El héroe del Mundial desveló que el presentador no vio ni un solo partido del campeonato pese a celebrar después con él en Ibiza; Motos contraatacó con la encerrona que más podía avergonzar al futbolista: llevarle al plató a la creadora del viral «¡Oh, Ferran!». Un toma y daca, por «donde hay confianza…» Leer El héroe del Mundial desveló que el presentador no vio ni un solo partido del campeonato pese a celebrar después con él en Ibiza; Motos contraatacó con la encerrona que más podía avergonzar al futbolista: llevarle al plató a la creadora del viral «¡Oh, Ferran!». Un toma y daca, por «donde hay confianza…» Leer
España necesitó una final de un Mundial para convertir a Ferran Torres en héroe nacional. Pablo Motos necesitó una pregunta para meterse en un jardín del que ya no hubo manera de salir. Bueno, en realidad la pregunta no fue suya. Se la hizo Ferran Torres. Y ése fue precisamente el problema.
-«¿Tú viste la final del Mundial?».
Silencio.
No hacía falta VAR. La cara de Pablo Motos ya había confirmado el delito. «Ahora mismo lo estoy pasando un poco mal. Voy a contar la cagada». Y vaya cagada.
Porque resulta que el hombre que este lunes tenía sentado en El Hormiguero al futbolista que marcó el gol que hizo campeona del mundo a España no vio aquel partido. Hasta aquí podría tener un pase. Cada uno vive las finales de los Mundiales como quiere. El problema llegó cuando Ferran Torres empezó a tirar del hilo y se descubrió que Pablo Motos no había visto la final porque, básicamente, no había visto ni un solo partido del Mundial. Ni uno. Como tampoco vio la final del primer Mundial de España y confundió a Guti con Sergio Ramos. No es ningún secreto que el fútbol y Pablo Motos son como el aceite y el agua. Y, claro, un futbolista, una amistad y todo el monte es orégano.
Todavía faltaba lo mejor: Motos y Torres se conocieron este verano en Ibiza, cuando uno acababa de proclamarse campeón del mundo y el otro no tenía ni idea de cómo lo había hecho. Maravilloso.
Ferran celebrando el momento más importante de su carrera y probablemente de su vida; Pablo Motos de fiesta con él sin haber visto un minuto del campeonato y sin saber que estaba frente al héroe de España. Uno había marcado el gol que hizo feliz a España y el otro debía de pensar: este chico parece majo.
«¿Has visto cómo vas a más de una cagada por Mundial?», remató Ferran. «Tampoco hace falta que me pisotees, Ferran». Pero sí hacía falta. Por supuesto que hacía falta. Es la manera en la que El Hormiguero convierte el programa en un encuentro de colegas. Rompiendo las reglas, el protocolo.
Torres lo explicó después cuando Motos le preguntó cómo llevaba eso de perder. Resulta que el futbolista controla mucho mejor la derrota sobre el césped que jugando a cualquier tontería con los suyos. Con la familia, con los amigos, con la gente cercana se transforma. «Donde hay confianza…», vino a reconocer. Pues exactamente eso fue lo que ocurrió este lunes en El Hormiguero: donde hay confianza, Ferran Torres te deja en bragas delante de toda España. Y confianza hay.
Porque aquella noche de Ibiza no sólo sirvió para que Pablo Motos descubriese, suponemos, quién había marcado el gol del Mundial. De allí salió también una amistad que permitió que la entrevista tuviera algo que muchas veces falta cuando una estrella del fútbol se sienta en un plató: juego. Ferran Torres no fue a cumplir expediente, a repetir las cuatro frases que se aprenden los futbolistas desde que pisan una cantera y a marcharse sin haber roto un plato. Fue a jugar.
Y él mismo lo reconoció: «A mí me va el salseo y dejar un par de titulares siempre me gusta». Gracias, Ferran. Así, sí.
Pablo Motos intentó salir del agujero del Mundial con una teoría digna de estudio. Si no vio el gol de Iniesta y España ganó aquel Mundial y tampoco vio el de Ferran y España ha vuelto a ganar, la conclusión científica es evidente: Pablo Motos es el talismán de la Selección. «En el siguiente Mundial yo no puedo ver la final». Correcto. Es más: si España llega otra vez a una final, convendría requisarle el mando, desenchufarle la televisión y cortarle internet. Por si acaso.
Claro que en medio de toda la guasa estaba el gol. Ese gol. Y ahí apareció otro Ferran Torres.
Motos le pidió que describiera qué había sentido desde que vio el balón hasta que acabó dentro de la portería. Torres recordó a Lamine pasando atrás hacia Porro, el balón llegando a Nico y a él avanzando casi por instinto. Entonces sucedió algo extraño: «Sentí que estaba en una isla, que sólo estaba yo». El ruido de una final desapareció. «Sentí un silencio absoluto durante un segundo». Sólo quedaron él y la pelota. Después chutó.
Lo ha visto «millones» de veces. Como mínimo, una al día. De hecho, confesó que la descarga de adrenalina después de marcar fue tan bestial que, terminada la celebración, apenas podía recordar cómo había sido el gol. Así que volvió a verlo. Y volvió. Y sigue volviendo.
Torres cree en el destino. Cree que aquel balón estaba allí para él. Y explicó que en el momento del disparo sintió algo que podría sonar excesivo si no estuviera hablando precisamente de una final: que no marcaba solo. «Sentí la fuerza de todos los españoles ayudándome a marcar ese gol».
