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  Internacional  Andy Burnham, alcalde progresista, defensor de lo público y ¿salvador del Partido Laborista?
Internacional

Andy Burnham, alcalde progresista, defensor de lo público y ¿salvador del Partido Laborista?

mayo 15, 2026
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El favorito en las posibles primarias del partido para sustituir a Keir Starmer ha girado a la izquierda en la última década, defiende el norte de Inglaterra frente a la «burbuja» de Londres y quiere más control público de la vivienda. Aún tiene que demostrar que puede ganar a la extrema derecha en el escaño que necesita para ser candidatoLa guerra civil del laborismo paraliza el Gobierno de Starmer
El alcalde de Manchester, Andy Burnham, suele contar que su carrera cambió el 15 de abril de 2009. El momento iluminador sucedió en Anfield, el estadio del Liverpool. Entonces era ministro de Cultura y Deportes del Gobierno laborista de Gordon Brown y aceptó dar un discurso en una ceremonia de recuerdo a las víctimas de la avalancha durante una semifinal de la Copa de Inglaterra en 1989 en el estadio Hillsborough en la que murieron 96 personas y más de 700 resultaron heridas. 

Burnham apenas había empezado a hablar en el podio cuando miles de personas empezaron a gritar contra el Gobierno: “¡Queremos justicia!” El único intento de investigación lo había parado unos años el ministro del Interior. Los ánimos se calmaron cuando Burnham, que nació cerca de Liverpool, empezó a contar sus propios recuerdos traumáticos mientras estaba en la otra semifinal que se jugaba ese día. Dijo que la avalancha era un desastre provocado por errores humanos y se comprometió a reabrir la investigación aunque no era entonces la política oficial de su Gobierno.

Gordon Brown vio el discurso y le pidió que hablara de la tragedia al día siguiente en la reunión de gabinete. Pese a las reticencias de algunos ministros, Brown apoyó a Burnham y dio luz verde a los primeros pasos para investigar y asumir responsabilidades: “Vamos a apoyar a Andy en esto”, dijo el primer ministro, según Burnham. “Cuando recuerdo ese momento siempre se me saltan las lágrimas”, escribe Burnham en su libro Head North, escrito a medias con el alcalde de Liverpool.

Pero, aunque ahí empezó un camino largo para la investigación y compensación de las familias, para Burnham, la pasividad durante años de “la burbuja de Westminster” contra las penas del norte de Inglaterra estaban claras.

“Siempre digo que di mis primeros pasos para salir de Westminster el 15 de abril de 2009”, escribe. “Aunque pasaron otros ocho años hasta que por fin me fui, las cosas nunca fueron iguales desde aquel día. Había experimentado la manera en la que nuestro sistema político le falla a la gente de una manera muy personal y, desde 2009, me convencí de que solo se podía arreglar con un cambio radical”.
El regreso
Burnham puede volver ahora al Parlamento si logra ganar el escaño de Makerfield, un distrito entre Manchester y Liverpool. El diputado que ocupaba el puesto ha dimitido para que él pueda presentarse a unas elecciones especiales que se espera sean en junio. Entonces podría presentarse a líder del Partido Laborista y, si gana las primarias, relevar a Keir Starmer como primer ministro. Solo los diputados pueden ser candidatos a liderar el partido.

El distrito tira ahora hacia la ascendente extrema derecha de Nigel Farage. John Curtice, catedrático de Políticas y veterano gurú de las encuestas, dice que es muy difícil ganarlo para un laborista y que si lo hace podrá mostrar “la magia” para luchar contra Reform. “Tiene mucho riesgo”, explicaba este viernes. “Si gana estas elecciones, será por popularidad personal”.

Burnham es el más popular de los aspirantes entre la población general y la base laborista, según las últimas encuestas. Es uno de los pocos políticos laboristas que, por ahora, despierta más opiniones favorables que desfavorables, según YouGov.

Si gana el escaño, sería su vuelta a Londres después de casi una década. Cuando se marchó, lo hizo con pocas ganas de volver. Sus años en Londres en los años 90 empezaron con emoción como un joven periodista –escribía en una publicación especializada en contenedores– que logró su sueño de pasarse a la política y ser diputado. Pero acabaron en decepción. Su experiencia familiar más humilde, sus estudios de lengua y literatura –sabe más de poesía que de leyes– y su origen le distanciaban de muchos de sus colegas.
El Brexit y la burbuja
Burnham había entrado en el Parlamento con 31 años y había empezado a servir en miembro del Gobierno con 38. Cuando decidió abandonar su escaño para competir por la alcaldía de Manchester, en 2017, se había presentado sin éxito dos veces al liderazgo del Partido Conservador. La última, en 2015, había empezado como el favorito, pero había perdido contra Jeremy Corbyn, que para él significaba de nuevo la élite del partido en Londres. 

