En Ceuta, conocida como la ciudad de las cuatro culturas, hoy caben mil ciudades en una. En el barrio de El Príncipe, a mediodía de este viernes, decenas de niñas y jóvenes migrantes son trasladadas a una nave industrial recién reformada para acogerlas tras acusar la amenaza de violencia sexual. A la misma hora y a pocos kilómetros de allí, en el polígono de El Tarajal, otros tantos menores no acompañados duermen en el suelo entre el hedor a excremento y orín. En una ladera próxima, en la mañana de este sábado, tres legionarios corren con la porra en mano detrás de tres adolescentes. Uno de los agentes les ruega, en árabe, alejarse de las casas. Poco después, en la playa de El Trampolín, el asentamiento principalmente de subsaharianos ha mutado en poblado donde ya se autoorganizan las tareas y matan su tediosa espera en torneos de lucha libre. Las urgencias del único hospital están colapsadas por la afluencia de personas migrantes, con algunos casos puntuales de tuberculosis y sarna registrados, pero sobre todo debido a heridas por reyertas o caídas. Y la psicosis inunda las mentes y los teléfonos de los ceutíes por las informaciones sobre el aumento de la delincuencia, mientras las sirenas de las patrullas no cesan.


En el centro de la ciudad se perciben menos personas migrantes deambulando, aunque en los barrios periféricos miles de personas siguen durmiendo en el suelo y copando las calles
En Ceuta, conocida como la ciudad de las cuatro culturas, hoy caben mil ciudades en una. En el barrio de El Príncipe, a mediodía de este viernes, decenas de niñas y jóvenes migrantes son trasladadas a una nave industrial recién reformada para acogerlas tras acusar la amenaza de violencia sexual. A la misma hora y a pocos kilómetros de allí, en el polígono de El Tarajal, otros tantos menores no acompañados duermen en el suelo entre el hedor a excremento y orín. En una ladera próxima, en la mañana de este sábado, tres legionarios corren con la porra en mano detrás de tres adolescentes. Uno de los agentes les ruega, en árabe, alejarse de las casas. Poco después, en la playa de El Trampolín, el asentamiento principalmente de subsaharianos ha mutado en poblado donde ya se autoorganizan las tareas y matan su tediosa espera en torneos de lucha libre. Las urgencias del único hospital están colapsadas por la afluencia de personas migrantes, con algunos casos puntuales de tuberculosis y sarna registrados, pero sobre todo debido a heridas por reyertas o caídas. Y la psicosis inunda las mentes y los teléfonos de los ceutíes por las informaciones sobre el aumento de la delincuencia, mientras las sirenas de las patrullas no cesan.
“Somos de Ceuta, somos caballas y el que se meta con nosotros, vaya vaya…”. Un lema popular resume la identidad de los 83.000 censados de la ciudad autónoma, apodados como el común pescado que cae en sus redes. Y donde las peculiaridades de su ubicación, un istmo de 20 kilómetros cuadrados rodeado de agua con el único acceso a Marruecos por el paso de El Tarajal, marcan una españolidad que se apercibe en banderas rojigualdas y en los estandartes en honor a la Virgen de África colgados por las calles. La puerta de la feria, que tuvo que ser anulada tras la entrada de unas 80.000 personas, seguía este viernes en pie como si el tiempo se hubiera detenido 15 días después del cruce inédito. Y, con él, la nueva normalidad que se ha instalado entre sus vecinos, que acusan hastío y refieren sentimiento de inseguridad.
A todo el que se le pregunta, saca el móvil y enseña vídeos y fotos que corren en WhatsApp de reyertas o entradas en domicilios. Muchos de los incidentes los confirman los agentes de las fuerzas y cuerpos de seguridad desplegados, aunque también se mezclan los bulos. Buena parte de los ceutíes denuncian “abandono” por parte del Gobierno central y hay quienes incluso aseguran que han dejado a sus hijos con familiares en la península. También están los que apenas pueden dormir. “Esto es una locura. Ceuta no es esto; la gente está saturada, nos estamos deshumanizando”, lamenta Elena Larios, trabajadora social de 45 años, con la voz quebrada en un céntrico bar. Juan Miguel Rocher, arquitecto de 39 años, que se toma una cerveza con un amigo tras dos semanas sin verse al permanecer en casa con las persianas bajadas, resume el estado de ánimo de los ceutíes así: “Somos una gente acogedora y ahora estamos de capa caída”.
Desde este fin de semana, eso sí, la diferencia entre el centro y los barrios que rodean al casco histórico se acentúa cada vez más. Casi todos los consultados reconocen que ya no se ve a tantísimas personas deambulando por las calles del casco histórico, ya sea por el “miedo” a las intenciones del Gobierno central de “devolver” a todos a Marruecos, expresado por el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, el martes; o por la mayor presencia de policías, guardias civiles y militares tras la visita del titular de Interior, Fernando Grande-Marlaska, el jueves.
“Está la cosa mejor en el centro, hay menos gente deambulando, pero porque hay una grandísima diferencia entre el centro y la periferia”, apunta Germán Álvarez, de 42 años y administrador de empresas. “Se está recuperando el pulso, la diferencia es notable”, aprecia Nabil, taxista en la ciudad. “La gente está saliendo, pero no te puedes recoger sola. No te puedes fiar”, añade Alba Morcillo, de 26 años y auxiliar de óptica. Las calles del casco histórico están más despejadas, aunque en los barrios el trasiego de personas migrantes no cesa.

