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  Internacional  «Como vikingos»: soldados de Israel describen la rapiña en la invasión de Líbano
Internacional

«Como vikingos»: soldados de Israel describen la rapiña en la invasión de Líbano

mayo 26, 2026
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El diario Haaretz habló con cinco militares que señalan un escenario de pillaje tolerado en medio de la destrucción generalizada de viviendas, escuelas y clínicasIsrael repite el guion fallido de la ocupación de Líbano 26 años después: “Fue un gran fracaso en los años 80 y 90”
Cinco soldados israelíes destinados en el sur del Líbano han detallado al diario Haaretz la situación de rapiña generalizada que se desarrolla en la invasión del sur del Líbano por parte del Ejército. “La sensación es que las FDI [Fuerzas de Defensa de Israel] se han convertido en ejército de vikingos”, señala uno de los testimonios, a modo de ejemplo.

La ofensiva israelí comenzó el 2 de marzo y abarca la entrada de tropas hasta el río Litani, a 20 kilómetro de la frontera formal entre los dos países, en el contexto de la guerra regional de EEUU e Israel contra Irán. Aunque en la actualidad está en vigor un alto el fuego, la realidad que describe la tropa es que la tregua no es efectiva y las escaramuzas son habituales.

Israel ordenó a los civiles despejar los pueblos y aldeas de la zona antes de comenzar una intensa campaña de bombardeos que ahora continúa con la demolición de viviendas, a semejanza de la estrategia de derribo sistemático empleada en Gaza. Pero en Líbano las demoliciones las llevan a cabo en buena parte contratistas civiles a los que el Ejército da cobertura.

En ese clima, los saqueos de las casas abandonadas son generalizados, y los mandos apenas controlan la rapiña, según las voces que recopila el periódico israelí, todas con nombres falsos. Se trata de cinco soldados de distintos orígenes, algunos de ellos reservistas. Sirven en la infantería y en el Cuerpo Blindado. Algunos son padres; otros acaban de terminar el bachillerato. Algunos se encontraban en Bint Jbeil, justo al otro lado de la frontera, otros llegaron al río Litani, a unos 30 kilómetros tierra adentro en Líbano.
Motos, alfombras, sillones… y productos de limpieza
El convoy de la unidad logística tenía una misión extraoficial, según Nadav, de 32 años: “Sacar el botín, descargarlo en el puesto de avanzada donde se encontraba el cuartel general, para que estuviera esperando a los soldados cuando regresaran a casa”. La consigna era: “Coged lo que queráis”.

“El pueblo en el que operábamos pertenecía a gente adinerada, lleno de villas con piscinas, coches de lujo y joyas. Casi todas las casas tenían objetos de valor. Entrábamos en las casas disparando a diestro y siniestro. Una vez que nos asegurábamos de que la zona estaba despejada, comenzaba la verdadera misión: encontrar objetos de valor”, relata a Haaretz Nadav, que enumera el botín: alfombras, motos, sillones y estufas, pero también productos menores como cajas de caramelos y tabaco, productos de limpieza o material de oficina.

“Tengo que admitir que al principio no me molestó, pero con el paso de los días empezó a darme asco. Fui allí para garantizar la seguridad de la gente del norte, no para robar. Intenté hablar con la gente, discutir con ellos, pero no había con quién hablar”, relata este soldado, que asegura que la única prevención que los mandos transmitían a los soldados era entrar disparando antes de revisar el potencial botín. “Hay escasez de soldados y es difícil exigir cosas”, le respondió un oficial cuando le expresó sus reservas sobre la práctica.
Destrucción indiscriminada
“Antes era necesario ‘incriminar’ una estructura para destruirla, encontrar armas en su interior, probar la presencia de terroristas. Pero hoy en día, simplemente la destruyen, incluso escuelas y clínicas; lo único que no tocamos fue el cementerio”, detalló a Haaretz Elad, de 28 años, un reservista de infantería, que añade que el Ejército dejó de usar explosivos y contrató a empresas con excavadoras con trabajadores civiles. “Todos eran colonos extremistas, beduinos o drusos”, señaló.

“Daba asco. Entrábamos en las casas de la gente y algunas todavía estaban llenas de pertenencias, restos de sus vidas, como si hubieran huido sin tiempo de empacar. Había cuadros en las paredes, ropa en las habitaciones, muebles. Me partía el corazón. Me sentía incómodo, como si estuviera entrando a la fuerza en las casas de la gente, en sus vidas”, lamentaba.

Los testimonios de los soldados recogen justificaciones que iban del fervor religioso de los soldados y mandos más extremistas a la simple indiferencia, o incluso el afán de venganza. Elad acabó harto y se inventó un problema laboral con su empleo civil para que le dejasen abandonar la misión.
Resistencia de Hizbulá y secuelas de guerra
Israel argumentó que la invasión buscaba defender el norte del país de los ataques de Hizbulá, que califican de terroristas. La milicia chií libanesa ha mostrado una capacidad de ataque que ha superado las expectativas del estamento militar israelí. Especialmente efectivo está siendo el empleo de drones conectados por cable de fibra óptica, con menos autonomía pero inmunes a las interferencias inalámbricas.