Keir Starmer, entonces diputado como él, apoyó a Burnham. En 2020, cuando el actual primer ministro se presentó a líder, el ya alcalde de Manchester dijo que no podía respaldarlo porque había dos competidoras del norte de Inglaterra. Starmer, según cuenta Tom Baldwin, su biógrafo, se quedó especialmente tocado porque confiaba en él y ambos habían conectado como outsiders de familia de clase trabajadora y aficionados al fútbol.

El alcalde de Manchester, Andy Burnham, y el primer ministro británico, Keir Starmer, en una escuela de Ashton, a las afueras de Manchester, el 13 de abril de 2026, para promocionar un programa de desayunos gratis para escolares.

Burnham, como Starmer, había hecho campaña para que el Reino Unido se quedara en la UE. El ahora alcalde se quejaba de que el mensaje oficial a favor de quedarse era demasiado económico y no transmitía un apego emocional. También se quejaba de que apenas había campaña en las zonas más deprimidas y escépticas sobre la UE y sobre el Gobierno británico. Además, “la visión de la UE como una conspiración capitalista” que dice representaba Corbyn ayudó a la victoria del Brexit, una de las catástrofes de la última década, según el alcalde.

Los “cuatro jinetes del apocalipsis del Reino Unido” son hoy “desregulación, privatización, austeridad y Brexit”, dijo Burnham en un discurso este enero.

El Brexit fue, según él, una reacción a un sistema que gira alrededor de Londres y se preocupa más de que los vecinos del condado de Buckingham, en el sur rico de Inglaterra, no vean el tren pasar o se proteja una supuesta colonia de murciélagos que de que el tren de alta velocidad llegue al norte. Se refiere al tren que tenía que unir Londres y Manchester y ahora llegará a Birmingham tarde, más lento y más caro.

“Desde siempre, Westminster nos trata a la gente del norte como ciudadanos de segunda clase”, escribe Burnham. “No creo que el voto del Brexit fuera una declaración limitada a la UE o la inmigración. Para mí, fue un grito más profundo de enfado contra Westminster y Bruselas”.
El “manchesterismo”
De vuelta a Manchester, Burnham encontró su trabajo a medida. Es alcalde de un gran ayuntamiento que incluye las afueras de la ciudad, con más de tres millones de habitantes. La prensa lo empezó a llamar “el rey del norte”. 

Nunca se había mudado del todo a Londres. Su esposa, Marie-France Marie-France Van Heel, ejecutiva de marketing holandesa que conoció en la Universidad de Cambridge, se había quedado en Manchester con sus tres hijos. Burnham dice que solo sentía felicidad cuando volvía los fines de semana a casa.

Como alcalde de Manchester, impulsó algunos cambios, como la toma del control público de la red de autobuses. Aquí empezó a desarrollar lo que a él le gusta llamara “el manchesterismo”. Era un término despreciativo utilizado por Friedrich Engels para referirse al foco de los sindicatos de Manchester en limitar las jornadas laborales, prohibir la explotación infantil y subir los salarios en lugar de apuntar a una revolución total. Para Burnham, el “manchesterismo” es socialismo que mantiene buenas relaciones con las empresas privadas. Lo esencial, según él, es el control público de los servicios públicos esenciales, como el agua, la luz, el transporte y también la vivienda.

En una entrevista en septiembre del año pasado con la revista New Statesman, describía sus ideas como “deshacer los años 80”, en referencia a las políticas de Margaret Thatcher de privatización dando el monopolio de los servicios a unos pocos en medio del hundimiento del centro y el norte de Inglaterra. Su propio padre lo había visto de cerca como empleado del servicio de correos y no estaba de acuerdo con algo decidido por “gente que descorchaba botellas de champán en la City de Londres”.

“El control público lo es todo”, dice Burnham, que cuenta su buena experiencia reduciendo costes y aumentando las rutas de autobús en Manchester. El alcalde habla de las empresas de agua y de trenes, que el Gobierno Starmer ya está nacionalizando, pero también insiste en la vivienda: “Si no tienes el control de la vivienda, no tienes el control de los costes que está afrontando el país… Hemos perdido el control de las cosas básicas de la vida”. 