Ahí estaba el héroe. Aunque duró poco la solemnidad, afortunadamente. «¿Qué da más gusto, meter gol o callar bocas?», quiso saber Motos. «En ese momento del Mundial, meter el gol, pero…». Pues eso, el salseo. Amén.
Porque Ferran Torres podrá hablar del destino, de la presión, de aprender a no venirse demasiado arriba cuando las cosas funcionan ni demasiado abajo cuando fracasan, pero tiene 26 años y tampoco hace falta convertirlo en Paulo Coelho. Además, quedaba la revancha de Pablo Motos.
Porque si Ferran Torres había entrado en El Hormiguero dispuesto a humillar cariñosamente al presentador, el presentador lleva 21 temporadas dedicándose a estas cosas. Y Motos había preparado munición. Dos palabras: «¡Oh, Ferran!».
El gol del Mundial convirtió a Torres en héroe nacional. Un audio convirtió a Ferran Torres en otra cosa bastante más difícil de gestionar: el hombre al que media España quiere gritarle «¡Oh, Ferran!» en cuanto se lo cruza.
«Hay veces que he pensado que me conocen más por el audio que por el gol», reconoció. Puede ser. España es así.
Torres contó que cuando comenzó el fenómeno estaba en Estados Unidos, concentrado y metido en una burbuja, y que no comprendió realmente la dimensión de aquello hasta después de la rúa. Al principio le hizo gracia. Luego empezó a crecer. Y crecer. Y crecer. Hasta llegar a París. Lo lleva regular: «A mí me da muchísima vergüenza. Y mira que yo tengo poca vergüenza».
Error, Ferran. Jamás le cuentes a Pablo Motos qué es lo que más vergüenza te da antes de que termine un programa de El Hormiguero.
«¿Conoces a la chica del audio?», le preguntó. «No, la verdad es que en persona no, pero me encantaría». Otro error, Ferran. Porque allí estaba Rocío Domingo.
La creadora del «¡Oh, Ferran!» apareció en el plató y el campeón del mundo entendió inmediatamente que el partido había cambiado. La misma persona que minutos antes había disfrutado viendo cómo Pablo Motos confesaba su absoluta abstinencia mundialista empezó a buscar una salida de emergencia. «Esto me da muchísima vergüenza. ¿Yo me puedo ir?». No. Por supuesto que no.
Motos quiso saber de Rocío qué tenía Ferran que no tuvieran los demás. Torres se retorcía en el asiento. Y como todavía quedaba un pequeño espacio para aumentar el sufrimiento, el presentador pidió a la creadora del viral que reprodujera el «¡Oh, Ferran!» allí mismo. En directo. Delante de él. Con una cámara preparada para recogerle la cara.
«Sólo para que pase un poquito de vergüenza», dijo Motos. Venganza. «La madre que te parió», respondió Ferran.
Y añadió la pregunta definitiva: «No es obligado volver a este programa, ¿no?». Empate.
Uno había destapado que Pablo Motos no vio ni un partido del Mundial. El otro había localizado a la mujer del «¡Oh, Ferran!» y la había sentado delante del futbolista para que se lo gritase a centímetros de distancia. Uno a uno. Que decida el VAR.
Pero la visita todavía dejó algún momento para descubrir al hombre que hay detrás de todo ese ruido. Torres habló de su nueva vida en París, de una mudanza desde Barcelona que está siendo más dura de lo que esperaba y de lo mucho que se echa de menos a la gente, especialmente a Pedri, y al país cuando uno se marcha. Habló también de Luis Enrique, al que definió prácticamente como su «padre futbolístico»: directo, natural, capaz de decirte lo bueno y lo malo a la cara y, sobre todo, alguien en quien confía para sacar todo su potencial.
Y habló de su hermana. Ahí desaparecieron por un instante el campeón, el goleador, el «¡Oh, Ferran!» y el futbolista que disfruta callando bocas. «Somos el mayor amor-odio. Creo que ése es el verdadero amor», explicó. Su hermana trabaja con él y, según Torres, «ha sacrificado su vida y su futuro para proteger el mío». Así que aprovechó que estaba delante de millones de personas para hacer algo bastante menos heroico y bastante más humano: pedirle perdón. La última vez que habían hablado habían discutido.
Tal vez por eso funcionó tan bien Ferran Torres en El Hormiguero. Porque durante la entrevista fue muchas cosas a la vez: el hombre que marcó el gol de un Mundial, el chaval de 10 años que celebró el de Iniesta bañándose en calzoncillos en la fuente de su pueblo, el futbolista que cree en el destino, el hermano que discute y luego se arrepiente, el tipo al que le encanta el salseo y el joven que querría desaparecer debajo de la mesa cuando alguien le grita «¡Oh, Ferran!». Y, sobre todo, fue el amigo de Pablo Motos. Mala suerte para Pablo Motos.
Porque Ferran ya había avisado: con la gente cercana es con quien peor lleva perder. Y aquella noche en Ibiza debieron de coger mucha confianza.
La suficiente para que el hombre que hizo feliz a toda España llegara a El Hormiguero, sentara a Pablo Motos en el banquillo y contara que el presentador no vio ni un miserable partido del Mundial.
Motos, eso sí, supo esperar su oportunidad y contraatacó con Rocío Domingo. Ferran Torres marcó el gol de la victoria en el Mundial. En El Hormiguero, en cambio, el partido acabó en empate. Y casi mejor.
Porque si España vuelve a llegar a una final, Pablo Motos tiene terminantemente prohibido verla. Con los talismanes no se juega.
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