“No tuvimos tiempo de asimilar lo sucedido. No paraban de dispararnos: proyectiles de mortero, cohetes, explosiones todo el tiempo. Luego empezaron a aparecer los drones, y eso nos asustó aún más. No podía dejar de mirar al cielo”, relató al diario israelí Itai, de 20 años, integrante de la brigada de paracaidistas, que a su regreso a Israelí pidió al Ejército una ayuda psiquiátrica que solo le fue concedida tras interesarse Haaretz por su caso.

“Con los drones, la sensación es que [sobrevivir] es solo cuestión de suerte”, confió al periódico Tomer, soldado de infantería de 19 años, que recalcó: “La sensación predominante allí es de impotencia”. El diario Haaretz habló con cinco militares que señalan un escenario de pillaje tolerado en medio de la destrucción generalizada de viviendas, escuelas y clínicasIsrael repite el guion fallido de la ocupación de Líbano 26 años después: “Fue un gran fracaso en los años 80 y 90”
Cinco soldados israelíes destinados en el sur del Líbano han detallado al diario Haaretz la situación de rapiña generalizada que se desarrolla en la invasión del sur del Líbano por parte del Ejército. “La sensación es que las FDI [Fuerzas de Defensa de Israel] se han convertido en ejército de vikingos”, señala uno de los testimonios, a modo de ejemplo.

La ofensiva israelí comenzó el 2 de marzo y abarca la entrada de tropas hasta el río Litani, a 20 kilómetro de la frontera formal entre los dos países, en el contexto de la guerra regional de EEUU e Israel contra Irán. Aunque en la actualidad está en vigor un alto el fuego, la realidad que describe la tropa es que la tregua no es efectiva y las escaramuzas son habituales.

Israel ordenó a los civiles despejar los pueblos y aldeas de la zona antes de comenzar una intensa campaña de bombardeos que ahora continúa con la demolición de viviendas, a semejanza de la estrategia de derribo sistemático empleada en Gaza. Pero en Líbano las demoliciones las llevan a cabo en buena parte contratistas civiles a los que el Ejército da cobertura.

En ese clima, los saqueos de las casas abandonadas son generalizados, y los mandos apenas controlan la rapiña, según las voces que recopila el periódico israelí, todas con nombres falsos. Se trata de cinco soldados de distintos orígenes, algunos de ellos reservistas. Sirven en la infantería y en el Cuerpo Blindado. Algunos son padres; otros acaban de terminar el bachillerato. Algunos se encontraban en Bint Jbeil, justo al otro lado de la frontera, otros llegaron al río Litani, a unos 30 kilómetros tierra adentro en Líbano.
Motos, alfombras, sillones… y productos de limpieza
El convoy de la unidad logística tenía una misión extraoficial, según Nadav, de 32 años: “Sacar el botín, descargarlo en el puesto de avanzada donde se encontraba el cuartel general, para que estuviera esperando a los soldados cuando regresaran a casa”. La consigna era: “Coged lo que queráis”.

“El pueblo en el que operábamos pertenecía a gente adinerada, lleno de villas con piscinas, coches de lujo y joyas. Casi todas las casas tenían objetos de valor. Entrábamos en las casas disparando a diestro y siniestro. Una vez que nos asegurábamos de que la zona estaba despejada, comenzaba la verdadera misión: encontrar objetos de valor”, relata a Haaretz Nadav, que enumera el botín: alfombras, motos, sillones y estufas, pero también productos menores como cajas de caramelos y tabaco, productos de limpieza o material de oficina.

“Tengo que admitir que al principio no me molestó, pero con el paso de los días empezó a darme asco. Fui allí para garantizar la seguridad de la gente del norte, no para robar. Intenté hablar con la gente, discutir con ellos, pero no había con quién hablar”, relata este soldado, que asegura que la única prevención que los mandos transmitían a los soldados era entrar disparando antes de revisar el potencial botín. “Hay escasez de soldados y es difícil exigir cosas”, le respondió un oficial cuando le expresó sus reservas sobre la práctica.
Destrucción indiscriminada
“Antes era necesario ‘incriminar’ una estructura para destruirla, encontrar armas en su interior, probar la presencia de terroristas. Pero hoy en día, simplemente la destruyen, incluso escuelas y clínicas; lo único que no tocamos fue el cementerio”, detalló a Haaretz Elad, de 28 años, un reservista de infantería, que añade que el Ejército dejó de usar explosivos y contrató a empresas con excavadoras con trabajadores civiles. “Todos eran colonos extremistas, beduinos o drusos”, señaló.