Una de las recetas de Burnham es dejar que las regiones y los ayuntamientos gestionen el dinero y los servicios frente al actual modelo, todavía muy centralizado. También cree que el Estado podría pedir más prestado y flexibilizar sus reglas fiscales, por ejemplo para aumentar el gasto en defensa sin recortar ayudas sociales. La brecha entre el norte y el sur del país cree que es la explicación de casi todos los males británicos. 
De alcalde a ¿primer ministro?
Su gestión en Manchester ha logrado algunos éxitos, como en el transporte, y el crecimiento económico por encima de la media del país, pero también ha fallado en otros, como la reducción de la pobreza extrema. Muchos le recuerdan que ser alcalde está muy lejos de ser primer ministro e incluso el precedente de Boris Johnson, que fue un alcalde de Londres relativamente competente, y se estrelló como primer ministro. 

La experiencia de Burnham en asuntos económicos y política exterior es limitada. Catherine West, la diputada laborista que empezó la rebelión el fin de semana empujando unas primarias, sugiere ahora que alguien con Burnham podría necesitar a Starmer de ministro de Exteriores. 

Su posible ascenso ya ha puesto nerviosos a los mercados y este viernes seguía subiendo el coste de la deuda pública para el Reino Unido. Esa será una de las preguntas que tendrá que afrontar Burnham en su campaña ahora. 

También su supuesta capacidad de adaptación al viento del momento. Le molesta que le llamen “camaleón” por haber pasado por todas las alas del partido y dice que su espíritu auténtico lo ha encontrado como alcalde de Manchester. Ahora el que una vez fue el candidato del centro o incluso de la derecha del partido es el hombre de lo que en la jerga política del Reino Unido se llama “izquierda blanda” para diferenciarla de la “izquierda dura” de Corbyn o el Partido Verde. 

Ahora Burnham cree que la prioridad es derrotar sobre todo a la extrema derecha o, según el eufemismo local, “la derecha dura”.

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Burnham apenas había empezado a hablar en el podio cuando miles de personas empezaron a gritar contra el Gobierno: “¡Queremos justicia!” El único intento de investigación lo había parado unos años el ministro del Interior. Los ánimos se calmaron cuando Burnham, que nació cerca de Liverpool, empezó a contar sus propios recuerdos traumáticos mientras estaba en la otra semifinal que se jugaba ese día. Dijo que la avalancha era un desastre provocado por errores humanos y se comprometió a reabrir la investigación aunque no era entonces la política oficial de su Gobierno.

Gordon Brown vio el discurso y le pidió que hablara de la tragedia al día siguiente en la reunión de gabinete. Pese a las reticencias de algunos ministros, Brown apoyó a Burnham y dio luz verde a los primeros pasos para investigar y asumir responsabilidades: “Vamos a apoyar a Andy en esto”, dijo el primer ministro, según Burnham. “Cuando recuerdo ese momento siempre se me saltan las lágrimas”, escribe Burnham en su libro Head North, escrito a medias con el alcalde de Liverpool.

Pero, aunque ahí empezó un camino largo para la investigación y compensación de las familias, para Burnham, la pasividad durante años de “la burbuja de Westminster” contra las penas del norte de Inglaterra estaban claras.

“Siempre digo que di mis primeros pasos para salir de Westminster el 15 de abril de 2009”, escribe. “Aunque pasaron otros ocho años hasta que por fin me fui, las cosas nunca fueron iguales desde aquel día. Había experimentado la manera en la que nuestro sistema político le falla a la gente de una manera muy personal y, desde 2009, me convencí de que solo se podía arreglar con un cambio radical”.
El regreso
Burnham puede volver ahora al Parlamento si logra ganar el escaño de Makerfield, un distrito entre Manchester y Liverpool. El diputado que ocupaba el puesto ha dimitido para que él pueda presentarse a unas elecciones especiales que se espera sean en junio. Entonces podría presentarse a líder del Partido Laborista y, si gana las primarias, relevar a Keir Starmer como primer ministro. Solo los diputados pueden ser candidatos a liderar el partido.

El distrito tira ahora hacia la ascendente extrema derecha de Nigel Farage. John Curtice, catedrático de Políticas y veterano gurú de las encuestas, dice que es muy difícil ganarlo para un laborista y que si lo hace podrá mostrar “la magia” para luchar contra Reform. “Tiene mucho riesgo”, explicaba este viernes. “Si gana estas elecciones, será por popularidad personal”.