Según las estimaciones del Ejecutivo central, unas 8.000 personas permanecen en la ciudad autónoma, aunque el Gobierno autonómico del popular Juan Jesús Vivas cree que son más. “La situación es tremenda, los vecinos están muy preocupados, las playas estarían a rebosar y no hay prácticamente nadie”, señala el consejero de Presidencia, Alberto Gaitán. “Las barriadas están más presionadas, pero hay en toda la ciudad, sin duda”, remacha por teléfono. La Moncloa calcula que tendrá que asumir la acogida de 5.000 personas, unos 2.500 menores y otros tantos potenciales solicitantes de asilo, muchos de los cuales son los subsaharianos que han formado un minipueblo en la playa de El Trampolín.
Las devoluciones en masa iniciales cesaron tras el primer fin de semana. Ahora, cada día, en el paso de El Tarajal hay un goteo de personas que siguen regresando por su propio pie. El jueves, la Delegación del Gobierno cifró en alrededor de 600 los migrantes que han abandonado el suelo ceutí voluntariamente. Pero miles permanecen durmiendo en la arena, sobre cartones o sobre el suelo, todavía sin intención de marcharse. Entre ellas, Wafa Atid, 28 años, marroquí de la ciudad de Taza, que lleva dos semanas en las inmediaciones del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), situado en una ladera que queda encima de la playa de El Trampolín, tratando de conseguir un hueco dentro. Una meta casi imposible.

