran final de El Grand Prix, que se quedó en un 11,7%.

Las audiencias de un estreno son eso: las audiencias de un estreno. Habrá que comprobar qué ocurre cuando desaparezca la curiosidad inicial. Pero el dato vuelve a demostrar algo que las cadenas tienen perfectamente aprendido: la actualidad tira. Y la política tira todavía más.

La cuestión es si necesariamente tiene que tirar de nosotros a gritos. La Mesa demostró en su primera noche que no.

Ahora bien, hubo algo incomprensible. Y no estaba encima de la mesa. Estaba en el reloj.

El programa estaba anunciado para las 23.00 horas y arrancó pasadas las 23.20, después de una reposición de El Hormiguero y de un enorme bloque publicitario.

La publicidad tiene que estar. Punto. Las televisiones privadas viven de ella y allí también se come. Otra cosa es lo demás.

¿De verdad un programa de prime time tiene que empezar a las once y veinte de la noche un miércoles?

Ha llegado el momento de que las televisiones, públicas y privadas, empiecen a escuchar un poquito a quienes están al otro lado de la pantalla. A esos seres extraños llamados espectadores que, por increíble que parezca, a la mañana siguiente madrugan, llevan a sus hijos al colegio, cogen el metro, conducen hasta el trabajo o fichan a las ocho.

No hacía falta que La Mesa empezara a las diez. Bastaba con que empezara cuando estaba previsto. Habríamos ganado todos.

Al terminar, Cristina Pardo prometió que en las próximas entregas se soltarán más.

Que se suelten.

Pero que no griten.

Y, si puede ser, que empiecen a su hora.

 Televisión // elmundo

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