Burnham es el más popular de los aspirantes entre la población general y la base laborista, según las últimas encuestas. Es uno de los pocos políticos laboristas que, por ahora, despierta más opiniones favorables que desfavorables, según YouGov.

Si gana el escaño, sería su vuelta a Londres después de casi una década. Cuando se marchó, lo hizo con pocas ganas de volver. Sus años en Londres en los años 90 empezaron con emoción como un joven periodista –escribía en una publicación especializada en contenedores– que logró su sueño de pasarse a la política y ser diputado. Pero acabaron en decepción. Su experiencia familiar más humilde, sus estudios de lengua y literatura –sabe más de poesía que de leyes– y su origen le distanciaban de muchos de sus colegas.
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Burnham había entrado en el Parlamento con 31 años y había empezado a servir en miembro del Gobierno con 38. Cuando decidió abandonar su escaño para competir por la alcaldía de Manchester, en 2017, se había presentado sin éxito dos veces al liderazgo del Partido Conservador. La última, en 2015, había empezado como el favorito, pero había perdido contra Jeremy Corbyn, que para él significaba de nuevo la élite del partido en Londres. 

Keir Starmer, entonces diputado como él, apoyó a Burnham. En 2020, cuando el actual primer ministro se presentó a líder, el ya alcalde de Manchester dijo que no podía respaldarlo porque había dos competidoras del norte de Inglaterra. Starmer, según cuenta Tom Baldwin, su biógrafo, se quedó especialmente tocado porque confiaba en él y ambos habían conectado como outsiders de familia de clase trabajadora y aficionados al fútbol.

El alcalde de Manchester, Andy Burnham, y el primer ministro británico, Keir Starmer, en una escuela de Ashton, a las afueras de Manchester, el 13 de abril de 2026, para promocionar un programa de desayunos gratis para escolares.

Burnham, como Starmer, había hecho campaña para que el Reino Unido se quedara en la UE. El ahora alcalde se quejaba de que el mensaje oficial a favor de quedarse era demasiado económico y no transmitía un apego emocional. También se quejaba de que apenas había campaña en las zonas más deprimidas y escépticas sobre la UE y sobre el Gobierno británico. Además, “la visión de la UE como una conspiración capitalista” que dice representaba Corbyn ayudó a la victoria del Brexit, una de las catástrofes de la última década, según el alcalde.

Los “cuatro jinetes del apocalipsis del Reino Unido” son hoy “desregulación, privatización, austeridad y Brexit”, dijo Burnham en un discurso este enero.

El Brexit fue, según él, una reacción a un sistema que gira alrededor de Londres y se preocupa más de que los vecinos del condado de Buckingham, en el sur rico de Inglaterra, no vean el tren pasar o se proteja una supuesta colonia de murciélagos que de que el tren de alta velocidad llegue al norte. Se refiere al tren que tenía que unir Londres y Manchester y ahora llegará a Birmingham tarde, más lento y más caro.

“Desde siempre, Westminster nos trata a la gente del norte como ciudadanos de segunda clase”, escribe Burnham. “No creo que el voto del Brexit fuera una declaración limitada a la UE o la inmigración. Para mí, fue un grito más profundo de enfado contra Westminster y Bruselas”.
El “manchesterismo”
De vuelta a Manchester, Burnham encontró su trabajo a medida. Es alcalde de un gran ayuntamiento que incluye las afueras de la ciudad, con más de tres millones de habitantes. La prensa lo empezó a llamar “el rey del norte”. 

Nunca se había mudado del todo a Londres. Su esposa, Marie-France Marie-France Van Heel, ejecutiva de marketing holandesa que conoció en la Universidad de Cambridge, se había quedado en Manchester con sus tres hijos. Burnham dice que solo sentía felicidad cuando volvía los fines de semana a casa.

Como alcalde de Manchester, impulsó algunos cambios, como la toma del control público de la red de autobuses. Aquí empezó a desarrollar lo que a él le gusta llamara “el manchesterismo”. Era un término despreciativo utilizado por Friedrich Engels para referirse al foco de los sindicatos de Manchester en limitar las jornadas laborales, prohibir la explotación infantil y subir los salarios en lugar de apuntar a una revolución total. Para Burnham, el “manchesterismo” es socialismo que mantiene buenas relaciones con las empresas privadas. Lo esencial, según él, es el control público de los servicios públicos esenciales, como el agua, la luz, el transporte y también la vivienda.

