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  Cultura  Síndrome de Estocolmo en un internado católico: ‘Helada en mayo’, la novela de Antonia White sobre un colegio de monjas
Cultura

Síndrome de Estocolmo en un internado católico: ‘Helada en mayo’, la novela de Antonia White sobre un colegio de monjas

abril 8, 2026
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La editorial Impedimenta ha recuperado este libro de resonancias autobiográficas, publicado por primera vez en 1933 y considerado un referente de la ficción sobre internados
Selva Almada, escritora: “En Argentina ha crecido el desprecio al pobre, y eso me aterra”

“Trabajamos para formar no a jovencitas bien dotadas ni a esposas afables, sino a soldados de Cristo, acostumbrados a la adversidad, al escarnio y a la ingratitud”. Estos son los principios del Convento de las Cinco Llagas, el internado donde estudia Nanda Grey, la joven protagonista de Helada en mayo (1933), la primera novela de la británica Antonia White (West Kensington, Londres, 1899-Danehill, East Sussex, 1980), autora de la que se editaron en España tres títulos en los años ochenta y que Impedimenta ha tenido el acierto de recuperar con una nueva traducción de Laura Naranjo y Carmen Torres, además de un prólogo de 2018 de la escritora Tessa Hadley.

La protagonista, trasunto de la autora, ingresa en el colegio a los nueve años. Su padre se ha convertido hace poco al catolicismo, y ella sigue sus pasos con convicción. Pronto se sumerge en la dinámica severa del convento, basada en la obediencia, la represión, el decoro y un fuerte sentido del sacrificio. No se educa a las muchachas para la vida, sino para la vergüenza: no se les permite trabar amistad entre ellas más allá de la cordialidad, por temor a crear vínculos más intensos que el que tienen con Dios; no pueden hacerse regalos “porque van en contra de la caridad, pero sobre todo porque conducen a una indulgencia de sentimientos que es mucho más peligrosa e insana”.

En su lugar, se fomenta una suerte de competitividad entre las chicas que va más allá de los méritos académicos: se premia la buena conducta, tal y como la entienden según sus códigos, con unas distinciones que, eso sí, pueden ser retiradas si la alumna distinguida comete el pecado de sentirse demasiado orgullosa del logro. Nunca pueden confiarse ni relajarse, ni siquiera con las monjas con quienes parecen tener un mejor entendimiento; están siempre bajo presión, deben contener su carácter para lo bueno y para lo malo, un exceso de bonhomía o brillantez se castiga para evitar el riesgo de que se envanezcan.

Destacar es peligroso, pero tener dificultades de aprendizaje aún más: a las hermanas no les tiembla el pulso a la hora de humillar y marginar a las rezagadas. Las chiquillas, que permanecen allí desde la infancia hasta que se marchan a la universidad, se educan en la represión tanto del carácter como de sus capacidades. Los principios católicos en el peor sentido; todo lo contrario a lo que se promueve hoy día en la enseñanza. Las docentes actúan con puño de hierro en guante de seda: pueden hundir a una chica sin subir el tono ni perder la sonrisa. En el convento no se alza la voz; sus castigos son más finos, los escándalos se tapan. La estampa de colegio que gusta a las familias.

Mención aparte merece el tabú del cuerpo. En cualquier centro de aquella época, sin ser tan estricto, la idea de una educación sexual que preparara a las jóvenes para la vida era una quimera; aun así, aquí el pudor llega al extremo de obligarlas a cubrirse mientras se cambian de ropa en los dormitorios. Nanda había llegado al punto de jurar un voto de castidad en la infancia, del que más tarde se arrepiente, no por lascivia, sino porque se da cuenta de que algún día querrá formar una familia. El colegio destaca por el nivel en la enseñanza de letras, la teoría pura (y censurando la literatura que no rema a su favor); no parece casual que sea deficiente en las materias de ciencias y ciencias sociales.