Atid se marchó de casa porque no profesa el islam y rehúsa cubrirse. “Es muy complicado vivir en un país que no va con tu forma de ser”, cuenta en inglés la mujer, de formas menudas, sobre una colchoneta hinchable. A su lado, en una libreta, ha apuntado frases en castellano, que trata de aprender, extraídas de su teléfono móvil. Sueña con vivir en Barcelona y duerme junto a otras mujeres marroquíes que conoció tras entrar a nado. Al lado, dos policías nacionales custodian el lugar día y noche desde hace unas jornadas. Y han separado a las mujeres de los hombres, que están situados obligatoriamente al otro lado de la carretera para evitar problemas. Incluso los maridos de algunas de ellas. “Por la noche no se ve nada y no podemos controlar bien si se acercan a ellas”, explica uno de los agentes.
Ese terror es compartido por las propias mujeres y por Ahmed Enfed-Dal, presidente de la asociación de vecinos del barrio de El Príncipe, situado encima del paso de El Tarajal. “Hay niñas que tienen miedo”, asegura Enfed-Dal. Los voluntarios de su asociación gestionan un polideportivo donde las chicas llevan días durmiendo sobre colchones donados o directamente sobre la pista de juego. “Es como dormir en la calle, pero con un poco de vigilancia”, explica el presidente. Fuentes oficiales de Interior apuntan a al menos seis denuncias por agresión sexual, todas sobre chicas migrantes en Ceuta.
En un halo de esperanza, la situación para algunas niñas y menores ha empezado a cambiar, aunque solo sea de manera ínfima. El Gobierno de la ciudad empezó este viernes a derivarlas desde ese polideportivo a unas naves industriales cercanas. Por la puerta del edificio industrial, donde los albañiles continúan acometiendo reformas, se ven literas de dos camas con las barras azul marino. Las primeras chicas en llegar sonríen desde dentro. Al menos 86 niñas habían sido trasladadas ya este sábado por la Policía Nacional.

Mientras, cientos de menores continúan vagando. Según datos de Interior, 1.898 menores han sido filiados hasta ahora por la Policía Nacional, pero las estimaciones apuntan a muchos más. Lo que sí ha cesado son las largas colas de niños en la entrada de la jefatura de la Policía Nacional, aunque se mantienen las vallas por si acaso. Hay jóvenes, pero también críos que están tirados en las laderas, pidiendo para comer, sobre todo en el Campo Exterior. Cerca del paso fronterizo, en el polígono de El Tarajal, el hedor a excremento se apodera de la pituitaria dentro de un asentamiento donde los menores comen de lo poco que sacan de la beneficencia.
Unos metros más allá, en las laderas próximas, tres legionarios tratan de disuadir a unos jóvenes de entrar en las casas de los vecinos. Algunos son familiares que también los esconden. Además, hay adultos que continúan recorriendo en grupos o solos las calles. Miran el móvil, están parados y eso intimida a los vecinos. En algunos supermercados, los militares vigilan los accesos como prevención. Ya en el único hospital de la ciudad, ubicado junto a El Príncipe, varios hombres esperan sentados en la calle a ser atendidos en urgencias. El centro sanitario está a su vez custodiado por dos legionarios. Ayoue Chatal, de 32 años, es uno de los pacientes que aguarda ser atendido; tiene la mano vendada. “Tenemos heridas por peleas, por correr para escondernos, por caernos”, asegura el hombre.

Sobre la situación sanitaria, el jefe de Medicina Preventiva del Hospital, Julián Domínguez, advierte de que hay “miles de personas sin salubridad, por lo que puede pasar cualquier cosa”. Ha habido un brote de gastroenteritis y algunos casos puntuales de tuberculosis y sarna diagnosticados. “La población está sobrecogida y yo, como epidemiólogo, muy preocupado”, añade Domínguez, quien confirma la saturación en urgencias. “Esto es una crisis humanitaria”, sentencia. En varios puntos hay desplomes de menores, a los que acuden los servicios de urgencias en medio del calor húmedo.
El próximo lunes, la ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Elma Saiz, se desplazará a Ceuta. La intención del Gobierno es comenzar a poner en funcionamiento de forma escalonada varios dispositivos con el objetivo de que al menos dos de ellos, con capacidad conjunta próxima al millar de personas, puedan estar operativos durante la próxima semana, entre los días 17 y 23 de agosto. Entretanto, y tras desvanecerse la amenaza de entrada de este 15 de agosto, los ceutíes continúan conviviendo con el paso de los coches patrulla, los helicópteros y las incesantes sirenas. “El pueblo ceutí está acostumbrado a la presencia militar, pero para nada a esto”, explica un militar del Ejército de Tierra crecido y destinado en la ciudad autónoma. En el paso de El Tarajal, un guardia civil trasladado desde Málaga en la frontera añade: “La cosa es qué pasa si en el futuro vuelve a pasar”.
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