En una entrevista en septiembre del año pasado con la revista New Statesman, describía sus ideas como “deshacer los años 80”, en referencia a las políticas de Margaret Thatcher de privatización dando el monopolio de los servicios a unos pocos en medio del hundimiento del centro y el norte de Inglaterra. Su propio padre lo había visto de cerca como empleado del servicio de correos y no estaba de acuerdo con algo decidido por “gente que descorchaba botellas de champán en la City de Londres”.

“El control público lo es todo”, dice Burnham, que cuenta su buena experiencia reduciendo costes y aumentando las rutas de autobús en Manchester. El alcalde habla de las empresas de agua y de trenes, que el Gobierno Starmer ya está nacionalizando, pero también insiste en la vivienda: “Si no tienes el control de la vivienda, no tienes el control de los costes que está afrontando el país… Hemos perdido el control de las cosas básicas de la vida”. 

Una de las recetas de Burnham es dejar que las regiones y los ayuntamientos gestionen el dinero y los servicios frente al actual modelo, todavía muy centralizado. También cree que el Estado podría pedir más prestado y flexibilizar sus reglas fiscales, por ejemplo para aumentar el gasto en defensa sin recortar ayudas sociales. La brecha entre el norte y el sur del país cree que es la explicación de casi todos los males británicos. 
De alcalde a ¿primer ministro?
Su gestión en Manchester ha logrado algunos éxitos, como en el transporte, y el crecimiento económico por encima de la media del país, pero también ha fallado en otros, como la reducción de la pobreza extrema. Muchos le recuerdan que ser alcalde está muy lejos de ser primer ministro e incluso el precedente de Boris Johnson, que fue un alcalde de Londres relativamente competente, y se estrelló como primer ministro. 

La experiencia de Burnham en asuntos económicos y política exterior es limitada. Catherine West, la diputada laborista que empezó la rebelión el fin de semana empujando unas primarias, sugiere ahora que alguien con Burnham podría necesitar a Starmer de ministro de Exteriores. 

Su posible ascenso ya ha puesto nerviosos a los mercados y este viernes seguía subiendo el coste de la deuda pública para el Reino Unido. Esa será una de las preguntas que tendrá que afrontar Burnham en su campaña ahora. 

También su supuesta capacidad de adaptación al viento del momento. Le molesta que le llamen “camaleón” por haber pasado por todas las alas del partido y dice que su espíritu auténtico lo ha encontrado como alcalde de Manchester. Ahora el que una vez fue el candidato del centro o incluso de la derecha del partido es el hombre de lo que en la jerga política del Reino Unido se llama “izquierda blanda” para diferenciarla de la “izquierda dura” de Corbyn o el Partido Verde. 

Ahora Burnham cree que la prioridad es derrotar sobre todo a la extrema derecha o, según el eufemismo local, “la derecha dura”.

En su libro actualizado tras la victoria laborista en las elecciones generales de julio de 2024, Burnham alaba a Starmer y le agradece en especial la legislación para dar más competencias a las regiones o aumentar el escrutinio de las autoridades en caso de emergencia, con la ley llamada Hillsborough, pero también alerta de los riesgos del descontento ciudadano si no hay cambios pronto. El epílogo, escrito en noviembre de 2024, alerta contra el ascenso de la extrema derecha: “Hay un riesgo de que el Reino unido pronto se parezca a Estados Unidos: un Gobierno progresiva puede servir solo un mandato y ser reemplazado en 2029 por el más derechista que haya visto nunca el Reino Unido”.   

El alcalde de Manchester, Andy Burnham, suele contar que su carrera cambió el 15 de abril de 2009. El momento iluminador sucedió en Anfield, el estadio del Liverpool. Entonces era ministro de Cultura y Deportes del Gobierno laborista de Gordon Brown y aceptó dar un discurso en una ceremonia de recuerdo a las víctimas de la avalancha durante una semifinal de la Copa de Inglaterra en 1989 en el estadio Hillsborough en la que murieron 96 personas y más de 700 resultaron heridas. 

Burnham apenas había empezado a hablar en el podio cuando miles de personas empezaron a gritar contra el Gobierno: “¡Queremos justicia!” El único intento de investigación lo había parado unos años el ministro del Interior. Los ánimos se calmaron cuando Burnham, que nació cerca de Liverpool, empezó a contar sus propios recuerdos traumáticos mientras estaba en la otra semifinal que se jugaba ese día. Dijo que la avalancha era un desastre provocado por errores humanos y se comprometió a reabrir la investigación aunque no era entonces la política oficial de su Gobierno.

 elDiario.es – Internacional

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