Es la pasión de Nanda por las artes (poesía, música, pintura, teatro) lo que, a medida que va madurando, la despierta del aletargamiento al que la someten y aviva su pensamiento crítico. Lee ciertas novelas y poemas a escondidas, y –su gran pecado– escribe un texto que las monjas tacharán de “inmoral”. Sabemos de antemano que la propia autora fue expulsada de allí a los 15 años, por un escrito dirigido a su padre que escandalizó a las religiosas. La relación con el padre es otro plato fuerte de la novela: la Nanda niña que lo idolatraba hasta el punto de seguir su ejemplo y convertirse al catolicismo evoluciona hacia una versión de sí misma más afín a la madre, que siempre receló del convento.

Con todo, sería atrevido calificar a Nanda de “rebelde”. A diferencia de las amigas que protagonizan la trilogía Las chicas de campo (1960-1964), de Edna O’Brien, Nanda no comete tropelías con intención de ridiculizar o dañar a las monjas; es consciente del control feroz de las hermanas, pero ha desarrollado una especie de síndrome de Estocolmo hacia ellas: teme ser excluida, teme fallarles, a pesar de todo. Por eso romper la cadena no es fácil: se ha anclado al centro, como se ancló a su padre, y cualquier ruptura, por necesaria que sea, sería dolorosa. Tras salir de allí, la autora tuvo problemas mentales que llegaron a bloquearla con la escritura durante muchos años.

“No solo le horrorizaba perder a Clare y a Léonie. Día tras día, durante los últimos cuatro años, se había ido adaptando a las normas. […] Sentía que solo podía vivir en aquel raro e intenso entorno. El aire limpio y relajado de ese ‘buen instituto’ la mataría”. El orden tiránico tiene una perversa fuerza adictiva: para el individuo sometido puede ser más fácil permanecer donde está que tomar su propio camino. Con la pasividad, no hay que tomar decisiones, y por lo tanto no se asumen riesgos, los daños están bajo control. La rebelión puede traer la libertad, pero hay que atreverse a alzar el vuelo.

Entre las escasas luces del centro, están las compañeras, porque, por mucho que quieran “prohibir” las amistades, los vínculos surgen, a veces entre chicas muy distintas que se enriquecen las unas a las otras. Hay asimismo una fascinación por las exalumnas que en ocasiones llegan de visita, y por una en particular que ingresa como novicia. La novela puede inscribirse en esa tradición literaria de relaciones de poder en el núcleo de un grupo de colegialas, con una atmósfera opresiva y llena de claroscuros, en la estela de títulos como Pícnic en Hanging Rock (1967), de Joan Lindsay, Los hermosos años del castigo (1989), de Fleur Jaeggy, o Las vírgenes suicidas (1993), de Jeffrey Eugenides.

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El estilo de Antonia White, preciso y sutil, mantiene un buen equilibrio entre narración y diálogo, y no necesita prodigarse en detalles para concentrar en las palabras justas esa dinámica de autoridad, sumisión y dependencia, extrapolable a otros contextos. Destaca también por la radiografía del microcosmos que conforman las monjas y las alumnas, y cada colectivo entre sí. Y, por supuesto, por el grito liberador de la protagonista: “¡Estoy harta de tanta hipocresía! ¿Por qué no podemos hacer por una vez algo porque sí, en vez de consagrarlo todo a nuestra eterna salvación? […] Estoy dispuesta a ser todo lo devota que haga falta, pero que me den un poquito de tiempo para mí misma”. La editorial Impedimenta ha recuperado este libro de resonancias autobiográficas, publicado por primera vez en 1933 y considerado un referente de la ficción sobre internados
Selva Almada, escritora: “En Argentina ha crecido el desprecio al pobre, y eso me aterra”

“Trabajamos para formar no a jovencitas bien dotadas ni a esposas afables, sino a soldados de Cristo, acostumbrados a la adversidad, al escarnio y a la ingratitud”. Estos son los principios del Convento de las Cinco Llagas, el internado donde estudia Nanda Grey, la joven protagonista de Helada en mayo (1933), la primera novela de la británica Antonia White (West Kensington, Londres, 1899-Danehill, East Sussex, 1980), autora de la que se editaron en España tres títulos en los años ochenta y que Impedimenta ha tenido el acierto de recuperar con una nueva traducción de Laura Naranjo y Carmen Torres, además de un prólogo de 2018 de la escritora Tessa Hadley.

