Este viernes fue el último día de una de las periodistas más reconocidas y reconocibles de la profesión y de la televisión. Anna Bosch dijo adiós a RTVE, pero nunca dejará de ser la periodista que contó el mundo Leer Este viernes fue el último día de una de las periodistas más reconocidas y reconocibles de la profesión y de la televisión. Anna Bosch dijo adiós a RTVE, pero nunca dejará de ser la periodista que contó el mundo Leer
Hay rostros y periodistas que no solo ocupan la pantalla, sino que la dignifican. Anna Bosch es una de ellas. Tras 36 años en Televisión Española, la veterana corresponsal se jubila, y su marcha no es un trámite administrativo más en Torrespaña; es el cierre de una era dorada para el periodismo internacional de este país.
Aunque hace unas semanas que se conoció su jubilación, fue este viernes cuando Anna Bosch recogió sus cosas de Torrespaña y se despidió de sus compañeros y de sus amigos, los que ha ido sumando durante todos estos años en la televisión pública.
El vídeo de su despedida, difundido por RTVE Noticias, es un concentrado de emoción pura y lucidez periodística. Rodeada de sus compañeros de redacción, entre aplausos, abrazos y recuerdos, Anna Bosch responde a la pregunta de qué se lleva tras casi cuatro décadas en la casa. Su respuesta es una lección de humildad y vocación:
«El balance es muy positivo, sobre todo porque me ha permitido hacer algo que yo deseaba desde que era una niña en un barrio humilde: que es conocer mundo y poderlo contar».
Y vaya si lo ha contado. Desde Moscú, Londres o Washington, Bosch ha sido la mirada de millones de españoles ante los acontecimientos que han moldeado el siglo XXI. Su carrera no se entiende sin las crónicas minuciosas, el rigor analítico y esa capacidad tan suya de traducir la complejidad geopolítica en algo comprensible para el ciudadano de a pie.
En el vídeo, visiblemente emocionada y rodeada de un merecido homenaje improvisado con tartas y aplausos, confiesa haberse quedado «sin palabras». Algo inaudito para una mujer que ha hecho de la palabra su mejor herramienta de trabajo.
Pero Bosch no se va en silencio. Incluso en su minuto de descuento, deja un mensaje que resuena como un recordatorio -o quizás como una advertencia- para los que se quedan y para quienes dirigen la Corporación Pública. Pide que RTVE siga siendo un medio que «ponga en valor la información global». Y reivindica, por encima de todo, «la información veraz», esa que no busca el clic rápido sino la verdad de los hechos.
«Ojalá que haya ayudado a alguien a comprender algunas cosas que pasaban y que no sabían muy bien por qué», dice con timidez, pero con contundencia. Lo ha hecho durante 36 años, convirtiéndose en escuela andante para las nuevas generaciones de periodistas que hoy la abrazan con devoción en el vídeo.
La marcha de Anna Bosch deja el periodismo un poco más huérfano. Se va una periodista de raza, de las que se manchaban los zapatos, de las que contrastaban antes de abrir la boca y de las que entendían que la corresponsalía no es turismo de lujo, sino un servicio público.
Para entender el vacío que deja Bosch, hay que mirar su hoja de servicios, que es, en el fondo, la historia del periodismo de este país en las últimas cuatro décadas. Empezó en el micrófono de la radio, picando piedra en Antena 3 Radio, Cadena 13 y la Cadena SER en Barcelona. Eran los años 80 y 90, cuando la información se buscaba en la calle y no en los hilos de X (antiguo Twitter).
Su mirada internacional no fue un capricho tardío. A principios de los noventa, cuando la televisión paneuropea era poco más que una utopía, Bosch formó parte del equipo fundacional que puso en marcha Euronews en Francia. Allí entendió que Europa no era solo un puñado de despachos en Bruselas, una obsesión europeísta que años después la llevaría a ganar el Premio Ernest Udina a la trayectoria europeísta en 2020 y a coescribir el aplaudido ensayo Europa soy yo junto a Pablo R. Suanzes, periodista de este periódico.
Pero si por algo el espectador del Telediario e Informe Semanal la siente como parte de su familia es por sus crónicas desde los epicentros del poder mundial. Bosch ha completado un trébol de corresponsalías que muy pocos en la historia de RTVE pueden lucir: Moscú, Washington y Londres.
Llegó a una Rusia en pleno desmoronamiento moral y económico. Le tocó narrar los caóticos estertores del mandato de Boris Yeltsin, la trágica gestión del hundimiento del submarino Kursk, los sangrientos atentados en Moscú y el estallido de la segunda guerra de Chechenia. Fue testigo excepcional del ascenso de un absoluto desconocido que iba a cambiar las reglas del tablero mundial, una experiencia que condensó recientemente en su libro El año que llegó Putin.
Cruzó el Atlántico para asomarse a la Casa Blanca durante el convulso segundo mandato de George W. Bush. Vivió desde la primera línea de la factoría de Washington el histórico giro de guion que supuso la ascensión y victoria electoral de Barack Obama.
Su última gran plaza fija fue Londres, cubriendo desde el difícil proceso de paz en Irlanda del Norte hasta los vaivenes de Downing Street, una labor global que le valió el prestigioso Premio de Periodismo Salvador de Madariaga en 2013.
El aplauso cerrado, largo y unánime de sus compañeros -muchos de ellos con los teléfonos en alto grabando un momento histórico para la redacción- no es solo un homenaje de cortesía a una compañera que se jubila. Es el reconocimiento unánime de una profesión que se mira al espejo y sabe, con cierta amargura, que perfiles con la honestidad, el carisma y la elegancia de Anna Bosch son, hoy en día, una especie en peligro de extinción.
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