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“No tuvimos tiempo de asimilar lo sucedido. No paraban de dispararnos: proyectiles de mortero, cohetes, explosiones todo el tiempo. Luego empezaron a aparecer los drones, y eso nos asustó aún más. No podía dejar de mirar al cielo”, relató al diario israelí Itai, de 20 años, integrante de la brigada de paracaidistas, que a su regreso a Israelí pidió al Ejército una ayuda psiquiátrica que solo le fue concedida tras interesarse Haaretz por su caso.

“Con los drones, la sensación es que [sobrevivir] es solo cuestión de suerte”, confió al periódico Tomer, soldado de infantería de 19 años, que recalcó: “La sensación predominante allí es de impotencia”.  

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La ofensiva israelí comenzó el 2 de marzo y abarca la entrada de tropas hasta el río Litani, a 20 kilómetro de la frontera formal entre los dos países, en el contexto de la guerra regional de EEUU e Israel contra Irán. Aunque en la actualidad está en vigor un alto el fuego, la realidad que describe la tropa es que la tregua no es efectiva y las escaramuzas son habituales.

Israel ordenó a los civiles despejar los pueblos y aldeas de la zona antes de comenzar una intensa campaña de bombardeos que ahora continúa con la demolición de viviendas, a semejanza de la estrategia de derribo sistemático empleada en Gaza. Pero en Líbano las demoliciones las llevan a cabo en buena parte contratistas civiles a los que el Ejército da cobertura.

En ese clima, los saqueos de las casas abandonadas son generalizados, y los mandos apenas controlan la rapiña, según las voces que recopila el periódico israelí, todas con nombres falsos. Se trata de cinco soldados de distintos orígenes, algunos de ellos reservistas. Sirven en la infantería y en el Cuerpo Blindado. Algunos son padres; otros acaban de terminar el bachillerato. Algunos se encontraban en Bint Jbeil, justo al otro lado de la frontera, otros llegaron al río Litani, a unos 30 kilómetros tierra adentro en Líbano.

Motos, alfombras, sillones… y productos de limpieza

El convoy de la unidad logística tenía una misión extraoficial, según Nadav, de 32 años: “Sacar el botín, descargarlo en el puesto de avanzada donde se encontraba el cuartel general, para que estuviera esperando a los soldados cuando regresaran a casa”. La consigna era: “Coged lo que queráis”.

“El pueblo en el que operábamos pertenecía a gente adinerada, lleno de villas con piscinas, coches de lujo y joyas. Casi todas las casas tenían objetos de valor. Entrábamos en las casas disparando a diestro y siniestro. Una vez que nos asegurábamos de que la zona estaba despejada, comenzaba la verdadera misión: encontrar objetos de valor”, relata a Haaretz Nadav, que enumera el botín: alfombras, motos, sillones y estufas, pero también productos menores como cajas de caramelos y tabaco, productos de limpieza o material de oficina.

“Tengo que admitir que al principio no me molestó, pero con el paso de los días empezó a darme asco. Fui allí para garantizar la seguridad de la gente del norte, no para robar. Intenté hablar con la gente, discutir con ellos, pero no había con quién hablar”, relata este soldado, que asegura que la única prevención que los mandos transmitían a los soldados era entrar disparando antes de revisar el potencial botín. “Hay escasez de soldados y es difícil exigir cosas”, le respondió un oficial cuando le expresó sus reservas sobre la práctica.

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“Antes era necesario ‘incriminar’ una estructura para destruirla, encontrar armas en su interior, probar la presencia de terroristas. Pero hoy en día, simplemente la destruyen, incluso escuelas y clínicas; lo único que no tocamos fue el cementerio”, detalló a Haaretz Elad, de 28 años, un reservista de infantería, que añade que el Ejército dejó de usar explosivos y contrató a empresas con excavadoras con trabajadores civiles. “Todos eran colonos extremistas, beduinos o drusos”, señaló.

“Daba asco. Entrábamos en las casas de la gente y algunas todavía estaban llenas de pertenencias, restos de sus vidas, como si hubieran huido sin tiempo de empacar. Había cuadros en las paredes, ropa en las habitaciones, muebles. Me partía el corazón. Me sentía incómodo, como si estuviera entrando a la fuerza en las casas de la gente, en sus vidas”, lamentaba.

Los testimonios de los soldados recogen justificaciones que iban del fervor religioso de los soldados y mandos más extremistas a la simple indiferencia, o incluso el afán de venganza. Elad acabó harto y se inventó un problema laboral con su empleo civil para que le dejasen abandonar la misión.

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“No tuvimos tiempo de asimilar lo sucedido. No paraban de dispararnos: proyectiles de mortero, cohetes, explosiones todo el tiempo. Luego empezaron a aparecer los drones, y eso nos asustó aún más. No podía dejar de mirar al cielo”, relató al diario israelí Itai, de 20 años, integrante de la brigada de paracaidistas, que a su regreso a Israelí pidió al Ejército una ayuda psiquiátrica que solo le fue concedida tras interesarse Haaretz por su caso.

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