La protagonista, trasunto de la autora, ingresa en el colegio a los nueve años. Su padre se ha convertido hace poco al catolicismo, y ella sigue sus pasos con convicción. Pronto se sumerge en la dinámica severa del convento, basada en la obediencia, la represión, el decoro y un fuerte sentido del sacrificio. No se educa a las muchachas para la vida, sino para la vergüenza: no se les permite trabar amistad entre ellas más allá de la cordialidad, por temor a crear vínculos más intensos que el que tienen con Dios; no pueden hacerse regalos “porque van en contra de la caridad, pero sobre todo porque conducen a una indulgencia de sentimientos que es mucho más peligrosa e insana”.

En su lugar, se fomenta una suerte de competitividad entre las chicas que va más allá de los méritos académicos: se premia la buena conducta, tal y como la entienden según sus códigos, con unas distinciones que, eso sí, pueden ser retiradas si la alumna distinguida comete el pecado de sentirse demasiado orgullosa del logro. Nunca pueden confiarse ni relajarse, ni siquiera con las monjas con quienes parecen tener un mejor entendimiento; están siempre bajo presión, deben contener su carácter para lo bueno y para lo malo, un exceso de bonhomía o brillantez se castiga para evitar el riesgo de que se envanezcan.

Destacar es peligroso, pero tener dificultades de aprendizaje aún más: a las hermanas no les tiembla el pulso a la hora de humillar y marginar a las rezagadas. Las chiquillas, que permanecen allí desde la infancia hasta que se marchan a la universidad, se educan en la represión tanto del carácter como de sus capacidades. Los principios católicos en el peor sentido; todo lo contrario a lo que se promueve hoy día en la enseñanza. Las docentes actúan con puño de hierro en guante de seda: pueden hundir a una chica sin subir el tono ni perder la sonrisa. En el convento no se alza la voz; sus castigos son más finos, los escándalos se tapan. La estampa de colegio que gusta a las familias.

Mención aparte merece el tabú del cuerpo. En cualquier centro de aquella época, sin ser tan estricto, la idea de una educación sexual que preparara a las jóvenes para la vida era una quimera; aun así, aquí el pudor llega al extremo de obligarlas a cubrirse mientras se cambian de ropa en los dormitorios. Nanda había llegado al punto de jurar un voto de castidad en la infancia, del que más tarde se arrepiente, no por lascivia, sino porque se da cuenta de que algún día querrá formar una familia. El colegio destaca por el nivel en la enseñanza de letras, la teoría pura (y censurando la literatura que no rema a su favor); no parece casual que sea deficiente en las materias de ciencias y ciencias sociales.

Es la pasión de Nanda por las artes (poesía, música, pintura, teatro) lo que, a medida que va madurando, la despierta del aletargamiento al que la someten y aviva su pensamiento crítico. Lee ciertas novelas y poemas a escondidas, y –su gran pecado– escribe un texto que las monjas tacharán de “inmoral”. Sabemos de antemano que la propia autora fue expulsada de allí a los 15 años, por un escrito dirigido a su padre que escandalizó a las religiosas. La relación con el padre es otro plato fuerte de la novela: la Nanda niña que lo idolatraba hasta el punto de seguir su ejemplo y convertirse al catolicismo evoluciona hacia una versión de sí misma más afín a la madre, que siempre receló del convento.

Con todo, sería atrevido calificar a Nanda de “rebelde”. A diferencia de las amigas que protagonizan la trilogía Las chicas de campo (1960-1964), de Edna O’Brien, Nanda no comete tropelías con intención de ridiculizar o dañar a las monjas; es consciente del control feroz de las hermanas, pero ha desarrollado una especie de síndrome de Estocolmo hacia ellas: teme ser excluida, teme fallarles, a pesar de todo. Por eso romper la cadena no es fácil: se ha anclado al centro, como se ancló a su padre, y cualquier ruptura, por necesaria que sea, sería dolorosa. Tras salir de allí, la autora tuvo problemas mentales que llegaron a bloquearla con la escritura durante muchos años.

“No solo le horrorizaba perder a Clare y a Léonie. Día tras día, durante los últimos cuatro años, se había ido adaptando a las normas. Sentía que solo podía vivir en aquel raro e intenso entorno. El aire limpio y relajado de ese ‘buen instituto’ la mataría”. El orden tiránico tiene una perversa fuerza adictiva: para el individuo sometido puede ser más fácil permanecer donde está que tomar su propio camino. Con la pasividad, no hay que tomar decisiones, y por lo tanto no se asumen riesgos, los daños están bajo control. La rebelión puede traer la libertad, pero hay que atreverse a alzar el vuelo.

Entre las escasas luces del centro, están las compañeras, porque, por mucho que quieran “prohibir” las amistades, los vínculos surgen, a veces entre chicas muy distintas que se enriquecen las unas a las otras. Hay asimismo una fascinación por las exalumnas que en ocasiones llegan de visita, y por una en particular que ingresa como novicia. La novela puede inscribirse en esa tradición literaria de relaciones de poder en el núcleo de un grupo de colegialas, con una atmósfera opresiva y llena de claroscuros, en la estela de títulos como Pícnic en Hanging Rock (1967), de Joan Lindsay, Los hermosos años del castigo (1989), de Fleur Jaeggy, o Las vírgenes suicidas (1993), de Jeffrey Eugenides.

El estilo de Antonia White, preciso y sutil, mantiene un buen equilibrio entre narración y diálogo, y no necesita prodigarse en detalles para concentrar en las palabras justas esa dinámica de autoridad, sumisión y dependencia, extrapolable a otros contextos. Destaca también por la radiografía del microcosmos que conforman las monjas y las alumnas, y cada colectivo entre sí. Y, por supuesto, por el grito liberador de la protagonista: “¡Estoy harta de tanta hipocresía! ¿Por qué no podemos hacer por una vez algo porque sí, en vez de consagrarlo todo a nuestra eterna salvación? Estoy dispuesta a ser todo lo devota que haga falta, pero que me den un poquito de tiempo para mí misma”.  

“Trabajamos para formar no a jovencitas bien dotadas ni a esposas afables, sino a soldados de Cristo, acostumbrados a la adversidad, al escarnio y a la ingratitud”. Estos son los principios del Convento de las Cinco Llagas, el internado donde estudia Nanda Grey, la joven protagonista de Helada en mayo (1933), la primera novela de la británica Antonia White (West Kensington, Londres, 1899-Danehill, East Sussex, 1980), autora de la que se editaron en España tres títulos en los años ochenta y que Impedimenta ha tenido el acierto de recuperar con una nueva traducción de Laura Naranjo y Carmen Torres, además de un prólogo de 2018 de la escritora Tessa Hadley.

La protagonista, trasunto de la autora, ingresa en el colegio a los nueve años. Su padre se ha convertido hace poco al catolicismo, y ella sigue sus pasos con convicción. Pronto se sumerge en la dinámica severa del convento, basada en la obediencia, la represión, el decoro y un fuerte sentido del sacrificio. No se educa a las muchachas para la vida, sino para la vergüenza: no se les permite trabar amistad entre ellas más allá de la cordialidad, por temor a crear vínculos más intensos que el que tienen con Dios; no pueden hacerse regalos “porque van en contra de la caridad, pero sobre todo porque conducen a una indulgencia de sentimientos que es mucho más peligrosa e insana”.

 elDiario.es – Cultura

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